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Violencias

Las Kellys, del conflicto laboral a la lucha feminista

— Las Kellys luchan para mejorar sus condiciones laborales pero, también, para dar dignidad a las tareas de limpieza y cuidado

— “Hay un discurso central en el feminismo que no recoge las demandas de mujeres obreras, negras o migradas”, dice Maria de la Fuente, investigadora en cuestiones de género

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La habitación está tal como lo han dejado a los anteriores huéspedes. La papelera del lavabo llena de basura, la sábanas huelen a sudor, hay una mancha en la almohada y unos cuantos pelos en la ducha. No te hagas el fuerte: esto te molesta. Cuando has cruzado el vestíbulo del hotel y has pedido una habitación, te la esperabas limpia, el lavabo reluciente, las sábanas limpias, planchadas y ligeramente dobladas, invitándote a entrar dentro de la cama. “Lo lamento mucho”, te ha dicho el recepcionista, “pero ofrecemos la habitación en estas condiciones”. Te pide disculpas y te ofrece el ridículo descuento de 1 euro. ¿Lo aceptas?

Esta podría ser una escena real. La tarea que realizan las limpiadoras de habitaciones de hotel a menudo tiene este coste; es decir, reciben esta retribución salarial por cada habitación que dejan impoluta a lo largo de largas jornadas de trabajo. Si hay un colectivo que está luchando para dar visibilidad a esta precariedad –y por tanto, violencia– laboral en todo el Estado es el de las Kellys, las que limpian. Y no sólo lo hacen desde la vertiente laboral sino también desde la perspectiva de género, por un reconocimiento de las tareas de limpieza y cuidado de los espacios y las personas. Trabajos feminizados (según datos de UGT, el 76% de empleadas del sector de la limpieza son mujeres) con el consentimiento de una sociedad patriarcal y capitalista, de un sistema de explotación laboral.

Con una bolsa en bandolera y un piti en la mano, María Carmen Crespo Estepa aparece por la esquina de la Ronda Universitat de Barcelona. Viene de Viladecans en tren para apoyar a los universitarios que hoy, 26 de octubre de 2017, hacen huelga contra el artículo 155 y para pedir la libertad de los presos políticos. Pero Carmen Crespo –que se hace llamar por su segundo nombre y su primer apellido– también ha venido a la capital para asistir a la enésima entrevista que se le hace como miembro de las Kellys de Barcelona, de las que forma parte desde marzo de 2016, unos meses antes de que se formalizaran como asociación.

No puede evitar hablar en plata cuando hablamos del nuevo convenio de la hostelería que está a punto de entrar en vigor.

–Lo hemos parado dos veces pero estamos esperando que de un día para otro nos digan que ya está firmado –me explica con acento andaluz–. Y el convenio es una mierda, así de claro te lo digo. Es que yo hablo así… –y ríe y da una calada al cigarrillo de tabaco de liar.

Pero el convenio entrará en vigor al día siguiente de la fiesta de Fin de Año gracias a la firma del sindicato mayoritario, UGT. Tras recibir muchas presiones por parte de las Kellys y de sindicatos que las apoyan, CCOO no lo firmará. Sobre todo, después de ver que en él sigue resonando un concepto que es a la vez la palabra que más suena en la lucha de las Kellys y la que más se repite, entre muecas de rechazo, en la conversación con Carmen: externalización. Ellas defienden que es su principal problema, y que, además, es ilegal.

“Es exactamente esto”, dice Joana Badia, abogada especialista en Derecho laboral, Derecho civil, Derecho de familia y cuestiones de género. “No se puede discutir de ninguna manera que una persona que limpia habitaciones no forme parte de las tareas estructurales del hotel. Hay fraude en la cesión de mano de obra y hay fraude en el convenio aplicable”, afirma Badia.

Carmen Crespo forma parte del colectivo de las Kellys de Barcelona desde marzo de 2016 © Helena Roura

Carmen entró en el mundo de la limpieza de hoteles en 2012. Ese mismo año, el gobierno de Mariano Rajoy (PP) aprobó, con la inestimable colaboración de Convergència i Unió (CiU), Unión del Pueblo Navarro (UPN) y Foro Asturias (FAC), una reforma laboral que ha comportado la precarización de las condiciones laborales en casi todos los sectores. Y, con ella, la normalización de la práctica conocida como externalización: la contratación de una empresa que provea unos servicios determinados a la empresa contratante.

“El nuevo convenio equipara los sueldos, pero nada más: ni las jornadas maratonianas, ni la falta de prevención de riesgos laborales, ni las cargas de trabajo abusivas”

“Las externalizaciones sólo están previstas para casos en que la empresa prestadora de servicios ofrece un servicio que no es estructural de la empresa contratante. Por ejemplo, un servicio de gestoría o un servicio de informática. Las limpiadoras de hotel no son este perfil”, afirma Badia.

Antes de la reforma laboral, prevalecía el convenio de sector; ahora, prevalece el convenio de empresa que, por ley, debe mejorar las condiciones laborales. Pero las Kellys evidencian la trampa que ha habido hasta ahora: el sector de las empresas multiservicios no se rige por el mismo convenio que el de la hostelería. “El nuevo convenio equipara los sueldos, pero nada más: ni las jornadas maratonianas, ni la falta de prevención de riesgos laborales, ni las cargas de trabajo abusivas”, denuncia Badia.

–Si nosotras no limpiamos, el hotel se va a la… –Carmen deja aquí la frase i bebe un trago de café solo–. Nosotras queremos ser parte del hotel porque somos su alma.

Resulta, pues, que en uno de los sectores menos afectados por la crisis y fundamental para la economía del país, como es el turismo, se permite que las limpiadoras de hotel trabajen 8 horas o más cuando, por contrato, deberían trabajar 6. Y que salarios de 1.200 euros al mes se reduzcan a 700 o 800 en la práctica, ya que las empresas multiservicios pueden pagar el salario mínimo interprofesional.

Según la Estadística de Empresas de Trabajo Temporal de este 2017, la hostelería es el cuarto sector económico con más contratos temporales, y Cataluña lidera el ranking. Según el documental sobre las Kellys de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals, en 2016 cerca del 60% de las empleadas de hoteles de Barcelona estaban subcontratadas por empresas multiservicios.

Carmen es una de ellas. Trabaja desde hace cinco años por Grupo Canto –o Hermanos Canto, que dice ella–, una empresa multiservicios con sede en Terrassa que tanto se dedica a hoteles como a aeropuertos o a la limpieza integral, por ejemplo, del Hospital Sant Joan de Déu. Gestiona contratos de casi mil trabajadores.

–Yo estoy fija, pero tenía una compañera que se fue porque le hacían contrato de mes a mes. Así no puedes vivir… Así no puedes ni alquilar, ni planear nada, ni comprar un frigorífico porque se te ha roto… No puedes –lamenta Carmen.

Vive en Viladecans desde que era una niña de ocho años y ha visto crecer y crecer la población, pero Carmen es de Santaella, un pueblo de la provincia de Córdoba donde nació en 1969 y donde mantiene los amigos y las amigas de la infancia. “Aunque sea de aquí, yo soy de mi pueblo. A mí me educaron así”, aclara. Acostumbra a ir cada dos o tres años.

Carmen se suele levantar a las cinco de la mañana y, después de un cigarrillo y un café –“que soy muy cafetera, yo”–, va en coche hasta el Motel Punto 14, en Gavà Mar, que tiene un estricto protocolo de discreción para que los clientes no se crucen entre ellos. Carmen trabaja de viernes a martes. La hora de entrada: las 6 de la mañana. Trabaja hasta las dos de la tarde. El horario cambia los fines de semana, cuando trabaja de la una de la tarde a las nueve de la noche. Si no trabaja en el motel por la mañana, limpia alguna casa particular. Entonces, el despertador no suena a las cinco sino a las siete. Se deja, como siempre, la comida hecha el día antes.

–A veces, como con mi hermano. Luego, a recoger un poquito, lo que me dé tiempo. Y cuando llega la hora, pa Barcelona a la reunión de Kellys. A veces me vengo corriendo o me como un bocadillo de camino. Pero yo siempre lo he dicho y nunca me lo he escondido: soy una de las privilegiadas –afirma.

Lo dice porque es fija. Porque tiene un contrato de 16 horas semanales pero también hace sustituciones y cubre vacaciones, y porque trabaja según el empleo y no tiene la estricta planificación de habitaciones de la que se quejan muchas Kellys. En la mayoría de los casos, las habitaciones se pagan como producción. Hacer 30 al día es habitual y eso, dicen, son 10 horas de trabajo. De sol a sol.

Carmen se siente privilegiada, pero ha trabajado de forma precaria años antes. Ha llegado a estar contratada por empresas que, a su primer día de trabajo, cambiaban por otra más económica. Ha sido camarera de barra, ha limpiado tiendas en centros comerciales de día y trenes de los Ferrocarrils Catalans de noche; también cabinas de peajes en autopistas y estaciones de tren.

Carmen entra en el turno de mediodía en el Motel Punt 14, en Gavà Mar © Estefania Bedmar

–No quise seguir estudiando y eso es lo que me salía. He cambiado mucho de trabajo pero lo más largo que he estado en el paro fueron 8 meses. “Si te enteras de algo, avísame”, he dicho muchas veces. He tenido contacto con mucha gente –explica.

Entre todos estos trabajos, Carmen también ha cuidado a niños y ha hecho compañía a personas mayores. Aunque recalca que sí que ha tenido algún compañero de trabajo de sexo masculino, ha trabajado casi siempre con mujeres.

 

Conciencia obrera y feminismo, una relación compleja

No hay ni un solo hombre en la sala el día que las Feministes per la Independència (FxI) invitan a las Kellys a Ca La Dona, un espacio feminista creado en Barcelona en 1988. Es el 4 de septiembre de este año, un mes antes de que el conflicto sobre la independencia estallara definitivamente un domingo en una jornada electoral polémica. La charla lleva el título “Volem un país lliure amb treball digne”, es decir, una República Feminista de Catalunya con trabajo digno. Roser Pineda, de FxI, lee el manifiesto y se pregunta si se puede plantear la vida sin las personas que limpian, ya sea en un hotel o en el propio hogar:

–Qué valor se da a estos trabajos, imprescindibles para sostener la vida?

Murmullos en la sala. La media de edad de las mujeres presentes ronda los 50 años. Sólo hay que ver sus caras para entender que lo que se ha cuestionado Roser es su pan de cada día. Se reconocen en este no-reconocimiento.

“¡Claro que estamos cansadas! Todas. Es vida doméstica y es el trabajo –dice Carmen–. Yo no tengo hijos pero muchas compañeras sí. Y marido”.

Pero las tareas feminizadas no tienen un origen, digamos, natural. “Las hay porque hay división sexual del trabajo”, afirma Maria De la Fuente, técnica del Institut de Ciències Polítiques i Socials (ICPS) y directora del Observatori iQ. “Es esta lógica de género histórica, posterior a la Revolución Francesa y consolidada a lo largo del siglo XIX, que asigna los trabajos relacionados con el cuidado y la limpieza dentro del hogar y el trabajo productivo fuera del hogar”.

De la Fuente, que coordina el curso de Lectures de Teoria Política Feminista del ICPS, explica cómo a lo largo del siglo XX se fueron extrayendo del ámbito privado las tareas reproductivas a medida que las mujeres de clase media se empezaban a incorporar al ámbito laboral. Una serie de hogares quedaron desprovistos de estas tareas y, ya fuera a través del Estado del bienestar o a través del mercado, estos trabajos se fueron incorporando al mundo laboral. “Pero a través de una mala mercantilización, con muy pocos derechos e invisible para los actores tradicionales de la negociación colectiva”, afirma De la Fuente. Invisibles tanto dentro como fuera del hogar.

–¡Claro que vamos cansadas! Todas. Es vida doméstica y trabajo –dice Carmen–. Yo no tengo hijos pero muchas compañeras sí. Y marido. Que trabaja. A veces no hay quién vaya a recoger a los niños a la escuela. Es nuestro día a día

¿De quién depende que estas tareas dejen de ser invisibles y que las personas que las llevan a cabo de forma exclusiva dejen de ser consideradas población inactiva? “Es un tema completamente político”, dice la abogada Joana Badia. “No son población inactiva, al contrario: son población muy activa. A nivel jurídico, no hay mucho que hacer. Puedes hacer que se reconozca el trabajo de una mujer que haya dejado el trabajo y se haya estado diez años haciendo las tareas domésticas y cuidando a los hijos. Si se divorcia, el marido le debe pagar una pensión durante una época ‘por haberle hecho de esclava’. En Derecho de familia, es el único reconocimiento que hay hoy en día de las tareas domésticas. Y esto genera descompensación”, sentencia Badia.

En Ca La Dona, Roser da paso a Isabel Cruz, la responsable de comunicación de las Kellys de Barcelona. “Una cosa debe quedar clara: el nuevo convenio no puede ser firmado”, dice con contundencia. Cabreadísima, Isabel habla de negociación colectiva, de fraude, de repensar las formas de organización. Las Feministes per la Indepèndencia –y otros colectivos, feministas o no– ven en las Kellys un ejemplo “de lo que las feministas hemos hecho siempre: actuar”, dice el manifiesto de FxI, “y un modelo de lucha que se pone en juego en la calle”. Y, sin embargo, la sensación es que, en cierto modo, en Ca La Dona hay dos discursos diferentes.

Carmen lo evidencia riendo:

–Es que yo, a nivel personal, ni soy independentista ni soy feminista. Pero es un colectivo que nos invitó y fuimos. Y luego nos fuimos a tomar unas cervezas y a mí me gustó mucho porque son un colectivo que ha luchado mucho y yo aprendo de esta gente –dice.

Carmen considera que las Kellys sí que tienen parte de movimiento feminista por el tipo de acciones que hacen y los trabajos de defienden, pero ella no se identifica como feminista sino como “mujer trabajadora y luchadora”.

Cuando en 1981 escribió Women, race & class, a Angela Davis le colgaron la etiqueta de feminista. Y ella no lo vio claro:

I’m not a feminist. You known, I’m a black revolutionary –dijo.

“No soy feminista. Soy una revolucionaria negra”. 9 de octubre de 2017. El vestíbulo del CCCB abarrotado para ver y escuchar esta legendaria activista de visita en Barcelona para participar en el ciclo Revolució o resistència? La anécdota hizo reír a más de una. Davis la contaba para evidenciar como al principio ella no veía clara la relación entre su lucha y la lucha feminista. Hasta que entendió que lo que ella entendía como feminismo era sólo un cierto tipo de feminismo, “desgraciadamente, todavía blanco y burgués”, dice Davis.

Quizás por esto todavía hay mujeres que rechazan la etiqueta de feminista. También “hay una hostilidad hacia este término que tiene dos razones”, según De la Fuente. “Una es el discurso hegemónico de ridiculización de cualquier demanda de género, que cala en la sociedad; y la otra, que la propia estrategia del movimiento feminista [hegemónico] genera un aislamiento del resto de la sociedad que es leído como un victimismo. Y muchas mujeres no quieren identificarse como víctimas”.

Ni todas las mujeres somos iguales ni todas las personas nos identificamos con todas las luchas. Para cuestionar los propios movimientos, son necesarias las discrepancias. Pero tal vez haya más razones que expliquen este rechazo al feminismo. Razones políticas y de clase.

Las Kellys luchan contra la aplicación del convenio de hostelería que quiere aprobar el sindicato UGT © Estefania Bedmar

Carteles, camisetas, lemas. “Si tocan a una, nos tocan a todas”, se oye en las manis de las Kellys. Exactamente el mismo cántico que se empezó a escuchar en las manifestaciones feministas del 8 de marzo y en otros espacios de lucha colectiva. Hablan a menudo en femenino y, aunque el color de las Kellys es el verde, en muchas pancartas se ve el símbolo de la mujer, pintado en lila y con el puño combativo dentro. Para muchas feministas, las Kellys son compañeras de lucha.

Pero la relación entre feminismo y clase social es compleja. ¿Desde dónde se explica la teoría? ¿Quién se la siente suya, en la práctica, desde su puesto de trabajo? ¿Cómo se crean las identidades colectivas?

“Desde un punto de vista histórico, marxismo y feminismo son dos movimientos que empiezan más o menos en el mismo momento y transcurren en paralelo sin compartir metas comunes”, explica De la Fuente. El feminismo encontró en el marxismo una teoría afín porque contemplaba las relaciones en clave de dominación y subordinación, pero “el marxismo no tiene ninguna capacidad explicativa para analizar otro sistema de dominación: el patriarcado, la dominación de los hombres sobre las mujeres”, escribe la especialista en violencia machista Nuria Varela en Feminismo para principiantes (2013).

Según De la Fuente, “con las suffragettes sí que podríamos decir que surgió en Inglaterra un movimiento obrero con su propia agenda feminista”. Aun así, durante años, “el socialismo vio mal el movimiento sufragista por burgués y porque restaba capacidad de actuación en la socialización de los medios de producción”, explica.

Aleksandra Kollontai (1872-1952) es un ejemplo de conjugación de socialismo y feminismo. Según la historiografía, es la primera revolucionaria rusa que cuestionó el hecho de que la revolución obrera liberara por sí misma a las mujeres. Elaboró ​​un discurso en torno al amor libre, las relaciones privadas y la socialización del trabajo doméstico, cuestiones sobre las que tenía que reflexionar la propia revolución. Una idea que remite a la famosa frase de Kate Millett: “Lo personal es político”. Kollontai se avanzaba al feminismo radical medio siglo.

En Alemania, otra política, la socialista Clara Zetkin (1854-1933), defendía que la liberación de la mujer pasaba por su independencia económica y reflexionaba sobre el matrimonio y sobre cuestiones sexuales. No escapó de tener una discusión con Lenin en una entrevista en 1924: el máximo dirigente de la URSS le reprochaba a Zetkin que ella y sus camaradas se dedicaran a debatir sobre estos temas y que, a causa de estos, “lo principal [la consolidación del Estado soviético] se conviertiera en accesorio”. No era el momento.

Es por fricciones como estas que la economista feminista Heidi Hartmann describió la relación entre marxismo y feminismo como “un matrimonio mal avenido” (The Unhappy Marriage of Marxism and Feminism, 1981). A lo largo del siglo XX, ha habido intentos de acercar ambas teorías, pero nunca ha dejado de ser un tema complejo.

“Yo creo que deberíamos plantearnos si la lucha de clases no es feminista en sí misma”, reflexiona la abogada Joana Badia una mañana de octubre de 2017. Boom.

“Una parte del feminismo de los años setenta se ha convertido en un movimiento bastante hegemónico, de clase media, consolidado, académico y político”.

 

“Hay un discurso aún demasiado central que no ha recogido las demandas de las mujeres de clase obrera, negras o migradas”.

Algo similar es lo que propone la escritora y activista feminista Silvia Federici en Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (2010). Federici va más allá de la dicotomía género-clase y dice que los problemas de género no son un hecho aislado en la dominación general, sino una especificación más de las relaciones de clase.

Actualmente, de hecho, se suele hablar más de feminismos en plural que de un solo movimiento feminista precisamente para evitar efectos excluyentes y que ciertas voces designen qué significa ser feminista, y quién lo es y quién no.

“Una parte del feminismo de los años setenta, que surgió de una crítica a cómo se ignoraba las mujeres en la nueva izquierda, sobre todo en el movimiento estudiantil y el anti-vietnam, se ha convertido en un movimiento bastante hegemónico, de clase media, consolidado, académico y político debido a la institucionalización de las energías”, explica De la Fuente. En el Estado español, son ejemplos de esta ola feministas como Amelia Valcárcel, Carlota Bustelo, Celia Amorós, Victoria Camps o las hermanas Montserrat y Mercè Otero-Vidal, dedicadas al mundo de la política, la universidad o bien al de instituciones de la Mujer.

“Hay un discurso todavía muy central que no ha recogido las demandas de mujeres de clase obrera, negras o migradas”, dice De la Fuente. “Y eso es una de las críticas de las feministas de la interseccionalidad”, añade.

Este término, según la tesis La interseccionalidad política: tipos y factores de entrada en la agenda política, jurídica y de los movimientos sociales, de Marta Cruells, “se ha establecido en el ámbito académico como aquel que indica la relación y la articulación entre las desigualdades sociales”. Aparece en 1989 en un artículo publicado por Kimberlé Crenshaw en los EEUU. Y si ya en el siglo XIX las mujeres negras pedían ser reconocidas por las mujeres blancas dentro del propio movimiento, en los años setenta tomaron el relevo de esta preocupación activistas estadounidenses como Bell Hooks o Angela Davis.

“Cualquier feminismo que dé privilegios a aquellas que ya los tienen es irrelevante para las mujeres pobres, de clase trabajadora, de color, trans o indígenas”, concluye Davis con contundencia ante el público del CCCB.

Carmen se muestra contraria a la externalización, que seguirá produciéndose con el nuevo convenio de la hostelería © Estefania Bedmar

Entre cigarrillo y cigarrillo, Carmen me cuenta que quiere una sociedad libre de desigualdades y que valora por encima de todo su independencia. La propia. Se quedó sin padre de muy pequeña y gran parte de su educación se la dio su hermano mayor, incansable militante del movimiento estudiantil de su época. De él, Carmen aprendió a no depender de nadie. “Yo he sido trabajadora e independiente”, dice con una sonrisa.

–Hay veces que sí que digo ¡basta! Llego a casa derrotada y yo también necesito un respiro. A veces tengo el piso hecho polvo, pero yo también necesito vida propia. No tengo a nadie que me limpie la casa. Si me dejo la cama sin hacer, me encuentro la cama sin hacer –dice Carmen.

Desde algún feminismo se podría decir que esto es ser feminista. Pero ¿quién puede decirle a quién con qué se tiene que identificar? ¿Quién está autorizado para decir qué?

***

Antes de que se vaya la luz natural, Nelly Boxall desgrana los guisantes para la cena. Para ello, ha interrumpido la labor que lleva haciendo hace días. Está escribiendo un diario personal. A la otra criada de la casa de los Woolf, Lottie, no le hace mucha gracia que escriba. Esto le procede a su señora, no a ella. “Y escribir un diario no es malo si lo hace la señora es algo bueno [sic]”, escribe Boxall.

En Una habitación ajena, la filóloga y escritora Alicia Giménez Bartlett recoge los escritos de quien fue la criada y cocinera de Virginia Woolf y su marido. ‘Ajena’ frente a Una habitación propia (1929), el ensayo de Woolf redescubierto en los años setenta y considerado emblema del movimiento feminista de la época por defender que, si una mujer quería dedicarse a la escritura, le hacía falta dinero y un cuarto propio.

Woolf es un gran nombre dentro del feminismo, pero no lo es Boxall.

Desde algún feminismo se podría decir que una mujer que tiene a una mujer de la limpieza no ha entendido muy bien la lucha, pero quizás… “Es peligroso este discurso. ¿Por qué tú y no tu marido? El trabajo doméstico es un tema controvertido, pero es un trabajo y hay que reconocerlo como tal con todas las consecuencias”, plantea Maria De la Fuente, técnica del ICPS y directora del Observatori iQ. “El problema es que hay medias tintas y un limbo jurídico y laboral. Es un trabajo de clase baja, sin duda, pero como tantos y igual de dignos”.

Sin embargo, parece que tenga un aura de subordinación. Da la impresión, dice Carmen, que se prefiere a las mujeres para realizar trabajos de limpieza y cuidado “por sumisas”. Pero trabajando de camarera, tanto con mujeres como con hombres, ha sufrido situaciones que resume así:

–“Yo soy el amo y tú, el criado”. Es abuso de poder. Y te tienes que callar.

El amo y el esclavo. El empresario y el trabajador. ¿Quién necesita más a quién? ¿Qué haría el restaurante sin las camareras? ¿Qué haría el hotel sin las Kellys?

–Somos pocas, pero cada vez más las que estamos abriendo los ojos –afirma Carmen.

***

Será maravilloso / junto a mis compañeras / montar un pollo en medio de la recepción / En pie de guerra, las camareras / ¡Qué subidón! Al ritmo de El Puente (a Mallorca), las Kellys bloquean simbólicamente el acceso al Hotel Hilton Diagonal Mar para reivindicar la readmisión de cinco camareras de piso despedidas en febrero de este año.

Cuando abrieron la página de Facebook en 2014, las Kellys poco se esperaban que tuviera tanto eco. Fue dar el paso y ya no hubo freno. En las redes, se han hecho cada vez más visibles, en parte gracias a su sentido del humor, como cuando parodiaron el thriller de Manuel Bartual en Twitter con un irónico hilo con el que, según explica Isabel, la responsable de comunicación de las Kellys, ganaron cientos de seguidores.

La precariedad laboral ya hace años que dura pero Carmen cree que a partir del 15-M cambiaron muchas cosas. Para empezar, la organización a través de las redes sociales. Las Kellys tienen grupos de WhatsApp para cada territorio y un grupo estatal que agrupa las portavoces. En las asambleas semanales –las Kellys de Barcelona se reúnen cada miércoles– planean las acciones pero el apoyo mutuo y la comunicación a través de las redes es fundamental: un lugar donde compartir experiencias y problemas, y un lugar donde verter el cansancio.

Carmen se tiene a sí misma con la camiseta verde loro de las Kellys en la foto de perfil de WhatsApp. Hay quien tiene el de la Asamblea Nacional Catalana y hay quien tiene el corazón de Mejor Unidos. Las hay que tienen, en tonalidades moradas, símbolos de la mujer y puños alzados. La lucha de cada una a menudo se expresa en la red. Sin duda, la organización de la lucha y el apoyo mutuo online han sido decisivos para las Kellys.

–Nos reímos mucho, lloramos también. Ante todo, somos compañeras. Si nos tenemos que echar una mano, nos la echamos –dice Carmen, orgullosa de lo que cuenta.

Entre otras cosas, hablan de estrés, ansiedad y dolores diversos. Su trabajo no es considerado “de riesgo”, pero les causa lumbalgias, tendinitis, síndromes del túnel carpiano o depresiones. “Sufren problemas de salud muy similares y claramente se pueden relacionar con el trabajo”, afirma Badia. “Si se aplicaran unas condiciones de trabajo dignas, no habría depresiones pero, sólo por los problemas físicos que ocasiona, el trabajo de las camareras de piso reúne bastante requisitos para que se considere de riesgo”.

Las Kellys despliegan pancartas contra el convenio y UGT durante la huelga general del 8 de noviembre © Estefania Bedmar

A Carmen y a las Kellys les toca jubilarse a los 67 años, como a tantas personas trabajadoras tras la reforma laboral de 2012. Las enfermedades que tienen son a menudo consideradas contingencias comunes en lugar de laborales. Según explica Badia, “las pensiones que se cobran son inferiores y no hay reconocimiento de las enfermedades provocadas por condiciones laborales”.

Que esto cambie depende de prioridades y decisiones políticas. Sin embargo, según De la Fuente, “lo más sangriento del tema de las Kellys es la falta de comprensión por parte del movimiento sindical y obrero tradicional”. De nuevo, resuena Carmen hablando en plata sobre el nuevo convenio de la hostelería, firmado por el sindicato mayoritario, UGT.

***

Desde noviembre de 2016 –cuando se aprobó en el Parlament de Catalunya una moción de apoyo a las camareras de piso–, las Kellys han presentado decenas de denuncias a inspección de trabajo y también han conseguido que el Ayuntamiento de Barcelona, a través de Barcelona Activa, retire anuncios de trabajo donde se pedían camareras de piso con condiciones laborales precarias.

También se ha creado en Barcelona el Punt de defensa dels drets laborals, que coordina la abogada Joana Badia, para ofrecer un servicio público de asesoramiento gratuito a la ciudadanía. Los puntos fuertes del plan piloto son, precisamente, el turismo, la hostelería y el ocio nocturno, y el ámbito de cuidados y tareas del hogar.

Pero, ¿cómo acabar con la división sexual del trabajo? ¿Cómo conseguir dignificar los trabajos no reproductivos? Todos somos usuarios de servicios que hacen personas que están siendo maltratadas laboralmente. Si el extraterrestre Gurb bajara a la Tierra, probablemente no lo entendería. ¿Hay una tolerancia social? ¿Por qué no es un escándalo?

–La esperanza de la revolución reside en aquellas mujeres que han sido abandonadas por la Historia. Que ahora se levantan y hacen oír sus demandas –sentencia Angela Davis en el vestíbulo del CCCB.

Muy cerca, Carmen y yo nos despedimos delante de la Universitat de Barcelona. En unos minutos empieza la protesta estudiantil contra la aplicación del artículo 155. “Con esto de la Independencia está todo frenado”, comenta Carmen. Antes de marcharse, dice:

–Yo lucho porque quiero un mundo mejor. No quiero injusticias. A mí eso ya me viene de atrás, lo he visto siempre en mi casa. Lucho por un trabajo digno con salarios dignos.

Carmen cruza la Gran Via, cigarrillo entre los dedos, para unirse a la concentración de estudiantes. Como Boxall, aquella criada de Virginia Woolf que desgranaba guisantes en la cocina, Carmen no es un nombre reconocido en una lucha feminista que, hasta el momento, no ha creído suya. Quizás porque su propia lucha, que se manifiesta en la calle, hace poco que ha conectado con el discurso feminista hegemónico.

Pero si algo se manifiesta en las Kellys es que hay esperanza para una lucha obrera, de clase y antipatriarcal. Tanto en casa como en la calle.

Edición del texto por Celia Castellano
Edición fotográfica por Carles Palacio
Traducción al castellano por Helena Roura
Fe de erratas: Donde antes ponía “el gobierno de Mariano Rajoy (PP) aprobó, con la inestimable colaboración del Partido Socialista Obrero Español (PSOE)” ahora pone “con la inestimable colaboración de Convergència i Unió (CiU), Unión del Pueblo Navarro (UPN) y Foro Asturias (FAC)”.

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— Las Kellys luchan para mejorar sus condiciones laborales pero, también, para dar dignidad a las tareas de limpieza y cuidado

— “Hay un discurso central en el feminismo que no recoge las demandas de mujeres obreras, negras o migradas”, dice Maria de la Fuente, investigadora en cuestiones de género

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