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Hiperconsumo

Nomofóbicos, neoluditas y transhumanistas en la Era del Homo ‘smartphone’

— El 91,7% de los españoles nos conectamos a Internet a través de los smartphones

— Un 5% de la población española de entre 15 y 65 años sufre problemas de adicción al móvil y episodios de ansiedad cuando piensan que se pueden quedar sin batería

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El uso de las tecnologías móviles y en concreto de los smartphones nos han cambiado la vida. En muchos casos nos han simplificado tareas, nos han permitido un acceso más rápido, directo y sencillo a la información y también un contacto más directo con las personas. Sin embargo, hay que ser conscientes que hemos llegado al punto de tener cierta dependencia de esta herramienta, que hace unos años ni siquiera nos planteábamos tener. Ha cambiado nuestra manera de relacionarnos, de trabajar y, sin duda, de vivir.

El 91,7% de los españoles se conecta a Internet a través de los smartphones, según el estudio La Sociedad de la Información en España 2016 de Telefónica.

Incluso se considera que un 5% de la población española de entre 15 y 65 años sufre problemas de adicción al móvil y episodios de ansiedad cuando piensan que se pueden quedar sin batería, según una investigación de los psicólogos y psiquiatras José de Solà, Hernán Talledo, Gabriel Rubio y Fernando Rodríguez de Fonseca sobre el uso problemático del móvil y las variables psicológicas que inciden.

En este reportaje narramos el día a día de Núria y Laura, dos chicas que ilustran los comportamientos habituales creados a partir de las explicaciones de sociólogos, psicólogos y psiquiatras de una persona con problemas de consumo abusivo del teléfono y de una persona sin estos problemas.

Son las 7:10 de la mañana y, como cada día, Núria apaga la alarma de su móvil, que desde hace unos años le sirve de despertador. Se ha acostumbrado a dormir con el móvil en modo avión para evitar que algunos mensajes de madrugada le interrumpan el sueño. También, como cada día, antes de salir de casa desactiva el modo avión del móvil, mira la agenda digital para saber todo lo que tiene que hacer hoy, abre la aplicación de los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya para comprobar si hay alguna incidencia en la red ferroviaria y para mirar la hora exacta a la que pasa el tren, para ir sobre seguro y puntual.

En muchos casos, los teléfonos móviles y, sobretodo, los smartphones nos han abierto un gran abanico de posibilidades para hacernos la vida más fácil en muchos aspectos. A Núria ya no le es necesario memorizar los horarios de los trenes como hacía hace unos años porque lo puede consultar en la aplicación, y tampoco le hace falta acordarse de todo lo que tiene que hacer si tiene una agenda digital con una alarma programada para que un rato antes se lo recuerde.

Para el sociólogo Felipe Corredor, aprovechar las opciones que nos ofrece la tecnología es muy positivo. Corredor explica que desde hace unos años “los smartphones y todo lo que tenemos dentro de ellos nos ha cambiado nuestra manera de organizarnos la vida, y es evidente que si nos falla o nos lo dejamos es un problema”.

Pero para él, eso no significa que seamos adictos a los smartphones, sino que simplemente “el teléfono ha pasado a ser parte de nuestra vida y nuestra manera de relacionarnos y si un día no lo tenemos nuestra rutina sería muy diferente”.

Son las 7:10 de la mañana y la alarma del móvil de Laura no para de sonar. Primero cada cinco minutos, después cada dos y finalmente, cada treinta segundos. Lo apaga y se levanta con unas ojeras que le llegan a las mejillas, los ojos rojos, poca energía y muy, muy cansada. Desde hace un tiempo que Laura duerme muy poco, tres, cuatro o cinco horas como mucho porque se pasa las madrugadas jugando al Candy Crush y mirando Facebook.

Aunque hoy en día encara no se puede hablar de adicción a Internet, según los autores del Manual Diagnóstico y Estadístico de Salud Mental más reciente (DSM-5) del año 2013, la primera idea de la existencia de adicción a las nuevas tecnologías apareció casualmente en el año 1995, durante una reunión de expertos que trabajaban en el manual DSM-3 de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría, cuando uno de los asistentes, el psiquiatra Ivan Goldberg, después de algunos agotadores días con mucho intercambio de correos electrónicos a cualquier hora del día, sugirió a sus compañeros que podría existir la adicción a Internet.

Ya ha llegado al nivel 1.545 de 2.000 del Candy Crush y eso le genera una gran satisfacción. También, como cada día, Laura se levanta con el móvil en la mano, va al baño y contesta los whatsapps pendientes de anoche, pone likes y algún comentario en Facebook e Instagram. Se ducha volando escuchando música en Spotify y sale escopeteada de casa, casi sin peinarse porque se le ha hecho un poco tarde.

Aunque la literatura científica todavía no ha acabado de determinar si tenemos que hablar de adicción, de abuso, de uso excesivo o de uso problemático, se empieza a hablar de un posible Internet gaming disorder, o sea, el trastorno causado por el consumo de juegos online, como afirma Enrique Echeburúa, catedrático de Psicología Clínica de la Universidad del País Vasco en el artículo académico Nuevos retos en el Tratamiento del Juego Patológico.

Cuando ya está en el coche, Laura se da cuenta que se ha dejado el móvil en casa. De repente, le falta el aire, se pone muy nerviosa, le sudan las manos, el corazón se le acelera y cada vez respira más rápido. Sin pensarlo dos veces da media vuelta y vuelve a casa a buscarlo, Laura no puede ir por el mundo sin móvil. Cuando lo coge comprueba que está suficientemente cargado para aguantar todo el día y suspira, aliviada. Ahora sí, y¡a puede ir al trabajo!

¿Y quién no se ha puesto nervioso cuando ha perdido el móvil o no sabe dónde lo ha dejado?

Desde el ámbito patológico, a este malestar que nos genera el hecho de no tener el móvil con nosotros se le ha llamado nomofobia: miedo a no tener el móvil a mano.

Sandra Izquierdo ©

¿Pero qué quiere decir tener el móvil a mano? En su libro El efecto del smartphone, el psicólogo Armayones habla de nomofobia leve cuando nos ponemos nerviosos porque nos hemos dejado el móvil en algún lado y no lo tenemos con nosotros o cuando nos quedamos sin batería; y se refiere a nomofobia grave cuando es un problema no llevarlo en todo momento con nosotros: para hacer las tareas de la casa, para ir al baño, para cocinar, etc.

Vivimos en la Era del Homo smartphone y, algunos más que otros, pero todos tenemos un punto de nomofóbicos cuando dejamos de tener localizado nuestro teléfono inteligente.

Mientras Núria espera el tren en el andén, una gran publicidad en la pared de delante le llama la atención: el anuncio es de Duolingo, una app para aprender idiomas.

Núria, inmersa en el ritmo de vida que vivimos donde todo está muy acelerado, donde cada vez podemos hacer más cosas y más rápidas desde el smartphone, aprovechará esta herramienta para estudiar inglés cuando tenga un rato libre.

De acuerdo con esta realidad, el sociólogo Corredor denuncia: “El sistema actual nos obliga a ser cada vez más productivos y más inmediatos y, como disponemos de una herramienta que nos lo permite, es muy probable que sigamos el ritmo que marcan los que tienen intereses tras las telecomunicaciones y todo lo que implican”.

Una cifra que no nos puede dejar indiferentes es que el 88% de los ciudadanos españoles tienen smartphone, solamente Singapur, con el 92%, supera esta cifra, según un informe elaborado por Deloitte sobre el consumo móvil en 2015.

A diferencia de otras herramientas que nos facilitan la vida como podría sera una lavadora—, según Corredor es muy importante ser conscientes que todos los teléfonos móviles, pero todavía más los smartphones “no son herramientas neutras”. Actúan como intermediarias entre personas pero “tienen múltiples elementos que alteran las relaciones entre las personas y le añaden un control social y un montón de información adicional que antes no podíamos saber y que va mucho más allá de la función de comunicarnos que tiene el teléfono”.

Corredor se refiere al hecho de que si la otra persona no nos contesta podemos deducir que no tiene batería; podemos saber si ha recibido o no los mensajes; cuando ha sido la última vez que se ha conectado; si tiene señal o no, etc.

Mientras la gente retiene la mirada en las pantallas, Núria se fija en que son muy pocos los que aún tienen la mirada fija en un libro de papel o en un diario, también de papel.

La psicóloga clínica de la Unidad de Conductas Adictivas y Toxicológicas del área de Salud Mental del Hospital Sant Joan de Déu, Maria Lleras, asegura que “el uso abusivo de las nuevas tecnologías está estrechamente relacionado con la enorme cantidad de aplicaciones, dispositivos y novedades casi semanales que tenemos, y el hecho que muchas personas no tengan las habilidades necesarias para utilizarlo de la forma más óptima y compaginar las ventajas que nos proporcionan las tecnologías que nos mantienen online, con la vida fuera de la red”.

Uno de los colectivos que se ve más afectado por esta falta de capacidad de gestión son los adolescentes, porque a los 12 o 13 años “no reciben un teléfono para llamar y enviar mensajes sino un aparato muy potente que tiene infinidad de posibilidades para estar constantemente pendiente de todo lo que pasa en su interior”, y explica que son precisamente los adolescentes los que tienen más posibilidades de convertirse en adictos al móvil.

En el teléfono, Núria tiene las aplicaciones que considera necesarias y útiles para su día a día como el despertador, la agenda, el  Whatsapp, el correo electrónico, los recordatorios, la app de los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya, las notas, el Googlemaps, Spotify y, desde hoy, ¡el Duolingo!

Dejarse el móvil en casa ha hecho que Laura hoy vaya más tarde que nunca al trabajo, y aprovecha los semáforos y la cola de coches para contestar algunos Whatsapps a las amigas y también de trabajo, que a primera hora de la mañana le han encomendado una tarea imprescindible para hoy.

Un estudio elaborado por el RACC —Las distracciones por uso de teléfonos inteligentes— asegura que, aunque casi el 90% de los conductores son conscientes del peligro que supone utilizar el teléfono mientras se conduce, el 40% lo sigue usando.

Además, el RACC alerta que hablar o escribir con el móvil mientras se circula se considera equivalente a conducir con un gramo por litro de alcohol, el doble de lo permitido por ley.

De hecho, según el mismo estudio, las distracciones al volante son la primera causa de accidentes en Barcelona y en el conjunto de las vías interurbanas de Catalunya.

Núria llega al trabajo, enciende el ordenador y deja su teléfono en la bolsa en modo silencio. Se dedica a llevar la comunicación de una empresa local y sus redes sociales, de manera que más o menos está conectada todo el día con las cuentas corporativas y el smartphone de trabajo.

El filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman consideraba, en declaraciones al programa Conectados de Salvados, que hoy en día los dispositivos móviles y las nuevas tecnologías comportan implícitamente estar constantemente disponibles, y por lo tanto, no disponer de vida privada. “La gente ya no tiene excusa de no contestar a mensajes o llamadas ni en el ámbito privado, pero tampoco en el laboral porque siempre tenemos el teléfono con nosotros”.

De hecho, desde el 1 de enero del 2017, en Francia ha entrado en vigor la ley de la “desconexión laboral”, una normativa que obliga a las empresas de más de 50 trabajadores que los empleados puedan ignorar sus smartphones de trabajo fuera del horario laboral y durante sus días libres o, que como mínimo, se negocie.

En el mismo sentido, el sociólogo Corredor, asegura que “la incorporación de los smartphones en nuestras vidas ha creado la norma social de la disponibilidad inmediata”.

Este ritmo de trabajo en que prima la productividad, la flexibilidad y la inmediatez en la respuesta “es insostenible y muy preocupante”. Corredor cuenta que “es por el simple hecho de tener un teléfono móvil que se espera que tengas disponibilidad en todo momento para responder, ya sea a una amigo o a cuestiones relacionadas con el trabajo”.

Aunque el filósofo afirmaba que las tecnologías tienen muchos beneficios y buenas oportunidades, Bauman también aseguraba que en el mundo de hoy en día dejamos de vivir cosas en la vida física para vivirlas a través de la pantalla.

Durante el receso para desayunar, Núria aprovecha para contestar los Whatsapps que le han llegado esta mañana entre los que hay algunos mensajes de voz y algunas fotos de su hija, que está viviendo en Latinoamérica y que cada día antes de que ella se acueste le manda algún mensaje de lo que hace. Desde que su hija vive lejos, Núria tiene más contacto con ella gracias a las tecnologías que cuando vivía en casa.

Como todo en la vida, existen partidarios y detractores de las nuevas tecnologías. Otra palabrota que nos tiene que empezar a sonar es neoludita, aquellos que creen que las nuevas tecnologías nos están haciendo perder gran parte del desarrollo humano y que nos están deshumanizando y obligando a actuar de manera muy alejada a los patrones naturales de comportamiento.

Sandra Izquierdo ©

En el otro extremo encontramos los transhumanistas, un movimiento cultural y filosófico que tiene entre sus objetivos contribuir a la evolución del ser humano. Creen que las tecnologías permiten y permitirán mejorar las capacidades humanas tanto a nivel físico, como psicológico e intelectual.

Y tú, ¿qué te consideras: neoludita o transhumanista?

En el libro El efecto del smartphone, el psicólogo Armayones pone como ejemplo la Wikipedia y asegura que es una de las manifestaciones más claras de lo que somos capaces de hacer los humanos cuando trabajamos juntos. Y añade que obviamente entre unos y otros hay una gran variedad de grises y la mayoría de nosotros nos situamos en un término medio —entre los neoluditas y los transhumanistas— donde podemos sentirnos satisfechos de las necesidades resueltas a través de los smartphones a la vez que sufrimos cuando hay alguna cosa del dispositivo que no sabemos gestionar.

Laura llega tarde media hora tarde a trabajar. Hoy le toca hacer inventario en el almacén y baja con el móvil en la mano para ver si alguien le ha escrito. Mientras recorre los pasillos, Laura tiene el móvil siempre en la mano y se distrae constantemente con las notificaciones, los whatsapps, los recuerdos de Facebook, etc.

—Laura, ¿ya has terminado? —le dice la encargada del almacén—. Laura, avergonzada, responde que no mientras guarda el teléfono en el bolsillo. La encargada insiste y le pregunta que qué hace con el teléfono en horario de trabajo. Ella le pide perdón y le dice que solo ha sido un momento.

De la misma manera como pasa con las adicciones a las substancias, en el caso del móvil una persona se convierte en adicta cuando hay alguna cosa que está dejando de hacer o cuando no está cumpliendo con sus responsabilidades por estar con el móvil. La psicóloga Maria Lleras explica que en caso de los adolescentes se detectaría cuando dejaran de ir a la escuela o cuando no hacen los deberes o duermen poco por las noches. En cambio, en el caso de los adultos se les considera adictos cuando aprovechan cualquier momento en el trabajo para mirar el teléfono, duermen poco o ponen el teléfono por delante de las relaciones personales y familiares.

Durante la media hora de desayuno, Laura normalmente se sienta en la punta de la mesa que queda más lejos de la puerta y se distrae con el teléfono, sin intercambiar ni una palabra con sus compañeros mientras ellos, sentados en una misma mesa, hablan y ríen. Pero Laura mira el Facebook, retoca unas fotos y las sube a lnstagram, echa una partida rápida al Tetris

La psicóloga y terapeuta Maribel Martínez explica que lo que diferencia si una persona es adicta o no a los dispositivos móviles es el grado de dependencia que tiene hacia el dispositivo o, lo que sería lo mismo, la libertad para decidir si quiere usarlo o no: “Normalmente, la persona que sufre una adicción no es capaz de decidir sino que tiene que usar el dispositivo en todo momento para sentirse bien”, asegura Martínez.

Es lo que se conoce como Fear of missing out (FoMO) , o sea, el miedo a perdernos alguna cosa de lo que está pasando en la red si no estamos conectados. Esto está estrechamente ligado a las relaciones sociales que establecemos a través de Internet, ya sea en las redes sociales, en los chats, en los juegos, etc.

Una persona se convierte en adicta cuando hay alguna cosa que está dejando de hacer o cuando no está cumpliendo con sus responsabilidades por estar con el móvil

Ya es la hora de comer y Núria, juntamente con los compañeros, van al bar de la esquina a por un menú. Antes de que les lleven las cartas, Núria ve que tiene unos cuantos mensajes en el Whatsapp, pero los deja para más tarde. Después de comer, Núria confirma en su agenda del teléfono que tiene que ir a recoger a su hijo a inglés. Cuando sale de trabajar contesta los mensajes que tenía pendientes. Tiene un grupo con las antiguas compañeras del instituto para organizar una quedada después de 30 años, y se le han acumulado los mensajes.

A veces, el uso exclusivo de los smartphones puede implicar perder el contacto físico con algunas personas pero en otros casos, como en el de Laura, las tecnologías le han permitido comunicarse con personas que hace muchos años que no ve.

Son las dos de la tarde y Laura se da cuenta que se ha dejado la comida en casa. Baja los tres pisos del edificio a pie y mirando el teléfono de reojo para no caerse. Sala a la calle y, mientras mira los vídeos y las fotos que han subido a Instagram sus amigos, cruza la calle cuando de repente un pito le hace levantar, asustada, la vista del teléfono. Laura estaba cruzando la calle sin paso de peatones y mirando el móvil cuando un coche ha tenido que frenar en seco para no atropellarla.

Tanto con jóvenes como también con adultos, una de las principales adicciones que existe es al juego. Esto obviamente no es nuevo, la ludopatía hace muchos años que se trata pero “ahora es necesario sumarle que se juega con el móvil y siempre lo tenemos a mano”, asegura la psicóloga y terapeuta, Maribel Martínez.

Martínez explica que mientras hace unos años era necesario ir a un lugar en concreto para jugar o ir a las máquinas de los bares, ahora se puede hacer desde casa y en cualquier momento. Y eso es lo que agrava la situación de los ludópatas, “siempre encuentran un momento para jugar”.

Desde el Hospital Sant Joan de Déu, Lleras añade que, además, “el juego online agrava el sobre uso que se hacía hace unos años de las videoconsolas por el hecho que antes cuando dejabas de jugar el juego se paraba y no se guardaba nada, ahora aunque te hayas ido de la partida siguen pasando cosas dentro del juego: te pueden atacar, puedes perder puntos, etc”.

Sin embargo, los mismos expertos aseguran que hay juegos educativos y que fomentan las habilidades cognitivas de los jóvenes que son recomendables para jugar cada día pero sin abusar.

Núria llega a fuera de la escuela de inglés y la mayoría de padres y madres que esperan que salgan sus hijos no hablan entre ellos sino que cada uno está inmerso en su propia realidad virtual a través de los smartphones. La espera se le hace eterna, intenta entablar alguna conversación con otros padres y madres pero no lo consigue, siguen mirando los móviles. Andreu sale con sus compañeros de clase entre risas y bromas y mientras algunos de sus amigos, solo cruzar la puerta de la escuela, sacan de los bolsillos de los vaqueros sus smartphones.

Andreu tiene 12 años y es el primer año que tiene un teléfono móvil. Ahora ya va al instituto y muchos días vuelve solo a casa, tiene que coger un autobús y el tren y sus padres pensaron que era el momento de regalarle un móvil. Pero dudaron, no sabían si darle un móvil o un smartphone.

Corredor: “Detrás de esta herramienta que nos ha cambiado la vida, hay grandes poderes económicos que tienen por objetivo incrementar el sistema de consumo exigiendo a los usuarios una gran inversión de tiempo y dinero en sus nuevos modelos”

Aunque nuestra vida haya cambiado por el hecho de haber introducido los smartphones en nuestra rutina, los psicólogos insisten en la prevención para evitar el abuso.

El psicólogo Mariano Chóliz en el libro Abuso a Internet presenta un decálogo con acciones dirigidas al ámbito educativo y familiar para evitar la adicción a las redes. Chóliz asegura que el objetivo tiene que ser el fomento de un patrón de uso controlado, con horarios y aplicaciones pactadas para que Internet se vea como una herramienta con distintas funciones beneficiosas para su día a día pero sin que se generen problemas en las relaciones sociales.

En muchos casos, el problema se da cuando los adultos del núcleo familiar reproducen los mismos hábitos del teléfono que sus hijos. Maribel Martínez explica que entonces “no dan ejemplo, sino todo lo contrario, y así es mucho más difícil ponerles límites y educarlos para prevenir que acaben perdiendo el control del dispositivo móvil, seguramente porque el adulto ya lo ha perdido del todo”.

Núria y Andreu llegan a casa y el chico se pone a hacer los deberes. Sabe que cuando termine tendrá media hora para estar con el smartphone, mientras sus padres preparan la cena. En casa de Núria no hay móviles encima de la mesa y tampoco cuando después de cenar se sientan juntos en el sofá a mirar un poco de tele antes de ir a dormir.

Son las 11 de la noche cuando se acuestan y, como cada día, el móvil de Andreu se queda fuera de su habitación. Lo han pactado así con él y está de acuerdo con la norma porque sabe que seguramente se quedaría chateando hasta tarde, dormiría menos y esto le repercutiría en sus estudios.

Algún día pide poder tener el teléfono en la habitación pero ellos se mantienen firmes con el acuerdo y le hacen cambiar de opinión.

En este sentido, Felipe Corredor alerta que “tenemos que ser conscientes que detrás de esta herramienta que nos ha cambiado la vida, hay grandes poderes económicos que tienen por objetivo incrementar el sistema de consumo exigiendo a los usuarios una gran inversión de tiempo y dinero en sus nuevos modelos, ampliación de espacio, más velocidad, etc”. De la misma forma, el psicólogo expresa que “tenemos que tomar consciencia de todos los datos que estos poderes tienen sobre nosotros a través del Big Data”, ya que también colaboran en el momento de generar productos cada vez más personalizados para multiplicar su consumo.

En casa de Laura es muy distinto. Madre e hija están mirando el móvil durante la cena mientras Jordi, la pareja de Laura y padre de María, les pide que lo dejen a un lado y que compartan con él cómo les ha ido el día, se cuenten anécdotas o comenten qué han hecho, pero no lo consigue.

Después de cenar, Laura coge el mando a distancia y pone su programa favorito, y María está encerrada en su habitación con el smartphone. Pero Laura solo escucha el programa: sigue con la vista fijada en su teléfono, sin hacer caso de lo que le dice su pareja, a quien una vez más, se le termina la paciencia y discuten.

Él no tiene un smartphone y tampoco lo quiere. Es de los que si tiene alguna cosa para decir, llama. Que tanto le da lo que digan o lo que dejen de publicar en las redes sociales, que lee el diario de papel y mira los programas que echan en la tele, el día que los emiten. Para él, la relación con Laura ha cambiado desde hace casi un año, desde que ella vive para consumir constantemente lo que el móvil le proporciona. Lamenta que su hija esté siguiendo los mismos pasos y eso sí que no se lo puede perdonar.

La mayoría de personas hacen un uso diario de Internet, ya sea en las escuelas, en el trabajo, o en el uso recreativo, y la mayoría de estas no tienen ningún tipo de adicción, sino que como dice Corredor y también Manuel Armayones en su libro El efecto smartphone, lo que ocurre es que en la actualidad la mayoría de cosas de nuestro día a día las podemos hacer a través de una sola herramienta: el smartphone.

Son las 2 de la madrugada cuando Laura se da cuenta de la hora y se va a la cama con los ojos rojos de haber estado con el smartphone durante horas. Le da un beso de buenas noches a su pareja y vuelve a coger el teléfono para seguir con la partida al Candy Crush, para aumentar aún más niveles, esta vez desde la cama… Una noche más serán las tres o las cuatro cuando termine de jugar y se vaya a dormir.

Edición a cargo de David Vidal y Gerardo Santos
Corrección por Gerardo Santos

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