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Niñas madre que aún son niñas

— En Guatemala, se han contabilizado 1.284 nacimientos en madres menores de 14 años entre enero y septiembre del 2016

— Cada día, 2 mujeres son asesinadas y 22 son violadas en Guatemala, víctimas de la violencia machista

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“¿A cuántos de vosotros os pegan en casa cada día?” Con decisión y sin vergüenza las casi 22 manitas de niños y niñas de 6 años se levantan en una acogedora clase de primero de primaria del proyecto socioeducativo ‘Los Patojos’, en la localidad guatemalteca de Jocotenango. Un aula alegre, llena de dibujos colgados en las paredes de colores que, de repente, se apagan con el inocente gesto que admite, con aparente normalidad, un escalofriante castigo.

¿Cómo podía ser? —Me preguntaba—. Perpleja, pido más información a uno de los profesores del proyecto socioeducativo donde hacía de voluntaria, situado en Jocotenango, un pueblo de unos 6.000 habitantes en la zona urbana de Guatemala, muy cerca de la colonial y turística ciudad de Antigua. Miguel es un joven educador y politólogo de unos treinta años que coordina el Instituto de Acción Cultural, el colectivo de jóvenes del mismo proyecto que tiene por objetivo ser un espacio de encuentro de los jóvenes de la comunidad, donde la expresión cultural y artística sean los motores de cambio de la sociedad. Alto, corpulento, de cabellos largos y rizados y gafas de pasta negras, Miguel me explica que es muy habitual que los niños y las niñas reciban palizas en casa por no obedecer las órdenes del padre, que es quien manda. Me ofrece asiento, una taza de café y, rápidamente, anota en una hoja en blanco cuatro frases y conceptos que de reojo soy incapaz de descifrar. Parece que tiene muchas ganas de hablar de este tema, se acomoda las gafas suavemente y sigue: “En la mayoría de los casos, las mujeres y madres de estos niños están sometidas a las voluntades y deseos del patriarca, y también reciben palizas constantes. Pero además, por el hecho de ser mujeres, tengan la edad que tengan, son víctimas de abusos y agresiones sexuales”.

Una de cada tres mujeres guatemaltecas sufren violencia física o sexual a lo largo de su vida, según afirma el Programa de Naciones Unidas por el Desarrollo (PNUD). Guatemala, con poco más de 15 millones de habitantes, es el tercer país del mundo con más casos de feminicidios, después de El Salvador y Jamaica. En el 2015, murieron 766 mujeres por la simple condición de ser mujeres y este año, hasta el mes de octubre, ya son 565 los feminicidios, según los datos de la fiscalía nacional guatemalteca. El gran número de mujeres asesinadas convirtió Guatemala en el primer país del mundo en reconocer el feminicidio como un crimen en 2008. Entonces se estableció la Ley contra el Feminicidio y otras Formas de Violencia Contra la Mujer, que prevé entre 25 y 50 años de prisión para los asesinos, a pesar de que la violencia contra las mujeres se sigue considerando un problema doméstico.

Miro a Miguel desconcertada y me vienen a la cabeza muchas preguntas. Ya no quedan niños en la escuela. El silencio de mi no-respuesta se mezcla con la calma que se respira en el proyecto cuando solo falta recoger y dejarlo todo listo para el día siguiente. Estamos un buen rato hablando del pasado y del presente de la sociedad guatemalteca, sentados en la fría tarima de hormigón de la escuela que servía de escenario para los diferentes actos culturales que se organizaban.

—Guatemala es un país con una sociedad machista y clasista donde durante mucho tiempo la religión, el colonialismo y los 36 años de la reciente guerra civil —que acabó en 1996 y durante la cual 40.000 hombres fueron entrenados para violar mujeres— han reproducido y mantenido hasta la actualidad manifestaciones de la estructura patriarcal donde el sexo es tabú y la mujer es instrumentalizada, criminalizada y considerada un objeto en propiedad —asegura Miguel, mientras plasma sus palabras en un esquema al dorso de la hoja donde había escrito los conceptos hacía 40 minutos.

Una madre en San Pablo la Laguna, Sololá, Guatemala
Una madre con sus hijas delante de la puerta de casa en San Pablo La Laguna, en el departamento de Sololá | Anna Mira

En un artículo, la periodista y activista por los Derechos Humanos guatemalteca, Marielos Monzón expresa que “en Guatemala, los espacios donde una mujer puede sentirse segura son casi inexistentes porque las prácticas machistas son aceptadas como hechos naturales. Por ejemplo, andar por la calle siendo mujer comporta tenerse que enfrentar a miradas lascivas, comentarios con alto contenido sexual o tocamientos; situaciones que un hombre difícilmente se encontrará nunca”.

El activista también explica que ni siquiera en casa las mujeres están seguras.

—Las violaciones cometidas por familiares o amigos de la familia se suceden de manera cotidiana, y además de las secuelas que provoca una violación sexual y un embarazo forzado, las supervivientes tienen que cargar con la culpa porque dentro de la lógica machista, la víctima es la culpable de los hechos —afirma Monzón.

Según el Instituto Nacional de Ciencias Forenses de Guatemala (INACIF), en 2015 murieron 766 mujeres de manera violenta. De enero a abril de este año, han sido asesinadas 222 mujeres, de las cuales 45 eran menores de 19 años. Pero no todas las muertes se incluyen dentro de la tipificación de feminicidios, es decir, cuando la mujer es asesinada por la simple razón de ser mujer. Según esta tipología establecida por ley, el 2015 se registraron 206 casos de feminicidios y, hasta abril del 2016, 59 según el Instituto de la Defensa Pública Penal (IDPP).

Hay que destacar que buena parte de los feminicidios y situaciones de violencia contra las mujeres registradas tienen lugar en departamentos y zonas mayoritariamente indígenas del país, según el Observatorio de Salud Sexual y Reproductiva (OSAR). Un hecho que no es casual, durante los 300 años de colonización española “la sociedad indígena guatemalteca fue marginada, ya que los colonizadores los consideraban inferiores. Por el hecho de ser menos civilizada, esta marginación la reproducen todavía hoy en día muchos ladinos [mestizos]”, me explica Miguel, bajando la mirada, lamentando la situación de su querido país.

—Ser mujer e indígena en este país es una de las situaciones más complicadas que existen, y el 64% de la población actual de Guatemala es indígena —concluye el profesor.

Bebé en el departamento de Sacatepéquez, Guatemala
Una madre camina con su bebé en brazos durante el baile de Gigantes de Sumpango, en el departamento de Sacatepéquez | Anna Mira

Puedes seguir leyendo, pero quizás sea necesario conocer unos datos para entender lo que estás leyendo:

El estado guatemalteco considera que la adolescencia va de los 10 a los 19 años; mientras que en la mayoría de países, la adolescencia empieza a los 14 años.

El 38% de los partos en Guatemala son de madres “adolescentes”, es decir, menores de 20 años, según datos recientes del Fondo de las Naciones Unidas por la Infancia (UNICEF).

En el año 2015, el Observatorio de Salud Sexual y Reproductiva registró un total de 5.220 niñas de entre 10 y 14 años que fueron madres. Este año, de enero a septiembre se han contabilizado 1.284 nacimientos.

De las madres menores de 14 años, el Programa de Naciones Unidas por el Desarrollo recoge que un 30% han sido violadas por sus propios padres y el resto han sido violadas por otros familiares o conocidos, puesto que el mismo estudio determina que una de cada tres mujeres sufren violencia física o sexual a lo largo de su vida.

El estudio de la campaña de las Naciones Unidas ÚNETE para poner fin a la violencia contra las mujeres en Latinoamérica concreta que dos mujeres son asesinadas cada día en Guatemala y que 22 son violadas. Cada 12 horas asesinan una mujer. Cada hora violan a una mujer.

Pausa.

Reflexión.

Volvemos a leer los datos:

Pausa.

Reflexión.

Seguimos.

Me dirijo al Hospital Nacional Pedro de Bethancourt de Antigua, Guatemala. Allí he quedado con la doctora Velvet Castillo, médica de la Clínica del Adolescente, situada en este hospital público de la zona urbana de Guatemala. El edificio del hospital es austero, de dos plantas, como casi todos los edificios de la zona. En las afueras de la ciudad y con el bosque detrás, es el hospital público de referencia por los 40.000 habitantes que viven en la zona. Con las paredes pintadas de color blanco, a primera vista parece más un hotel de tres estrellas un poco anticuado que un hospital. Paro. Un muro en una pequeña zona ajardinada con un santo en un pedestal —como si se tratara de un altar— me indica que, efectivamente, ya he llegado. En letras grandes de hierro leo ‘Hospital Nacional Pedro de Bethancourt de Antigua Guatemala’ y deduzco que la estatua es del santo que da nombre al centro sanitario.

Hospital Nacional Pedro de Bethancourt de Antigua, Guatemala
El Hospital Nacional Pedro de Bethancourt de Antigua cuenta, desde hace unos años, con la Clínica del Adolescente para atender a jóvenes embarazadas | Cristofer Waly Alvarado

Me dispongo a entrar. Abro la puerta de vidrio y la acompaño para cerrarla, pero no acaba de cerrar del todo bien. Corre el aire, y con él, los microbios y el polvo del exterior. En el interior, una enorme sala de espera saturada, paredes que un día fueron blancas pero que ahora son más bien amarillentas y un pequeño mostrador a mano derecha donde se hacen las recepciones de los enfermos. Hace mucho calor, mientras hago cola en la única taquilla existente observo que hay aparatos de aire acondicionado, pero no funcionan. Quizás no han funcionado nunca. Se respira un ambiente cargado de sudor y suspiros cansados de esperar horas y horas en incómodas sillas de hierro. Sobre todo hay mujeres y niños. Los pocos hombres que observo son de avanzada edad —unos 60 o 70 años—, acompañados por una chica joven, seguramente su hija o nieta, quién sabe. Pregunto por la doctora Castillo. “Ahorita la viene a traer, espere aquí”, me responde amablemente —cómo es de costumbre en Guatemala— la recepcionista con la tradicional bata blanca.

Sigo el paso acelerado de la doctora Velvet Castillo. Pasamos por pasillos llenos de camas con enfermos, abrimos puertas, cruzamos salas de espera a otros ámbitos del hospital hasta llegar a la Clínica del Adolsecente, donde se atienden las necesidades de las chicas y parejas embarazadas. Entramos a otra sala de espera llena de niños y barrigas muy gordas. Cambiamos el silencio de los suspiros de aquellos de los que luchan para alargar unos días más sus vidas, por los gemidos de los bebés recién nacidos.

Me ofrece asiento en su despacho y mientras me contexualiza y me explica que en esta clínica se tratan los embarazos y los nacimientos de las adolescentes, me enseña algunas fichas de las chicas que le toca atender hoy. Sin decirme nada, con el dedo índice me señala las fechas de nacimiento de las madres: 2004, 2002, 2003, 2000… Hago cálculos rápidos. 11, 13, 12, 14 años.

Fichas de pediatría del Hospital Nacional Pedro de Bethancourt de Antigua, Guatemala
Fichas de pediatría del Hospital Nacional Pedro de Bethancourt de Antigua | Anna Mira

Me estremezco.

Todavía no me hago a la idea. Cuando levanto la vista mientras intento interiorizar lo que acabo de ver, encuentro una pareja muy joven ante mí. Ella, con una gran barriga. Con los ojos pintados y el cabello recogido, la chica lleva un jersey largo y pegado al cuerpo de color fucsia que le exagera el vientre. Él, de facciones indígenas y más alto, le pasa un brazo por encima de los hombros mientras la mira con ternura y cierta inquietud a la vez.

Tímidos, con la mirada baja y con un hilo de voz me explican que tienen 17 y 19 años, que buscaban tener a su primer hijo y que les acaban de decir que están de cinco meses. La doctora añade que es su primera visita y que el embarazo va bien. Me piden que si escribo algo sobre ellos, no ponga sus nombres. Deben de tener miedo del qué dirán. Me comprometo a mantener sus nombres en el anonimato y seguimos con su historia. Ella, J.Y, me explica que les ha costado mucho venir a la Clínica del Adolescente por miedo a encontrarse alguna persona conocida y tener que dar explicaciones. Con su mano entrelazada con la de su pareja me dice que antes sentía unos dolores que no sabía si eran del mismo embarazo o no, y que hoy le han explicado que, efectivamente, se trataban de dolores típicos de un embarazo de cinco meses. Él, H.Q, en todo momento tiene los ojos clavados en la barriga de su pareja y hace pequeños movimientos con la cabeza asintiendo lo que ella dice. El chico me comenta que está muy satisfecho de la atención recibida y asegura que todo lo que les han explicado es muy útil: “Nunca antes había tenido acceso a este tipo de conocimiento y al menos ahora ya estaré más preparado para la próxima vez”, asegura H.Q.

Los escucho con atención, tomo nota a la vez que por dentro sigo repitiendo la afirmación que él acaba de hacer: “Nunca antes había tenido acceso a este tipo de conocimiento”.

Nos despedimos y nos quedamos la doctora y yo a solas. Una luz intensa atraviesa el vidrio de la ventana que separa el despacho de la doctora de la sala de espera. Se sienten llantos de criaturas de lejos. La miro fijamente con la intención de comenzar la conversación pero, sin tener tiempo de preguntarle nada, la doctora Castillo me explica que son muchas las comunidades o familias que todavía consideran un pecado tener relaciones sexuales sin haber pasado por el altar. En la misma línea, son pocos los jóvenes que tienen el privilegio de recibir una educación sexual completa durante su etapa escolar. La escucho atenta, y ella sigue como si se tratara de una clase magistral. Los adolescentes crecen y se hacen mayores sin ni saber qué cambios experimenta el cuerpo humano durante toda la vida, o cuales son las causas, riesgos y consecuencias de mantener relaciones sexuales, las enfermedades o los métodos anticonceptivos que existen.

—La mejor prevención para evitar embarazos no deseados es la abstinencia sexual —acaba diciendo la doctora.

Seguimos en el pequeño despacho en el que además de la mesa donde mantenemos la conversación, hay una camilla con una tela blanca encima al otro lado. Aquí es donde la doctora atiende a las chicas embarazadas. Me explica que en Guatemala mantener relaciones sexuales con menores de catorce años es un delito y que por lo tanto se puede denunciar. El problema es que la mayoría de mujeres desconocen que existe una ley que las protege. En el año 1996, al acabar la guerra civil, se aprobó la ley para prevenir, erradicar y sancionar la violencia intrafamiliar pero no es hasta el 2008 cuando se aprueba la ley contra el feminicidio y otras formas de violencia contra la mujer y se crea un tribunal especial por delitos de este tipo.

—La sumisión cultural en la cual la mujer está inmersa en Guatemala hace que tenga que consentir cualquier cosa, no se le da la capacidad para decidir por ella misma ni se la empodera para hacer frente y denunciar el abuso sexual —asegura la doctora, mientras suavemente acompaña la última página del dosier que recoge los crueles datos que me acaba de mostrar.

Madres adolescentes en el departamento de Sacatepéquez, Guatemala
Las madres adolescentes Tania y Diana delante de la pared de su casa en Jocotenanto, en el departamento de Sacatepéquez | Anna Mira

Diana y Tania, de 17 y 14 años respectivamente, son madres desde hace pocos meses. Se está haciendo oscuro y cuando llego a su casa, la quinta de la calle principal de la Colonia Los Ángeles —una de las zonas más peligrosas de Jocotenango durante la década de los años ochenta por tráfico de drogas—, ellas ya están allí. Me esperan ante la casa de color naranja y rejas negras a las ventanas: las hermanas, las criaturas en brazos y la madre de las adolescentes y abuela de los pequeños. Nos saludamos cordialmente pero no me invitan a entrar a su casa. De pie, en medio de la calle, me explican sus historias.

—Me quedé embarazada a los 15 años, cuando tenía muchos planes para seguir estudiando, quería ser diseñadora de acontecimientos o empezar la carrera de Derecho y nunca me habría imaginado tener un hijo a mi edad —dice Diana con la voz entrecortada mientras se balancea para hacer calmar los gemidos de su hijo de ocho meses. Le mira fijamente y lo acaricia—. Yo quiero mucho a mi hijo pero creo que todavía no acepto esta nueva etapa y el hecho de no poder seguir con mis planes —y dirige una mirada de resignación a la juventud que no ha podido vivir hacia su madre. Diana vive con su pareja y padre del bebé en casa de sus padres. Una casa donde también vive Tania, con su pequeño de sólo cuatro meses: “Ha sido muy difícil aceptar ser madre sola y tan joven pero sé que cuando pueda, seguiré con mis estudios”, sonríe Tania optimista al futuro. La madre de las chicas y abuela de los pequeños, que lleva un delantal de cuadros pequeños morado y una falda hasta los tobillos, apoya una mano en cada hombro de sus hijas y con un hilo de voz las anima a que, a pesar de todo, sigan estudiando “aunque sea un día en la semana”, dice bajando la mirada. La madre, a pesar de tener apenas unos 40 años, tiene una apariencia bastante envejecida.

Un embarazo cuando el cuerpo de la mujer todavía es el de una niña puede comportar complicaciones en el bebé, pero también en la madre e, incluso, causarles la muerte. El cuerpo no está preparado para aguantar el esfuerzo que requiere dar a luz y en la mayoría de los casos las criaturas nacen prematuras, con desnutrición, falta de oxígeno o malformaciones en el estómago, me explica la doctora Castillo. Según ella, esta situación solo se podrá cambiar dando información y explicando abiertamente la sexualidad.

El proyecto socioeducativo donde hice de voluntaria es de los primeros centros educativos donde se imparten talleres de educación sexual, con la educadora Melissa Miranda, de 18 años, con ojos oscuros y redondos, de piel blanca y con un cabello largo, negro y muy liso.

—En las escuelas no se explica nada sobre las relaciones sexuales, porque hablar de ello es como invocar el diablo —dice la Melissa, levantando el tono de voz resignada.

Mantenemos una conversación informal en la sala del proyecto que se ha transformado en clínica para atender las emergencias y hacer un seguimiento de altura y peso de todos los alumnos para prevenir y curar casos de desnutrición severa: “El problema también se traslada en casa, donde los y las jóvenes tampoco pueden preguntar qué métodos anticonceptivos pueden usar por qué es un tabú. Esto hace que no tengas la oportunidad de conocer tu cuerpo y, por lo tanto se producen situaciones inesperada”, añade la Melissa, con un ojo fijado a los niños que corren por el patio de la escuela, en el exterior de la sala donde nos encontramos.

Melissa hace una pausa. Observa los póster del cuerpo humano que hay colgados en las paredes de color turquesa y, con un tono calmado pero a la vez ilusionado, me explica que aquí se enseñan los cambios que sufre el cuerpo humano a lo largo de la vida, los valores de respeto, de justicia, de igualdad, o de responsabilidad.

—Es desde la educación como se consigue el cambio cultural de un país —concluye, con una sonrisa esperanzadora.

Los niños y niñas de seis años del proyecto socioeducativo ‘Los Patojos’ ya han bajado las manitas y salen del aula con las paredes de colores a jugar en el patio de la escuela. Corren arriba y abajo, saltan a la comba, juegan a fútbol o al escondite; todos sonríen. Quizás algunos de ellos son o serán abusados sexualmente a lo largo de su vida. Quizás algunas niñas tendrán que aguantar un padre que las apalea, les chilla o las maltrata sin escrúpulos y sin motivos. Quizás algunas de ellas, cuando tengan diez o doce años, ya serán madres y tendrán que cargar con la criatura y la culpa de todo. Pero quizás serán estos niños y niñas los que se llenarán de valor y dirán basta, los que condenarán los actos violentos de sus familias, los que se querrán y se respetarán con igualdad y justicia, los que se empoderarán y harán frente a años y años de discriminación, maltratos, feminicidios y numerosas violencias patriarcales. Quizás serán estos niños y niñas los que protagonizarán un cambio cultural real en Guatemala.

Edición a cargo de Gerardo Santos con la colaboración de Celia Castellano.
Edición fotográfica a cargo de Estefania Bedmar.
Traducción al castellano por Anna Mira.
Corrección por Helena Roura y Gerardo Santos.

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— En Guatemala, se han contabilizado 1.284 nacimientos en madres menores de 14 años entre enero y septiembre del 2016

— Cada día, 2 mujeres son asesinadas y 22 son violadas en Guatemala, víctimas de la violencia machista