Magazine


La fascinación por Irene Polo

— Una entrevista imposible con la primera reportera catalana y una de las periodistas más transgresoras de la Segunda República

— Hace 75 años, el 3 de abril del 1942, Polo terminó con su exilio forzado suicidándose en Buenos Aires

Tweet about this on TwitterShare on Facebook32Google+0Share on LinkedIn0
Por Irene Benedicto y Alan Ruiz Terol
El texto que presentamos a continuación es una obra de ficción. Para plasmar de manera fiel el pensamiento y carácter de Irene Polo, los autores se han basado en la obra de la periodista y el testimonio de personas que la conocieron o que la han estudiado. 

—Irene… ¿Irene Polo?

La encontramos a media tarde en una cafetería de Barcelona, sentada en la terraza, sola, y la observamos boquiabiertos como si se tratara de un fantasma. Un fantasma. Y sin duda lo es: Irene Polo se suicidó el 3 de abril de 1942, hace 75 años, en Buenos Aires. Y sin embargo, es ella: con su agitación, su sorpresa, su renovación y su contínuo juego de maldades, bellezas, heroísmos, afanes y esperanzas. Un reflejo incesante, por la combinación de letras y de estampas, de la vida en el mundo. Con un posado sereno y barro en los zapatos de cordones, sentada delante de un café, pluma en mano y cigarro en boca, oculta tras una barricada de periódicos.

—¿Irene Polo? —insistimos nosotros.

Ella levanta la mirada y nos observa: primero, con sorpresa; después, con curiosidad. Y sonríe.

—Servidora.

La carrera periodística de Irene Polo, como la Segunda República Española, fue breve pero intensa: trabajó para media docena de cabeceras, escribió cientos de artículos y cubrió algunos de los acontecimientos más importantes de la época. El 18 de junio de 1930 firmó su primer trabajo periodístico. Tenía 21 años. Cuando publicó su último artículo, en febrero de 1936, era una de las profesionales más reconocidas de Cataluña. Dejó el Viejo Continente para acompañar a la actriz Margarida Xirgu en una gira por las Américas. Tenía que ser una aventura con billete de vuelta, pero cinco meses después estalló la Guerra Civil. Irene no volvería jamás a casa. En Buenos Aires pasó sus últimos días sumida en un pesimismo irrevocable. Cuando se suicidó, Irene tenía solo 33 años.

Y sin embargo, esta mujer, ante nosotros, es ella. Tras responder, vuelve como si nada a la tarea que la tiene embelesada: lee con una devoción desordenada los periódicos del día, los periódicos de una época que no ho va vivido. Hace rato que el café y el cigarro, olvidados, ya no humean. A nosotros, viéndola ahí sentada, nos hierve la cabeza con preguntas imposibles.

—Pero… ¿Qué hace aquí? Usted no estaba…

—¿Muerta? Sí, claro. Pero como 75 años en el otro barrio es una efeméride digna de celebración, he decidido venir a dar una vuelta por el mundo de los vivos y mi querida Barcelona —nos lo cuenta como si estuviera hablando de una escapada de fin de semana; sin apartar los ojos del texto que lee, se acerca la taza de porcelana blanca a los labios y sorbe un poco de café frío.

—Y bien, ¿qué le ha parecido?

—Qué queréis que os diga… Una vez escribí que Barcelona era como una vampiresa: se la odiaba y se la admiraba, pero nadie se le podía resistir. ¡Pues tras verla hoy parece como si le hubieran chupado la sangre!

Ahí, ondeando sobre la fachada, magnífica y rebelde como ella sola, ví por primera vez en mi vida la bandera tricolor de España

—Vaya… ¿Y por dónde ha ido?

—Pues primero he pasado por las Ramblas, pero no he podido aguantar ni cinco minutos de tantos turistas como había. Después he ido al Paralelo, que en mis tiempos era un verdadero espectáculo, desde Drassanes hasta Plaza España; hoy, sin embargo, estaba como mustio. Al llegar a la calle Blasco de Garay, en Poble-sec, donde viví con mi familia cuando era muy pequeñita, me asaltaron un montón de recuerdos. Delante de nuestra terraza había la Fraternidad Republicana de Lerroux. Ahí, ondeando sobre la fachada, magnífica y rebelde como ella sola, ví por primera vez en mi vida la bandera tricolor de España. Hoy, en su lugar, había una bandera británica, una francesa y una alemana, todas dibujadas en el menú del restaurante gallego de la esquina.

—Vaya… ¿Y qué hay de la familia?

—Ya no queda nadie.

—¿Amigos?

—Tampoco, que yo sepa. Los que sobrevivieron a la Guerra y los tiempos oscuros que vinieron luego también han pasado al otro barrio.

—¿Entonces…?

—He ido de arriba para abajo, hablando con la gente, distraída, emocionándome e indignándome con esta Barcelona que me resulta tan ajena y extrañamente familiar al mismo tiempo… hasta que las piernas me han empezado a fallar y he parado aquí a descansar. Y vaya si he acertado el sitio: ¿habéis visto el montón de periódicos que tienen?

—Y el tiempo ha pasado volando, ¿no?

—¡Del todo! No podía dejar de leer lo que ocurre en el mundo: este mundo tan loco, desesperante y al mismo tiempo lleno de maravillas. Ahora bien, debo deciros algo… —nos mira con una sonrisa traviesa— creo que en mi época hacíamos periódicos mucho más divertidos.

Y no podemos sino darle la razón.

En 1930, con 21 años, firma su primer trabajo como periodista.  Cuando publica su último artículo, en febrero del 36, ya es una de las profesionales más reconocidas del país

—Y vosotros, ¿pensáis quedaros aquí plantados todo el día?

—No… Bueno, de hecho… Es que nosotros… ¡Nosotros también somos periodistas! Y habíamos pensado… En fin, queríamos pedirle si podría…

Ella vuelve a reír, esta vez de manera escandalosa.

—No iréis a pedirme una entrevista, ¿verdad? ¿A mí? —nuestras caras bastan para confirmar sus sospechas—. ¡Esta sí que es buena!

Esperamos una respuesta, expectantes.

—De ninguna manera.

—Pero… —protestamos nosotros.

—No es no. Con la de cosas extraordinarias que ocurren ahí afuera y vosotros queréis entreteneros hablando conmigo… ¡Menuda tontería!

—Queríamos preguntarle…

—Claro: sois periodistas y preguntar es vuestro trabajo. Pero no a mí. Además… —se acerca a nosotros, en tono confidente pero claramente mofándose— ¿estáis seguros de que es muy periodístico eso de publicar una entrevista a una persona muerta hace 75 años?

—Bueno… en una ocasión usted publicó una entrevista con Mefistófeles.

Irene ríe de nuevo, y ahora tiene que taparse la boca para contener la carcajada.

Una entrevista con Mefistófeles… Se me había olvidado… A lo mejor no es tan mala idea esto de entrevistar a alguien del otro barrio —vuelve a sumergirse en los periódicos; tras unos segundos, sin embargo, vuelve a dirigirse a nosotros, interrogándonos—. Un momento: ¿cómo sabéis vosotros que en una ocasión escribí una entrevista con el demonio?

—Pues porque la hemos leído.

—¿Cómo es posible? ¿En los periódicos de hace 80 años? ¡Pero si a día de hoy ya deben de ser todos polvo o cenizas!

—No lo hemos leído en ningún periódico, sino en un libro: en su libro. En total hay unos cincuenta artículos.

—Pero si yo jamás he escrito ningún libro…

Sacamos de la mochila un ejemplar de La fascinació del periodisme: cròniques (1930-1936). Las páginas empiezan a adoptar un tono amarillento, el lomo hace tiempo que está despegado y al pasar las hojas hallamos varias páginas dobladas. Se lo damos. Ella lo coge. Con cautela, intrigada, lo examina. Aprovechamos para ponernos cómodos. Viendo su cara nos entran ganas de preguntarle si ha visto un fantasma, pero preferimos no hacernos los graciosos.

—¿Y esta foto? —desliza la mano por encima de la cubierta: una instantánea, con un filtro rojizo, donde aparece ella con un bloc de notas diminuto y una pluma, sonriente, mientras un hombre trajeado hace como si le colocara, o tal vez juega a sacárselo, un sombrero de alas; tras unos segundos, levanta la mirada y exclama—. ¡Pero si este es Buster Keaton!

—Es de cuando usted lo entrevistó para la revista Imatges

—¡Me acuerdo, me acuerdo…! —se queda pensativa unos instantes, y sigue—. Recuerdo que me pasé el día entero pidiéndole a Keaton que nos regalara una sonrisa, ¡pero fue imposible! Claro, como es “el hombre que no ríe” los de la Metro lo vigilaban, implacables, con el contrato comercial en los dedos. Y no es cierto que no se riera: tenía una carcajada fabulosa, llena de gracia y optimismo. Pero bastaba que el objetivo de la cámara lo enfocara… —hace una mueca y, de repente, se queda inmóvil mientras se pasa la mano por delante de la cara; ha cambiado la expresión, ahora está triste— era como si le hubieran tirado encima una jarra de agua fría.

—¿Qué hicieron ese día?

—Yo quería entrevistarlo fuera como fuera, pero el poco tiempo que él estaba en Barcelona lo iba a pasar yendo de arriba a abajo. Su agenda era imposible. Me contaron que iban a pasar el día en Sitges, y dejaron caer que la única manera de hacer la entrevista sería acompañándolos para hablar por el camino… ¡Naturalmente dije que sí!

—Iba usted muy arreglada —nos sabemos la fotografía de memoria: ella viste un traje-chaqueta de cuadros diminutos, que deja al descubierto una camisa blanca—. La ocasión lo merecía, claro.

—No os vayáis a imaginar que iba vestida con un traje de esos cada día para ir a la redacción o a cubrir las huelgas de mineros… —tira la cabeza hacia atrás, como si necesitara todo el espacio del mundo para soltar una carcajada—. Me vestí como yo creía que menos desentonaría con esa gente de Hollywood… Y no podía estar más equivocada. Íbamos a la playa, claro.

Irene hojea el libro, de atrás adelante. A ratos se le ilumina la cara. Al fin, llega a la primera página.

Irene Polo era una persona culta y autodidacta: sabia inglés, francés y en sus escritos citaba a autores como Goethe, Dante, Shakespeare y Dostoyevsky

—“Edición de Glòria Santa-Maria y Pilar Tur”… —alza la vista para pedirnos explicaciones.

—Seguramente son dos de las personas del mundo que más la conocen.

—Contadme más, no me dejéis así: ¿quién son estas chicas y cuál es su… cuál es nuestra historia?

—Todo empezó como un pequeño trabajo de investigación en la Universitat Autònoma de Barcelona, donde estudiaron periodismo…

—¿Cómo? ¿Que estudiaron periodismo? Querréis decir que estudiaron y luego ejercieron de periodistas.

—¡No, no! Hace tiempo que el periodismo se estudia en las universidades.

—¡Anda ya! ¿Y qué se enseña? El periodismo se aprende pisando la calle, hablando con la gente, poniéndose de barro hasta las rodillas y escuchando los consejos de los perros viejos de la redacción.

—¡Pero si usted era una persona muy culta! Hablaba inglés, francés, y en sus escritos cita el Fausto de Goethe, la Divina Comedia de Dante, a Dostoyevski, Shakespeare…

—Pero todo esto lo aprendí por mi propia cuenta. Mi familia no tenía dinero para mandarme a la universidad. ¡Más quisiera yo! Tuve que trabajar para mantener a mi madre y a mis dos hermanas, en pequeñas empresas, productoras de cine… No fue hasta bien cumplidos los veinte años que pude ganarme la vida como periodista. Pero en fin, estábamos hablando de esas dos chicas…

—Cierto, pues en la universidad les dieron una lista con una serie de nombres de reporteros que habían marcado la Historia del Periodismo…

—¡No me vayáis a decir que el mío estaba!

—Pues sí.

—¡Madre mía…!

Su escritura es directa como un guion de cine y tiene la inmediatez de la radio, según el catedrático Josep Maria Casassús

—A duras penas se sabía nada de usted y su vida. Pero leyendo una de sus crónicas, estas estudiantes se quedaron perplejas por su calidad literaria; no lograban explicarse cómo su figura había podido caer en el olvido.

—Bueno, eso de calidad literaria quizás es demasiado decir, ¿no creéis?

—No son las únicas que opinan así —nos atrevemos a interrumpir, en honor a la verdad— fíjese: el otro día conversábamos con el catedrático Josep Maria Casassús (que, de hecho, fue uno de los primero en hablar de usted en su libro Periodismo catalán que ha hecho historia, 1996); conversábamos con Casassús, decíamos, y le preguntamos por qué creía que hoy en día había que seguir hablando de usted…

—¡Pobre de mí! ¿Y qué dijo?

—Pues fíjese, según él, lo que más la diferenciaba del resto era precisamente su estilo.

—¿Y eso por qué?

—Pues Casassús decía que era un estilo fresco, muy innovador para la época, y que hoy en día se ha perdido. Dice que su escritura es directa como un guión de cine, y tiene la inmediatez de la radio.

—Bueno, pues si lo dice él…—y nos mira con un gesto que no sabemos si es irónico— Pero basta de halagos. Me estabais hablando de unas jóvenes periodistas…

—¡Ah, sí! Pues rastrearon todos los periódicos donde usted publicó. Y aún con ganas de más, una de ellas, Glòria, literalmente quiso seguir sus pasos, Irene: ¡se fue a Buenos Aires a buscar más textos suyos!

—No debió encontrar mucho material, esa Gloria. Publicar en La Prensa o en La Nación era muy difícil, y más para una extranjera. Además, durante los primeros años, la compañía de Xirgu me tenía absorta. Después vino el trabajo en las editoriales, Losada y Sopena, las traducciones de los clásicos franceses…

—Lo cierto es que, a pesar de todo, su nombre sí que aparecía en la prensa argentina.

Irene Polo empezó a escribir sobre moda; lo hacía con una inocencia impostada que le servía para cachondearse de la moral de la época

—¡Eso sí que no me lo creo!

—El motivo no podía ser más triste… —dudamos un instante, pero la insistencia de su mirada no dejará que paremos aquí—. Encontraron la noticia de su muerte —ella sigue sin decir nada; casi nos empuja con sus ojos como para que continuemos narrándole la parte de su historia donde ella ya no estaba—. Con esta fecha en mano, Glòria fue al registro civil de Buenos Aires. Después de mucha burocracia, consiguió la partida de defunción, un documento que iba firmado por el crítico de arte Joan Merlí Pahissa. Así descubrió que él era su cuñado. Y tiraron del hilo genealógico hasta que, desgraciadamente, se dieron cuenta que se extinguía.

***

Si Irene Polo publicara sus artículos en la prensa de hoy, destacarían por ser trabajos concienzudos, por la originalidad de su mirada, y por un estilo único, personalísimo. Pero como justo esto fue lo que sucedió 80 años atrás, hoy, además, es recordada como una pionera. Antes de la Segunda República, la presencia de las mujeres en los medios había sido prácticamente nula (tal como se recuerda en el número 172 de Capçalera, la revista del Colegio de Periodistas de Cataluña, las pocas mujeres escritoras se dedicaban a la poesía y, como mucho, hacían colaboraciones externas y puntuales). Con el nuevo régimen, en las páginas de los diarios empiezan a aparecer nombres femeninos: Rosa Maria Arquimbau en La Rambla, María Luz Morales en La Vanguardia… La mayoría, sin embargo, seguían relegadas a las secciones femeninas de los diarios o revistas. Irene Polo también empezó escribiendo sobre moda —lo hacía con una inocencia impostada que tenía más de mordacidad que de desconocimiento, y que le servía para cachondearse de la moral de la época—. Sin embargo, rápidamente pasa a firmar piezas de política y cubre los principales temas de actualidad. Es por eso que hoy la recordamos como la primera reportera catalana.

“Margarida Xirgu no es solo una actriz, una gran actriz. Ella hizo comedia de una manera insólita, fundamental y tremenda”

Pero las sombras y misterios alrededor de su vida —y, sobre todo, su muerte— a menudo nublan lo extraordinario de su legado. Es el caso de la relación que mantuvo con la actriz Margarida Xirgu.

—Cuando explicamos una historia, la propia, la de otro, buscamos aquellos puntos de inflexión, ¿no? Momentos o personas que cambian el rumbo de nuestra vida —nos justificamos—. Nos resultaba inevitable mencionar el nombre de la actriz Margarita Xirgu. ¿Cómo era ella?

Irene medita unos instantes con los ojos cerrados, como si imaginara, una vez más, a la actriz, eterna musa de Lorca, sobre el escenario.

—Margarida no es solo una actriz, una gran actriz, tan grande como se quiera: es algo más… Ella hace de actriz como solo ella sabe hacer las cosas, eleva lo humano como con un empujón divino de creación… Margarida hace comedia de una forma insólita, fundamental y tremenda, como por ejemplo Shakespeare hizo versos.

—Hay ciertas personas que aparecen para cumplir una función. ¿Cuál fue el papel de Xirgu en la obra de su vida?

—Me fascinó. Recuerdo que salí absolutamente trastocada después de hacerle aquella entrevista para el diario Última Hora, en enero de 1936. En el artículo no le hice la pelota, no. Pero lo cierto es que me dediqué a fondo. Pero, ¿no es esa la única manera justa de escribir sobre el arte?

—Dicen que se enamoró.

—¿Quién dice eso?

—“Me he enamorado”. Según Victor Alba, compañero suyo en Última Hora, eso fue lo que dijo al llegar a la redacción el día que conoció a la actriz. Lo hemos leído en el libro Margarita Xirgu: Una biografía, de Antonina Rodrigo.

—Ya veo que la condición humana no ha cambiado en mi ausencia… especular sobre la vida de los otros y cotillear sigue siendo demasiado tentador… En cualquier caso, ¿tan importante es?

—Bueno… Pero…. Entonces ¿por qué decide huir a América con ella?

—¿Y por qué decís “huir”? Yo no tenía nada de qué huir. Otra cosa es que si me hubiera quedado en España, quién sabe qué suerte habría corrido. Pero ¿no os dáis cuenta de que en enero del 36 yo eso no lo podía saber? La única verdad en aquel momento era que la artista más grande del momento me estaba ofreciendo un viaje a las Américas. Con lo que yo sabía hacer, que era escribir, la ayudaría a organizar su gira. A mí todo el glamour que rodea las tournés me quedaba lejos. Pero ¿sabéis cuánto tardaban aquellos barcos tan pesados en atravesar el mar? Meses, muchos meses. ¿Y sabéis el dineral que costaba un viaje así? Mucho, mucho dinero; demasiado para que una periodista se lo pagara de su propio bolsillo. Lo que más me emocionaba era la idea de perseguir la que podía ser la aventura de mi vida. Conocería mundo, escribiría desde todas partes… ¿No es la curiosidad lo que empuja al periodista? ¿No es acaso lo que haríais vosotros también? —nos interpela, de nuevo con ese descaro del principio, arqueando la ceja izquierda tanto que parece que se quiera echar el flequillo atrás.

—Imaginamos que la marcha no tuvo que ser fácil: vivir la Segunda República como periodista tenía que ser interesantísimo.

—¡Ya lo creo! Pero también eran tiempos convulsos. Había secuestros, asesinatos, tiros en la calle…

—Y usted allí en medio.

—Está claro.

—¿Y que hacía?

—¡Ja! ¿Qué iba a hacer? ¡Mi trabajo, el trabajo de periodista! Estaba siempre al acecho, tenía mis confidentes… pero vaya, que tampoco dudaba en arremangarme. Yo misma me infiltraba sin que se dieran cuenta: como cuando iba de incógnito a las asambleas de la FAI [Federación Anarquista Ibérica], que me la tenían jurada, o como cuando intenté bajar a una mina de Sellent donde un grupo de mineros se habían encerrado para protestar, o como cuando cubrí las elecciones en Andorra y fui pueblo a pueblo pidiendo los resultados, o como cuando fui hasta Madrid haciéndome pasar por una devota de las Juventudes de Acción Nacional para escribir un reportaje sobre el fascismo en España… Todo eso es el que hacía. Esa era la manera de enterarte de los trapos sucios de unos y otros.

—Había quien no estaba muy contento con lo que usted publicaba. La Humanitat, diario de Esquerra Republicana de Cataluña, donde usted había trabajado, publicó una pieza solo para desmentir un artículo suyo, aparecido en Instant, el diario de la Liga Regionalista. Y decía que no era la primera ni seguramente la última rectificación de sus escritos, porque usted salía a “rectificación por información”.

—La política es la política…

Esa obsesión de explicar cosas que no hubiera dicho antes otro diario, que la prensa no trataba, me han ocasionado varios incidentes

—Otro periódico, Solidaridad Obrera, que era de la CNT, publicó una vez: “Irenita es tan fresca como su apellido. Ayer tuvo el atrevimiento (no queremos decir la poca vergüenza, miedo respeto al sexo) de presentarse en el Sindicato del Ramo de Construcción para hacer una información (¡bueno, esto de la información es un decir!) sobre el conflicto que estos camaradas tienen planteado…”

—Veis, estos de la CNT al menos tenían gracia —ríe sin divertirse, todo sarcasmo—. Pero, como digo, la política es la política; yo no tengo ninguna culpa de que a ellos no les convenga que se sepa que no estaban muy bien avenidos. Esa obsesión de explicar cosas interesantes para el público en general, cosas que no hubiera dicho antes otro diario o que todavía no se había acordado que la prensa pudiera tratar, me han ocasionado varios incidentes como estos que ponéis como ejemplo. Pero también me han proporcionado la satisfacción de recibir cartas que me llenaban de felicitaciones y que añadían detalles a mis informaciones.

—Hay compañeros suyos que pagaron el periodismo de investigación con la vida. Josep Maria Planes, con quien usted trabajó en la revista Imatges, fue asesinado el 24 de agosto del 1936 por un pelotón de la FAI. En sus memorias, Tísner explica que fue él quien tuvo que ir al depósito de cadáveres del Clínic para identificar el cuerpo de su amigo, y cuenta que tuvo que ir escoltado por miedo de que lo mataran a él también.

—Sí, estos de la FAI… —resopla y se queda mirando el techo unos segundos, pensativa, como si estuviera revolviendo los cajones de su memoria buscando la frase más adecuada—. En una ocasión escribí que la FAI incurría en los mismos defectos de los que se horrorizaba. Imitando a Luis XIV, decía: “Los obreros soy yo…” ¡Y no era cierto en absoluto! Los obreros eran precisamente los que pagaban los errores de esta organización funesta. Todas las huelgas, las bombas, los levantamientos… Querían hacer la revolución social y lo que consiguieron fue ningunear a la CNT y contribuir a la reacción de la derecha. Cuando la CEDA se hizo con el poder en España, yo lo vi claro: su victoria había sido provocada, en gran parte, por el “plan de agitación” de la FAI, estéril, irritante y vergonzoso. Del mismo modo, tenía claro que si este plan continuaba la reacción de la derecha iría en aumento.

—Desgraciadamente, el tiempo le dio la razón…

“El año de la Guerra Civil ya parecía que iba a estallar todo; mil conflictos, grandes y pequeños, esperaban su desenlace inevitable”

Nos quedamos todos en silencio. Nos hemos quedado como agarrotados, tanto rato tirados hacia delante sobre la mesa, como si así pudiéramos absorber más de lo que Irene nos explica. Alcanzamos el libro, que ha quedado en un extremo de la mesa, y nos intentamos acomodar un poco más. Lo abrimos por la última página, y leemos en voz alta:

—“Salimos todos a cubierta. Hace un mal tiempo de los demonios. Llueve y hace un viento que se lo lleva todo. El cielo es negro a las once de la mañana. Como la garganta del lobo” —cerramos el libro y lo volvemos a dejar sobre la mesa.

Al reconocer sus propias palabras, Irene no ha podido reprimir una sonrisa furtiva, que no sabemos si tiene más de tristeza o nostalgia. En cuanto terminamos de leer, ella hace como si recitara:

—“Una interviú a bordo del Orinoco, camino de América”. La Coruña, 1 de febrero del 1936.

Es el último artículo que publicó: una entrevista con el ministro gallego de los gobiernos de Azaña, Santiago Casares Quiroga. En un par de semanas se celebrarían unas nuevas elecciones que el Frente Popular de las izquierdas ganó. Serían las últimas elecciones de la República.

“Es el paso de una era del mundo a otra; de una edad a otra edad; es aquello que la Biblia llama ‘diluvio’”

—¿Hasta qué punto imaginaba lo que sucedió a continuación?

—No sé… El año anterior ya parecía que todo iba a estallar. Se anunciaban, se murmuraban y se temían cosas de todas las clases. El curso de los acontecimientos había ido retrasando las soluciones a los problemas pendientes y las había traspasado todas a un futuro incierto. Miles de conflictos, grandes y pequeños, esperaban su inaplazable desenlace. Pero no solamente en nuestra ciudad o en la península; también en todo el mundo.

El 21 de abril del 1941, desde Buenos Aires y en un momento en que el régimen franquista se consolidaba en el poder y la Alemania nazi parecía imparable, Irene escribe una carta a su amigo Miquel Villà: “Estimado Miquel, estoy muy desanimada; a mí quizás no me pasará nada porque tengo una suerte borracha; pero ¿qué me importa si tengo que ver lo que le pasa a la gente a la que quiero? La gente liberal de este país será internada, los españoles reclamados por el gobierno franquista serán enviados a Madrid; a los que no sean reclamados, los incordiarán por un quítame-allá-esas-pajas y estaremos en un peligro terrible. En fin, todo dios estará en peligro. Es el paso de una era del mundo a otra; de una edad a otra edad; es aquello que la Biblia llama ‘diluvio’”.

Seguimos en silencio. Nosotros tenemos un sentimiento extraño, de angustia: como si el diluvio del que hablaba Irene hubiera caído sobre nosotros y nos hubiera dejado calados hasta los huesos. Ella, ausente, juega a poner la cucharilla en equilibrio sobre los bordes de la taza.

***

La fascinació del periodisme…

Irene lee en voz alta el título del libro. Lo hace lentamente, recreándose, como si quisiera saborear cada sílaba antes de que salga de su boca. Después de unos segundos, vuelve a la carga:

—La fascinación del periodismo… ¿De dónde sacarían este título? —se queda pensativa; de repente, se le ilumina la cara y nos mira a nosotros—. ¿Decís que sois periodistas, no? —nosotros asentimos—. ¿Me dejáis que os explique una anécdota? —y continúa sin esperar respuesta—. Una vez, en Manresa, camino de Sallent, me estaba inscribiendo en el registro del hotel, y en el espacio donde me pedían la “profesión” escribí periodista. A la hora de cenar, en el comedor, yo me moría de vergüenza. Tenía la sensación de que todo el mundo me miraba, tanto los clientes como los camareros. Después, una chica, muy tímida y temerosa, se me acerca y me pregunta: “¿Es usted periodista de verdad?”, “Ya lo creo!” —le dije, enseñándole el carné de identificación. El pasme de la chica llegó entonces a su cumbre. “Y… oiga —se atrevió a continuar—, ¿cómo lo hacéis para saber las cosas antes de leerlas en el periódico…?”

No podemos reprimir una sonrisa. Ella nos la vuelve, cómplice. Luego vuelve a fijar los ojos en el libro mientras acaricia la tapa con suavidad.

—¿Fue éste el motivo por el que decidió ser periodista? ¿Para ser la primera en saber lo que sucedía en el mundo?

—Quién sabe… Quizás sí. Supongo que quería hacerme periodista para ser un ser fantástico y todopoderoso, para ser el centro del movimiento del mundo —resigue su fotografía con la punta de los dedos; al fin, deja el libro sobre la mesa y levanta una vez más la mirada hacia nosotros—. Pero eso, en realidad, no lo sabremos nunca, ¿verdad?

Nos damos cuenta de que en el interior del café han encendido las luces. Miramos el cielo y, en efecto el sol ya se ha puesto, pero todavía no es de noche: es aquella hora gris y escurridiza en que las siluetas de los peatones empiezan a difuminarse en la lejanía.

Irene parece inquieta. Quiere marcharse.

—Me parece que ya hemos tenido suficiente por hoy… —pliega los diarios con cuidado y guarda la libreta y la pluma en un bolsillo interior de la chaqueta—. Además, tengo que irme: he quedado para cenar. Antes he conocido a una chica, muy maja ella, y hemos quedado para cenar. Ella me ha dicho de encontrarnos ante el efnap del Triangle, o algún nombre por el estilo… Yo, como no lo conocía, he dicho que prefería quedar en el café Zurich, que es el único lugar que todavía me resulta familiar.

Irene se despide de nosotros y desaparece. Nos quedamos solos, con el libro sobre la mesa y las tazas de café vacías. Empezaríamos a andar por las calles de Barcelona, pero aún no sabemos muy bien adónde queremos ir.

Edición a cargo de David Vidal
Traducción al castellano por Irene Benedicto y Alan Ruiz Terol

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

— Una entrevista imposible con la primera reportera catalana y una de las periodistas más transgresoras de la Segunda República

— Hace 75 años, el 3 de abril del 1942, Polo terminó con su exilio forzado suicidándose en Buenos Aires

Artículos relacionados