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Nos están matando

— El periodista Javier Valdez fue asesinado el lunes 15 de mayo, a plena luz del día

— Fue fundador de la revista RíoDoce y hace años que cubría informaciones sobre el Cartel de Sinaloa

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Me cuesta trabajo explicarles lo que pasa, sin que todas esas muertes se me atraganten en la boca.

Ya se sabe: cada nuevo asesinato de un periodista en mi país es un alarido que no sale, un grito atravesado entre corazón y garganta.

Perdón por tanta rabia. Cada crimen nos ha vuelto más furiosos, menos pacientes, nada serenos. Creo que eso le ocurre a todos aquellos seres que no reciben del otro nada más que puntapiés. Escupitajos.

Nos están matando ¿saben? Sistemáticamente. No puede decirse de otra forma el hecho de que en México, durante este 2017, y bajo la sombra del gobierno —si puede considerársele “gobierno”— de Enrique Peña Nieto; cada tantos días nuestros compañeros, compañeras, han quedado ahí tendidos sobre el asfalto, con tres cinco nueve doce balas en el cuerpo.

Acribillados.

Nos están matando. ¿Les gustan las cifras? Pues miren: nos están matando en escala ascendente: en 2016 nos asesinaron a un reportero, fotógrafo, editora o columnista a razón de uno por mes. En el primer bimestre de 2017 la escala ascendió a uno cada veinte días. En marzo ya fue uno por semana, quizá porque con la primavera florece todo, principalmente la rabia furiosa de los perros en jauría. El 15 de mayo de 2017 asesinaron a dos en un día. Y una colega de Jalisco quedó herida y aún se debate entre la vida y la muerte. Lugar común, sí: porque así de común es el crimen contra periodistas en México.

Nos están matando y no hay Presidente de la República, Gobernador, Alcalde, Secretario de Estado, Procuradora nacional, Procurador estatal, Ministro de Justicia, Magistrada de Tribunal, Jueza, Senador, Diputada federal, Diputado local, General de División, Comandante de Región, Comandante de Zona, Soldado, Jefe de Policía o Patrullero que haga algo concreto, efectivo y útil para frenarlo.

O para investigarlo. O para garantizar la mínima justicia posible. O para hacer algo más que no sea lanzar una pinche declaración que, bajo el vapor humeante de las balas, nos sabe a demagogia. A insulto llano: “reitero mi compromiso con la libertad de expresión y prensa, fundamentales para nuestra democracia”.

Mentiras de Presidente. Puras mentiras.

México, dijo bien Javier Valdéz antes de ser asesinado, se ha convertido en un campo minado sobre el cual caminan a ciegas reporteros y reporteras de todas las regiones, fotoperiodistas de todas las latitudes, editores y editoras de todos los puntos cardinales. Un campo sembrado de minas cuyo objetivo es silenciarnos.

Altar improvisado en la redacción de RíoDoce, revista que ayudó a fundar Javier Valdez. © Juan Veledíaz

Sí, nos están matando, y esos asesinatos sistemáticos en un país que se presume democrático, “garante de la legalidad”, ocurren principalmente en vastas regiones donde el periodismo es más vulnerable, porque carece de eco.

Los crímenes contra periodistas han creado zonas de profundo silencio en el país: Tamaulipas, Sinaloa, Guerrero, Michoacán, Chihuahua, Nuevo León, Coahuila, Durango, Veracruz, regiones donde los colegas, si quieren seguir con vida, no pueden difundir ninguna información que no sea aprobada antes por los cárteles de la droga o las autoridades, poderes que muchas veces son una misma cosa.

Y nosotros ya lo intentamos casi todo. No crean que no. Cuando arreció esta carnicería muchos periodistas mexicanos salimos a las calles. A pesar de nuestras profundas diferencias gremiales, organizamos la primera manifestación pública, la primera marcha, que es la forma que tiene la gente de protestar en el México sin leyes.

Al pie del Ángel de la Independencia, la glorieta más emblemática del país, sacamos nuestras pancartas con el grito “¡Prensa… no disparen!”, que lo más positivo que logró fue comenzar a consolidar una inmadura pero ya consistente red de unidad gremial, que va creciendo poco a poco, como un musgo temeroso y adolorido que cubre lento la piedra de humedad.

A partir de esos gritos, los gobiernos en México crearon algunos mecanismos que, finalmente, no han servido de nada, porque no hay un interés genuino de resolver los casos que los involucran directa o indirectamente, sino sólo generar la percepción de que se resuelven.

¿Más cifras? El 99 por ciento de los casos permanecen en total impunidad. Palabra de Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Palabra de ONU.

Cuando ocurrió el siguiente asesinato, y luego el otro, el otro y el otro, lo entendimos: los periodistas mexicanos estamos solos, porque son las autoridades las que encabezan la lista de nuestros asesinos, torturadores, secuestradores, acosadores.

Y, por favor, no quiero que se incomoden con las imágenes precisas, rojas, de Regina estrangulada en su baño, de Rubén torturado durante horas, de Miroslava baleada frente a su pequeño hijo, de Choco rafagueado con toda la carga de una 9 mm a las puertas de su casa, de Goyo, humilde obrero de la tecla, abandonado en una fosa común como si fuera el tronco de un naranjo.

No. No son imágenes para un desayuno, aunque nosotros hayamos tenido que desayunarlas, en los últimos diecisiete años, más de ciento cinco veces. O ciento veinte. O ciento veinte siete. Yo ya he perdido la cuenta exacta. ¿Me disculpan lo impreciso?

Digo que no quiero que se incomoden, porque me niego, nos negamos muchos de mis colegas y yo, a que el vestigio que quede en ustedes de cada uno de mis compañeros y compañeras caídos sea esa viñeta ensangrentada por los mordiscos de tantos chacales iracundos que intentaron silenciarlos.

Me niego a que esa sea la percepción que les quede del periodismo en México y de su democracia sui generis, como la llamo por pura cortesía, porque a algunos amigos españoles les molesta que insista en tildarla de bananera. Perdón, queridos amigos, pero ¿qué otro calificativo se me puede ocurrir, si en mi país “democrático” se asesina, en total impunidad, a más de un centenar de periodistas de casi todas las regiones, sin que ocurra nada, porque las autoridades son las mismas responsables. Sin que cambie nada. Sin que se derrumbe o se cimbre apenas nada?

Hace unos días, mientras planeaba en este texto, pensaba en presentarles las voces de algunos de mis colegas mexicanos, para mostrarles el panorama.

© Juan Veledíaz

No sabía, en verdad no lo sabía, cuánta rabia, dolor, furia, miedo, nos hermana. Y cuánta esperanza, que es el sentimiento mejor que tenemos, para mostrar por qué no claudicamos y preferimos seguir siendo lo que somos:

Periodistas, pese a las consecuencias, como dice Alma Delia Fuentes.

Periodistas pese a la adversidad, como dice Kristian Cerino.

Pese a los maestros que tuvimos, como dice Lilia Saúl

Pese al poder, como dice Ernesto Aroche.

Periodistas. Sí, periodistas, pese a que los derechos laborales son precarios, como dice Antonio Martínez.

Pese a las tentaciones del chayo (esa manera grotesca de callarnos con dinero), como dice Mónica Mateos.

Pese a la censura. Pese a los políticos. Pese a la corrupción, como dice Claudia Salazar.

Y pese a la discriminación de género en los medios, como dice Elizabeth Palacios.

Periodistas, en Veracruz, Tamaulipas periodistas, pese a toda la violencia, la impunidad, porque eso soy y eso me gustaría hacer toda la vida, como dice Juan Eduardo Mateos.

Periodistas, en Ciudad Juárez, en Chihuahua periodistas, pese al miedo. Pese al dolor, como dice Rocío Gallegos.

Pese a la entrega de los medios al poder, como dice Fabiola Martínez.

Pese a la inseguridad, como dice Catalina Paizanni.

Pese a tantos “peses”, como dice José Luis Tapia.

Periodistas pese a todo: las amenazas, el dolor por los asesinados, el desprecio con el que nos miran algunos, la sensación, a veces, de escribir rayas en el agua, como dice Mireya Cuéllar.

¿Escuchan esos gritos? ¿Leen ese mensaje cautivo en esta pinche botellita lanzada a su mar?

Periodistas mexicanos, pese al mal sueldo, los malos jefes, la violencia, las amenazas, el dolor que genera una nota, como dice Rosa Emilia Porras.

Incluso pese a la mala prensa que nos hace Donald Trump, como dice Toño Bertrán.

Periodistas, siempre periodistas, pese a la eterna culpa de dejar de lado a la familia, en busca de un mejor periodismo que nuestra sociedad menosprecia, como dice Lucy Sosa.

Periodistas, pésele a quien le pese, y aunque nos quieran infundir el miedo, obligarnos a desistir de hacer periodismo, como dice la fotógrafa Mónica González.

Periodistas pese a todo y pese a todos, como dice Óscar Balderas.

Periodistas pese a la inestabilidad laboral, financiera y emocional, como dice Tania Aguayo.

Periodistas pese a la certeza de nuestras carencias y la incertidumbre de cómo resolverlas, como dice el muy joven Arturo Ilizaliturri.

Periodistas pese al corazón desecho por los asesinatos de los nuestros, la estulticia de los chayoteros y las lágrimas de cocodrilos de los hombres y mujeres del poder, como sintetiza, grande como siempre, el maestro Arturo Cano.

A mi me cuesta trabajo explicarles lo que pasa, sin que todas esas muertes, ese miedo, ese dolor se me atraganten en los dedos.

Sólo quiero, sólo queremos nosotros los periodistas mexicanos, una cosa, una muy humilde cosa: saber quiénes fueron, por qué lo hicieron.

Y que la justicia, total, plena, haga su trabajo.

Sólo eso. Para poder pensar en cada uno de ellos, cada una de ellas, nuestros compañeros asesinados, con un recuerdo sereno, con resignación.

Y entonces sí, nosotros, en nuestras redacciones, llorarlos con un torrente sereno, profundo, que nos permita sanar, perdonar.

Volver a las calles seguros, hacer lo que debemos hacer. Y ya estar en paz.

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— El periodista Javier Valdez fue asesinado el lunes 15 de mayo, a plena luz del día

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