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Hiperconsumo

Nosotros y el alcohol

— Los médicos alertan que bebemos demasiado, de forma cada vez más compulsiva y que comenzamos a hacerlo a los 13,8 años, demasiado pronto

— El alcohol ha sido tradicionalmente una gasolina social y una 'muleta' emocional, pero su uso se ve alterado hoy por las modas de una sociedad hiperconsumista

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El alcohol es la sustancia legal psicoactiva —es decir, que altera la conciencia y la percepción— más consumida en el mundo. En el Estado español se empieza a beber a los 13,8 años, y se bebe de media 10 litros de alcohol puro por persona y año. Los médicos de la Sociedad Española de Epidemología han alertado este 2017 que la frecuencia de los episodios de consumo compulsivo —borracheras— se han duplicado en los últimos veinte años. En la cultura mediterranea —como en otras—, el alcohol es un líquido identitario e iniciático, una verdadera gasolina social, que, de hecho, ocupa un lugar como alimento, bien integrado en un consumo normalizado.

Pero las alarmas se han disparado porque los datos de inicio en el consumo de alcohol los últimos años son preocupantes, según los informes del Plan Nacional sobre Drogadicciones: en 2015, 300.000 adolescentes de entre 14 y 18 años se iniciaron en el consumo de alcohol. Casi el 70% de los cuales ha consumido alcohol el último mes, y un 30% ha protagonizado un consumo de riesgo en ese mismo periodo, según la Fundación de Ayuda a la Drogadicción. Desde una perspectiva respetuosa con las opciones personales y la libertad de todos, resulta necesario preguntarnos si en este ámbito sufrimos, quizá, también los efectos de una sociedad de consumo compulsivo, sometida, además, a las modas. ¿Hiperconsumimos alcohol? ¿Por qué lo hacemos?

Son las ocho y media de la tarde. Júlia sale del ascensor y gira con la llave la cerradura de la puerta de su casa. Hoy no ha sido un gran día en el trabajo, pero dentro de la bolsa del súper que carga se esconde un gran aliciente. Se descalza y se deja caer en el sofá, destapa una botella de Bach Extrísimo que ha comprado cuando salía de trabajar por no más de cuatro euros y retoma las páginas del libro Los hombres me explican cosas exactamente donde ayer, en una escena idéntica, las dejó. “Este es, sin duda, el mejor momento del día”, piensa.

“Con los primeros tragos, la vida me empieza a parecer más tranquila, más pausada. El alcohol me relaja y ofrece amplitud a todo aquello que me ha perturbado durante la jornada”, reconoce con naturalidad cuando lo recuerda. Los músculos de su cuerpo se destensan porque el alcohol los empieza a recorrer a través de la sangre. Parece que los dedos se le reblandezcan. Lo nota sobre todo en las manos, que ganan imprecisión en los movimientos y un tacto algo esponjoso cuando los presiona contra las páginas. Le resulta una sensación muy agradable. Difícilmente adquirida con otras sustancias, o sin ninguna.

Su velocidad cerebral se reduce. Disminuyen las barreras mentales, el estrés, la actividad neuronal. Se siente cómoda en este ritmo. Al ralentí, puede paladear las ideas. Se embriaga de ellas con más facilidad y se queda colgada sin una dirección clara en el pensamiento. El alcohol actúa como depresor del sistema nervioso y, en aumentar el consumo, las consecuencias son más evidentes.

Tres cuartos de hora después, y ya en la segunda copa, Júlia decide cerrar el libro: “Me falta precisión en los razonamientos, concentración, y la calma ha degenerado en somnolencia”. Júlia comparte esta rutina diaria con casi un 5% de las mujeres en España. En el caso de los hombres, la media de este tipo de consumo asciende al 15%, según un estudio realizado en 2015 por el Observatorio Español de las Drogas y las Toxicomanias.

Ana Martes ©

“El alcohol es una sustancia depresora, similar a un ansiolítico. Aunque la primera sensación es estimulante, te deprime el sistema nervioso central y eso te acaba relajando. En esta época de estrés, buscamos sensaciones que nos evadan y nos desconecten de la realidad”, explica Oriol Escullies, director de Proyecto Hombre en Catalunya. Y es precisamente esta impresión, la que parece que marca distancia con la vida, la que Júlia espera noche tras noche. Las copas, que nunca superan el par, funcionan como gestoras de problemas, de conflictos y emociones.

“El individualismo es insoportable y lo intentamos enmascarar con un gran consumo de cosas diversas. Aunque el vínculo con las relaciones personales es insustituible, buscamos otras que nos generen sensaciones similares. Y el alcohol es uno de los grandes productos de este hiperconsumo”, defiende Escullies. Este hábito aparentemente inofensivo se conoce como “patrón mediterráneo” y se caracteriza por crear rutinas que vinculan espacios y momentos determinados, predispuestos a la ingesta de alcohol., como las previas a las cenas de Júlia.

“Si cada vez que estás ansioso, te bebes una cerveza, no hay ningún aprendizaje emocional. La gestión de esta sensación se suple y eso atrofia el sistema de regulación saludable de las emociones. Existen muchas depresiones escondidas bajo el alcoholismo”, apunta Escullies.

Júlia bebe en compañía para celebrar sus ascensos laborales. Bebe como síntoma de premio, de pequeña recompensa merecida. Bebe por las noches porque cree que es una manera de cuidarse, de concederse caprichos y de reivindicar el placer en soledad. Y bebe también para olvidar, para relajar los nervios, para ordenarse cuando ha de tomar decisiones importantes, por costumbre. Júlia bebe. Y con ella lo hace también, a niveles de consumo peligrosos para la salud, uno de cada cinco catalanes, según un estudio elaborado por el Departament de Salut a inicios de 2016. Las razones del consumo son diversas y las consecuencias, a nivel emocional, son también dispares.

Borja Alegria ©

Rubèn es saxofonista y no supera los cincuenta años. Son las siete de la tarde y ha quedado con su banda de música, de la cual forman parte más de veinte artistas y de la que él es uno de los responsables de los arreglos. Para Rubèn, éste, su medio social y profesional, es un escenario de consumo de riesgo: “Bebo mucho más de lo que tendría que beber, lo sé. Pero en mi profesión es difícil no hacerlo, lo tienes automatizado, subes al escenario y te traen la birrita. En una actuación puedo beberme cinco o seis, en dos horas o menos… es una parte de la retribución: ¡barra libre!”.

A lo largo del ensayo, bebida en mano, Rubèn da órdenes, se altera, bromea y sube el tono cuando los resultados no son los esperados. “Siento que a veces mis compañeros no hacen su trabajo y vienen sin haberse aprendido lo suficiente las notas y los arreglos que hago para cada grupo de instrumentos —explica apoyado sobre el capó de un coche, en el descanso del ensayo, con una lata de cerveza en la mano—. Me enfado mucho y grito. Sé que tengo fama de gritón, pero no sé hacerlo de ninguna otra manera. Después salimos y todos amigos: ‘Ey, Rubèn, ¿echamos una birra?’ Pero aquí dentro somos profesionales y si no haces tu trabajo, ya te lo diré y me cagaré en ti”, reconoce.

Borja Alegria ©

Sus compañeros deploran la rapidez casi ciclotímica con que pasa del buen humor a la bronca y la intensidad de sus gritos cuando se enfada. Pero ninguno de ellos lo atribuye al hecho de que, antes de empezar el ensayo, Rubèn ya había tomado tres cervezas, sumadas a la que toma durante la pausa para fumar. Admite que el medio social le empuja a beber: “Si ahora tuviese que dejar de beber me costaría mucho, pero no creo que eso quiera decir que tengo un problema con la bebida. Creo que lo tengo controlado. El alcohol forma parte de mi vida y de la sociedad, y más aún si te dedicas a la música profesionalmente”.

Rubèn no es el único que se ha dado cuenta. En un país que cuenta por decenas sus festivales de música, sobre todo en esta época estival en la que estamos, todos disfrutan del patrocinio visible del alcohol. El ejemplo lo encabeza Heineken: la marca de cerveza fue la patrocinadora durante diez años del FIB de Benicàssim. Heineken aportaba 700.000 euros en las últimas ediciones.

A la lista se pueden sumar otros casos como el del Viña Rock, con uno de sus ocho escenarios dedicado a la marca de ron Negrita, o en los festivales Cruïlla, con Estrella Damm al frente, y el Primavera Sound, con colaboradores como Bacardí, Desperados, Martini y Heineken, de nuevo, como principal partner.

Aunque Rubèn considera que no sufre ninguna dependencia al alcohol, los síntomas que experimenta coinciden con los que explica Carles Roncero, psicólogo y psiquiatra y jefe de sección de Adicciones y Patología dual en el hospital Vall d’Hebrón de Barcelona: “La tolerancia es el proceso que nos obliga a aumentar la cantidad de ingesta de alcohol para conseguir los mismos efectos y está estrictamente ligada a la dependencia. Se produce una adaptación de nuestro cerebro, del sistema nervioso central. Y si dejamos de consumir, podemos sufrir síndrome de abstinencia: ansiedad, insomnio, irratibilidad”. Depender, por tanto, es creer que nuestro cuerpo no funciona sin cierta substancia y caer en un mundo confuso y turbio, acompañado de insatisfacción constante y de un vacío físico y mental.

 

Educando en el consumo

Es viernes y Júlia prepara la ropa que lucirá esa noche. Tiene una quedada de ex alumnos de la escuela. No asistió a los dos encuentros anteriores. Ha pasado demasiado tiempo desde la última y está nerviosa. Se escruta delante del espejo y va de un lado a otro sin un propósito claro. Para calmar los nervios, mientras plancha una camisa y escoge pantalones, abre una cerveza fresca. “Las pequeñas cosas”, como decían Laia Costa y Jean Reno en el anuncio del verano pasado.

Menea la cabeza y ríe cuando recuerda los momentos más emblemáticos de aquella adolescencia: las amigas, la primera pareja, las fiestas mayores y la primera borrachera, de la cual, en realidad, no recuerda mucha cosa. “En casa, el porrón de vino siempre había presidido la mesa pero yo nunca me atrevía a probarlo. Mis padres tampoco me incitaban a hacerlo”, reconoce. Como consecuencia, la primera vez que tomó vino pasó media verbena de San Juan procurando mantenerse en pie. Para entonces, desconocía que mezclar, en cuanto al alcohol se refiere, no es bueno y que la moderación en el consumo tiene mucho que ver.

“Si los rituales de la fiesta con alcohol solo se dan con los amigos y en momentos recreativos, puede no ser el mejor lugar para consumir porque falta el proceso educativo en el acto”, incide Josep Rovira, director del área de drogas de la Asociación Bienestar y Desarrollo. “A menudo se piensa que los padres no deben enseñar a consumir alcohol a los hijos —prosigue— y lo confían todo a que el niño lo aprenderá por la noche con sus amistades. Y eso no es lógico”.

Uno de cada cuatro menores en Catalunya asegura haber abusado de la substancia durante el último mes, según indica un estudio elaborado por la Conselleria de Salut en 2016. Como consumo intensivo o abusivo, los expertos definen tomar cinco o más bebidas los hombres o cuatro las mujeres. Júlia, aquella noche, cree que ingirió alrededor de cinco, entre kalimotxo y ratafia. Con el tiempo, descubrió que a ese consumo se le llama “atracón” o consumo compulsivo y que provoca la amnesia posterior o el black out. Por eso, al día siguiente recuerda poco más que el dolor de cabeza y el mareo constante.

Por suerte, aquella noche Júlia llegó bien a casa, por su propio pie y con la ayuda de dos amigas, pero la historia no siempre cuenta el mismo final. Y es que el Sistema de Emergencias Médicas de Catalunya atendió, sólo durante 2015, hasta a 1.867 jóvenes afectados por intoxicaciones graves causadas por el consumo de alcohol.

Ana Martes ©

“Es normal que el alcohol esté presente en nuestra cultura pero no es normal que se generen alcohólicos. El uso de esta substancia es muy diferente dependiendo del ámbito: el alcohol está presente en el uso religioso, médico, en el lúdico y en las celebraciones. Que el alcohol esté normalizado no quiere decir que esté banalizado”, explica Josep Rovira.

Casi el 70% de los menores de edad ha bebido alcohol durante el último mes. Y uno de cada cinco adolescentes se ha emborrachado durante el último fin de semana. Desde hace años, las portadas de los diarios se han llenado de titulares que referenciaban esta problemática, ligada, además, a un escenario que tiene consecuencias sociales, educativas y sanitarias: el botellón.

El fenómeno nació durante los años 90, debido a la subida de los precios del alcohol en los bares y a un cambio en la hora de cierre en los mismos. Estas modificaciones provocaron en los jóvenes la reacción de consumir la substancia a pie de calle y por un coste bastante inferior, comprándola en los comercios. El escenario, que reunía a grandes grupos ocupando lugares públicos con bebidas alcohólicas en las manos, se extendió rápido por todo el país y, veinte años después, la cultura del botellón ha traspasado espacios.

La que fue la primera línea de tren de la Península se conoce hoy también como “la línea del botellón”. En Plaça Catalunya, los vagones comienzan a recibir en masa a jóvenes cargados con bolsas de plástico verdes y blancas llenas de botellas. El tren de la fiesta se convierte entonces en una previa a la entrada a las discotecas de Mataró y Blanes. La música, la jarana, el alcohol e, incluso, el humo son los principales protagonistas de esa rutina semanal.

Para Josep Rovira, esa escena, dejando de lado los posibles riesgos, es una reacción lógica de las relaciones humanas: “No creo que haya cambiado tanto el motivo original o real por el cual los jóvenes se reúnen. Buscan la interacción y el encuentro entre iguales. Lo que sí ha cambiado son los espacios y contextos de acceso al alcohol pero si eso se hace en la plaza, se hace en la plaza. Si se pudiese hacer en un bar, se haría en un bar. Lo que busca la gente son espacios de identidad propios”.

 

El alcohol como lubricante social

Júlia y sus antiguos compañeros de clase han decidido acabar la noche en un bar musical. La cerveza y los combinados llenan once de los vasos que hay sobre la mesa. Todos, salvo uno: el de Manuel, un viejo amigo que ronda los cuarenta y que es abstemio. No le gusta el alcohol y nunca se ha forzado para que le gustase, aun los comentarios incitadores del resto. “Siempre me están chinchando porque no bebo, y en algún momento fue duro, pero sé que lo hacen de broma”, reconoce él. Aún así, Manuel considera que existe un imaginario que identifica el alcohol con el ocio y la reputación social. “No tengo ninguna duda de que la sociedad presiona hacia el consumo y que este consumo de alcohol es, además, simbólico porque te convierte en adulto, guai, miembro de la misma sociedad”.

Sobre esta imagen de hábito social, Josep Rovira evita la idea de vincular el consumo solo a una cuestión de moda o de estatus y apunta que el alcohol a menudo actúa como un importante lubricante social: “El alcohol puede beneficiar la socialización. Es una excusa para encontrarnos, para compartir. Se trata de un lubricante de las relaciones que tiene mucho que ver con el uso recreativo: se suma la diversión, el ocio, la desinhibición, el contacto, la espontaneidad. Se trata de una desconexión positiva”.

Este efecto socializador se da, según explica el psicólogo y psiquiatra Carlos Roncero, porque el alcohol actúa como depresor del sistema nervioso central. Y eso facilita la relajación y la inhibición. El cerebro funciona como un programa de baja intensidad en que se eliminan las barreras de las relaciones humanas.

Más allá del beneficio que aporta la sustancia a escenas como las que se están reproduciendo en la mesa de Júlia, Rovira reconoce la necesidad de cuidar estos elementos positivos del consumo: “Hay que valorar estos espacios para saber cómo vivirlos y fomentarlos, para saber cómo no perdérselos. Es importante que la cosa no se nos vaya de las manos. Eso se conoce como la gestión de los placeres y los riesgos”.

 

Los riesgos del alcohol

¿Dónde está el límite? ¿Dónde empieza el alcoholismo? Proyecto Hombre Catalunya atendió durante 2016 a 2.147 personas por problemas de adicciones. Casi un 40% por alcoholismo. El director de la entidad, Oriol Escullies, apunta múltiples causantes de esta problemática: “Hay muchos factores que influyen y hay modelos de riesgo. Uno de los factores intrínsecos, los genéticos, que predisponen a aumentar el riesgo a la adicción si hay contacto con la substancia. Pero también entran en juego los factores sociales. Lo que más incidencia tiene es la educación que has recibido en casa. También afecta el barrio, la cultura. El consumo es más bajo en aquellas sociedades que tienen cierta conciencia de el riesgo que comporta una substancia. En España, la conciencia de riesgo que hay sobre el alcohol es muy baja”.

Explica también que uno de los perfiles de consumidores que aumenta son los hombres de 60 años, a menudo en riesgo de exclusión social, que, acostumbrados a beber diariamente a lo largo de su vida, llegan a condiciones insostenibles. Las consecuencias físicas de esta adicción son evidentes: problemas cutáneos, impotencia sexual, feminización de las hormonas, problemas hepáticos, ampliación de los vasos sanguíneos, deterioramiento físico. Pero los efectos emocionales y psicológicos pueden ser irreversibles.

Borja Alegria ©

Miguel —nombre falso— es un alcohólico rehabilitado, miembro de una plataforma que promueve un movimiento asociativo que lucha a contracorriente con los ritmos de consumo compulsivo de alcohol de la sociedad: “Vivimos en una sociedad que nos empuja al consumo. No hay substancia más omnipresente, accesible, barata y bien vista socialmente como el alcohol”, manifiesta Miguel.

En el super de la esquina, la lata de cerveza de marca blanca cuesta 0,26 céntimos, mientras que por una Fanta o una Coca-Cola piden casi el doble. Y en el bar de cualquier facultad catalana o española la cerveza sin alcohol ronda el euro con treinta céntimos, mientras que la cerveza sin alcohol vale 1,50 euros. La conclusión parece evidente: beber cerveza sin alcohol es un capricho sofisticado.

Borja Alegria ©

La legalidad del alcohol equivale a la responsabilidad depositada en la propia persona, tal y como explica el director del área de drogas de la Asociación Bienestar y Desarrollo, Josep Rovira: “Estamos de acuerdo en que la ilegalidad infantiliza a las personas. Pero es necesario regular el acceso a la substancia, en lo que respecta a la edad, a los precios, a los espacios, a la publicidad. Hay muchos elementos que no permetirían regular el consumo para regular el uso de la libertad a la hora de consumir”.

Es precisamente esta falta de regularidad la que apunta Miguel, un alcohólico rehabilitado, como causa de la dificultad para superar la adicción: “Nadie celebrará abiertamente unos buenos resultados en un proyecto en el trabajo con unos tiritos de coca… Pero sí con cerveza y cava. El hábito forma parte de nuestra cultura. Los alcohólicos rehabilitados sabemos que estamos siempre a un metro de distancia de nuestro peligro, el riesgo de consumir de nuevo”.

Borja Alegria ©

 

La industria del alcohol

“Es más difícil superar la adicción al alcohol que a cualquier otra droga —advierte Oriol Escullies, desde Proyecto Hombre—, no te puedes distanciar de la cultura del alcohol. Lo continuarás viendo en bares, supermercados. Lo primero que te encuentras cuando llegas a un aeropuerto son los destilados y un menor o una persona alcohólica han de pasar obligatoriamente por estas tiendas. Los lobbys del alcohol son muy poderosos. Hay que entrenar a las personas alcohólicas a superar la adicción conviviendo en un entorno de estimulación constante por la presencia de la substancia”.

Según un informe elaborado en 2015 por la Federación Española de Bebidas Espirituosas (FEBE), la industria del alcohol en España genera un volumen de negocio de más de 7.400 millones de euros y es capaz de crear hasta 330.000 puestos de trabajo, directos e indirectos.

En 2015 se comercializaron en el Estado Español alrededor de 190 millones de litros de alcohol, lo que representa un 0,12% del Producto Interior Bruto (PIB). Las bebidas espirituosas aportaron casi 1.300 millones de euros a través del IVA y los impuestos especiales. Y se llegaron a exportar más de 40 millones de litros de alcohol puro, destacando envíos realizados a Filipinas, México y Estados Unidos. El mismo estudio de la FEBE informa de la existencia de 385 centros de fabricación de bebidas espirituosas en España. Y la substancia se ha constituido como un reclamo más para los turistas: las personas que visitan el país se gastan el 13% de su presupuesto en alcohol.

Se apostó por poner la substancia en manos del mercado lucrativo y a las otras drogas les aplicaron una gran prohibición. La ventaja que se puede extraer en el lucro de la comercialización de las drogas es peligrosa, puede comportar daños —explica Josep Rovira—. Además, es una industria que ha crecido mucho y es necesario controlarla. El máximo interés de una empresa siempre equivale a generar beneficio y eso se consigue con el aumento de la demanda y no interesa que eso pase por cuestiones de salud. Por ese motivo, es necesario poner límites en los impuestos, en la publicidad, en la graduación y en los espacios de accesibilidad”.

La gestión de las emociones de Júlia, el hábito social que comparten Rubèn y su banda de músicos, los rituales comunes de la adolescencia., el efecto sociabilizador, la tradición de la cultura mediterránea…. O formar parte de una sociedad del consumo que te hace buscar la última cerveza artesana o la novedad en la ginebra de importación que te hará sentir especial. Siempre hay un motivo para beber, y como decía un antiguo anuncio de la cerveza negra irlandesa más famosa del mundo: “siempre es momento para una Guiness”. No descartamos que ahora mismo lo sea.

Edición a cargo de David Vidal
Edición fotográfica a cargo de Borja Alegría
Traducción al castellano por Gerardo Santos

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