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Wandou Diallo, pequeño gran mono verde

— El Instituto Jane Goodall trabaja en Senegal para la protección de la subespecie de chimpancé Pan troglodytes verus, en peligro crítico de extinción

— Mamadou Foula Diallo, miembro del Instituto, fue rebautizado con el nombre de un mono (wandou, en pular) tras pasar, recién nacido, una noche entera en el bosque

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Wandou arrastra sus largas piernas entre el colchón de hojas de bambú en el que se ha convertido el bosque de Ségou durante la época seca. Lleva cuatro años trabajando de asistente de campo para el Instituto Jane Goodall, pero toda la vida paseándose por los caminos, ríos, montañas y vertientes que rodean este pequeño pueblecito del sur de Senegal. Alto, delgado, con una tierna sonrisa algo torcida y unos pocos dientes asomando entre sus gruesos labios, Wandou es un gran experto en rastrear chimpancés. Salir con él a campo –así llamamos a las incursiones del equipo de investigación para buscar a los chimpancés–, ver como trabaja y recibir sus masterclass es siempre inspirador, y cualquiera que lo haya hecho podrá constatarlo.

Wandou Diallo en un bosque en Senegal
Paula Álvarez ©

Wandou es una persona memorable, y creo que los chimpancés también lo saben. – P. A.

Hace más de cuatro años que Paula Álvarez (P. A.) conoce a Wandou. El mismo tiempo que hace que trabajan juntos para el Insituto Jane Goodall (IJG) en Senegal —concretamente, en el pequeño pueblo de Ségou, en la región de Kédougou, donde se encuentra el igualmente pequeño, y discutiblemente profesional, puesto fronterizo para entrar y salir entre Senegal y Guinea Conakry—. Ambos se conocen a la perfección. Han aprendido a entenderse con alguien que al principio no hablaba su idioma y con quien no compartían la cultura. Han aprendido juntos a seguir a los chimpancés, a entender sus movimientos. Ambos, con sus notables diferencias, han conseguido adaptarse el uno al otro hasta crear una relación que desprende ternura hacia las dos direcciones. Mantendré las palabras de Paula tal y como ella me las ha escrito, puesto que esta es la mejor manera de que conozcáis su versión de Wandou.

Paula Álvarez en Senegal
Foto: Carina Garcia

Qué decir de mi relación con Wandou. Sana y natural. Divertida y sincera. Cariñosa, siempre cariñosa. Recuerdo nuestra forma de comunicarnos en nuestros comienzos. Yo sin saber pular y él sin apenas saber francés, empezamos a entendernos con gestos y risas. Luego, poco a poco, la comunicación fluía hasta el punto en el que él ha aprendido mucho francés y yo pular. Los inicios de nuestro trabajo los recuerdo con mucho cariño y melancolía. Muchos momentos juntos y a cada cual mejor. Ambos empezábamos de nuevas. Ninguno había desempeñado antes el trabajo que veníamos a hacer aquí. Él conocía el campo, pero no todos los escondites donde nos adentraríamos más adelante. Tampoco conocía los chimpancés. Y yo, yo no conocía nada. Ansiosa de comenzar a trabajar aquí, Wandou fue la chispa de mis salidas. Los primeros meses fueron algo duros en campo debido al desconocimiento de la zona y a la actividad de los chimpancés, pero gracias, entre otras cosas, a su naturalidad y a su alegría, no hubo ningún día que no deseara estar en otro lugar que no fuera el sitio en el que estaba ni con la persona con la que estaba. Wandou me ha dado siempre mucha alegría y felicidad desde que pisé Ségou por primera vez. – P. A.

Parte 1. El bosque. Época seca

Llevamos unos cuantos días saliendo sin encontrar chimpancés. Hemos caminado por todas las zonas donde hay frutos, sitios donde podrían estar alimentándose, pero parece que han decidido irse más lejos. Un poco a ciegas, Wandou propone alejarnos y coger el curso de un río por el que casi no baja agua. En otras épocas es una zona muy frecuentada por los chimpancés, así que quizás se han ido hacia allí.

Paula Alvarez y Wandou Diallo en Senegal
Foto: Paula Álvarez

El trabajo de Wandou Diallo como asistente de campo del Instituto Jane Goodall consiste en realizar, junto a los investigadores como Paula Álvarez, el seguimiento y monitoreo ecológico del grupo de chimpancés salvajes que se encuentran en los alrededores de Ségou. El propósito principal de la investigación que lleva a cabo el IJG en esta zona de Senegal es la conservación del hábitat del chimpancé dentro de la Reserva Natural Comunitaria de Dindéfélo (RNCD), el único enclave protegido de todo el país donde se pueden encontrar estos animales, aparte del Parque Nacional del Niokolo-Koba (Patrimonio de la Humanidad por la Unesco). Aquí, los chimpancés de la subespecie Pan troglodytes verus —en peligro crítico de extinción según estipula la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN) en su Lista Roja 2016— conviven y comparten recursos del bosque con la población de la RNCD, en un país en el que la caza y el tráfico de este gran simio son ilegales. Es por esto que la conservación del hábitat de los chimpancés es primordial, y en esto trabaja Wandou.

En campo, Wandou es astuto, observador y tiene una vista y oído privilegiados. No sabe leer ni escribir y por ello no puede ser completamente independiente, pero lo suple con su gran capacidad de trabajo. Como él dice, “yo no sabré usar las máquinas, pero cuando trabajo doy el máximo”. Ha llegado a disfrutar de aprender tanto de su trabajo con los chimpancés que cuando está varios días sin saber de su ubicación y de nuevo los escucha o los ve, su sonrisa inconfundible deviene contagiosa. Le encanta observarlos y disfrutar de ellos. Así como de todo tipo de animales que se le crucen por el camino y con sus ojos bien abiertos y su voz asombrada se gira y te dice: “¿Lo has visto, Paula?, y quizás haya sido el facóquero número 200 que ha visto en toda su vida. – P. A.

Paula Alvarez y Wandou Diallo, del Instituto Jane Goodall, en Senegal
Foto: Paula Álvarez

Durante aproximadamente tres horas caminaremos bajo el terrible sol de mayo sin apenas parar. Suficiente tiempo como para que Wandou, entre susurros para no molestar a los habitantes del bosque, me cuente su historia.

Fue bautizado como Mamadou Foula Diallo, pero todo el mundo le llama Wandou. Le pregunto a qué es debido, ya que wandou es el nombre en pular, el idioma local, para el mono verde (wandou bale). Con una mezcla de pular y francés, idioma que habla muy escasamente, me cuenta que su madre tuvo varios abortos antes de que él naciera. Es habitual, en estas situaciones, que en cuanto nace un hijo sano lo lleven al bosque y lo dejen solo durante una noche. Si por la mañana está vivo, se le augura al bebé una larga vida y se lo bautiza con el nombre de algún animal del bosque.

Me explica Wandou que, igual que su madre tuvo nueve hijos (cuenta los que no nacieron), él luego también ha tenido nueve (el primero no vivió tampoco) con Fatou, la mujer con la que lleva casado desde los 18 años.

Wandou y Faoutamata Diallo, en Senegal
Foto: Carina Garcia

A Wandou le casaron muy joven porque sus padres murieron. Así que se buscó una mujer para poder formar su propia familia. De pequeño no se había dedicado a nada más que trabajar los campos de cultivo. No fue nunca a la escuela, más que para aprender alfabetización, ni aprendió ningún oficio. En algún momento de su vida consiguió un fusil y empezó a salir al bosque a cazar pequeños mamíferos para llevar a casa —una actividad actualmente prohibida dentro de los límites de la RNCD—. Y pasó años aprendiendo a conocer el bosque, a ser discreto, a escuchar los animales, el viento y las hojas. Su experiencia y sus conocimientos del bosque los aprendió completamente por su cuenta.

Wandou lleva una vida muy agitada y poco relajada. Tiene ocho hijos y seis de ellos aún no son independientes. Todos ellos necesitan de sus cuidados y él es el encargado en mayor medida de cultivar y cuidar los cultivos familiares durante los meses posteriores para tener alimento durante toda la época seca. Aún con tanto quehacer, siempre ha estado muy comprometido con el IJG y su profesionalidad y seriedad en el trabajo lo caracterizan. – P. A.

Wandou Diallo buscando rastros de chimpancés
Foto: Paula Álvarez

Mientras caminamos por el río, Wandou me señala unas huellas sobre la tierra que a mí me habrían pasado totalmente desapercibidas. Me informa que se trata de huellas de chimpancé, que son bastante recientes y que se dirigen hacia la misma dirección que nosotros. Ya en este punto, para que no me haga ilusiones, me informa también de que no son huellas lo suficientemente frescas como para que veamos hoy a los chimpancés. Sin embargo, me hace pensar que quizás hoy no hemos salido tan a ciegas a campo.

Unos minutos después, Wandou me señala de lejos algo que me parece una serpiente. Al ver mi cara, me informa que no es más que piel de alguna serpiente que ha pasado por allí. Pero a medida que nos acercamos vamos viendo que se trata de piel y huesos. A fragmentos, y repartidos por una distancia total de unos 15 metros, vamos encontrando el esqueleto de lo que había sido una muy gran serpiente. Wandou no me deja tocar nada ni coger muestras de este gran animal. Percibo cierto miedo, respeto, en su cara. Para dejarlo tranquilo, opto por abandonar el cadáver. Yo tampoco lo tengo muy claro.

Seguimos nuestro camino, pero por mi cabeza inexperta y un tanto paranoica no paran de pasar imágenes de grandes serpientes que asoman allí por donde pasamos. Temo por mi vida, pienso en cómo reaccionarán en Barcelona en cuanto les llegue la noticia de mi muerte, y el machete que lleva Wandou me parece cada vez menos afilado. Recuerdo, para darle más emoción a nuestro paseo por el bosque, la historia que le encanta explicar a Wandou sobre su encuentro con un leopardo estando en el bosque.

—Estaba solo, vi un facóquero que se acercaba corriendo. Detrás de él, corría un leopardo. En ese momento, mi reacción inmediata fue crecer, hacerme grande. Me levanté, empecé a gritar —Wandou abre la boca y empieza a emitir una especie de gruñido entrecortado. Su boca torcida deja paso a una mandíbula desordenada e incompleta— y a mover los brazos —levanta sus endebles extremidades y las agita como esos grandes muñecos que bailan en las películas americanas, hechos de plástico y aire a presión, para hacer de reclamo en grandes concesionarios de coches—. Por suerte, conseguí que el leopardo se fuera hacia otra dirección, persiguiendo de nuevo al pobre facóquero.

El río seco que seguíamos se ha ido estrechando poco a poco. El bosque que lo rodea se ha ido volviendo cada vez más verde y hemos ido encontrando algunos puntos de agua. En una zona sombría, de temperatura más agradable, Wandou me empieza a enseñar una gran cantidad de trazos de un grupo de chimpancés, probablemente grande, y probablemente el mismo que dejó las huellas más atrás, que pasó hace un par de días por el río: restos de comida y heces.

Mientras Wandou me explica y muestra cómo identificar que el rojo fruto del goumbambe (Cola cordifolia) ha sido comido por un chimpancé y no por un babuino, también presente en la zona –el chimpancé siempre es más meticuloso y ordenado a la hora de comer–, escuchamos un sonido que me parece un profundo ronquido. Debido a mi ignorancia, temo que no sea el leopardo buscando un segundo asalto. Wandou duda un segundo para terminar adivinando que se trata de una vaca. Cinco metros más adelante la encontramos, frágil, tumbada en el suelo como quien espera que llegue la muerte.

A sabiendas de la importancia que tienen las vacas en esta región de Senegal tanto a nivel económico como social y simbólico, Wandou empieza a investigar qué puede haberle pasado al animal, que está empezando a ser devorado por una gran cantidad de moscas por todas las llagas de su cuerpo. Se trata de la vaca de alguien, seguramente del pueblo de Badjari, en lo alto de la montaña. Parece que le había quedado una pata atrapada con la misma cuerda que solía rodear su cuello. Wandou la corta y empieza a tirar de los grandes cuernos de la bestia moribunda. La mira con ternura y lástima. Parece mentira que hace unos años este hombre se dedicara a cazar.

Desde que empezó a trabajar para el Instituto Jane Goodall, Wandou no ha vuelto a tocar un fusil. Ha pasado de caminar por el bosque buscando comida a desarrollar auténtica pasión por los chimpancés y trabajar para un proyecto de conservación del bosque.

Wandou Diallo en el bosque del Senegal
Foto: Paula Álvarez

Wandou y yo hemos disfrutado de muchos primeros momentos juntos. Hemos subido y bajado tantas vertientes que ni las cuento. Aun estando muy cansados, bajo el sol de la época seca, siempre tenemos tiempo de reír. ¡Nos hemos caído tantas veces juntos! Incluso nos hemos asustado juntos. – P. A.

Dejamos a la vaca atrás, que no ha querido levantarse a pesar de los esfuerzos de Wandou. Nos hemos dado por vencidos. Tenemos que continuar para que no se nos haga tarde. Llevamos ya varias horas en el bosque cuando llegamos finalmente al nacimiento del río que veníamos recorriendo. Casi sin fuerzas nos sentamos cada uno en una piedra rodeados de pequeños hilos de agua fresca que serpentean entre las rocas. Nos queda un rato para llegar a casa y mis piernas empiezan a fallar.

En un intento de empatizar conmigo —en estos momentos estoy completamente derrotada y sin fuerzas—, unas cuantas horas y locuras más tarde, tras haber bajado de la montaña por una vertiente altamente deslizante, ya a unos 30 metros de la entrada de Ségou, Wandou me mira y me dice:

—Me duelen un poco las piernas…

Wandou es un hombre alto y muy delgado. Es muy resistente y pocas veces se queja. Apenas le he visto enfermo en cuatro años. Únicamente sus rodillas le dan algo de guerra en la época húmeda, pero nunca ha dejado de trabajar intensamente por ello. – P. A.

Parte 2. El pueblo. Época húmeda

El día amanece radiante en Ségou. El río de la entrada del pueblo baja aún con fuerza debido a las recurrentes e intensas lluvias. Los tejados de paja de las casas se camuflan entre la vegetación, de color verde intenso, que ha crecido durante los últimos meses. Hoy celebramos el primer día del año 1438 en el calendario musulmán. El pueblo está ocioso, algo resacoso a pesar de no haber probado una gota de alcohol ayer por la noche. Muchos estuvieron hasta tarde tomando el té con sus amigos y familiares. Los niños salieron a pedir maíz por las casas del pueblo con las caras pintadas de blanco. Ayer comimos como reyes.

Hoy la gente descansa, pero Wandou ha salido a campo a trabajar. Aprovecho para ir a su casa a hablar con su familia. Cruzo el llamado garaje del pueblo, el principal punto de reunión tanto de jóvenes como de gente mayor, y camino por la más que incómoda carretera de arena, piedras y grandes grietas que se dirige al sud, hacia Guinea. Me acompaña mi intérprete Mamadou Ndioum, un personajillo de Ségou que me abrirá las puertas para hablar con quien yo quiera; no importa que no pase de los 18 años, Mamadou Ndioum es amigo de todo el mundo.

Al llegar a casa de Wandou encontramos a su mujer, Fatou Diallo, cultivando en el grande y preciosamente cuidado huerto de la familia. Alphadio y Habby, dos de los hijos del matrimonio, se pasean por el recinto familiar. La casa de Wandou es un sitio muy agradable, verde, con mucha sombra. Un sitio tranquilo adonde ir a pasar el rato, quizás a preparar el té. Poco después de nuestra llegada, aparece Ibou Yamoussa, un buen amigo de Wandou, que se sienta en la plataforma hecha de bambú de la entrada de casa, como hace casi cada día.

Testigo nº 1. Ibrahima Diallo (más conocido como Ibou Yamoussa)

Ibrahima Diallo en Senegal
Foto: Carina Garcia

—Wandou y yo somos amigos des de la infancia. La gente piensa que somos iguales —así se llaman entre compañeros de misma edad— porque nos llevamos muy bien.
—¿Y no lo sois?
—Él es mayor que yo. Lo que ha hecho que seamos tan buenos amigos es que ambos somos amantes del bosque y lo conocemos a la perfección.
—¿Algún secreto de Wandou que deba saber?
—Los iguales le llamamos General De Gaulle —se ríe—, porque de pequeño Wandou ya era muy alto, y era una persona muy segura de si misma, como De Gaulle. Cuando hacíamos lucha senegalesa siempre ganaba, era muy fuerte.

Mientras hablamos con Ibou Yamoussa, llega Thierno Gal·le, hermano pequeño —mismo padre, diferente madre— de Wandou, y se sienta también en la superficie de bambú.

Testigo nº 2. Thierno Gal·le

Thierno Gal·le en Senegal
Foto: Carina Garcia

—Wandou y yo vivimos en la misma casa, yo vivo allí —señala el recinto familiar contiguo al de su hermano.
—¿Cómo es vuestra relación?
—Wandou es muy bueno, no he tenido nunca ningún problema con él. Es bueno.
—¿Qué podrías destacar de tu hermano?
—Es una persona trabajadora, trabaja muy bien, le veo muy a menudo salir a campo con Paula.

Thierno y Ibou Yamoussa se quedan charlando, pasando la mañana, y Mamadou y yo vamos a buscar a Habby, la hija de Wandou, que ya hace rato que se pasea trabajando cerca de donde estamos, y tengo curiosidad por ver cómo es la única chica, y adolescente, que queda en la casa. Me saluda muy tímida y me dice que luego. Después. Luego. No quiere hablar, pero le aseguro que no se va a librar. Sonríe medio chulesca y me repite: “Luego”. Así que me acerco a su hermano mayor, Alphadio, que resulta mucho más fácil de convencer.

Testigo nº 3. Alphadio Diallo

Alphadio Diallo al Senegal
Foto: Carina Garcia

—¿Cómo es Wandou como padre?
—Desde que nací, nunca me ha hecho daño. Nos cuida mucho a todos, y también a nuestra mamá. Está siempre presente en casa.
—Descríbelo un poco.
—Mi padre es inteligente, conoce muy bien el bosque de la zona, es muy buen guía. Le gusta hablarnos y contarnos historias de su pasado, sobre el abuelo, al que yo no conocí.
—¿Qué te ha enseñado tu padre, de esas cosas que no se enseñan en la escuela?
—Mi padre me ha enseñado a respetar a la gente. Si yo respeto a la gente, sé que la gente me va a respetar como respeta a mi papá.

Mamadou, Alphadio y yo nos sentamos delante de la casa donde duerme Wandou a esperar. Pronto llegará de trabajar. Alphadio nos trae un pequeño hornillo con carbón ya encendido, una pequeña tetera metálica, un paquete de té verde marca Raha y una bolsita de 100 gramos de azúcar; todo lo necesario para que Mamadou empiece a preparar la primera ronda de té. Hace mucho calor, así que nos viene bien descansar un rato mientras celebramos este pequeño ritual cotidiano típicamente senegalés.

La casa de Wandou en Senegal
Foto: Carina Garcia

El terreno en el que se encuentra la casa de Wandou es especialmente grande y espacioso, en comparación de otros recintos familiares. Lo tiene dividido en dos partes: una más pequeña, en la que se encuentra la cocina, hecha a base de bambú, adobe y paja; una pequeña casa de base cuadrada; el huerto, la superficie de bambú donde hemos dejado hablando a Ibou Yamoussa y Thierno Gal·le y aún otra plataforma de bambú, esta mucho más elevada, donde la familia ha depositado las mazorcas de maíz que recogieron durante el mes pasado de sus cultivos. Allí las dejarán secar, al sol y fuera del alcance de los animales que pasturan por la casa, hasta que estén listas para cocinar. En la segunda parte de la casa, mucho más extensa y delimitada por unos enormes mangos justo en la base de la montaña, se encuentran el resto de casas en las que duerme la familia. Tres de ellas son construcciones tradicionales peul. La habitación de Wandou es la única que está hecha de cemento, con un tejado de zinc. Es en el pequeño porche de esta, donde empieza a hervir el agua del té de media mañana.

Mientras esperamos, aparece Fatou, que ha terminado de trabajar en el huerto y tiene un rato para hablar con nosotros. Es una mujer preciosa, fuerte y muy agradable. Es tierna, trabajadora y madre de ocho criaturas —todas ellas mezclas genéticamente perfectas entre ella y Wandou: altas, fuertes, con labios gruesos, una bonita sonrisa y, por suerte, la dentadura de su madre—. Presumida, se deja sacar fotos como si se hubiese estado preparando toda la vida para este momento.

Testigo nº 4. Fatoumata Diallo

Fatoumata Diallo en Senegal
Foto: Carina Garcia

—Nos casamos hace 31 años, cuando yo tenía unos 18.
—¿Por qué te casaste con Wandou, y no con otro hombre? —Fatou se ríe a carcajadas. Aquí las mujeres no tienen mucho que decir, cuando se trata de elegir marido, y menos por aquél entonces.
—Wandou vino a mi casa, me pidió matrimonio y yo acepté.
—¿Tú querías casarte con él?
—¡Eyyo! –segura de si misma responde con un contundente “sí” en pular.
—¿Y ha resultado ser un buen marido?
—Wandou es bueno, ni insulta ni pega —cuenta Fatou, y se ríe y suelta un agudo y musical “aaaaaiiiiiiii” a modo de suspiro; y mi querido intérprete Mamadou Ndioum responde con una fuerte y tierna carcajada, ¡y deberíais escucharles reír!

Mamadou está terminando de preparar el primer té cuando llega Wandou de trabajar. Su sonrisa torcida nos saluda con ilusión. Nos damos la mano, nos preguntamos cómo va por aquí y cómo va por allí, le pregunto cómo ha ido la salida al campo, que si está cansado. Me dice que no mucho, y que se va a cambiar. En un segundo estará con nosotros. Wandou está muy emocionado de saber que voy a contar su historia en esto que la gente llama internet. Para él es algo increíble que la gente de cualquier parte del mundo pueda leer quién es. ¡Él ni siquiera puede leer!

Wandou en su casa del Senegal
Foto: Carina Garcia

Cuando sale de la habitación, lleva puesta una camiseta del Oktoberfest y un gorrito de lana, muy típico de los hombres, más bien mayores, peul. Se sienta a mi lado y acepta el vasito de té que Mamadou le extiende. Sorbe con devoción este líquido espeso, de sabor fuerte y concentrado, poco dulce, como si su día no pudiese continuar sin esa pequeña dosis de hojas y azúcar. Inmediatamente después, Fatou se acerca a nosotros con un gran bol de arroz con maffe tigga (salsa de cacahuete) que deja en el suelo y nos reparte cucharas a los tres. Ella comerá en otra parte con el resto de la familia.

Durante media hora Wandou contesta a las preguntas que me quedaban para resolver el puzle de su historia, que ya me fue contando hace unos meses en el bosque. Durante los primeros meses de su matrimonio, a pesar de que Fatou aceptara el compromiso por voluntad propia, la jovencita futura madre de ocho hijos se escapaba casi cada día de su nueva casa para volver a casa de sus padres. Wandou se ríe a carcajadas mientras recuerda cómo cada vez tenía que ir hasta Thiabé Karé, a una hora a pie de Ségou, a buscar a su mujer.

A pesar de este principio ajetreado, Wandou y Fatou han vivido juntos el nacimiento de Tighida y Aminata, las dos hijas mayores ahora ya casadas; Alphadio y Habby, los adolescentes de la casa; Alassane, Nila y Adama, tres chicos que apuntan a ser tanto o más apuestos como sus hermanos mayores; y el pequeño Ousmane, ahora con cinco años, que sufre una parálisis cerebral. “Entiende, pero no puede hablar. Camina con dificultades, y los brazos tampoco funcionan”, explica Wandou.

Wandou es el único hombre de Ségou que tiene un hijo con minusvalía. El pequeño Ousmane es muy dependiente, no puede hacer una vida normal como la de otros niños de su edad. Wandou está muy unido a él. En su tiempo libre lo lleva consigo a casi todos los eventos del pueblo. El pequeño Ousmani, como lo llamamos, tiene en su padre a una persona protectora con la que jugar y disfrutar. Cada vez que Wandou llega a casa, Ousmani lo busca rápido con la mirada y sonríe cuando lo vislumbra. Wandou sabe todo lo que su hijo quiere y solo necesita una simple mirada. La ausencia del habla no supone entre ellos ningún impedimento. Verlos es, simplemente, enternecedor. – P. A.

Testigo nº 5. Alassane Diallo

Alassane Diallo en Senegal
Foto: Carina Garcia

El quinto hijo de Wandou es muy callado. Durante casi cinco minutos intento que me hable de su relación con su padre, de su familia, pero no consigo sacarle más que:
—Mi padre es amable.
—Tu padre me ha contado que no eres muy bueno en la escuela.
—Sí…
—Pero quiere que seas tú quien herede sus conocimientos sobre el bosque. Todo lo que él ha aprendido, te lo quiere enseñar a ti. ¿Qué te parece?

Y sonríe ligeramente. Dice que sí y se nota que es lo que él quiere.

Termino mi micro-conversación con Alassane y Mamadou me alarga un vasito que contiene una pequeña muestra de la segunda ronda de té: más claro, igual de espeso y mucho más azucarado que el primero. Justo después de comer es un buen momento para ir a encontrar a Samale Diallo en su casa, me comunica mi intérprete. Así que olvidamos la que podría haber sido la tercera ronda de té y salimos bajo el brillante, y ahora muy caliente, sol para ir a hablar con el teniente de alcalde de la Comuna de Dindéfélo, un hombre muy respetado en Ségou y un buen amigo de Wandou.

Testigo nº 6. Samale Diallo

Samale Diallo en Senegal
Foto: Carina Garcia

—Nunca he visto a Wandou hacer daño a nadie ni hacer nada malo a nadie, sinceramente. Wandou es una persona muy amable que no tiene problemas. Nunca levanta la voz ni se mete con nadie, está siempre tranquilo.
—¿De qué os conocéis?
—Wandou nació aquí, en Ségou. Somos buenos amigos, y espero que nuestra relación continúe.
—¿Qué destacarías de Wandou?
—Aunque no haya ido a la escuela, Wandou entiende todo lo que le explicas rápidamente. Podemos estar hablando durante horas. Ambos compartimos muchas ideas.

Mamadou Ndioum me propone ir a ver a Lamine Diallo, sobrino de Wandou. Sabe que tienen una relación muy cercana desde siempre. Lamine tiene una pequeña tienda en el garaje de Ségou donde se reúnen muchos jóvenes a pasar la mañana y la tarde para hablar, preparar el té, jugar a las damas… Lamine nunca está solo en esta cajita a la que llama tienda y donde, además, trabaja como sastre.

Testigo nº 7. Lamine Diallo

Lamine Diallo en Senegal
Foto: Carina Garcia

“Desde que yo nací, Dios ha hecho que nunca haya habido problemas entre Wandou y yo. Cuando era pequeño, a veces me gastaba bromas, me hacía reír o me asustaba. Hacía mucha comedia conmigo cuando yo era pequeño. Era un comediante con toda la familia, y todos nos reíamos mucho.”

Su alegría y risa lo caracterizan. De hecho, Wandou necesita hacer siempre alguna broma cuando una conversación seria dura demasiado. Siempre bromea con los niños y éstos ríen mucho con él. Con su familia es cariñoso y divertido. Aunque también firme cuando tiene que serlo. – P. A.

Se está haciendo un poco tarde, los jóvenes del pueblo empiezan a ir al campo de fútbol a entrenar. Allí se encuentran todas las tardes hasta que el sol se va para jugar juntos y prepararse para los torneos varios que se suceden a lo largo del año. Siempre hay fútbol. Le pido a Mamadou que, antes de que vayamos nosotros también a ver el entreno, pasemos de nuevo por casa de Wandou. Me ha quedado algo por hacer.

Testigo nº 8. Habby Diallo

Habby Diallo en Senegal
Foto: Carina Garcia

Habby ha pasado toda la mañana rehuyéndome. No me conoce y se muestra muy tímida conmigo, aunque tengo entendido que habitualmente no se corta un pelo. Esta vez me acerco a ella sin grabadora ni libreta ni boli.

—Cuéntame algo de tu padre, ¡vamos!

Y consigo que me hable un poco.

—A mi papá… le quiero mucho —me cuenta mientras juguetea con el agujero de la blusa amarilla que lleva puesta y esquiva mi mirada.
—Tu padre me ha dicho que hablas mucho en casa, que eres un poco alborotadora. ¿Es así?
—Sí… —confiesa sonriendo con timidez—, pero mis padres tienen mucha paciencia conmigo.

—Wandou —le digo mientras me despido al irme de su casa—, no he conseguido que nadie me dijera nada ni un poco malo sobre ti.

Y él me dedica, una vez más, una de esas tiernas sonrisas torcidas, como diciéndome: “Soy así, ¿qué quieres qué te diga?”.

Edición a cargo de Gerardo Santos
Edición fotográfica a cargo de Estefania Bedmar

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— Mamadou Foula Diallo, miembro del Instituto, fue rebautizado con el nombre de un mono (wandou, en pular) tras pasar, recién nacido, una noche entera en el bosque

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