Magazine

Identidad y alteridad

La revuelta de la identidad catalana

— El final del verano ha traído, a Catalunya, el final del procés. ¿Qué peso tiene la construcción de la identidad nacional en este tablero político?

— Del 11 de septiembre hasta hoy, se ha confirmado una ruptura irreversible entre un 'nosotros' y un 'ellos'

Tweet about this on TwitterShare on Facebook72Google+0Share on LinkedIn0

Resulta difícil empezar a escribir estas líneas, porque eso quiere decir dejar de mirar Twitter buscando el último movimiento represor del Estado, o la última pirueta desobediente (pero no mucho) del Govern. O dejar de opinar en ese grupo de Whatsapp en el que antes se cotilleaba de los últimos ligues del sector de solteros y solteras, pero que desde hace unos meses se ha convertido en un coso de debate político entre amigos. Resulta difícil abstraerse de todo lo que está pasando para escribir sobre ello. El final del verano ha traído, a Catalunya, el final del ‘procés’. Primero, la aprobación del ‘pack’ de leyes para la desconexión –o para la independencia– los días 6 y 7 de septiembre (primera desobediencia real del Govern). Después, con los porrazos de la Policía Nacional y la Guardia Civil el pasado día 1 de octubre, cuando (al menos) 2,2 millones de catalanes salieron a la calle a votar el referéndum. ¿Qué peso tiene la construcción de la identidad nacional en este tablero político? Para intentar encontrar respuesta, proponemos un viaje que empieza el 11 de septiembre y acaba el 4 de octubre. Un viaje repleto de contradicciones, que se mira hacia adentro y que busca delimitar dónde empieza y dónde acaba la identidad nacional de quien lo escribe y fotografía. Un viaje con parada y fonda en la vida común, en la vida de barrio, pues es el barrio el menú principal del videojuego de la vida en sociedad.

 

La Diada

El desfile del grupo de recreación histórica Els Miquelets ameniza el plomizo arrancar de la Diada Nacional de Catalunya en la plaza de Sant Jaume de la capital catalana. Una treintena de casacas azules monta guardia, hierática, frente a la puerta de la Generalitat. Detrás, dos docenas largas de mujeres ataviadas con las ropas típicas de comienzos del siglo XVIII. Y, en lo más alto, una mega-bandera, hecha de pedazos de las banderas europeas, una estelada y un mensaje: “Constitució Catalana”. Su portador, un hombre de aquellos que tiene las manos ajadas de trabajar con ellas, sostiene el mástil con maña, apoyándolo al suelo y haciendo palanca con su pie izquierdo, que mantiene posado en el embaldosado con firmeza. Pero, además de maña, también requiere fuerza:

–Ánimo, qué fuerte, ¿no le duele el brazo? –le dice una señora que ha venido a ver el desfile.
No, i ara! –responde el abanderado– No me duele el bíceps, solo los tendones!

La mega-bandera, de unos diez metros cuadrados, sigue ondeando, tapando a vueltas un sol que luce pero no calienta. El cielo no se consigue arrancar esa fina pátina blancuzca y marina de las primeras horas de la mañana en Barcelona. No es una Diada cualquiera. Quizá es la más importante desde la de 2012 (la primera de las que iban más allá de la conmemoración histórica y reivindicaban más soberanía) y, si nos ponemos exquisitos, quizá también es la más importante desde aquella de 1976 en Sant Boi de Llobregat, aún con la sombra post mortem de Franco dando yuyu. Como mínimo, hay una sensación en el ambiente de que los días que quedan hasta final de mes, hasta el día 1 de octubre, van a ser importantes. Con la primera salva de los trabucos de los miquelets, uno de los caballos suelta lastre y deja su impronta en el suelo de la plaza. Finalizado el acto, la comitiva enfila por la calle del Bisbe, rumbo a la catedral.

Esta misa en la Basílica de Santa Maria del Mar no es un oficio como los habituales. Se mezclan turistas con feligreses y con la gente que, de paso, asiste con esteladas y camisetas independentistas. © CARLES PALACIO

El siguiente punto de atención esa mañana es la Basílica de Santa Maria del Mar. Allí, cabalgando con los actos en Sant Jaume, la Lliga Espiritual de la Mare de Déu de Montserrat oficia una misa en conmemoración de los hechos de 1714, piedra angular del imaginario colectivo catalán como nación oprimida y cliché de éste, nuestro nacionalismo, ensalzado por los novecentistas durante la Renaixença. Durante el oficio, se canta gloria a Dios y en la hoja que se reparte se lee: “Juntos escribiremos con letras luminosas, la historia de nuestra libertad; y juntos veremos brillar sobre la tierra, la luz para todos los oprimidos”. El cura tira de metáfora: “Tenemos que seguir cotizando. Nada en este país es gratis. Venimos de lejos y vamos lejos”.

E, iluminados por la claridad matinal que atraviesa las cristaleras –en una de ellas hay un escudo del Barça, por cierto– los fieles cantan el Virolai. Obviamente, y como durante el resto de la jornada, hay muchas banderas.

Rosa d’abril, Morena de la Serra, / de Montserrat Estel: / il·lumineu la catalana terra, / guieu-nos cap al cel.

El grupo Cristians per la Independència (dentro de la Assemblea Nacional Catalana) reparte un panfleto en el que llaman a rezar por el referéndum: “La plegaria es una de las contribuciones que los cristianos podemos hacer en el país (…) Hagamos que la plegaria nos ayude a comenzar nuestra decisión e ilumine nuestro compromiso”. Y, en la salida de la basílica, se amontonan esteladas y chanclas de turista.

Quizá lo más institucional de la Diada es la ofrenda floral ante la estatua de Rafael Casanova. Desde primera hora acuden políticos, entidades, instituciones… lo más granado del establishment y la sociedad civil catalana. Y, con el paso de las horas, las cercanías del lugar se van poblando de gente, cosa que los dueños de los bares aledaños agradecen con alegría. Precisamente en la terraza del bar Mariona, emplazado en la Ronda de Sant Pere y regentado por una amable pareja migrada desde China, se ven las primeras voll-damm, aún en horario Frank Sinatra, las 11 de la mañana. El ambiente, sobra decirlo, es festivo y los acentos del catalán que se oye por ahí, muy diversos. No en vano, a la salida de Barcelona, por la zona del nudo de la Trinitat, se avistan decenas y decenas de autocares llenos de gentes de todo el territorio catalán entrando a Barcelona, estelada/senyera en mano, y dispuestas a manifestarse esa misma tarde.

***

A media mañana del día 11, apartados de toda la pompa nacionalista propia de los actos institucionales de la Diada en la capital catalana, la formación política En Comú Podem celebra su particular fiesta nacional de Catalunya en un lugar simbólico: Can Zam.

Me explico. Durante muchos años, este parque de Santa Coloma de Gramenet (uno de los bastiones socialistas en la periferia barcelonesa) acogía las multitudinarias fiestas del comunicador y empresario Justo Molinero, fundador de Radio Tele Taxi. Cordobés él, montó una emisora que radiaba el folklore típico andaluz en Catalunya, buscando un público muy concreto: las personas migradas a Catalunya desde el sur ibérico en los sesenta y setenta. Aún recuerdo el eslogan de la radio (que mi madre sintonizaba con fidelidad desde casa): “Lo Nuestro”. Justo Molinero triunfó. Las fiestas que organizaba en Can Zam congregaban más gente que cualquier mitin político. Concretamente, 600.000 personas en la última edición, en 2007, entre los que se encontraba José Montilla, presidente de la Generalitat número 128 y paisano cordobés de Molinero. Aun la presencia del president socialista, las amistades políticas de Justo Molinero iban por otros derroteros. En una entrevista para El Periódico de Catalunya en el año 2007, Molinero respondía así a la última pregunta: “Más que militante de CiU, yo soy un hombre de Pujol”.

Algunos de los asistentes al acto a Can Zam se han hecho unos sombreros con los periódicos que regalaban. Así pueden soportar mejor el calor y el sol que hacía durante los parlamentos de los Comunes. © CARLES PALACIO

Los gigantes y policromados bloques del popular barrio del Singuerlín parecen presidir, vigilantes, los discursos de En Comú Podem en el parque de Can Zam. Esta formación está hermanada con Podemos, el único partido de ámbito español que apuesta por cerrar el procés con un referéndum vinculante. Aquí no se ven apenas banderas. Alguna senyera, alguna republicana y alguna morada-podemita despistada ondeando con poco fulgor patriota, pero poco más. Allí lo que llama la atención son los llamamientos a la fraternidad entre los pueblos y naciones de España, a la unidad de las izquierdas, y que los cubatas los sirven en bolsas de plástico en un tenderete dispuesto con una de las mise-en-place mejor ordenada y categorizada que habré visto nunca.

Presenciados los discursos de Pablo Iglesias y de Xavier Domènech, el autor de las fotografías de este reportaje –Carles Palacio– y yo volvemos a subir al coche para dirigirnos a la cercana Cerdanyola del Vallès, donde comemos algo y hablamos sobre el concepto de identidad nacional. Sentados en una terraza del popular barrio de Fontetes, Palacio y yo comparamos de dónde venimos, dónde hemos vivido y crecido y qué idea nos hacemos de qué es la identidad catalana. Acordamos que para entendernos del todo, lo mejor es volver al punto de partida: nuestros respectivos barrios.

En el último capítulo de Els Altres Catalans, texto fundacional del orgullo charnego (entendiendo charnego en su concepción más amplia: la que más allá de los murcianos, considera charnego a todo aquel catalán hijo de migrantes del resto de España), su autor Paco Candel decide hacer públicas algunas de las redacciones con el tema “mi barrio” que los críos de Can Tunis/Casa Antúnez han redactado para un concurso en que el propio Candel está en el jurado. Una niña del barrio del Polvorín escribe: “[Mi barrio] tiene una plazoleta no muy grande y en ella hay un transformador de la luz. Detrás de mi bloque está la montaña”. Otra, dice “categóricamente y con cierto orgullo”, adjetiva Candel:

Semos una barriada de Obreros –así, en mayúscula.

 

Salt – Girona

Carles Palacio es militante de la izquierda independentista y anticapitalista, yo no. Toda mi familia es de Jaén, tierra de olivos. Toda la suya es de las tierras de Girona, tierra “de peces y corcho”, me dice, y añade: “xD”. Y sin aparente relación de causalidad, los dos tenemos los mismos tipos de problemas diarios, para tirar adelante. Hacer facturas, pagar autónomos, cobrar a 90 días cualquier cosa, precarios… Palacio me presenta, en el bar de delante de la Universitat de Girona, a Mostafà Shaimi: “Cuando alguien habla de identidad lo acostumbra a hacer como si estuviera fuera del mundo. Se analiza el mundo estando dentro del mundo. No hay un ojo de dios para analizar desde fuera.”

Shaimi es investigador en la universidad y mediador cultural en Salt, población colindante a Girona. Según el censo de 2016, un 37,9% de los 10.995 habitantes de Salt es extranjero. Shaimi lleva viviendo en Catalunya desde 1994, cuando vino de su Fez (Marruecos) natal, donde estudió filosofía. Más que preguntarle, charlamos sobre cómo entendemos el concepto “identidad nacional”. De primeras, me llevo un chasco cuando me dice que “la identidad no existe”. Con el miedo en el cuerpo de estar perdiendo el tiempo al tirar para adelante este reportaje, justifica su respuesta: “Como sociedad, tenemos que reflexionar sobre el término identidad –qué alivio, pienso– . Es un término mágico porque es un concepto que no se corresponde con la realidad, que cambia siempre, constantemente… pero también es un concepto que todo el mundo entiende.”.

Como todas las identidades, la nacional también es un sujeto móvil, oscilante, cambiante, fractal. Es como el agua del río, sumamente rica e intangible. Ah, y da votos. Tengo la cabeza hecha un lío y recurro a Ancor Mesa, doctor en psicología social, quien me redirige al punto 1.5.1 de la tesis doctoral de Íñigo Errejón, llamado ‘La constitución nacional del pueblo de Gramsci’. Atención, cita larga: “El pueblo, concebido frecuentemente en términos nacionales, es probablemente el sujeto más invocado de la historia política de la modernidad. No es desencaminado, por eso mismo, afirmar que quien es capaz de proclamarse su representante o de arrogarse su autoridad moral, tiene la mitad de la lucha ganada.” La voluntat d’un poble, ¿recordáis?

La identidad nacional es uno de los territorios en disputa política constante más fértiles para ganar o perder elecciones, para establecer un nosotros y un ellos. ¿Qué es ser catalán? Y, ¿tiene sentido esta pregunta? Ancor Mesa, canario de nacimiento que lleva viviendo 12 años aquí y dice sentirse catalán, tiene la bondad de rematar la reflexión: “Si la identidad es arena de debate político, la nación incidiría en el plano identitario de la política –me contesta por Whatsapp, al momento–. De manera que la nacionalidad es un proceso de tensiones permanente entre lo colectivo, lo propio, de definición y redefinición permanente fruto de la lucha por la hegemonía política de una comunidad.”

Si la identidad no está nunca cerrada, qué pasa con aquello del seny i la rauxa, del hereu i la pubilla, lo de que los catalanes somos trabajadores y tacaños, ¿qué pasa con todas esas características tan nostrades? Shaimi asegura que las identidades colectivas se construyen en relación a un imaginario: “Es peligroso, pero necesario. Los humanos somos, pero también queremos ser”. El imaginario del catalán prototípico se ha construído durante siglos y, quién sabe, quizás hemos asumido alguna/s de esa/s característica/s: de tanto que se nos ha dicho que así somos, quizá así hemos acabado. Es lo que, en términos sociales, se conoce como efecto Pigmalión.

Mostafà gesticula constantemente mientras explica y debate con nosotros sobre el concepto de identidad en el bar situado delante del rectorado de la Universitat de Girona. © CARLES PALACIO

Mostafà Shaimi apunta que nos identificamos a través de la “aceptación y el rechazo”. Categorizamos y, en consecuencia, clasificamos a la gente en nuestro grupo o en su grupo. Así que para ir agilizando esas tareas cada vez que conocemos a alguien, acabamos exagerando parecidos o diferencias según convenga. Vamos con una de esas citas largas: “La categorización tiene un valor instrumental en el sentido que organiza, estructura y simplifica la información que tenemos del medio social, pero también tiene un valor ideológico, de control social, en el sentido que estructura grupalmente la sociedad según los intereses y valores de los grupos dominantes”. (Ibáñez, Tomàs (coor) 2004: Introducción a la psicología social. Barcelona. UOC). Nosotros y ellos.

Otra vez el peligro. En relación a esto último, Shaimi habla de su experiencia en Salt y pone en circulación el término autocomunitarismo: “Fruto del rechazo y de una relación jerárquica entre dos tensiones, se establece que el grupo inferior genera una reacción de auto-reclusión por dos motivos: primero, para defenderse porque está expuesto y sufre; y, por otro lado; para construir la identidad en base a una dinámica de exclusión. Esta sería una historia de fracaso, en que se demuestra que no hemos podido construir una vida común. Así, unos siempre culparán a los otros de su marginación.”

Shaimi tiene trabajo en la universidad y hay que parar la charla, aunque daría para horas. Nos deja con un encargo: visitar los colegios de La Farga i de Pompeu Fabra de Salt, separados apenas unos metros, a primera hora, cuando empiezan las clases. En noviembre del año pasado, el diario ARA (en su versión de comarcas gerundenses) publicaba un reportaje en el que aseguraban que ese, el de 2016, iba a ser el primer año en la escuela La Farga en que no habría ningún alumno de origen catalán entre sus 382 estudiantes: “La imagen [de los niños entrando a una escuela y no a la otra por motivo del color de la piel y la clase social] es tan dramática, hace tanto daño al corazón… –explica afligido Shaimi–. Si no se encuentran de pequeños en la escuela, se encontrarán más adelante en la sociedad, en situación de conflicto, y sin herramientas para mediar. Una simple discusión por un aparcamiento puede acabar teniendo componentes racistas..”

El día despunta en Salt y la luz se deja ver poco a poco entre los bloques de los pisos de Grupo Verge Santa Maria, que serán testigos un día más de la actividad de este barrio popular y empobrecido. © CARLES PALACIO

Carles Palacio me da un paseo por su barrio, Sant Narcís, en Girona. Es un lugar acogedor, una gran plaza rodeada de arcos, donde se ve vida, con bancos de los que no tienen separadores. Desayunamos en el centro cívico, donde le llaman por el nombre y donde él llama por el nombre a la chica que atiende tras la barra del bar, Anna. Es su barrio, su familia grande, su acervo de identidad más personal.

Luego damos un paseo por Salt, caminamos por la calle Països Catalans (Passeig d’Olot, una vez la vía entra en Girona) y me explica que fue en esta calle donde tuvo lugar la manifestación del 11 de septiembre de 2016. Me comenta que aquel día, las travesías colindantes estaban llenas de vecinos de Salt de orígenes diversos que no sabían de qué iba todo aquello. Se ve que les preguntó a algunos de esos sorprendidos vecinos y que le respondieron que nadie les había explicado de qué iba la copla. Caminamos por la zona de los pisos del llamado Grup Verge Santa Maria, barrio popular, degradado y empobrecido. Cuando hay elecciones, una tercera parte de los habitantes del municipio no tiene derecho a voto.

¿Qué identidad se construye uno cuando migra, se las ve para tirar adelante buscando trabajo sin tener los papeles y encima no puede votar? ¿Y qué repercusiones políticas y sociales tiene eso? Pienso en la generación de mis padres, en ellos, en cómo llegaron a L’Hospitalet en los sesenta y de ahí no se han movido. Recupero a Paco Candel, en su libro Els Altres Catalans y con sus palabras vuelvo a pensar más en la clase que en la nación: “En realidad, los inmigrantes forman sociedad aparte aquí, de la misma manera que la formaban allí. Es el triste destino de su condición de bajo proletariado”.

 

La Florida – L’Hospitalet de Llobregat

Caminando por el barrio del Grup Verge Maria de Salt me siento extrañamente como en casa. Born & raised en L’Hospitalet de Llobregat, los Bloques de La Florida los he tenido toda la vida a tiro de piedra. Los de La Florida y los del Grup Verge Maria de Salt son bloques cortados por el mismo patrón. No tan altos como los de Bellvitge, más del estilo Singuerlín. De pequeño –y aún hoy en día, vaya–, la familia iba a echar unas tapas al bar La Perdiz, en un extremo de la Avenida Catalunya de la segunda ciudad de ídem. Ese bar estaba regentado por paisanos suyos (y sigue estándolo, por su nieto), recuerdo cómo desde esa terraza veía con cierto temor infantil aquellas moles de cemento pintado de rosa palo. El estigma también llegaba hasta los propios vecinos: “Ahí iban con pistolas” era uno de los mantras más repetidos al respecto.

En justo agradecimiento, la mañana del 20 de septiembre me llevo de paseo a Carles Palacio por mi barrio, así como él hizo conmigo por el suyo. Hemos quedado con Anna Cardona, responsable del área social del Esplai La Florida, pero antes de charlar con ella nos llegan las primeras noticias del asedio jurídico y policial al que se está sometiendo a las instituciones catalanas desde primera hora de la mañana. 14 detenidos, 41 registros, diez millones de papeletas requisadas que han sacado a la gente a la calle para defender no ya la independencia, sino salvar el referéndum. O más bien su derecho a voto.

Cuesta centrarse en el trabajo, pero lo acabamos haciendo. El barrio de La Florida (junto al de Les Planes, una de esas separaciones artificiales que los vecinos siempre han obviado) tiene casi 45.000 habitantes, repartidos en unos exiguos 0,8 km2, según datos del Ayuntamiento de 2016. Una densidad de población de las más elevadas de Europa.

Cardona nos explica que el esplai nació hace más de treinta años en la calle Llorer (en plenos Bloques de La Florida) como una necesidad para estructurar la zona, más que para conciliar el tiempo libre de los críos: “Era necesario cohesionar el barrio”, asume. Ahora el esplai se encuentra en otra zona del barrio de La Florida, muy cerca del IES Pedraforca.

A la hora de comer, las sillas restan apiladas en las aulas del esplai de La Florida. Por la tarde se retomarán las actividades. © CARLES PALACIO

Un pequeño paréntesis. En el 9N, la directora de este centro –el IES Pedraforca–, Dolores Agenjo, se negó a ceder las llaves del instituto a los voluntarios que organizaban la consulta sobre la independencia (entonces, en el 2014, no vinculante). Más tarde, Agenjo acusó a la Generalitat de haberla presionado para abrir el IES, e incluso fue llamada a declarar como testigo en la causa contra Artur Mas por el propio 9N. Su denuncia sirvió para que Agenjo fuese galardonada con la primera edición del premio Catalanes por España, en 2016. Entre las entidades organizadoras se encuentra la Asociación de amigos de las Fuerzas Armadas, la Asociación por la Tolerancia, la Asociación Salvar el Archivo de Salamanca, Sociedad Civil Catalana, y, cómo no, nuestros casi tocayos Somatemps… Cierro paréntesis.

El Esplai La Florida engloba espacios diferentes. Además del esplai de tardes y sábados por la mañana de toda la vida, también existe un casal social. Cuando en agosto y septiembre cierra el casal normal, el esplai sigue su actividad para dar cabida a críos que consideran mejor sigan viniendo, ya sea por su situación familiar o social. Además, está el llamado Projecte Clau, que consiste en dar cobertura a 65 chicos y chicas derivados por servicios sociales o detectados por el propio esplai. El nombre [Proyecto Llave] viene porque se trata de niños y niñas que llevan las llaves de su casa encima (o colgada del cuello) porque sus padres no los pueden llevar o traer a la escuela, y pasan mucho tiempo solos en casa.

Por último, el Esplai La Florida también acoge críos derivados directamente de servicios sociales. Concretamente, este pasado mes de julio, de las 400 plazas que ocuparon, un 70% venía de servicios sociales. “Vienen cada tarde unos 250 críos, unos 1.200 diferentes durante todo el año –hace los cálculos Cardona, sentada en su despacho, ante una estantería con material de plàstica–, un 75% son de origen extranjero, nacidos o no aquí”. Cardona asegura que ya vengan derivados de servicios sociales, o del Projecte Clau, o de donde sea, en cuanto entran por la puerta, no se les separa: “Aquí son todos del esplai, que ya tenemos demasiadas etiquetas en el mundo”.

La crisis pegó muy duro en este barrio, que Cardona define como “acogedor”. Si comparamos en negativo, explica la responsable del centro, las necesidades en Los Bloques son las mismas que hace 30 años. Esta zona ha ido recogiendo a las gentes que no podían permitirse pagar un alquiler más alto. Se han empezado a ocupar pisos y en muchos de ellos viven más de una familia a la vez. “No es un problema del color de la piel –asegura Cardona–. Es un problema de no tener suficientes recursos.” Cuando mi madre llegó a L’Hospitalet allá por los sesenta, vino a caer a un pisito situado en la calle de Las Musas, a menos de diez minutillos de donde ahora está el Esplai La Florida. Las musas eran nueve, pero en esa casa vivieron unos cuantas personas más.

Las calles del barrio de la Florida de L’Hospitalet de Llobregat guardan un gran parecido con algunas de las calles de Salt, donde los edificios antiguos y la ropa tendida ven la vida pasar. © CARLES PALACIO

Paseando por los Bloques, Palacio me comenta que se siente como en casa, que la zona le recuerda mucho al barrio gerundense de La Font de la Pòlvora. En ambos sitios abundan los parterres mal cuidados, la ropa tendida amontonada en las diminutas opciones que permiten estos pisos, los críos que juegan a pelota y hombres de mediana edad poblando los bares. Palacio y yo nos sentamos en la terraza de uno mientras chequeamos en nuestros teléfonos móviles hasta qué punto de represión están llegando las fuerzas del orden en las detenciones y registros del 20S. Dentro del bar, no hay ninguna luz encendida y cuesta distinguir al camarero de los parroquianos, o del vecino que está haciendo una pequeña obra en la entrada. Ese vecino es de esos hombres que, al agacharse para nivelar el sobrante de cemento, deja ver la hucha. El clima está extrañamente tranquilo. Contiguo al bar, hay otro bar. Está cerrado, pero en su letrero se lee el nombre antiguo de los Bloques de La Florida: bar Onésimo Redondo (uno de los fundadores de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista –las JONS–, que desde 1934 entraron a formar parte de Falange Española).

En las primeras páginas de Els Altres Catalans, Francesc Candel explica que durante la guerra, en la frontera (intangible pero certera) entre Barcelona i L’Hospitalet (la Riera Blanca, una acera de cada municipio), los murcianos residentes en los hospitalenses barrios de Collblanc i la Torrassa (bien anarquistas ellos) habían colocado en la artificial aduana un cartel muy explícito: “Catalunya termina aquí. Aquí empieza Murcia”. Pues resulta que, siempre según Candel, los murcianos anarquistas, o sea, los charnegos (que habían venido a trabajar en las obras de ampliación del metro y en la construcción de las miles de cosas que se construyeron para la Exposición Universal de Barcelona de 1929) eran más separatistas que, por ejemplo, la menestralia próxima a la recién fundada ERC que habitaba en el barrio de Sants, justo al otro lado de la Riera Blanca: “Hoy en día se ha convertido en un tópico sudado la afirmación de que los más catalanistas y separatistas (como decimos) –explica Candel, en 1964– son los antiguos murcianos. Resulta bastante cierto”.

Saco polvo a las fotocopias de apuntes. Cita larga de manual: “Algunos autores consideran que parte de nuestra identidad depende de las situaciones que hemos tenido que afrontar, ya que los diferentes contextos exigen de nosotros diferentes manifestaciones”. (Ibáñez, Tomàs (coor) 2004: Introducción a la psicología social. Barcelona. UOC).

Anna Cardona, hospitalense de toda la vida, siente orgullo por su barrio. “Tengo una visión romántica de este barrio, lo admito. Hay una especie de equilibrio, que quizá es mágico o solo un castillo de naipes… pero es que hay que ver la resiliencia de la peña, eh… –es la única vez que el léxico de Cardona, profesora en sus inicios laborales, salta del idiolecto propio de un aula–. Así, hablando claro…”.

Ella asegura que al Esplai La Florida no va un tipo concreto de los críos del barrio, sino que lo que ahí se encuentra es una muestra real del barrio: “No hacemos actividades para promover la interculturalidad, ni se nos ocurre. No hace falta, ya es evidente, el barrio es así, y esto es un valor. No veo el conflicto de base porque este barrio siempre ha sido así. Estoy segura que es el mismo que pasó a los sesenta y setenta. Es una identidad que no tiene nada que ver con nada que haya visto hasta ahora.”

Esa identidad, para Cardona, va ligada al sentimiento de ayuda mutua, siempre presente en el barrio: “Cuando todavía no llegaba el agua, la gente se ayudaba para irla a buscar… Creo que este sentimiento ha perdurado en el tiempo y todavía se encuentra en el barrio”. En la misma línea, el historiador Josep Fontana también apunta, en su libro La Formació d’una identitat. Una història de Catalunya, a la rebeldía, al querer luchar por los derechos (más o menos violentamente), como eje vertebrador de una hipotética identidad catalana. Un vistazo rápido a la inacabable lista de revueltas catalanas que Fontana glosa en ese libro da buena cuenta de cómo de punkis nos ponemos los catalanes cuando hace falta dar un golpe en la mesa… Ahora bien, ser catalán no ha de ser, per se, sinónimo de nada. “Hay que ir con mucho cuidado con las explicaciones biologicistas de la identidad, (…). La cosificación de la identidad –es decir, el hecho de interpretar que la causa de nuestro comportamiento es natural y está en la biología– puede llevar a la marginación y la destrucción de aquéllos cuyo comportamiento es considerado, por los grupos con poder, poco convincente o amenazador” (Ibáñez, Tomàs (coor) 2004: Introducción a la psicología social. Barcelona. UOC).

Más bien, la cosa es que los catalanes se han desarrollado en una sociedad conflictiva, con una historia plagada de revueltas, conquistas sociales conseguidas mediante huelgas que, o bien creaban violencia, o como mínimo, episodios conflictivos. La que nos ha tocado vivir y batallar. Y eso marca.

 

Sede nacional de la CUP – Barcelona

La mañana ya se ha escapado y, sin apenas nada en el estómago, nos dirigimos a la sede nacional de la CUP, en la calle Casp de Barcelona. La sede de esta formación, anticapitalista e independentista, se encuentra asediada por la Policia Nacional. Un cuerpo de policía que se ha desplegado por Catalunya, proveniente del resto de España durante las últimas semanas. Movilizado por el Ministerio del Interior para acudir a Catalunya a defender la ley. En algunos de los pueblos y ciudades desde donde marchaban hacia aquí, como por ejemplo en Huelva, se les despedía entre banderas y al grito de “A por ellos”. ¿Quiénes son ellos sino nosotros? ¿Qué sentido tiene sino el oportunismo político construir identidades en contraposición y no en conjunto?

Atravesado el perímetro de policías nacionales que monta guardia a cada lado de la calle, la concentración de militantes y simpatizantes intenta impedir que la policía entre (sin orden judicial) de nuevo en la sede de la CUP. De tanto en cuanto se lanzan algunas directrices de cómo actuar ante una posible carga policial (resistencia pacífica, vaya) y se avisa de la gran cantidad de polis infiltrados en la concentración. Aquí abundan las esteladas rojas. Hay mucha gente, tanta que para ir a buscar a alguien más allá de las dos líneas policiales resulta más práctico salir de la muchedumbre (tumulto no, eh) y deshacer el camino por la Carretera de Ribes. La poli, quieta.

Hay hambre y son las cinco de la tarde, así que nos dirigimos a uno de esos restaurantes especializados en el noble arte del kebab, socorrido recurso que forma parte desde hace años de la identidad gastronómica barata de Barcelona (“Sin picante, por favor”). Han trabajado de lo lindo. Hay que sortear miles de platos y vasos sucios, latas de coca cola y botellines de cerveza para llegar hasta el lavabo. No queda birra de tirador y esas moles típicas de carne que gira sobre su propio eje presentan un aspecto de posguerra y carta de racionamiento. Preguntado sobre el nivel de curro que han tenido para el servicio de comidas, el barista responde abriendo los ojos como platos y resoplando.

Me aparto un poco más para llamar por teléfono a Adama Boiro, vecina de Girona y natural del Senegal. Lleva viviendo en Catalunya 24 años, primero en Arbúcies y, desde hace cuatro, en Girona. Me interesa hablar con ella porque forma parte del Espai Antiracista desde hace un añito, es mediadora y técnica de ciudadanía en la Fundació Ser.gi desde hace seis, y lleva una década trabajando junto a la entidad Jokkere Endam, que centra la actuación en los derechos sexuales y reproductivos de mujeres migradas residentes en Catalunya.

Adama, que ha tenido a sus tres hijos en Catalunya, explica que desde el Espai Antiracista (donde también colabora Mostafà Shaimi, nuestro filósofo de Salt) trabajan mucho el nivel individual a través de los buzones de denuncia de que disponen. Su propia experiencia es palpable: “En Arbúcies no, pero cuando llegamos a Girona, notamos más racismo –explica, al otro lado del teléfono–. Por ejemplo, este policía que sólo te para por la calle porque eres negro, como le ha pasado a mi hijo de 16 años, y que cuando le preguntas por qué, te dice que porque todos los negros adolescentes son iguales”.

Adama y la gente del Espai Antirracista pegan carteles en las calles del centro de Salt junto con otras vecinas que se han sumado a la convocatoria. © CARLES PALACIO

 

‘Encartelamos’ – Salt

Cuatro días más tarde, Carles Palacio acompaña a la gente del Espai Antiracista a pegar carteles por Salt en defensa del referéndum de autodeterminación de Catalunya del 1 de octubre. Allí está Adama, bote de cola en mano. También hay gente de ERC, ICV y de la CUP. Le pido a Palacio que me pase un reporte de cómo ha ido la jornada. Me cuenta que se han separado por grupos para cubrir más territorio en menos tiempo y que los del Espai han ido con los de Endavant: “Han ido por la zona de Àngel Guimerà –de las más depauperadas–, y no solo han pegado carteles del referéndum, sino tambén a favor del derecho a voto de las personas migradas”. En una de esas, Adama entra en un establecimiento regentado por una persona de origen paquistaní para colocar carteles. El dueño, solícito, hace sitio en la mesa para encontrar un lugar bonito donde dejarlos.

De lo que me cuenta Palacio, me quedo con un par anécdotas.

Una:

“Cuando ya me iba, un hombre mayor estaba arrancando todos los carteles, y los tiraba al suelo… y en la zona de Àngel Guimerà un grupo de hombres migrantes que estaban en un bar de clientela puramente magrebí lo han increpado. Le decían que si los sacaba, al menos que los recogiera, que no fuera tan cerdo…”

Y dos:

“Una colega que pegaba carteles me ha dicho:

–Soy anarquista y estoy pegando carteles para que la gente vote… y yo votaré, ¡creo que me explotará la cabeza!”

 

Barrio de Fondo – Santa Coloma de Gramenet

Una sociedad es, sobre todo, lo que vendrá. En el barrio de Fondo, en Santa Coloma de Gramenet, viven más de 18.000 personas, de las cuales un 45% han nacido en el extranjero (no llega al 15% las nacidas en Santa Coloma), según datos del propio ayuntamiento. Montse Felisart, que es la directora de la escuela de primaria Joan Salvat Papasseït, en el barrio de Fondo, informa que en su centro existe mucha matrícula viva: “El periodo normal de matriculación (mayo, junio) no nos sirve porque aquí nos están llegando niños durante todo el año, constantemente. Hemos matriculado a diez más este año. Se incorporan críos que generalmente acaban de llegar con su familia y los tienes que integrar al sistema educativo”. El mayor obstáculo para esa integración es la diversidad de idiomas: urdu, panjab, chino, inglés, francés… ahora bien, cuando esos críos acaben su escolarización y sumen el castellano y el catalán a sus idiomas, será gente que hable cuatro o cinco lenguas con solvencia. Antonio Baños, en su último libro, La República Possible, apuntaba la posibilidad que algún día el primer premio Nobel catalán de literatura lo sea por una obra escrita en urdu… why not?

Felisart explica que esta presentación del catalán como idioma vehicular y de los usos y costumbres catalanas se hace a través de aulas de acogida y del soporte lingüístico, tratando la lengua como “medio de cohesión y de estabilidad emocional”. La llegada no suele ser fácil: “Vienen con muchas carencias, vienen de otro ambiente muy diferente al que encuentran aquí. Algunos llevan años viviendo con los abuelos porque los padres habían venido aquí años antes. Igual vienen de un ámbito rural y aquí no encuentran más que superpoblación, cemento y asfalto… necesitan un tiempo de adaptación”.

Si hay trabajo digno –no etnificado–, si hay educación, si hay afecto familiar y social y si las instituciones no se ponen en plan apartheid, la construcción de la vida común (y, por ende, la identificación de los sujetos con el grupo) es más fácil: “Lo que hacemos con ellos es vivir y convivir en este pequeño pueblo que es su escuela –dice la directora Montse Felisart–. Les intentamos explicar la pertenencia, diciéndoles que pertenecen a la escuela y que son estimados por la escuela. Hay niños de secundaria que de vez en cuando vienen a saludar, nos piden ayuda… esto es lo que hace piña, que sientan que son estimados”.

Caminando por ahí, recordamos la opinión de Shaimi: “La gente se suele identificar con aquello que se da. Si estableces una relación de normalidad con tu vecino, por ejemplo aquí en Salt donde tu vecino se llama Mamadou o Mohammed, lo que se daría es que consideras que estas personas forman parte de tu sociedad y, por lo tanto, de tu identificación de cómo es tu sociedad”. Cuesta encontrar esa normalidad. O quizá es que estamos demasiado instalados en la anormalidad.

A Adama Boiro le pregunto qué piensa ella de esto de la identidad nacional, que cómo le explicaría a alguien que no lo sabe qué es este triangulito de tierra enclavado en el el sur de Europa qué es Catalunya. Ella cambia el punto de vista y me habla de su hijo: “Si mi hijo, que sólo ha estado dos meses en el Senegal, me dijera que es senegalés, el problema no sería de los padres, sino de la sociedad en conjunto y de las políticas que se hacen. No es real que mi hijo sea senegalés. Si no tuvieran sentimiento de pertenencia sería por algún motivo que va más allá de las familias”. Si no te sientes de aquí después de haber vivido toda tu vida aquí, algo mal estaremos haciendo.

 

1 de octubre – Girona y Barcelona

Llega el día en que el Govern llama a votar a más de 5 millones y medio de catalanes y catalanas. El referéndum no cuenta con el apoyo de casi medio Parlament. La noche anterior, los colegios electorales aún acogen actividades familiares, todo para evitar el cierre por parte de la policía. No se sabe, pero se presiente, hasta qué punto llegarán los esfuerzos de las fuerzas del orden para impedir la votación. Abundan los vídeos de policías desembarcando del Piolín, el particular hotel flotante donde se hospedan las fuerzas del orden garantes de la ley/fuerzas de ocupación. Hábil estrategia por cierto: mucho mejor poner a Piolín y al Correcaminos y al Coyote y ser carne de escarnio y memes que exponer ante todo cristo un barco del ejército, amenazante ante la segunda ciudad de España.

Carles Palacio hizo noche en Santa Eugènia, en el pabellón municipal, la noche del 30 de septiembre al 1 de octubre. Santa Eugènia es el barrio de Girona limítrofe con Salt, otra de aquellas fronteras que no se ven. Le pido que me cuente qué tal le fue la noche y, ya de paso, el día. Lo que sigue es una transcripción bastante exacta –y algo filtrada de palabras malsonantes– de lo que me cuenta, en ocho notas de audio.

«Había quinquis, migrantes, familias, gente joven. Muchos críos. Recibíamos muchas informaciones de alarma, que intervendrían temprano… Así que no se dormía, se leía… juegos de mesa, todo para no dormir. Aunque si cerrabas los ojos, tampoco descansabas.

Un agente de la Guardia Civil sonríe desafiante, igual que sus compañeros, ante los insultos de las vecinas de St. Julià de Ramis, muchas de ellas heridas por la brutal carga policial. © CARLES PALACIO

Por la mañana, fue brutal. Solidaridad de los vecinos llevando desayuno a los que hicimos noche. Me fui a hacer la foto a Puigdemont muy temprano, a Sant Julià de Ramis. Getty, AP, AFP, Le Monde, gente que conoces de ver publicada en los grandes medios… flipante. Entré a las 9, nos colocamos en filas, en unas gradas. Estábamos con las discusiones de siempre para posicionarse entre los colegas, y en esas que oí a una chica de TV3 diciendo que la Guardia Civil estaba fuera. La mayoría de fotógrafos fuimos para allá. Nada más salir, vi como se bajaban el casco y supe que esos **** iban a cargar, que les sudaba la polla todo.

Arrancaban a la gente. Abuelos, gente con niños. Era bochornoso. Vi las caras de los compañeros, no lloraban, pero tenían los ojos a punto de explotar. Es la primera vez que he insultado a un policía mientras yo trabajaba.

De ahí me fuí a Sant Narcís [su barrio] para votar y saber de mis padres. Cuando llegaba al Servei Municipal d’Ocupació, ya había alertas de que irían a cargar. Vinieron, qué se yo, quince furgonas de la nacional en plan matones. Eran todos matones. Gente que te quiere inflar a hostias y le da igual que seas de prensa o un niño. Entraron a saco, pero se encontraron un bloque inmenso de peña. Emociona un montón ver eso. Gente del barrio, con diferentes sensibilidades políticas, que quizá no se hablan en todo el año. Todos juntos ahí. Algunos le gritaban a la poli: “¡Desgraciados, que yo quiero votar No!” No se pudieron llevar las urnas.»

***

A esa misma hora, más de cien personas se agolpan a las puertas de la Escola Barrufet, en el pasaje del Vapor Vell, de Barcelona. Que es una pasaje raro, de hecho el hueco dejado por la antigua fábrica de la compañía Güell, Ramis i Cia, el Vapor Vell, vaya. En el pasaje hay tres bares, un CAP, una chimenea enorme –testimonio fálico-industrial de los orígenes del barrio de Sants–, una biblioteca y una escuela, la Barrufet, donde la gente espera para votar. A las nueve y pico, empiezan a pedir voluntarios para las mesas. Levantan carteles hechos a mano y rotulador. Mesa 86, 87, 88, 89… Sobran voluntarios, pero ha llovido durante la noche, hace rasca, y el día no pinta bien. Las primeras noticias de hostias llegan desde la escuela Ramon Llull, y de ahí a los 900 heridos que ya sabemos. Los atentados de Barcelona y Cambrils dejaron menos de 200. El 1-O ha sido un día aciago, pero también un día ejemplar, en que centenares de miles de personas han salido a la calle, han ocupado colegios, se han ayudado entre todos, de manera mutua y desde abajo, todo de manera pacífica con un único fin: votar. La “resiliencia de la peña” que decía Anna Cardona desde el Esplai La Florida.

En lo que nos concierne, ha sido un día sin banderas. Ha sido el día en que delante del centro cívico de Cotxeres de Sants he oído algo inaudito: una masa sin banderas mandaba a callar, respetuosamente, a quienes empezaban a vitorear in, inde… La identidad, como siempre, dando vueltas. Mimétizándose según conviene. Centrifugándose.

 

3 y 4 de octubre – El parón general y el discurso del rey

Y luego, el día 3. Los empleados y empleadas de La Caixa han cortado la Diagonal gritando que “las calles serán siempre nuestras”, cuanta razón llevan… Banderas por las calles. Muchas y variadas. Alguna española caminando junto a señeras y banderas del de la ANC. Bizarro, desconcertante, pero sin incidentes. Buen rollo. Hasta que PAM, sí, he aquí el Reino de España para rematar un día de huelga general, o más bien de cierre patronal, pero ya me vendrás a contar qué es una aturada de país

“Determinadas autoridades de Catalunya han incumplido la ley que ampara sus instituciones históricas y su autogobierno”, dice Felipe de Borbón, en ese infausto vídeo que escuchamos, ya de noche, entre caceroladas, al menos desde el gayxample, donde me encuentro. Interesante sería pensar cómo estaríamos ahora si el no votado jefe del Estado hubiese considerado que las instituciones catalanas también son españolas. Ni un gesto. Ninguna apelación al diálogo. La ley. Ellos y nosotros y nos sentimos orgullosos de lo que somos. Y su compromiso como rey por la unidad y la permanencia de España.

Estamos jodidos.

Puigdemont llega minutos después de la carga policial al pabellón de St Julià de Ramis en medio de una gran ovación por parte de las vecinas, y de un gran interés por la prensa nacional e internacional. © CARLES PALACIO

Al día siguiente, Puigdemont strikes back y también hace su discurso. Desde el barrio de Sants, solo oigo por la ventana un vecino abollar una cacerola mientras habla el president, en gesto de protesta. Me comentan que en L’Hospitalet, en la zona de Collblanc-Torrassa, a un cuarto de hora a paso rápido de Sants, es el día en que más cacerolas se oyen. Puigdemont realiza una declaración en la que se lamenta por la violencia policial del 1 de octubre, pide explicaciones al Rey –a quien le dice “Así no” en plan Pedrerol– y, sobre todo, implora por la mediación internacional. Ellos muestran su propuesta de identidad nacional en la tele y la gente lo hace aporreando cacerolas a lo que elige.

En la tele, detrás de Carles Puigdemont, no hay bandera europea. Él sale de una puerta, que deja entreabierta. Felipe de Borbón sale sentado en un despacho, con un retrato de Carlos III (llega a ser Felipe V y ya ni te cuento), junto a un portátil, con trabajo. Una gestualidad advierte/amenaza; la otra pondera/implora. Detrás del Rey sí hay una bandera de Europa.

Tengo la sensación de que estamos solos.

Y estamos más jodidos.

 

Sants – Barcelona

Cuesta mucho ponerse a escribir el final de este reportaje. Cuesta porque hoy me he levantado y ya no tenía ganas de mirar Twitter, ni de sulfurarme con la última barrabasada de Alfonso Guerra –vicepresidente del gobierno socialista de González del 82 al 91, cuando tuvo que dimitir por un caso de corrupción de su hermano Juan–, ni de leer la última y más hiperventilada glosa de los méritos de nuestra policía (el mayor de los Mossos d’Esquadra, Trapero, convertido en golosina, en superhéroe de chocolate en plan Capitán América, es cierto, no exagero). Toda identidad nacional necesita héroes y mártires, y resulta perturbador ver cómo se convierte en mártir a los que siempre he considerado rivales políticos. Incluso rivales de clase. Me es difícil escribir estas últimas líneas porque sí, porque yo sí tinc por. A ratos, al menos.

Un vecino y una veina se cruzan delante del Centro de Atención Primaria (CAP) de Salt. La normalidad de un día cualquiera. © CARLES PALACIO

Así que salgo a la calle, en el barrio de Sants, a comprar patatas kennebec –una variedad creada en 1941 por el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, partiendo del cruce de las variedades Chippewa y Katahdin. Gracias Wikipedia– para hacerme un puré. Voy a ir a por ellas a una frutería en la que me dijeron de ellas que eran las más versátiles. Afuera, el día es una mierda de manual. El ambiente está resacado, pero no por culpa de una de aquellas resacas electorales de siempre, de después de cualquier fiesta de la democracia. El aire está plomizo, corre una brisa terca y cargada. Parece que el cielo haya caído sobre nuestras cabezas. Obviamente no solo compro patatas. Entre otras cosas, me intereso por una mermelada hecha en Lleida 70% manzana, 25% azúcar y 5% café. El dependiente me dice:

–¿Estás metido en esto de las mermeladas? –se llama Akram.
–Bueno, solo para desayunar, la verdad.

Me habla del coste de producción, de las cantidades de cada ingrediente, del pujante uso de la stevia. Está probando a hacer su propia mermelada y venderla, y quiere saber cómo le gusta más la mermelada a sus clientes, la gente del barrio de Sants. Dice que le pregunta mucho a las abuelas, que son las que más saben. Coincidimos. Al poco, se dirige a la parte trasera de la tienda y vuelve con servilletas, cucharas, un par de botes y un obsequio, un tupper con mermelada de tomate para mí.

Me da a probar dos de sus recetas. La primera, impregna la boca con un saborazo a koyak de fresa que tira para atrás. La segunda, es una delicia de melocotón y clavo interesantísima.

Hasta que, de repente, dice:

–¿Tú eres de aquí, eres catalán?
–Sí.
–¿Pero catalán, catalán?
–Digo yo. Nací aquí.
–Ah, bien, me gusta, pues vamos a hablar. ¿Fumas?

Y antes de responder ya estamos los dos en la parte trasera de la tienda, tirando la ceniza en una caja de esas que vienen de Mercabarna –con dos hojas secas de puerro dentro– y que acaban de maletero DIY en una bicicleta. Akram me pregunta por qué los vascos tienen un régimen fiscal propio y nosotros no. Que si es por joder, me pregunta, mientras se asoma a la tienda, por si entra algún cliente. Empezamos a hablar de los fueros, de la resistencia antifranquista.

Viene un cliente, interesado por los mangos. Akram deja la chustilla de su cigarro sobre el interruptor, que es de esos de cajetilla y sale a recibirlo. Yo le doy unos segundos antes de acompañarle. Akram lleva aquí años. Dice que ha estado por toda España: “Y te digo que no es un país modernizado”. Cuando le pregunto por primera vez que de dónde es, rehuye la respuesta y sigue hablando de sus cosas. Dice que a un buen cocinero le gusta cortar los ingredientes, que ha de disfrutar procurando que el corte sea limpio y el resultado, piezas uniformes. Parece que más que interesarle de dónde es cada uno, le interesa cómo se vive en cada sitio. Salgo a la tienda y Akram le está enseñando un mango al cliente:

–Mira, este mango lo trajeron de Paquistán –irrumpo y le pregunto si él es de ahí, se gira, sonríe y dice que sí–. En un par de días olerá muy bien– y lo huele, lo envuelve en uno de esos papeles que nadie sabe por qué algunas frutas lo llevan y otras no, y lo vuelve a dejar donde estaba.

No sé si somos un solo pueblo. De lo de aquí, da miedo sentir que, más que unidos, parece que estuviéramos unificados. Y de lo de allí, da miedo prácticamente todo. Ellos y nosotros, zona de peligro. Así que, en los días de mierda, siempre te queda la calle, el barrio.

 

Edición a cargo de Cristina Garde y Catalina Gayà
Edición fotográfica a cargo de Claudia Frontino
Corrección a cargo de Cristina Garde

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

— El final del verano ha traído, a Catalunya, el final del procés. ¿Qué peso tiene la construcción de la identidad nacional en este tablero político?

— Del 11 de septiembre hasta hoy, se ha confirmado una ruptura irreversible entre un 'nosotros' y un 'ellos'

Artículos relacionados