SomAcció


Ilustración de Sara Palma que muestra los principales referentes del periodismo narrativo del siglo XX

Theodore y la panda
de los ‘recoge-mierda’

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Theodore Dreiser, el más relevante de los escritores naturalistas estadounidenses –con el permiso de Jack ‘Colmillo Blanco’ London–, impulsó a fines del XIX con sus ‘features’ narrativos en diversas revistas de Chicago una evolución del periodismo que después recogieron y avivaron los ‘muckrakers’, periodistas de investigación y denuncia. Por primera vez desde el nacimiento de la prensa de masas, casi medio siglo antes, los lectores percibían que había una nueva forma de hacer información: un Nuevo Periodismo. Como la segunda vez que eso sucedió –en la década de los sesenta– y la tercera –en la de los noventa–, el acontecimiento tenía relación tanto con el uso del llamado ‘reporterismo por saturación’, por lo que se refiere a la recogida de los datos, como al uso de los recursos de composición y estilo provenientes de la novela realista, en lo que se refiere a la escritura.

Dreiser explica en sus memorias Newspaper’s Days cómo funcionaba la cosa por esa época.

La época era las décadas de los 80 y de los 90 del siglo XIX.

Lo que funcionaba eran las redacciones de revistas como Munsey’s, Metropolitan, Pearson’s o Leslie’s.

Y la cosa era el periodismo, una nueva industria floreciente en grandes ciudades como Nueva York y Chicago, con diarios de tiradas casi millonarias y un nuevo paradigma informativo. La cosa, de hecho, era cómo escribir en esos años periodismo. Cómo hacer noticias y, aún más, cómo contar stories largas en las revistas, que tenían que reubicarse en un nuevo sistema informativo (porque ellas ya no contaban las novedades).

Estamos, por ejemplo, en la redacción del Republic. Llega el cierre y, tras haber explicado ya todo lo que se podía explicar, aún hay páginas en blanco; no hay nada. Sobre todo no hay nada goloso con qué atraer la atención del lector, que durante la semana ya ha leído las noticias a diario. ¿Qué hacemos? Pues bien: We make news, se dijeron estos tipos. Es decir, las fabricamos. Volvamos al lugar de los hechos. Miremos mejor. Hay que preguntar más, escuchar, oler… Y contarlo, de nuevo; contarlo, bien.

La devoción del periodismo norteamericano por los ‘fact-checkers’ y las fuentes contrastadas se cimienta en esos años

Aparece el editor y se acerca a la mesa del joven Dreiser. “Theodore, muchacho –le dice mientras lo sujeta por la clavícula–, vete a Near South Side; anteayer hubo un crimen. Habla con la gente, míralo todo, los detalles, escucha qué cuentan por el barrio. ¿Hay más gente como la de esa familia? ¿Cómo eran?”. Dreiser rememora en Newspaper’s Days esas palabras exactas de su editor: “¡Ah! Era algo terrible, ¿verdad? ¿Y dices que la mató a sangre fría? ¿Verdad que había una gran multitud ahí? Bien, bien, pues escribe todo eso. El color. Me parece que tenemos entre manos una historia bastante buena, ¿no te parece? Escribe una buena introducción, ya sabes, todos los hechos en el primer párrafo, pero entonces continúa y cuenta tu historia”.

Eso era to make news. Y el estilo era hacerlo como una short story. Unos años antes el viejo Joseph Pullitzer había clavado en las paredes del The New York World unos carteles que gritaban a los periodistas: “The colour – the facts – the colour”. Estaban junto a otros que ordenaban: “Accuracy – accuracy – accuracy”. En esos años nace un nuevo tipo de periodismo que populariza los relatos informativos de interés humano, las features stories, y que hace énfasis en el periodismo más sensacionalista o popular y en la noción de actualidad. Pero no nos dejemos engañar por la palabra popular o por el término sensacionalista (más relacionado con una escritura sensual que con el amarillismo demagógico): la devoción del periodismo norteamericano por las fuentes contrastadas se cimienta en esos años y se desarrolla inmediatamente después con los muckrakers, que fueron capaces de desarrollar un nuevo periodismo de denuncia e investigación, también planteado narrativamente en muchas ocasiones, que ya no enfocaba sólo en los hechos más sensacionalistas o populistas, sino que marcaba una relevante agenda de temas, centrada sobre todo en las denuncias de la corrupción política y en las malas praxis democráticas de esa gigantesca nación que estaba despertando.

 

Maldita sea, Theodore, ¿eso es lo que haces en tus novelas?

De Dreiser se dijo que había logrado la más sugerente y magnífica novela peor escrita del mundo, An American Tragedy (1925), o al menos eso dijo una parte de los críticos, asombrados por el desaliño gramatical y la provocación léxica del (ya entonces) viejo Theodore, más preocupado por reflejar documentadamente la realidad que por seguir los cánones de la novela realista.

Cuando décadas antes empezó a escribir en revistas y a pergeñar las primeras páginas de la que sería su primera novela, Sister Carrie (1900), que por cierto al igual que le sucedió a Flaubert con Madame Bovary, tuvo el honor de ser retirada de las librerías por escándalo público, se sentía fascinado por el naturalismo determinista de Émile Zola, del cual fue, junto con Frank Norris y Jack London, uno de los primeros exponentes en Estados Unidos. La mirada de Dreiser, hijo de pobres emigrantes alemanes que tuvo una infancia de grandes privaciones materiales, por lo que se educó en escuelas parroquiales y públicas, ignora la descripción optimista de la sociedad americana, y se regodea en las tensiones y en los conflictos que se suceden en esos años de brutal crecimiento y transformación de esa sociedad.

En este sentido, para Dreiser y para la escuela naturalista, el individuo, como ser aislado e individual, se encuentra sometido a unos condicionantes sociales, económicos, culturales, familiares, de etnia y de cultura, que lo conforman y lo determinan. No hasta el punto de abolir el libre albedrío, pero si hasta el de entorpecerlo poderosamente. Exploró esta tensión entre la capacidad electiva del individuo y la determinación del entorno cuando publicó Jennie Gerhardt en 1912, novela en la que trata el caso de una mujer que se somete sexualmente a hombres ricos para escapar de la pobreza. ¿Tiene el ser humano elección?

De Dreiser se dijo que había logrado la más sugerente y magnífica novela ‘peor escrita’ del mundo, ‘An American Tragedy’

En An American Tragedy, Dreiser vuelca buena parte de su experiencia familiar en el relato de la familia de un predicador que acompaña la trama principal, una historia basada en un asesinato real cometido por un anti-héroe, Clyde Griffiths. En ella se relata el camino del protagonista hacia el éxito y su encuentro con el crimen, lo que ponía en entredicho el esquema ideal del sueño americano. La novela alcanzó un éxito enorme de público, pero, como hemos apuntado, dividió a los críticos.

Ciertamente, Dreiser no florece de la nada. La pertinaz asfixia que padece el individuo en esta nueva sociedad urbana e industrial ya había sido tema de la generación literaria anterior, con los relatos visionarios de Thoreau (Walden: cómo recuperar el equilibrio individual y rousseauniano en la naturaleza), Hawthorne (Wakefield: cómo huir de la mirada de los otros) o Melville (Bartleby: cómo fortalecer la propia idiosincrasia ante la coacción de las convenciones sociales).

 

Dreiser ignora la descripción optimista de la sociedad americana y se regodea en las tensiones y en los conflictos de esos años de brutal crecimiento

Cuando Dreiser ya había abandonado la práctica del periodismo en las revistas y estaba entregado a la creación literaria, una inesperada conmoción recorrió las redacciones de Chicago y Nueva York: una animosa muchachada, amamantada periodísticamente por el periodismo narrativo de las revistas y ya criado en el paradigma informativo del accuracy y los facts, se había decidido a dejar de usar el periodismo para el cotilleo gallináceo. Alarmados ante la corrupción y la confusión de los intereses públicos y privados, se dispusieron a levantar todas las alfombras de la joven y emergente nación.

 

Los rastrilladores contra Teddy

Pocas palabras han sido tan mal traducidas como muckrakers. El nombre lo inventó (lo aplicó específicamente a un tipo concreto de actividad periodística) durante los primeros años del siglo XX el presidente Theodore Roosevelt, el hombre que también cedió su nombre al entrañable osito de peluche. En su traducción castellana, se les ha llamado a estos periodistas (muy eufemísticamente) rastrilladores del cieno, los que escarban en vidas ajenas… Pérez Iriarte ya hizo notar que la traducción más adecuada al estado de ánimo del viejo Teddy sería la de “los revuelve-mierda” o (aportación modesta de este texto) “los recoge-mierda”. En catalán Albert Chillón propuso un exquisito aplega-fems, que no nos gusta porque los sitúa en un contexto rural (casi los vemos rezar el Ángelus, sombrero de paja en el pecho), que es exactamente opuesto a su ambiente de trabajo, urbano, febril e industrial, pero que (admitámoslo) haría las delicias de Josep Carner y Carles Riba.

El hecho es que el trabajo de este grupo de periodistas en la prensa libre norte-americana se corresponde con el desarrollo de las ideas de corte socialista y anarquista, y a su progresión en los Estados Unidos en un contexto de crecimiento industrial y urbano, sin garantías sociales, en entornos deshumanizados. Este grupo de periodistas se dedicó a principios de siglo a investigar, con fines de denuncia social, la variada casuística de corrupción promovida tanto por empresas privadas como por la propia administración. Consiguieron extender, incluso entre los ciudadanos más alérgicos, la conciencia de que la nación tenía planteados graves problemas sociales y, aunque con frecuencia eran acusados de sensacionalistas por la forma popular, escénica y directa de plantear sus textos, el hecho es que todas las opiniones, datos y citas expuestos en ellos eran objeto de una cuidadosa investigación. Accuracy. Accuracy. Accuracy.

Los ‘muckrakers’ fueron la generación 2.0 del periodismo, y es por ello que fueron llamados ‘nuevos periodistas’

Los muckrakers fueron la generación 2.0 del periodismo, y es por ello que fueron llamados nuevos periodistas. Articularon la independencia radical con un intensivo trabajo de fuentes (plurales y diversas, con triple confirmación siempre) que, a veces, incluía la observación participante, la infiltración… e incluso los primeros gonzos. Inocularon para siempre en el ADN de la prensa estadounidense el trabajo a destajo con las fuentes y los contrastadores de la información, o fact-checkers, un perfil profesional del periodismo anglosajón de calidad, todavía hoy presente en publicaciones de referencia como The New Yorker, impensable e inexistente en el periodismo europeo, y singularmente en el latino. Y todo ese material obsesivamente recogido, lo disponen con frecuencia dentro de una estructura narrativa, como si fuera un relato.

Los muckrakers escribían en publicaciones como Collier’s, American Magazine, Hampton’s o el legendario The Masses –donde publicaba John Reed, el autor de la detallada crónica Diez días que conmovieron al mundo, sobre la revolución rusa de 1917–, entre muchas otras. Junto con Reed, la muckraker más célebre tal vez fuera Ida M. Tarbell, quien entre 1902 y 1904 publicó, en McClure’s, Historia de la Standard Oil, una serie de documentados y exhaustivos reportajes sobre las prácticas comerciales corruptas del magnate John D. Rockefeller.

La denuncia de Tarbell no fue un experimento aislado, otro muckraker, Lincoln Steffens, investigó y puso al descubierto la corrupción municipal en las ciudades de Sant Louis, Filadelfia, Chicago, Nueva York y Pittsburg en la serie de reportajes La vergüenza de las ciudades (1906) también publicada en McClure’s. También Ray Standard Baker denunció la explotación de los menores y la discriminación racial en Siguiendo la línea del color (1908) que publicó en American Magazine.

Hill Irwin y Samuel Hopkins Adams fueron dos de los más célebres muckrakers, que desde Collie’s tomaron el relevo de McClure’s en la práctica del periodismo de denuncia. Irwin cubrió excelentemente las dos guerras mundiales en esta revista, y Adams publicó entre 1905 y 1906 la serie titulada El gran fraude americano, en la que desveló la fabricación y venta de medicamentos peligrosos para la salud. Hampton’s, Everybody’s y Cosmopolitan fueron otras cabeceras relevantes en la práctica de este periodismo.

Dreiser (y los que junto a él practicaron el periodismo narrativo de los features y los colour facts en las revistas) y los posteriores muckrakers representan, sin duda, el primer episodio moderno de periodismo de denuncia y de investigación. Impulsaron decididamente el periodismo y provocaron la evolución del reportaje –o story– hacia un texto largo y narrativo, con la introducción de técnicas hasta ese momento reservadas a la ficción. Son los abuelos de Gay Talese, pero también de Roberto Saviano y, claro, de Günter Wallraff, el más muckraker de los new journalists coetáneos.

Pero no hay que olvidar que fueron también los padres de John Hersey y de Lillian Ross (y de Capote), y que (sobre todo Dreiser) influyeron decisivamente con su periodismo y con su literatura naturalista, de corte determinista, en toda la Generación Perdida –Steinbeck, Dos Passos, Hemingway… todos ellos periodistas antes que escritores. El viejo Theodore y esa panda de humildes e independientes recoge-mierda ni sospechaban cómo cambiarían la historia del periodismo.

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