Magazine

Nuevas formas de habitar

Otrorrostro / Parcela 17

— Amílcar Valera vive en condiciones precarias en una barraca en la frontera entre Montcada y Barcelona, en tierra de nadie

— Seis barracas, ocupadas todas por hondureños, esperan un desahucio inminente sin saber a dónde irán a parar después, ante la falta de soluciones por parte de las administraciones públicas

Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Google+0Share on LinkedIn0

Las barracas siempre han estado ahí, en la tierra, en el ecosistema urbano; pese a que los políticos las hayan querido borrar, hayan querido dar un mazazo y anunciar que en la Barcelona pujante, en nuestra Barcelona pujante, nadie, absolutamente nadie vive entre maderas y plásticos y con piso de tierra. La foto es en blanco y negro. En ella se ve a Pasqual Maragall, joven, alcalde de Barcelona, vigoroso, con ese mazo, ese mazo en las manos. La prensa titula que Maragall da por derruida la última barraca de Barcelona pero, ¿quién las ha contado? ¿quién las controla? ¿A dónde van los que hasta entonces, como mínimo, tenían un techo y un suelo de barro?

En el 1990, y apremiado por la inminencia de los Juegos Olímpicos del 92, el alcalde Maragall se personó en el nucleo de barracas Francesc Alegre, en el Turó de la Rovira, para derruir las últimas barracas de la ciudad. Aunque en los años cincuenta entre 70.000 y 100.000 personas vivían en estas construcciones precarias, el fenómeno barraquista no acabó en la Rovira, tal y como esperaba Maragall. En el 2011 el Ayuntamiento cifraba en 113 las familias que vivían en asentamientos de barracas, unas 441 personas invisibles, silenciadas, que son tomadas como una anomalía del sistema.

Acceso al Turó de Montcada desde el polígono industrial de Can Cuiàs
Acceso al Turó de Montcada desde el polígono industrial de Can Cuiàs | Aleix Plana

Dos años más tarde, en julio de 2013, los Mossos d’Esquadra desalojaban a unas 300 personas del asentamiento de la calle Puigcerdà, en donde se calculaba que llegaron a habitar hasta 800 inmigrantes, mayoritariamente subsaharianos. En el Turó de Montcada, lindando con la Barcelona invisible, la que da la espalda a Ciutat Meridiana, se levantan seis barracas que tienen los días contados. El 17 de marzo las derribarán y entonces sus habitantes, todos hondureños, se perderán por los caminos, como los conejos, atemorizados y huidizos, que conviven junto a ellos en esta frontera de la ciudad, en este paraje olvidado entre autovías frenéticas. Aleix Plana, cámara en mano, muestra en este fotorreportaje un flash, un destello de la inquietud que uno de los habitantes del lugar, Amílcar Varela, siente ante su incierto futuro.

Colchones abandonados en el Turó de Montcada
Colchones abandonados en el Turó de Montcada | Aleix Plana

—¿Sí, hola?

—¿Eres Alex? He visto una nota en mi puerta con tu número.

—Sí, soy yo, le cuento: soy fotógrafo y me enteré que estaban derrumbando los huertos y las barracas del Turó de Montcada y me interesaría hablar con alguien que viva ahí.

—Ah, ningún problema. ¿Cuándo quiere venir?

—Cuando le vaya bien, yo estoy por aquí haciendo fotos ahora mismo.

—Ah, ¿Estás aquí? ¿Eres el chico que he visto por aquí hace un rato? Pues ven cuando quieras.

—Perfecto, ahora bajo.

Un hombre pasea entre los escombros y barracas en el Turó de Montcada con Torre Baró de fondo
Un hombre pasea entre los escombros y barracas en el Turó de Montcada con Torre Baró de fondo | Aleix Plana

Termino de hacer la foto que preparaba antes de la llamada y cruzo la gran explanada antes llena de huertos y cabañas, donde durante décadas muchas familias venían a pasar el día en fin de semana, a hacer barbacoas, plantar cebollas, lechugas, tomates. Ahora todo son escombros y objetos abandonados: una butaca, un zapato, unas cintas VHS, un televisor sin pantalla, un suelo de baldosas rotas, una muñeca sin cabeza, trozos de espejo. Al final del llano, el camino desciende pronunciadamente hasta las autopistas, la C-58 se une a la C-33 y la C-17. Miles de coches circulan ajenos a las seis barracas que aún están en pie; las seis barracas aún habitadas. Y más allá de las autopistas se erigen como hormigueros los edificios de Torre Baró, y carteles publicitarios—“Somos la solución”, dice la cara de Pedro Sánchez; “España amb seny”, la de Mariano Rajoy; “Burger King”— y más allá Barcelona, difuminada por la polución, y las tres chimeneas de Sant Adrià del Besós, y el mar cuesta de ver.

Bajo entre restos de derribo hasta la primera barraca y un hombre me recibe con una gran sonrisa. “Mi nombre es Amílcar Varela”. Abre el candado y me invita a pasar. Mientras cruzamos el patio aprovecha para arrinconar unas tumbonas, recoger un papel. Una vez dentro me ofrece asiento. La casita es pequeña e impecable: en la puerta ocho zapatos acabados de embetunar, un sofá, cinco sillas, una mesa con una Biblia abierta y subrayada, a lo largo de la pared una cuerda con ropa tendida.

Objetos rotos y abandonados de las antiguas barracas del Turó de Montcada
Objetos rotos y abandonados de las antiguas barracas del Turó de Montcada | Aleix Plana

—Pues mira, yo tenía un huerto aquí desde el 2012, venía a pasar el domingo y asar la carnita. Luego cada vez tenía menos trabajo y al final no podía pagar el alquiler y el año pasado me vine a vivir. Aquí tengo la tranquilidad de que no tengo ninguna factura pendiente. Si un mes me salen algunos trabajos y puedo recoger 200 o 300 euros, bien, pero sino como mínimo tengo donde dormir. Si recojo suficiente dinero me puedo comprar la tarjeta de transporte, y sino voy caminando. A veces tengo que salir a las 5 de la mañana para estar a las 6:30 en Maragall. Allí hay un sitio donde nos reunimos muchos y viene gente que necesita mano de obra y allí te escogen. Aunque alguna vez a alguno se lo han llevado a trabajar y luego no le han pagado [ríe]. A mí no me ha pasado. Yo puedo hacer cualquier trabajo, aquí se aprende mucho, pero ellos prefieren a los jóvenes. A mi edad es más difícil. Justo hoy cumplo 61 años.

—¿Hoy? ¡Muchas felicidades!

—Gracias [ríe]. Y bueno, ahora nos quieren echar. Parece que para que vivan los animalitos. Aunque no sé qué animalitos van a vivir aquí con la autopista tan cerca. Y por el otro lado está la cementera, pero eso no es un problema para los animales porque da dinero. Nosotros como no damos dinero nos tenemos que ir, pero aquí ninguno tenemos trabajo casi. En la barraca de al lado hay un hombre de 70 años. Más abajo un chico que de vez en cuando sí trabaja, veo que siempre tiene unas botas de obra y algunas herramientas fuera. Y al final un hombre con su esposa, él no trabaja, ella sí que hace algunas horas en casas. Somos todos de Honduras.

—Sí, ayer por la noche conocí al marido y me contó eso. Pero me dijo que no quería fotos, que al principio habían venido periodistas y no había servido de nada.

—Yo fui al Ayuntamiento de Montcada, a servicios sociales, pero allí dicen que no se pueden hacer cargo de nosotros porque no estamos empadronados allí, y me mandaron a Barcelona. Me fui a Barcelona y me dijeron que no, que esto es asunto de Montcada. Se nos van pasando como una pelota.

Una cocina de una barraca en el Turó de Montcada
La cocina de Amílcar Varela | Aleix Plana

—¿Les han puesto una fecha límite?

—17 de marzo. Y nos van llamando, que nos tenemos que ir, que es sumamente urgente. Incluso nos han dicho que si no nos íbamos en la fecha tendríamos que pagar nosotros los gastos. Cuando a uno lo oprimen así le entra mucha angustia. Tengo buena relación con el forestal, Carlos se llama. Él es el que viene con la máquina y si la casa está en el papel va al suelo. Hablo con él y me dice: lo siento, yo sólo cumplo mi deber, es mi trabajo y si la casa está en mi lista, va al suelo. Y yo lo entiendo todo, entiendo que ellos tienen la ley, entiendo que esto no es mío y entiendo que no es una construcción adecuada a la vivienda. Y no me gusta ser desobediente, ni irresponsable, pero no puedo alquilar una habitación de una persona si luego no le podré pagar. Me gustaría regresar a mi país pero el billete es demasiado dinero. Vivo con las maletas hechas, con mi ropa mejorcita ¿las quieres ver?

Amílcar tiene una pequeña habitación con armarios, dos maletas y una guitarra. Otra habitación con su cama, que encuentro pequeñísima, donde me muestra el acumulador que recoge la electricidad de una placa solar que tiene en el tejado. La cocina es espaciosa y llena de luz. Saliendo por la puerta de atrás me muestra el sistema de canalones que lleva el agua de lluvia a unos grandes depósitos. También tiene un huerto escaso y una fosa séptica. Mientras hago algunas fotos, él se va a doblar la ropa tendida.

—Vine por primera vez a España en 2004, el 2 de febrero, estuve hasta 2008, tenia un trabajo de noche y uno de día. Estaba con un gitano vigilando en obras, terminaba a las 6 de la mañana y a las 7:30 tenía que estar en el otro sitio. Este era un español. Haciendo mudanzas había mucho trabajo, entonces. Eran mudanzas de diez horas, doce horas, catorce. Luego cuando llegó la decadencia me regresé a mi país por tres años. Allí somos pobres, pero no hay gente en la calle. Es como me dijo una chica que vino aquí un día, así como tú, hizo unas fotos y hablamos lo mismo que contigo. Me dijo que trabajaba para los medios de México. Me dijo que aquí en España los problemas se esconden, que se hace ver que aquí no hay gente con problemas, y eso no es cierto. Pero es una cuestión de imagen.

Un hombre dobla la ropa en una barraca del Turó de Montcada
Amílcar Varela dobla la ropa el día de su 61º cumpleaños | Aleix Plana

—Además, aquí están al lado de la autopista.

—Claro, se nos ve demasiado, da mala imagen. Mejor que nos vayamos y que vivan aquí los conejos.

Huertos y barracas no habitados frente a la central del producción de mortero Saint-Gobain Weber Cemarksa
Huertos y barracas no habitados frente a la central del producción de mortero Saint-Gobain Weber Cemarksa S.A, en el lado del Turó que baja hacia la C-33 y la C-17 | Aleix Plana

Tiempo.

—Yo tengo cuatro hijos aquí, y la asistenta social, Wilma, me dice: “te tienes que ir de aquí, ¿por qué no te acoge alguno de tus hijos?” ¿Pero cual es la situación de ellos? Tengo una hija, con un piso por aquí, [señala hacia Ciutat Meridiana] por encima de Via Júlia. Tiene tres hijas. Hace años se compró el piso, luego empezó la decadencia y no podía pagar. Dejó el piso, lo cerró, pero no lo ha entregado, ella quiere devolverlo, pero no le dejan, le dicen que se quedaría con una deuda mayor que lo que pidió al principio [ríe]. Ahora está en una habitación con las tres niñas, en casa de una amiga. Otros dos hijos los tengo alquilando una habitación. ¿Qué hago, me pongo a vivir con ellos, en su misma habitación? Mi otro hijo llegó aquí con 16 años, ahora tiene 26. Desde que llegó estuvo trabajando para una frutería, descargando camiones. Primero le pagaban 1.100, luego 1.000, luego 900… Luego no le renovaron el contrato porque bajaron las ventas, pero siguió trabajando allí. Pero al no tener un contrato perdió los papeles. Luego ya le dejaron de pagar. Ahora está sin trabajo, sin dinero y sin papeles. A veces viene a dormir aquí, y compartimos la comida. ¿Cómo me van a ayudar? Ellos ven en mi ficha un número: cuatro hijos, pero no saben de su situación. No la conocen, no la quieren conocer.

—Ha hablado usted con los de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas?

—Bueno, aquí al principio subió mucha gente, cuando empezaron a tirar los huertos. Había algún día que parecía el mercado. Subieron los de la Plataforma, hasta vinieron los de Antena3. Miguel, creo que se llamaba el de la Plataforma. Él estuvo aquí dos meses luchando duro, por eso se pararon las máquinas. Fueron al Ayuntamiento —el de Montcada— a reclamar, hasta nos invitaron a ir, a pedir explicaciones a la alcaldesa, pero ella corrió como un conejo y no atendió a nadie. Luego, cuando volvieron las máquinas, estuvimos llamando a Miguel pero no contestó, y no lo hemos vuelto a ver. Yo no lo sé, pero me dijeron que ahora trabaja en el Ayuntamiento [ríe]. Pero ya le digo, yo eso no lo sé, sólo me lo han contado, no sé si será cierto.

Tiempo.

Un hombre pasea por las barracas del Turó de Montcada
Amílcar Varela en su patio. Frente a él, la barraca de su vecino José y Ciudad Meridiana | Aleix Plana

—Esto es como en el fútbol, ¿ves? Cuando el Real Madrid o el Barcelona ven en un equipo pequeño a un jugador que les puede hacer daño, van y lo fichan, le dicen: “Ven para acá, siéntate aquí”. Y entonces ya no ven nada ni han visto nada.

—Quizás si los molestamos bien nos fichan a nosotros.

—[ríe] Ah, entonces yo no habré visto nada. No sé nada.

—Yo no sé nada de huertos ni de barracas.

Muñeco de acción desnudo y decapitado en el Turó de Montcada
Muñeco de acción desnudo y decapitado en el Turó de Montcada | Aleix Plana

 

Un guarda forestal camina por las barracas del Turó de Montcada
Carlos, el guardia forestal, camina detrás de la máquina excavadora que ensancha el camino delante de las barracas de Amílcar y José | Aleix Plana

 

Versículo trece de la Biblia subrayado
La Biblia de Amílcar Varela con versículos subrayados | Aleix Plana

 

Huellas de jabalíes y de neumáticos en el Turó de Montcada
Huellas de jabalíes y de neumáticos en el Turó de Montcada | Aleix Plana
Edición a cargo de Catalina Gayà y Gerardo Santos
Edición fotográfica a cargo de Estefania Bedmar

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

— Amílcar Valera vive en condiciones precarias en una barraca en la frontera entre Montcada y Barcelona, en tierra de nadie

— Seis barracas, ocupadas todas por hondureños, esperan un desahucio inminente sin saber a dónde irán a parar después, ante la falta de soluciones por parte de las administraciones públicas

Artículos relacionados