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Los 128 pasos de Miquel Fuster

— Artista plástico y dibujante, estuvo 15 años durmiendo en las calles de Barcelona. En la actualidad vive en un piso tutelado por la Fundació Arrels

— Hay unas 3.000 personas sin hogar en Barcelona, 900 de las cuales pasan la noche a la intemperie

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La voz que salió del teléfono era afónica y tenía prisa, mucha prisa. Nadie que gozara de buena salud podía emitir aquél sonido cazalloso y metálico, una voz reservada a los carajilleros expertos. También me pareció que no habría muchos problemas para que Miquel me contara su historia. Ambas ideas se confirmaron: me contó que acababa de salir del hospital por problemas con la vesícula biliar y que no andaba del todo fino, y por el reparto de posesión de la palabra durante la llamada, que fue de un 90% a su favor, estaba convencido de que accedería a hablar sin tapujos de su vida.

Miquel propaga sus obras de arte y su actividad a través de su blog . Según sus propias palabras, el objetivo del mismo es “evocar y describir la vida de esas personas aplastadas que padecen un descalabro físico y moral al verse obligadas a malvivir en un entorno hostil como es la calle. Las reacciones de desesperación, furia e impotencia que les van destruyendo y las consecuencias a las que esta situación les arrastra”. El bloges una recopilación de dibujos, pensamientos y cabos sueltos, unido también a un pequeño seguimiento de los talleres, charlas y conferencias que ha dado Miquel los últimos años. Todo ello es un conglomerado de soportes visuales y escritos que remite constantemente a su pasado.

Miquel vivió durante 15 años en las calles de Barcelona y sus alrededores, y todo el dinero que consiguió durante aquellos años fue a partir de la pintura y el dibujo, oficio que aprendió como estudiante de Bellas Artes. Todo ese calvario lo recogió en su libro  Miquel, 15 años en la calle, un recopilatorio de dibujos en el que se mezcla el autorretrato con la narración, es decir, sus experiencias en primera persona y su papel como espectador de la sociedad desde uno de los colectivos que vive en sus extramuros. La mayoría de las obras de ese libro son trazos hechos a carboncillo, figurativos, sombríos y decadentes, una expiación de todo lo sucedido con una mirada crítica hacia lo de fuera y hacia sí mismo. También en su obra queda retratada Barcelona, cuyas calles fueron su desproporcionado hogar durante década y media, más de 5.000 noches. Colabora mensualmente con el periódico 20 Minutos haciendo micro historietas sobre esa ciudad que le acogió y le rechazó a partes iguales.

Después de la llamada telefónica en la que monopolizó la conversación, quedamos para vernos al cabo de una semana en la Font de Canaletes.

Miquel Fuster en un banco en Barcelona.
‘Cuando cae la noche’. | Miquel Fuster

De Canaletes a Ramon Berenguer el Gran

Era una mañana de primavera. Reconocí a Miquel por su inseparable gorra y su barba canosa. Estaba mirando entre los transeúntes de La Rambla intentando descifrar quién le había citado para la entrevista, pero me pareció que estaba algo confundido por un mar de selfies y turistas con sombreros mejicanos. Es un hombre de estatura media, muy delgado y con unas arrugas prominentes alrededor de los ojos, moldeadas a lo largo de sus 70 años. Su nariz tiene una forma irregular, con un bulto exagerado en medio del hueso. Cuando me mostré y le saludé su trato fue eufórico y afable, y no tardó ni dos segundos en hablarme de su vesícula biliar, de los malos ratos pasados en el hospital por las visitas insoportables que recibía su compañero de habitación. También se interesó por mi trabajo. Me habló del periodismo gonzo y de Miedo y asco en Las Vegas  de Hunter S. Thompson, y por el camino, en el que se cagó en cómo los políticos han hecho desaparecer la clase media – incluso me contó una anécdota vivida en primera persona con Joan Majó, el que fuera Ministro de Industria en el gobierno de Felipe González, que una vez le dijo que la crisis había venido para quedarse – y me aseguró que eso ya lo había augurado Nietzsche antes de que se armara todo el tinglado. También le dio tiempo de hablar de su hijo, de la Revolución Francesa y de citarme unos cuantos amigos suyos periodistas, resaltándome que en el 20 Minutos tenía buenas amistades y que quizá yo podría trabajar allí. Todo eso durante los diez minutos que separan la Font de Canaletes y la Plaza Ramon Berenguer el Gran. Certifiqué que la charla por teléfono no fue una excepción, que realmente tenía una remarcable incontinencia verbal.

– Mira, aquí en esos pórticos de La Catedral solía dormir yo durante mis años en la calle. Aún hay muchos que vienen aquí, porque te resguarda un poco del frío. Por eso conozco este bar, iba a veces por aquí cuando ya había amanecido, la terraza es maravillosa y nos podemos sentar aquí que nos tocará el sol.

Antes de encender la grabadora Miquel se enzarzó en un debate con la camarera de aquellos que no consisten en contraponer ideas sino en reforzar las del otro interlocutor y darse mutuamente la razón. La no-discusión era, cómo no, en la precariedad laborar y los míseros sueldos que se pagan a los trabajadores medios. La camarera le espetó a Miquel que al menos su generación había podido pagarse un piso, paradoja incómoda teniendo en cuenta que él se había tirado década y media sin casa; pero contestó que sí, que él había podido poseer una finca y que ahora era algo que se antojaba imposible para cualquier joven. Una vez más salió a relucir el mal quehacer de los políticos y las facilidades que se les da para ahogar una clase media agotada, con algún insulto leve a los jefes de la camarera de por medio, y quizá a todos los jefes así en general. Una vez pedidos los cafés, Miquel se apresuró en invitarme y me hizo callar cuando protesté, cerrando rápido la discusión. Tras dar el último guiño de complicidad a la camarera, empezó, literalmente, a contarme su vida con su hablar afónico y nervioso, sin esperar a que le hiciera la primera pregunta.

Cenizas

Miquel fue en su día un estudiante de Bellas Artes con una habilidad destacable para la pintura y el dibujo. Fue uno de los dibujantes de cómic más destacados de Selecciones Ilustradas, una agencia que era un buen escaparate artístico en los años 60. El arte plástico ha sido siempre su vocación, lo que le ha permitido seguir adelante en los momentos buenos y en los malos, y siempre ha sido su principal fuente de ingresos económicos. Su vida fue algo caótica desde el principio, con un hijo de penalti a los 20 años que le llevó a casarse con una mujer de la que se divorció al poco tiempo. Miquel transmite en todo momento una sensación de control absoluto sobre su entorno pese a que a la práctica parezca un caos sin resolver, no muestra arrepentimiento ni complejos al contar todo lo que le ha sucedido. No conseguí averiguar si esa actitud es fruto de un largo proceso o la primera capa de un grueso escudo protector. Muy pronto en su explicación salió a relucir el día del incendio, el que lo cambió todo.

– Yo salía de una ruptura sentimental muy bestia. La chavala con la que había estado cinco años se largó por la cara, sin dar explicaciones. Era un 6 de octubre y no me dejó por ningún tío, me dejó así, porque sí. Me jodió, jode mucho porque no hay razón, no te dan explicaciones. Cuando yo me estaba comiendo el marrón de la ruptura, estaba en el bar con un amigo mío cerca de casa, y el camarero me dijo que había humo delante de mi casa y que había bomberos. Yo le dije: sí, Pepe, sí. Era un camarero de confianza, pero un poco mongolo. Recuerdo que cuando se incendió el piso era el día del sorteo de Navidad, un 22 de noviembre… Salí del bar y vi que el piso se estaba quemando. Vi a los bomberos, tíos de dos metros, con aquel casco, con aquella hacha… Coño, impresionaba mucho.

– ¿Qué quedó del piso?

– Lo sacaron todo de la finca y quedaron sólo los cascotes, no se podía vivir allí. Me quedé sin luz, sin agua y sin gas, con un piso quemado hecho mierda. Luego, empecé a pensar que ya no podría vivir allí nunca más. Entonces no estaba como estoy ahora, el alcohol te debilita, te vuelve un imbécil.

Miquel siempre ha bebido. Se esfuerza en puntualizar que no es lo mismo beber mucho que ser un alcohólico. Según cuenta, puedes beber mucho y tener subidones espectaculares y resacas en las que desearías no haber nacido, lo que él llama “pasar dos días en la UVI”.

– El alcoholismo es como la homeopatía, tienes que estar siguiendo constantemente una línea de la que no puedes bajar. Si bajas de esa línea cuando eres alcohólico empiezan los temblores, el síndrome de abstinencia y el delirium tremens.

La historia de Miquel es, antes que una historia de mendicidad, una historia de alcohol.

– Entonces era un romántico, no como ahora, que lo soy menos, o nada. Empecé a pensar que ese piso me traía muchos recuerdos. Bebía, y el alcohol te da una euforia pasajera pero es un depresivo. Todo tiene su explicación: las dos últimas chicas con las que había vivido habían ido al instituto de justo delante de ese piso. Me obsesioné en marcharme de ese piso, sentí que necesitaba irme de ese piso como fuera. Hay errores que no tienen gran importancia, como gastarte el sueldo en una fiesta, pero dejar la casa fue un error horrible. Mucha falta de previsión. Somos víctimas de la ignorancia, de la debilidad y el miedo, esto es lo que nos tiene pillados por los huevos, Oriol. Pensé que si me quedaba ahí los recuerdos me consumirían. Y decidí aceptar una indemnización de un millón de pelas [6.000 euros] que me daban para pirarme.

Miquel Fuster en la calle Tallers de Barcelona.
Fuster parado en la calle Tallers de Barcelona, rodeado de un río de gente. | Adrià Calvo

El discurso de Miquel era desordenado, con cruces entre personas, lugares y momentos, y su hablar acelerado sumado a su voz quebradiza lograba desorientar y abducir a la vez. Conseguía percatarme de la leve estructuración de su historia, que la había, cuando callaba unos segundos para apurar la colilla que tenía entre los dedos, la apagaba, la tiraba detrás de las plantas que quedaban a su derecha y encendía otro. Esas micropausas oxigenaban su discurso, pero la locomotora volvía a ponerse en marcha en seguida, y cuando recuperaba el ritmo la libreta con las preguntas que había encima de la mesa metálica de la terraza, al lado del café, perdía un poco más su razón de ser.

Estuvo un año en ese piso calcinado sin luz, ni agua ni gas. Uno de sus buenos amigos, Jaume Vidal, le insistió en que arreglara el piso y reestableciera los servicios básicos, que entre todos conseguirían ayudarle, que si no lo hacía se iba a la calle. Miquel se mostraba convencido de lo contrario, tenía clarísimo que había demasiados recuerdos en aquella casa y que quería encontrar algo barato en el barrio de Sants, su barrio. Es una persona terca y de piñón fijo, difícil de convencer “para lo bueno y para lo malo”. Durante ese año pasó de ser un hombre que bebía mucho a ser un alcohólico de todas todas. Algún amigo le insistió en que se duchara cada día pese a no tener agua corriente, para no coger hidrofobia. Ese trastorno, que conlleva miedo al agua, es común entre los sin techo. Poco a poco Miquel se iba acercando a la calle sin darse cuenta. Su rutina durante el año en que vivió en el piso de las cenizas fue un preludio de lo que le esperaba los años posteriores: tomarse cuatro barrechas (una mezcla de anís con cazalla) y dos o tres Xibecas, después hacer lo que él llama “el grito de guerra”, es decir, sacar la bilis por la boca, y al cabo de un rato, bajar al parque para llenar unos cuantos cubos de agua y ducharse en casa con ese mecanismo precario.

– Finalmente me dieron la indemnización, un millón de pesetas de la época. Cogí el Primera Mà, una revista de pisos y todo eso. Me dieron unos días para dejar mi piso pero todos los alquileres que encontraba estaban entre 45.000 o 50.000 pesetas. Ahí vi que la había cagado, y supe que me iba a la calle. Yo estaba pagando antes 2.000 pesetas al mes, Oriol. Imagínate. Me di cuenta de que la había liado. Entonces ya vino el peregrinaje. Al principio algún piso compartido, más tarde alguna pensión cerca del barrio. Algunos amigos venían, me traían cervezas… Pero nada, me fundí las pelas. Total, que me quedé en la puta calle.

Acera y montaña, Barcelona y Les Planes

Se calcula que en la Unión Europea hay más de 30 millones de personas que no poseen un hogar digno, y que hay más de 400.000 personas sin casa. En España la cifra llega a los 23.000 sin techo, y en la ciudad de Barcelona duermen unas 900 personas en la calle todas las noches. El Instituto Nacional de Estadística, según datos del 2012, calcula que el 45% de los sintecho han tenido como desencadenante de su situación la pérdida del trabajo, un 21% la separación conyugal y un 26% la incapacidad de hacer frente al pago de un alojamiento.

Miquel venía de una ruptura sentimental, tiene estudios superiores, no pudo hacer frente al pago de un inmueble y pasó a ser una cifra más en ese sinfín de estadísticas. Se fue alejando poco a poco de su entorno, consciente de que la convivencia con un bebedor no es algo agradable. Esa distancia se fue ensanchando, él mismo cayó en su propio agujero y puso tierra de por medio con su gente. Durante una época intentó vivir en casa de unos amigos en l’Escala, allá en la Costa Brava.

-Los dueños de la casa me resultaban una molestia. Me parecía insufrible tener que convivir con el televisor encendido todos los días, seguir sus normas horarias establecidas y subyugarme a sus costumbres.

– ¿Qué te pasó por la cabeza la primera noche que dormiste en la calle, como se enfrenta uno a esa situación?

-No te acabas de mentalizar, nunca. Ni el primer día, ni el segundo ni ninguno. Te vas curtiendo, te vas impermeabilizando un poco. Y te vas endureciendo, que es una mierda. Las primeras semanas y meses que quedé en el barrio, con la bolsa, la manta y todo eso. Y en el barrio siempre hay gente que conoces, que te da conversación, un cigarro, se preocupan por ti.

-¿El hecho de tener a esas personas conocidas era algo agradable?

-No, al final me cansé y me cambié. No podía vivir viendo las caras de la gente que conocía, sobretodo la cara de mi hijo. No me sentía bien. Poco a poco vas tomando conciencia, pero hay una cosa importante: como la preocupación que tienes es que no te agredan, porque eres completamente vulnerable en la calle y vives con miedo, tienes la necesidad del alcohol. Sin alcohol no puedes vivir en la calle. Al principio no piensas en la situación que estás, es aquello que dicen de hacer de lo urgente lo importante. En aquel momento me había cargado mi vida, eso era lo importante, pero lo urgente era conseguir cada día alcohol y que ningún hijo de puta me rompiera la cabeza. Gracias a los dibujos, nunca me faltó el vino ni el tabaco.

– ¿Alguna vez te agredieron?

– Sí, cuando estaba un día en el Maremágnum, dibujando. Había cobrado una portada de una revista erótica, 16.000 pelas, que es una fortuna en la calle. Cuando cobraba intentaba pagarme una pensión para dormir cerrado y pasar una noche sin miedo. Siempre esperaba a última hora para entrar en las pensiones, cuando es más tarde no filen prim como decimos en catalán, no son tan estrictos, mientas pagues ya está. Total, que antes de ir a la pensión se me acercaron unos muchachos de 19 o 20 años, y por el léxico eran educados, no eran quinquis ni garrulos. Cuando estas en la calle coges más psicología que un psicólogo, ya sabes del palo que va la gente, es el instinto de conservación. Ellos me dieron conversación, quizá no me dieran muy buena espina, pero yo estaba débil y casi no me aguantaba ni de pie, pesaba unos 40 kilos.

– ¿Cuántos pesas ahora?

– Pues andaré por los 60… Total, que aquellos chicos estuvieron un buen rato conmigo. Hay gente que disfruta haciendo el mal, Oriol. Cuando se iban, uno que llevaba una chupa de cuero cogió un adoquín y me lo tiró en la cara. Me dio en la nariz, ¿ves este bulto de aquí? Y me fui andando, sangrando como un cerdo. Si me hubiera dado un palmo más arriba, me mata.

– ¿Pero querían robarte?

– Es hacer el mal por el mal, Oriol, esta gente hacen el mal por el mal. Una vez en el suelo pensé que llegarían patadas y hostias, y no. Se fueron riendo, no me sacaron la pasta, ni los dibujos, ni me cachearon ni nada. Solo se rieron. En la calle hay de todo, ni mejor ni peor, aunque hay gente que su mierda no se la sabe comer. Cuando vas cogiendo oficio te das cuenta de que no hace falta crearse enemigos, porque te los vas a crear solo, aunque sea sin querer.
Su tono mientras explicaba este episodio desagradable no era trágico, ni de rabia, tampoco rencor, más bien de advertencia. Miquel se fía poco o nada de los desconocidos, algo paradójico teniendo en cuenta que jamás muestra reparos a contarle su vida a uno de ellos y lo hace a menudo. Harto de estos episodios, del miedo y de la vulnerabilidad, y por una mezcla de melancolía y sentido práctico, decidió que se iría lejos de la ciudad. Su destino fue Les Planes, cerca de Sant Cugat, y de nuevo tenía carga emotiva.

– Un día me cogió un ataque de nostalgia, y cuando ya tenía vino para pasar la noche me fui a Sant Cugat, a ver la casa donde estuve desde que nací hasta los diez años. Mis padres eran masoveros, mi padre se ocupaba de la granja de una casa de bien. Mi madre se dedicaba a las tareas del hogar, a plancharles la ropa y esas cosas. La casa en la que viví es una casa bonita. Ahora su propietario (si no se la ha tenido que pulir) es un tío que era relaciones públicas de Jordi Pujol. El tío una vez me dijo que envidiaba mi vida, y mira, yo me callé porque me había comprado una acuarela…

– ¿Dijo que te envidiaba?

– Sí, se llamaba Joaquim nosequé [probablemente se refiere a Joaquim Molins, un hombre con una larga trayectoria política que empezó en la UCD de Adolfo Suárez y terminó con el Pacto del Majestic, del cual se asegura que fue pieza clave en la negociación] es el que ha llevado muchas campañas de Jordi Pujol. Me dijo que yo había tenido una vida muy dura, pero que ellos vivían sometidos a muchas presiones… No sé. Total, que me fui para allí, con el vino y la manta. En la calle, donde estás tú, va la manta. Cogí el metro en la Plaza Catalunya y me fui a Sant Cugat, ¿conoces Sant Cugat?

– Sí, ahí detrás de Collserola.

– Allí mismo. Pero tenía que ir a la carretera de la Arrabassada, no es Sant Cugat en sí. Me hice muchas pajas mentales, y al pasar por Les Planes, que hay unos merenderos, pensé que me daría una vuelta a la montaña, porque yo había ido allí con novias, a jugar al fútbol, era un sitio que me traía buenos recuerdos. Y me subí por arriba, hasta un bosquecillo cercano a la vía del tren. Pensé que ahí nadie me tocaría los cojones. La duda es chunga. Se me hizo tarde para coger el tren y volver. Y el campo de día es una cosa, pero de noche es otra… Pasé mucho frío.

– ¿Cómo era tu día a día?

– Durante años tuve mi rutina en Les Planes. Cada día me levantaba hacia las cinco de la mañana (no duermes del todo, estas con un ojo abierto y otro cerrado) e iba recuperándome, bebiendo, cogiendo fuerzas y haciendo mi grito de guerra. Iba hasta la Plaza Catalunya arrastrando mi alma, y esperaba a que abriesen la Ciudadela.

– ¿Era allí donde vendías los cuadros?

-Sí, compraba el vino para aguantar el día y me dedicaba a vender. Por suerte siempre tuve muchos amigos que me compraban asiduamente y me los pagaban a buen precio. El vino y el tabaco nunca me faltaban, y la comida tampoco, aunque la verdad es que yo como muy poquito. Siempre sobreviví gracias a los dibujos. Soy bastante soberbio, entendiendo soberbia por estupidez. Yo lo que no he perdido es la dignidad. Bueno, en muchos sentidos sí que la he perdido, pero conmigo mismo nunca. Jamás. Conozco tíos que sí que la han perdido, y sin estar en la calle.

Miquel Fuster gritando en Barcelona.
‘Bestia’ | Miquel Fuster

Amistades callejeras

Es una incógnita saber cómo se relaciona la gente de la calle entre sí cuando jamás se ha vivido en ella. Se pueden conjurar grandes amistades unidas por las adversidades del día a día, grupos de amigos que se hacen costado de forma incondicional en los momentos críticos, pero la verdad es que la necesidad impera siempre antes que el compañerismo, y que el instinto de supervivencia, lo que Miquel bautiza como “el oficio de sobrevivir”, entiende poco de colegueos desinteresados.

Miquel lo contó de nuevo mientras seguía fumando un cigarro tras otro y estaba ya metido de lleno en su relato, muy lejos de la Plaza Ramon Berenguer. Seguía hablando con idas y venidas constantes a otros temas y colándome citas célebres de algunos de sus colegas durante la explicación. Su lenguaje es marcadamente callejero, sin tapujos ni preocupaciones de decoro. Recuerda con exactitud fechas, momentos, escenarios y personas. En aquél momento yo ya había renunciado a conducir la conversación y me dediqué a escucharle, intentando interrumpir lo menos posible a no ser que se me escapara algún detalle que era clave para comprender el relato. No parecía que se cansara de hablar, ni que concibiese nuestro encuentro de otro modo, así que yo me dedicaba a rematar los balones que me dejaba muertos ante la portería vacía de su historia.

– ¿Cuál fue tu relación con la gente de la calle?

– Te voy a dar un consejo sobre la gente de la calle, y eso que no me gusta dar consejos, porque es facilismo. Un amigo mío, que era andaluz y que también le daba al alpiste, me decía: joder Miguel, no me des consejos, ¡dame dinero! Mi consejo es, como ya te he dicho, que no te ganes enemigos, que te ganarás enemigos sin hacer nada. Porque en la calle estás en un mundo que no es tierra de nadie. Hay gente de todo tipo, cuando estaba yo éramos más mayores, ahora hay gente mucho más joven.

La radiografía de Miquel cuadra con algunos de los estudios sociológicos que se han hecho sobre la gente sin hogar. Según la Xarxa d’Atenció de Persones Sense Llar (XAPSLL ) el perfil de personas que viven en la calle ha evolucionado mucho los últimos años debido al impacto de la crisis económica. El aumento del paro en todas las edades (sobretodo el paro juvenil que en España es superior al 50%), los desahucios y la precariedad laboral han cambiado el perfil prototípico del mendigo en las ciudades españolas.

– Yo, a la gente de la calle, hasta que no me conocieron, les daba rabia. Decían que hablaba como muy correcto, como si fuera el jefe. Mucha gente está acostumbrada a hablarse a gritos, pero yo no soy así, y les parecía que era algún tipo de soberbia o de sensación de superioridad. No se ir de amigo de la gente, soy tímido, no te voy a preguntar cómo te va todo siendo simpático si no te conozco de nada. Y se ve que esa manera de ser que hay gente que no la entiende.

– ¿Hiciste amigos?

– Amigo de verdad, solo Felipe. Murió hace poco. Era un tío cojonudo, pero no pudo dejar de beber. Tenía 64 años, de Badajoz, un muy buen hombre. Pero no quería ir a las pensiones, ni albergues, ni hospitales porque no quería dejar de beber. Nadie puede ayudar a nadie si no hay voluntad. Tuve amigos de conveniencia, mantenía buenas relaciones con todo el mundo y no hacia desprecios a nadie. El otro día hablé con mi amigo que estaba en la cárcel, y comentábamos que hay que aprender a callarse. Si ves que alguien se pasa, te lo tomas con calma, te atemperas… Eso se va aprendiendo, es un oficio, el oficio de la supervivencia.

Miquel Fuster fumando en Barcelona.
¿Puedo fumar?” pregunta. “Sí, si quieres, adelante”. Miquel hace una cueva con sus manos para encender un cigarro y le da una calada con desazón. | Adrià Calvo

Mujeres y sexo

– Joder Oriol, ¡en la calle tuve más novias que ahora!

En seguida vi que no había traspasado ninguna línea roja, y que si ese tema no lo era, es que esas líneas no existen con Miquel.

– Me acuerdo que durante un tiempo viví en una pensión en la calle Avinyó con Escudellers, una vez que dejé de beber algunos meses. Imagínate el tipo de gente que había: trapicheros, gente de la calle, camellos, yonkis, travestis, prostitutas. Cuando volví a beber y los asistentes sociales dejaron de pagarme el alquiler de la pensión, el señor Daniel me dejó que le pagara con cuadros. Estuve allí un año, y me enrollé con una yonki. Una yonki que murió, según me dijo una amiga suya hace poco. Era cocainómana, se metía algo que se llama nosequé flash, que se pega en la rodilla, una mezcla de cocaína y heroína. Necesitaba 30.000 pelas diarias. Imagínate, es mucho dinero. Por la mañana iba a un cine porno en Urquinaona, por la tarda iba a San Ramón, al lado de Arrels, que todo son putas y negras… y por la noche iba a Las Ramblas. Estuvimos una temporada viviendo juntos, y ella no me causó ningún problema. Finalmente se fue de la pensión… No la he vuelto a ver, ahora tendría unos 55 años, y los yonkis no llegan a tanto, es imposible. Era una puta atípica, no te creas. Tenía de todo: empezó la carrera de filología castellana, de medicina y de arquitectura. El otro día leí algo sobre eso: trincan a las chavalas a hostias, las atan, las tienen enganchadas y cuando ya no les sirven las sueltan. Se llamaba Victoria.

La anécdota se convertía en un listado y Miquel no se andaba con tapujos. Indiscutiblemente, le encantaba contarme sus andaduras sexuales en los años de la calle.

-A ver qué otra tuve por allí… Mira sí, otra de esas locas que hay, porque esa que estaba loca, me llevó a su casa un día que yo estaba pintando. Se llamaba Patricia, y a mí al principio me parecía razonable, ¿sabes? No le veía ningún detalle raro. Trabajaba de camarera en una marisquería, y yo estuve una temporada en su casa. Pocos días eh, no te creas, Oriol. Un día llamaron al interfono a las 12 de la noche y subió un tío. Un tío joven, como ella, que debía tener veintipocos años. Y vi que el tío tenía una cicatriz enorme en la mano. Y cuando Patricia estaba en la cocina, le pregunté qué coño le había pasado. Me dijo: me lo hizo ella (refiriéndose a Patricia, claro). Yo aquí me acojoné, porque el tío me parecía normal. Cuando el tío se fue le dije a Patricia: Oye, ¿qué pasó con este? Y ella me dijo que el tío la intentó violar. Yo creo que no tenía la pinta, cuando subió estaba de muy buen rollo con él, además, ¡le abrió el interfono a las 12 de la noche! No tenía pinta de chorizo ni de ser un hijo de puta, así que no me lo creí. Lo que hice fue pirarme. Y ella me decía: como te vas, ¡si he alquilado El Planeta de los Simios!  (que es una peli que a mí me gusta mucho, de Charlton Heston). Y mientras tanto daba golpecitos con el cuchillo en la mesa, que recuerdo que habíamos preparado un pastel, hasta copas de champán y todo. Pero nada hombre, me fui.
Sexo, mentiras y cuchillos. Ni Tarantino.

-Me enrollé con otra en la pensión. Era una brasileña blanca, muy maja. Se llamaba Cristina, tenía facciones negroides, pero era rubia y con ojos azules. ¡Era buenísima en la cama! ¡Hostia puta! Aún me acuerdo, joder. Ella era música, no sé si tocaba la flauta o algo así, y también recitaba poesía.

Por la cara que ponía Miquel… Sí, supongo que era buenísima en la cama.

-Y mira, también me acuerdo de otra chavala que conocí en la Ciudadela un día que estaba sentado pintando. Era guapa, rubia, ojos claros, iba con una muleta y un vestido blanco. Cuando se me acercó pensé en sacarle algo, es lo primero que piensas siempre que estás en la calle: que no te falte el vino. Me gusta contarte los romances Oriol, ¡me hace gracia! Ella se llamaba Marian. Yo le advertí que era alcohólico, que necesitaba dinero y que le quería vender el cuadro. Me lo compró y me dijo que fuera a su casa a dormir aquella noche. Me dio los 20 euros, fue a misa, volvió, cogió un taxi y fuimos a su casa en Les Corts. Me dijo que me recortara la barba y que me duchara, que ella me ayudaría. Me metió en el baño, pero antes de desnudarme y todo me advirtió de que no haríamos nada. Me duché, nos metimos en la cama y me la empezó a chupar. Y yo pensé: joder, ¡para no hacer nada!

Levantó las manos, se rió para sí mismo y luego busco una respuesta que fuera inequívocamente cómplice.

-Pero a mí no se me levantaba ni a tiros, no funcionaba. Entonces le empecé a comer el coño y me dijo que no, la tía no sé por qué pero no se dejó. Ella fumaba canutos, no bebía. Yo le dije al día siguiente: Marian, ¿qué te pasó en la cadera, por qué eres coja? Una conversación de decir algo, pensé que igual era sexualmente rara pero ya está, cada uno tiene lo suyo. Y me dijo que fue un intento de suicidio.

Resoplido.

-Cuando oyes esto y estás en la calle, es causa-efecto. Yo pensé: me piro. Me dijo que fue porque se separó, la tutela de su hija se la dieron a su marido, le pilló una depresión y se tiró por el balcón. Yo creo que hay que diferenciar entre cobarde y temerario, yo he vivido con miedo, pero no puedo estar tranquilo con una tía que por una depresión se tira por el balcón. Igual la chavala es esquizofrénica, ¡yo que sé! Pues me cogí la manta y pa’ la Plaza de Sants, hijo mío.

Jaque mate.

Renacimiento

Miquel es, desde hace once años, un hombre que vive bajo un techo y que no bebe ni gota de alcohol. Duerme en un piso tutelado por la Fundació Arrels , que le ayudó a desintoxicarse y a vivir lejos de la bebida. Arrels no recorre las calles con una furgoneta en busca de mendigos y los acoge en su centro, sino que deben ser ellos los que acudan a solicitar ayuda, siempre con la condición de dejar de beber. Era el 2003, y Miquel ya tenía dolores de cabeza permanentes, “como si serraran hierro dentro de mi cabeza”, que no se le iban ni tomando Paracetamol en dosis industriales. Los temblores no cesaban, y su debilidad ya era insostenible. Estaba en la Plaza de la Iglesia el día que decidió acudir a la Fundació Arrels. Sólo tenía que ir desde allí hasta el metro de Sants.

– La primera noche no pude ir, no tenía fuerza para ir de la Plaza de la Iglesia al metro de Sants, estaba demasiado débil. Cuando hice el álbum y dibujé ese momento que había vivido, calculé por curiosidad cuantos pasos había de donde estaba yo al metro. Hay 128 pasos. No pude llegar. Imagínate como estaba, no pude recorrer 128 pasos. Mi estado era horrible.

Una vez tomada y ejecutada la decisión de recorrer esos 128 pasos que separaban una vida de otra, la bebida de la sobriedad, vivir bajo un techo o seguir en la calle, empezó la desintoxicación. Miquel, como siempre, tuvo que hacerlo a su manera, con su propio código. Se negó a tomar medicación para dejar el alcohol, ya que había algo que le preocupaba: el Antabuse, medicamento que se usa para casos como el suyo, tiene efectos secundarios peligrosos, como la impotencia. No sólo la impotencia sexual, también la psíquica. “Te baja las pilas de todo. Le dije al doctor que si salía de esta, algo que tampoco tenía muy claro, quería seguir siendo igual de imbécil que antes”. Aunque el médico le pidió humildad, ya que la suya era una situación complicada tras década y media de alcoholismo, su testarudez ganó la partida de nuevo. También tuvo otro campo de batalla: para cobrar el PIRMI, todos los tutelados por Arrels debían asistir a cursillos de macramé o encuadernación. Miquel, estudiante de Bellas Artes y dibujante, odiaba aquellos cursillos. Se aburrió de hacer algo que en teoría debía tenerle distraído para no beber, pero que no le impidió recaer una vez, algo que se manifestó en lo que él bautizó como el “pipishow”.

– Me pillé una sangría con un amigo (no fue culpa suya, él bebía cerveza sin alcohol), porque decidí beber sangría, que al menos tiene más vitaminas. Me pilló solo en la pensión, con un bajón… Y mira, me fui al médico y se lo dije. Todo eso fue mientras dormía en la pensión que me daba Arrels, tomando sólo vitaminas. Lo quise volver a intentar y me puse una fecha. Estábamos a principios agosto cuando recaí. Decidí que el día 22 de agosto dejaría de beber, era el día en que conocí a mi segunda mujer, y eran las fiestas de Sants. Tenía cinco cartones de sangría en el armario de la pensión, pero no volví a beber. Se lo di a un amigo mío, que se lo bebió y ya murió. Muchos han muerto de mi generación. ¿Sabes por qué? Porque siguieron bebiendo. Yo ahora tengo todo eso de la vesícula biliar, es lo peor que me puede pasar. No tengo miedo como en la calle, tengo miedo de mi propio cuerpo. Como cada día arroz hervido, se me va a quedar cara de chino. Cualquier día de estos el cuerpo me puede dar un susto.

Según datos la Fundació Arrels la esperanza de vida las personas sin hogar es de 58 años. Haciendo cálculos rápidos, Miquel consiguió salir de la calle a los 59 años, justo un año después de superar esta cifra macabra. Los de Arrels fueron los promotores del blog de Miquel, los que le impulsaron a dibujar sus álbumes de Miquel, 15 años en la calle y los que le han permitido desarrollar su arte por vocación y no como última necesidad. Sabe que se debe a ellos y no tiene reparo en decirlo, y asegura que si lo intentó con muchas otras entidades y no funcionó, algo deben haber hecho bien. Insistió en algo: la clave, siempre, es que le permitieron hacerlo a su manera: sin medicación y sin macramé, aliado únicamente con sus dibujos y su voluntad.

Miquel Fuster en el Paralel de Barcelona.
‘Paralel’. | Miquel Fuster

Punto y seguido

La conversación estaba tocando a su fin. Durante la charla habían desfilado por la Plaza Ramon Berenguer unos seis grupos de turistas liderados por un guía con un micrófono ridículo de esos que van de la oreja a la boca, parecidos a los que se utilizan en los musicales. Miquel ni siquiera dirigió la mirada a ninguno de esos grupos, y calculé que se había fumado tres cuartos de paquete. Su ansiedad se manifiesta indiscutiblemente a través de las palabras y la nicotina.

La camarera no volvió en todo el rato que estuvimos charlando, pero si una señora mayor a pedirnos limosna, que pasó por todas las mesas de la terraza antes de llegar a la nuestra. De nuevo se reprodujo una escena embarazosa, un choque entre pasado y presente para Miquel. La limosna la pedía una mujer encorvada, muy vieja y con una muleta que no parecía tener fuerzas para nada que no fuera emitir un murmuro que no se entendía, pero del que se podían intuir palabras como “dinero” o “pobre”. Miquel le pidió a la señora que se esperara, que estábamos haciendo algo importante, que él también había pedido en la calle, pero que por favor esperara. No había compasión ni una especial sensibilidad en su tono, más bien parecía que estaba perdiendo un poco la paciencia. La mujer no parecía entenderle del todo y seguía con las manos ofrecidas, pidiendo. Finalmente, al cabo de unos segundos que parecieron alargarse demasiado, Miquel, nervioso y con ganas de terminar rápido pero con una sonrisa de cortesía, le soltó unas monedas y le deseó suerte, complementada con un par de palmadas en la espalda. No comentamos la escena.

El trayecto de vuelta fue más o menos como el de ida, con Miquel hablándome de esto y de aquello, de sus planes de futuro que se habían truncado por culpa de la quiebra de la editorial que publicó su libro, y de los trabajillos que le iban saliendo para pintar. Pintar le mantuvo con recursos en la calle, le ayudó a salir de ella, y le ha servido como canal expiatorio de lo que supuso esa década y media sin hogar.

– Yo supongo que cada uno es como es. Igual la clave fue que no se me fue la cabeza, como le pasó al final a mi amigo Felipe. Es instinto de supervivencia. Yo aguantaba por ganas de vivir, no soy ambicioso, podría haber hecho dinero con mis cuadros en su momento, pero tampoco es algo que me llamara la atención. Ahora hago erotismo, que siempre es lo que vende, hay muchos tíos degenerados y a mí me da igual si tengo que pintar chavalas follando con lagartos. Tengo para tabaco y vivo en un piso en el que me siento libre. Hay gente que le gusta la vida y gente que no, pero yo soy un enamorado de la vida. Lo que no puedo es con las ataduras, no puedo hipotecarme, ni depender de otras personas. Necesito sentirme libre, y en un momento dado preferí vivir en la calle antes que sentirme esclavo.

Edición a cargo de Gerardo Santos y David Vidal.

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— Artista plástico y dibujante, estuvo 15 años durmiendo en las calles de Barcelona. En la actualidad vive en un piso tutelado por la Fundació Arrels

— Hay unas 3.000 personas sin hogar en Barcelona, 900 de las cuales pasan la noche a la intemperie