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Nuevas formas de habitar

Viaje a los márgenes del capitalismo

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En las depresiones de la comarca catalana de Anoia, separada del centro urbano del pueblo, rodeada de bosque mediterráneo y empapada por la humedad, encontramos Ca la Fou. Las letras colocadas justo delante del río la anuncian como colonia ecoindustrial postcapitalista. Mandi vive allí y comparte este espacio, ahora su casa, con una veintena larga de compañeros.

Mandi siempre había hecho lo que se esperaba de ella: notas excelentes en el colegio, un título de licenciada en ingeniería y finalmente un buen trabajo con un sueldo de cuatro cifras a final de mes. ¿El precio? Dedicar muchas, muchas horas a trabajar. Dentro de la rutina costaba incluir las inquietudes y hacía malabares para dedicar pequeñas dosis de tiempo y esfuerzo a los viajes y a la asociación de Enginyeria Sense Fronteres. Con la receta no consensuada de trabajar, pagar y consumir no era feliz y un día decidió romper con la rutina, dejó el trabajo y el piso de alquiler. “Quería recuperar el poder sobre la propia vida”. Entró en Can Piella, la casa okupa del Vallés, donde estuvo hasta que les desalojaron. Allí se sumergió en la vida en comunidad y la lucha anticapitalista. Tiene 30 años, va por las ferias representando espectáculos infantiles y hace año y medio que vive en Ca la Fou, una antigua colonia textil, parte de ella en ruinas, a pies del río Anoia, dentro del municipio de Vallbona d’Anoia. En 2011 la Cooperativa Integral Catalana (CIC) la escogió para convertirla en cooperativa de viviendas donde se viviese de forma diferente a la oferta del sistema.

En Ca la Fou convivían una veintena larga de persona que por circunstancias vitales diversas han llegado a este punto: la única manera de llegar es por un camino estrecho sin asfaltar. El hecho de estar hundida en el valle del río incrementa la sensación de aislamiento. Y es aquí donde el grupo pretende construir una forma de vida alternativa. Cuando se llega, a la entrada hay una puerta enorme que recuerda a la de un campo de concentración; quizás la vida dentro de una colonia industrial compartía con el campo de concentración alguna cosa más que una puerta de grandes dimensiones. Todo el complejo ocupa 28.000 m2 e integra lo que queda de las antiguas naves industriales, la casa de los dueños, la iglesia y los habitáculos de los trabajadores.

Los actuales habitantes escapan y rechazan el mundo en el que han crecido por ideología, por las subidas y bajadas que han sufrido en sus vidas en el centro y en los cuales no han encontrado ningún apoyo. También por empatía, el discurso extendido en la colonia es que el capitalismo nos hace a todos más miserables. Por convencimiento, que están siguiendo el camino correcto y el que desean. Y, además, por una parte de azar: es el sitio que han encontrado, quizás el único, para instalarse.

—El modelo capitalista no nos da otra respuesta que el consumismo. Crea falsas necesidades para mantener el crecimiento constante que la alimenta; más consumo y más producción y viceversa. Una bola que cada vez se hace más grande y genera frustración y desigualdades. En Ca la Fou la forma de vida coincide con mis principios —dice Mandi—. Se trata de predicar con el ejemplo.

Nave quemada en Ca la Fou
La nave quemada sin techo se incendió cuando la fábrica estaba abandonada. Al fondo, el edificio donde vivían los trabajadores de Ca la Fou metidos en pisos minúsculos, ahora intentan habitarlos los nuevos inquilinos de la colonia I Marta Valls

Los inquilinos actuales tienen un contrato de compra con derecho de uso con el propietario. Aunque una parte destacable de los habitantes provengan del movimiento okupa, el objetivo es integrar un grupo heterogéneo de personas y formar un proyecto que dure en el tiempo, por eso se apuesta por un contrato legal. Las diferencias se materializan en edades, orígenes y líneas de pensamiento diversas. Entre todos intentan cohesionarse como conjunto, celebran asambleas periódicas para organizar las tareas y solucionar conflictos internos, y coinciden para comer y cenar. Pero no todo el mundo se implica, al final, alrededor de la mesa de la comida raramente están siempre todos.

A parte de Mandi, una de las más predispuestas a hablar sobre los motivos vitales que la han conducido hasta Ca la Fou, también hay otros habitantes que sólo se dejan perfilar. Encontramos a Mau, técnico de sonido y creador sonoro que roza la cuarentena y vive dentro de una caravana en el patio del complejo. Martín, un macrobiótico jubilado que pasa las semanas entre el barrio barcelonés del Poblenou, donde había vivido toda su vida, y la colonia. Clau, una punk que ha creado un laboratorio dentro de una nave donde investiga sobre ginecología antipatriarcal. O Sheila, que a sus 30 años lleva media vida deambulando por casas okupas hasta que hace 3 se instaló en Ca la Fou. Diferentes edades, sexos, estéticas y una lucha que quiere ser común.

Del grupo, quienes están durante todo el año se alojan en los apartamentos donde vivían los antiguos trabajadores de la colonia. Unas estancias de 50 metros cuadrados con cocina, comedor y tres habitaciones minúsculas. Es un espacio propio que les permite combinar la relación con la comunidad y la tranquilidad de la intimidad.

En la casa roja, designada así por el color de los ladrillos, es donde se instalan las visitas de corta o media duración y es donde Mandi comparte habitación con Larissa, una periodista brasileña de 26 años. Larissa cruzó el Atlántico buscando una vida en comunidad, motivada después de convivir durante un tiempo con una tribu indígena americana. “La sociedad capitalista de las grandes metrópolis potencia unas relaciones humanas muy pobres. Aquí compartimos debates, espacios y nos enriquecemos mutuamente, crecemos juntos”, asegura.

Un espacio vivo
Este es un espacio vivo, en que siempre hay movimiento. Un espacio común en que siempre hay alguien preparando su comida, charlando o, simplemente, matando el tiempo I Marta Valls

 

La falta de comodidades

La vida en comunidad no es fácil, existen tensiones entre el grupo y el eterno debate entre el interés particular y el interés común está sobre la mesa en muchas de las asambleas. En Ca la Fou tienen un problema añadido a la convivencia, han de batallar contra la precariedad del espacio. La mayor parte de las construcciones están en ruinas o poco cuidadas, tienen deficiencias en los servicios básicos y a menudo no tienen capacidad económica y de trabajo para asegurarse una vida más cómoda.

En la habitación contigua a la de Larissa y Mandi está Edén. Son las 12 del mediodía de un día de julio y aún está tumbado sobre el colchón amarillento sin sábanas. Está colocado bocabajo para evitar que la luz que entra por los ventanales sin cristales le moleste. Comparte estancia con los mosquitos, que aprovechan la quietud para llenarle las piernas de picaduras, los ratones que se esconden entre los colchones y los montones de ropa sucia esparcidos por la habitación. Hace semanas que piensa que ha de ordenar y colocar trampas para atrapar a las bestias pero siempre se le acaba el día sin haberlo hecho.

La alarma del Nokia vuelve a sonar. El viejo teléfono le despierta por las mañanas y le ilumina por las noches cuando lee sobre filósofos de la Grecia clásica. El móvil es la única fuente de luz que tiene en la habitación, la pequeña lámpara de pie se ha roto y bombillas solo hay una en toda la casa, en la escalera. De vez en cuando no funciona y entonces el viejo Nokia es aún más necesario. Llamar no llama nunca e internet ni tiene ni lo necesita. A la cuarta repetición apaga la alarma y se levanta. Revuelve entre el montón de ropa del lado de la cama, toda sacada de ferias de segunda mano, asegura, y como no encuentra nada que le convenza coge las faldas cortas con flores desdibujadas que ya ha vestido los últimos días, y que tienen el trasero sucio de fango. Se las pone sobre los calzoncillos. Se viste con ropa de mujer. Edén es transexual.

Batalla contra la realidad en la que ha crecido, a nivel personal no está de acuerdo con el sexo que le ha tocado, a nivel colectivo tampoco lo está con el sistema que organiza la sociedad, el capitalismo. Por eso sueña que algún día vivirá como transexual en su pueblo natal y trabajará en la agricultura ecológica y no mecanizada.

Ca la Fou parecía un buen principio en esta pesquisa vital. Lo parecía: “Vine aquí porque creo en la revolución, pero si esto es la revolución está muy verde. Todo el día hacemos asambleas para hablar y así no avanzamos”. Llegó en primavera, pocos meses después de visitar el espacio en unas jornadas de agricultura ecológica. No tiene intención de quedarse mucho más tiempo, Sitges le ronda la cabeza todo el día; desea recorrer de arriba a abajo el paseo marítimo vestida de mujer y no sentirse extraña. “He vivido toda mi vida en un pequeño pueblo de León. Allí la gente no entiende qué me pasa, por eso vine a Cataluña, donde el tema está más normalizado”.

Como el único lavabo y ducha de la colonia se encuentran en la nave de en medio, Edén camina hasta allí, hace cola y mientras espera observa las máquinas forjadoras del interior de la nave; están paradas. Tenían que servir para sacar adelante uno de los proyectos de economía postcapitalista de la colonia.

Es su turno, entra al lavabo. Todo lo que se tira al váter va a parar al río Anoia, por eso frente a la puerta hay un cartel que advierte: “¡No tiréis papel dentro del váter!”. Cuando acaba llena un cuarto de cubo de agua limpia y lo aboca dentro, no hay cadena. Para la caca tienen un baño seco que cae en un depósito y después sirve de adobo para el huerto. En verano, cuando hay más visitas, queda saturado y han de dejarlo fermentar, y es en estas temporadas cuando sólo hay un váter en toda la colonia.

Intentar vivir al margen del sistema resta comodidades, y los habitantes son conscientes de ello, lo viven día a día cuando lo comparan con la vida que llevaban antes y disfrutaban de las comodidades que les brindaba el sistema: el agua corriente sólo llega a pocas habitaciones, el techo de los habitáculos aún tiene goteras y hay una plaga de ratones. “Vivimos en unas condiciones mucho más precarias que las de fuera. Arreglar el espacio y mejorar la calidad de vida es más lento de lo que pensábamos en un inicio. Nos faltan manos, materiales, dinero y también energía”, se lamenta Joan, habitante desde los inicios del proyecto, ahora hace cuatro años. Ha perdido la ilusión. “El sistema no funciona pero esto tampoco”, dice. “Pero siempre es mejor luchar que no ser indiferente. Como mínimo lo intentamos”, continúa.

La gallina ante los baños
La gallina pasea por delante de la pequeña caseta donde está el váter seco, el de hacer caca. Las heces se dejan fermentar y sirven para abonar el huerto I Marta Valls

 

Maneras de ganarse el pan

Ya más despierto, Edén entra en la sala común en la que está la cocina-comedor-biblioteca y escribe su nombre en la pizarra dividida en columnas con los días de la semana y dos filas una donde ha escrito “comida” y el la otra “cena”. Volutariamente cada día uno de los habitantes se encarga de preparar la comida para los demás miembros. Mientras Edén cocina y espanta los puñados de moscas que le rodean, Marta se mueve de un lado al otro del balancín vestida solo con unas bragas y explica que por primera vez su familia vendrá a visitarla a la colonia.

La cocina es un espacio donde siempre hay alguien. Hay otras zonas, en cambio, que están en ruinas, son de difícil acceso o simplemente la veintena de habitantes no hacen vida en ellas. Están desérticas. Servirían como escenarios ideales para grabar una película de miedo. La buhardilla de la nave principal podría ser uno de ellos. Se accede a través de una viga vieja que une uno de los terrados con un agujero en la pared de la planta de arriba del todo. Allí se amontonan decenas y decenas de sillas de madera sin culo. El taller de trabajar la madera era uno de los proyectos productivos de Ca la Fou que no ha acabado de despegar. El objetivo de los proyectos es costear la vida en la colonia y no depender de trabajar dentro del sistema. “Para vivir aquí tenemos que trabajar fuera, los proyectos productivos que hemos llevado a cabo no están funcionando”, asegura Joan.

La autosuficiencia económica es uno de los requisitos indispensables para funcionar al margen. Para conseguirla, en un inicio incluso utilizaban como moneda el bitcoin, una moneda virtual que acapara el 90% de las transacciones del conjunto de monedas virtuales y funciona con un código críptico de manera que nadie puede manipular su valor ni controlas las transacciones. Más allá de la moneda, que ha perdido casi todo su uso, el sistema productivo que defienden los de Ca la Fou es que esté basado en la economía social, el trabajo sea ético y la producción justa y necesaria para dar continuidad al planeta.

De todos los intentos solo la cerveza artesana que hacen, la Rosa de Foc (Rosa de Fuego), con el mismo nombre que se le daba a Barcelona en tiempos del anarquismo, es el único producto que avanza. Se vende a diferentes ateneos libertarios de Cataluña y lo comercializa a través de la ecoxarxa de la CIC, una red de intercambio de bienes, servicios y conocimientos que pretende desarrollar actividades económicas al margen del capitalismo para recuperar la dimensión humana y ética de la economía. El sistema enlaza diferentes iniciativas alrededor del territorio catalán y Ca la Fou es una de ellos.

Ropa tendida, vida humana
La ropa tendida siempre muestra que hay vida humana. Las prendas se secan con el paisaje de fondo de la decadencia industrial I Marta Valls

 

Otros espacios liberados

Los lazos entre espacios liberados, como los llaman, se tejen sobre todo en verano, cuando la colonia recibe decenas de visitantes. Franceses, alemanes, turcos o belgas aparecen con la mochila a la espalda para convivir durante unos días con la comunidad y conocer así su organización, la manera de funcionar y en algunos casos, tomarla de ejemplo para desarrollar ideas similares allí donde viven. Son jóvenes que llegan atraídos por la fama del proyecto entre los círculos ideológicos del anticapitalismo. De entre las visitas de este verano está Mario, que proviene del Valle de Arce, en la baja Navarra.

Explica que el Valle de Arce estaba lleno de pequeños pueblos que quedaron vacíos en los años 50, cuando sus habitantes abandonaros las montañas y con ellas la economía autosuficiente de ganaderos y agricultores que les había mantenido vivos durante generaciones. El entorno industrial necesitaba mano de obra y los de Arce dejaban el origen a cambio de la promesa de una vida mejor. Los últimos pueblos aislados no superaron el siglo pasado. Los últimos superviventes no volverían nunca más, su forma de vida hacía muchos años que había muerto.

La globalización se materializaba y el capitalismo, con la necesidad inherente de abrir siempre nuevos mercados para sobrevivir, se expandía. De pronto, la URSS se hacía añicos y el capitalismo se convertía en la única opción. ¿Cómo hacerlo si vives en España, dentro del corazón del sistema, y no estás conforme? El aislamiento es una opción, aunque hay pocos dispuestos a renunciar a todo por vivir de una manera similar a la de siglos atrás.

El Valle de Arce volvió a tener habitantes a finales de siglo. Eran quienes huían del sistema, los anticapitalistas convencidos, dispuestos a repoblar el Valle y vivir en él de una forma diferente. “Queremos salir de la sociedad, por eso vivimos apartados de ella e intentamos construir una mejor, autogestionada, justa e igualitaria”, dice Mario, que pasa unos días en Ca la Fou, pero vive durante todo el año en el Valle. El pueblo se encuentra a una hora y media en coche de la carretera asfaltada más próxima y aun este aislamiento, Mario reconoce la imposibilidad de estar completamente al margen: “También dependo del sistema, tengo una furgoneta Renault que me lo recuerda. Aun así, gracias al trabajo de la gente del Valle conseguimos una autosuficiencia de un 70-80%. Con esto ya me conformo”.

Laboratio de pruebas
Laboratorio de pruebas y espacio personal de uno de los miembros de Ca la Fou. Libros, fotografías, un aparato de música y todo tipo de trastos por encima de la mesa I Marta Valls

 

¿Libertad de información?

Ca la Fou, en cambio, no busca el aislamiento ni huir de la tecnología. Y de hecho, tiene la particularidad de que integra la vertiente tecnológica. Son dos maneras diferentes de búsqueda de lo mismo: otra forma de vivir. En Vallbona defienden la soberanía digital y trabajan para conseguirla a través del hackafou, uno de los proyectos de la colonia que desarrolla el software libre. Pretende conseguir que el tratamiento de la información que hay en la red pueda ser de uso para todos. Es uno de los principales proyectos de la colonia, tan imprescindible para los habitantes que tuvieron antes wifi que agua corriente.

La filosofía en defensa de la libre información les ha llevado a aprobar un protocolo de medios: todos los que hablen de Ca la Fou antes han de firmar un documento en el que se comprometen a asumir una licencia libre para la difusión del reportaje. Así, la decisión sobre los derechos de la pieza pasar de recaer en el autor a recaer sobre la asamblea de la colonia. El objetivo es que la información no sea privativa para nadie, y a cambio, el autor pierde la libertad sobre su propio trabajo sin tener otra opción. El protocolo también añade otras cláusulas como que toda la información ha de mostrarse a la asamblea y esta, dice textualmente el protocolo “se reserva el derecho de aceptar o no un reportaje por parte de cualquier medio interesado”. En las fotografías, piden que no aparezcan rostros de los habitantes aunque de forma individual sí que dan el consentimiento de la difusión de la propia imagen. Es por eso que en las imágenes de este reportaje no aparecen sus habitantes.

Hace días que nadie duerme en esta cama
Los pocos metros cuadrados que ocupa una cama conforman el universo particular para quien lo habita. Quien hubiese yacido sobre estas sábanas hace días que no viene I Marta Valls

 

Una pierna a cada lado

El trabajo y la vivienda son las dos patas del capitalismo que quedan del revés en Ca la Fou. La manera de habitar es aquí una forma de activismo que contribuye al cambio individual y colectivo. Con otras dinámicas se demuestra que hay maneras diferentes de vivir. Se comparten el espacio, los conocimientos y las posesiones manteriales con un grupo que no coinciden en la familia sino con el lazo que se crea por una convicción común: construir una sociedad diferente que tenga como valores la generosidad, la sostenibilidad y la igualdad. La rutina del trabajo también queda alterada en la colonia. Costearse la vida es mucho más fácil en comparación con quien vive en el epicentro del sistema. La producción propia y el compartir recursos, ayudan.

Es hora de cenar y Larissa y Mandi aparcan el coche en la entrada. Vuelven de hacer la compra. Para pagar la cuenta trabajan fuera en trabajos convenciones, aunque dedican jornadas reducidas. Cargadas de bolsas dejan las butifarras en bandejas de plástico del supermercado dentro de la nevera. Mañana toca hacer barbacoa. A pesar de todo, continúan teniendo los pies dentro del sistema, al inicio del siglo XXI es prácticamente imposible salir de él. Fuera del sistema no hay vida, dentro del sistema, la vida es “injusta”, “individualista” y “miserable”. Larissa y Mandi tienen en mente proyectos productivos para desarrollar y dejar de depender del mercado convencional de la oferta y la demanda. De momento, sólo son ideas.

Edición a cargo de Catalina Gayà y Gerardo Santos
Edición fotográfica a cargo de Carles Palacio y Estefania Bedmar
Traducción al castellano por Natalia Santolaria
Sueños eróticos
Sueños eróticos, tecnología y creación. Llenamos los espacios para apropiárnoslos I Marta Valls

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