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La cruzada de Putin contra la libertad de expresión

— Las ideas de Putin encajan en la narrativa de la super-masculinidad: quiere que Rusia sea la nación más grande, la más temida, la más ruidosa

— Cuando llegó al poder se aseguró el control de la televisión estatal y la mayoría de los periódicos; muchos periodistas se pasaron a Internet

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¿Qué pasa con Rusia?

Soy rusa. Cada vez que voy a una fiesta, asisto a una conferencia, e incluso cada vez que cruzo los controles de seguridad de un aeropuerto cualquiera, una de las primeras palabras que escucho es “Putin”. El presidente de mi país ha conseguido crear durante los últimos años la mitología que hoy rodea su figura: un semidiós de la guerra, eslavo y viril, medio desnudo y a lomos de un caballo. Nada en Rusia ocurre sin que él lo sepa; ningún ruso, vaya donde vaya, puede deshacerse del todo de su omnipresente y etérea figura.

Como todo semidiós que se precie, la figura de Putin suscita interpretaciones variopintas. A ojos de Occidente —y en especial de Estados Unidos—, Putin es una suerte de Hombre del Saco. ¿Por qué ganó Trump las elecciones? ¡Por culpa de Putin! ¿Por qué está la prensa tan polarizada? ¡Por culpa de Putin! Sin embargo, por mucho que esta visión de la realidad puede molestar por su carácter simplista y superficial, todavía resulta más chocante la versión latinoamericana del mito del semidiós Putin; en ella, el pasado comunista de Rusia se entremezcla con la actual oposición de Putin a Estados Unidos, convirtiéndolo en el símbolo definitivo de la resistencia al capitalismo salvaje de Occidente. Esta es la imagen que tienen de Putin varios latinoamericanos que he conocido a lo largo de los años. En los grupos de Whatsapp, comparten admirados fotos de Putin con gafas de sol oscuras y pose de malote.
La verdad, como suele ocurrir, no es tan sencilla como algunos creen.

El gran plan de Putin

Es sabido que cuando Putin llegó al poder tenía un objetivo en mente: make Russia great again. Era el año 2000, hacía nueve del colapso de la Unión Soviética, y Rusia se caía a pedazos. El país estaba en manos de bandas criminales; en las ciudades pequeñas, los capos mafiosos solían ser los únicos representantes del poder. La economía venía de sufrir varias crisis financieras durante la década de 1990; en 1998 los mercados se desmoronaron dejando a la población sin ahorros. El rublo perdió dos tercios de su valor, la inversión extranjera huyó por patas, varios bancos y empresas de tamaño medio entraron en bancarrota.

Rusia ya no era una potencia global, ni mucho menos el único contrapeso de Estados Unidos en el mundo. A duras penas era un vestigio del mega-experimento fallido que fue la URSS; era un país deshaciéndose como un cubito de hielo al sol. En ese contexto, no había nada que los rusos deseasen más que estabilidad, y cualquier tipo de estabilidad les valía. La gente quería echar a los gángsters de la calle y cobrar sus salarios a tiempo. Muchos votantes vieron el cambio que tanto anhelaban en Vladimir Putin —joven, apuesto y licenciado en derecho en San Petersburgo, la capital cultural del país.

Putin quiere impresionar a todo el mundo con su virilidad arcaica y brutal

Es preciso aclarar que cualquier cosa que hayáis oído sobre Putin son meros rumores. Hay infinidad de interpretaciones sobre qué razones le mueven, e incluso se han escrito monografías al respecto. Pero la mayoría de sus amigos y antiguos colegas coinciden: para Putin, el “presidente-ex-agente-de-la-KGB”, es extremadamente importante proyectar una imagen de poder y fuerza. Igual de cuidadas están sus facetas de judoka y explorador intrépido: Putin quiere impresionar a todo el mundo con su virilidad arcaica y brutal.

Siguiendo con esta teoría, Putin llegó al poder con el objetivo de poner a Rusia de nuevo en el centro del mapa y rodearla con un halo de gloria que no tenía desde los tiempos de la URSS. Y a juzgar por los últimos acontecimientos, lo ha conseguido: Rusia no deja de aparecer día tras día en las portadas de los periódicos de medio mundo, e incluso se le atribuye haber ganado las últimas elecciones estadounidenses; como si de un temible y enorme oso nuclear recién levantado de su hibernación se tratara. Este es el motivo por el que Latinoamérica admira tanto a Putin: le ven como al único líder que ha conseguido plantar cara a Estados Unidos.

Sin embargo, Putin no es el protector de los débiles. El sistema que ha construido en Rusia se basa en el miedo, la brutalidad policial y la injusticia. Vladimir Putin es un antiguo espía que quiere demostrar al mundo de una manera muy arquetípica que él es el macho-alfa definitivo. Sus ideas de grandeza encajan a la perfección en la narrativa de la super-masculinidad: quiere que Rusia sea la nación más grande, la más temida, la más ruidosa. En cierto modo, lo ha conseguido —pero el precio que mi país ha pagado es terrorífico.

El precio de la grandeza

El pasado abril, aparecieron las primeras noticias de torturas a hombres gays en la República Rusa de Chechenia. En un informe, la organización internacional Human Rights Watch señalaba a las autoridades chechenas como instigadoras y supervisoras de las hostilidades.

El 11 de mayo, el joven bloguero Ruslan Sokolovsky fue condenado por blasfemia (según la ley rusa, “burla de las creencias religiosas”) por haber colgado un vídeo jugando a Pokémon Go en una iglesia. El juez dictó una condena condicional de 3 años y medio.

En enero, Rusia despenalizó la violencia de género. Desde entonces, la primera agresión se considera una falta administrativa y no consta como ofensa criminal. Según las estadísticas rusas, 14.000 mujeres mueren al año asesinadas por sus parejas o cónyuges.

Cualquier página con más de 3.000 visitas diarias debe ser tratada como un medio de comunicación, seguir las mismas reglas que cualquier otro medio y será castigado en caso de incumplir la ley

En junio de 2016, Maksim Kormelitsky fue condenado a un año y tres meses de prisión. Su crimen: compartir en las redes sociales una caricatura sobre el Kreschenskie kupania, una tradición religiosa que consiste en zambullirse en un agujero en el hielo a mediados de enero.
El 27 de febrero de 2015, el líder opositor Boris Nemtsov fue acribillado delante del Kremlin. Nemtsov estaba en contra de la guerra en Ucrania.

En mayo de 2014, el presidente ruso firmó la que se conoce como “ley de los blogueros”, que previamente había sido aprobada por las dos cámaras del parlamento ruso, la Duma y el Senado. Según la nueva legislación, cualquier página con más de 3.000 visitas diarias debe ser tratada como un medio de comunicación. Por lo tanto, el propietario de dicha página está obligado a seguir las mismas reglas que cualquier otro medio y será castigado en caso de incumplir la ley. Según la versión oficial, esta ley protege al usuario; los periodistas, en cambio, la consideran una artimaña de las autoridades para mandar a prisión a cualquier persona cuya voz —ya sea en en la calle o en la red— haga demasiado ruido.

En junio de 2013, la Duma aprobó un controvertido paquete de reformas: en primer lugar, la blasfemia pasó de ser considerada una falta administrativa a un delito penal, con penas previstas de hasta tres años; en segundo lugar, una ley prohibió la llamada “propaganda gay”, tipificándola como una falta administrativa.

El panorama que todas estas reformas legislativas dibujan es claro. La apariencia de super-macho del presidente no es casual: es homófobo, está en contra de la igualdad y a favor de la violencia y la obediencia. Las instituciones políticas se funden con la Iglesia Ortodoxa y las minorías se convierten en el chivo expiatorio de un electorado frustrado y triste, que trabaja demasiado y cobra demasiado poco.

Protesta de la Navidad de 2011. Fuente: Daria Gavrilova

Medios digitales: auge y represión

El periodismo, por supuesto, también está en la primera línea de fuego. Cuando Putin llegó al poder en el año 2000, se aseguró el control de la televisión estatal y la mayoría de los periódicos. Muchos periodistas se pasaron entonces a Internet, y el recién elegido presidente les dejó en paz —al menos durante un tiempo.

El resultado fue que una década después, en 2011, los medios nativos digitales eran los más leídos de Internet. Las versiones digitales de los medios tradicionales, como los periódicos impresos y los canales de televisión, no podían competir con los medios que habían nacido en internet, mucho más populares; eran los mismos que habían surgido tras la llegada al poder de Putin. Las redes sociales también se convirtieron en espacios de debate político, empoderando así a los ciudadanos de a pie.

En diciembre de 2011, los medios digitales informaron de fraude electoral tras las elecciones legislativas. Alexey Navalny —un político cuyo auge es inseparable de la creciente importancia de Internet— llamó el país a salir a la calle. El día después, cerca de 5.000 persones se juntaron para protestar. Durante el siguiente año y medio hubo más manifestaciones, cada vez más multitudinarias y mejor organizadas. Todas ellas fueron convocadas y difundidas mediante Internet. Los miembros opositores más activos crearon grupos de protesta en Facebook y también en su homóloga rusa, Vkontakte. Los periodistas empezaron a hablar de cambio y libertad.

Y entonces llegó la represión. Los medios digitales más grandes e influyentes fueron expropiados y sus redacciones, reducidas a la mínima expresión). Nuevas leyes fueron aprobadas; a la práctica, permitían a las autoridades mandar a la cárcel a cualquier persona con un ordenador. El propietario de Vkontakte, Pavel Durov, fue expulsado de su propia compañía y abandonó el país. Los periodistas de uno de los periódicos digitales desaparecidos, Lenta.ru, emigraron a Letonia y crearon un nuevo medio dirigido al público ruso —de esta manera, el régimen ruso no podía ampararse en su legislación ultra-represiva para perseguirlos. El nuevo medio se llama Medusa. Sin embargo, no puede permitirse hacer una cobertura informativa generalista, pero sí que publica investigaciones exhaustivas sobre algunos eventos del país.

Ahora mismo no existe en Rusia ninguna radio, televisión o periódico generalista que no esté sometido de un modo u otro al Kremlin. Y pese a todo, las protestas han vuelto: esta vez se trata de jóvenes menores de 20 años que han visto un vídeo en YouTube sobre la corrupción del ex-presidente Dmitry Medvedev (el substituto de Putin entre el 2008 y el 2012). Muchos de estos jóvenes nacieron en el nuevo milenio, lo que significa que vivieron toda su vida en la Rusia de Putin. Nadie esperaba que salieran a la calle, y nadie termina de entender qué es lo que quieren. Lo que sí es seguro es que quieren que su voz sea tenida en cuenta para determinar el rumbo del país.

Traducción del ruso por Alan Ruiz Terol
Corrección por Gerardo Santos

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— Las ideas de Putin encajan en la narrativa de la super-masculinidad: quiere que Rusia sea la nación más grande, la más temida, la más ruidosa

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