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Nuevas formas de habitar

Frente al espejo: sobre la imposibilidad de habitar

— No saber cómo habitar no es solo un problema sociourbanístico sino sobre todo, para los individuos, un conflicto ontológico

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Nací en 1985 y hace casi un mes que no me miro en el espejo.

No hay una única razón para explicar por qué no soy capaz de mirarme. Tampoco puedo decir que el impulso que me llevó a evitarme llegara de golpe.

Es cierto que hay un momento preciso en el que todo se desencadena de forma irremediable. Es cierto que hubo una primera mañana lluviosa de un enero que parecía abril en la que no conseguí levantar los párpados para mirar de frente al espejo, pero creo que esta imposibilidad creció dentro de mí mucho antes hasta que me fue imposible habitar en este cuerpo y habitar con esta imagen. La imposibilidad de habitarme nacía de la imposibilidad de habitar la ciudad, los otros, el trabajo, la casa. O quizás era a la inversa.

Tal y como lo entiendo ahora, hubo al menos cinco momentos de escisión que explican la determinación que tomé aquella mañana de enero, y que explican por qué ahora, después de un mes, estoy frente al espejo, con los ojos cerrados, todo sea dicho, pero dispuesta a abrirlos si nada me lo impide.

 

Primera escisión – La imposibilidad de habitar los otros

–No lo sé, supongo que te lo transmiten. Se te cuela por el estómago y te agujerea por dentro, como si te hubieran abierto una puerta oscura o te hubieran introducido en la barriga una supernova a punto de estallar.

–E, inexplicablemente, la oscuridad crece hasta que desapareces. Una cueva o algo así, ¿verdad?

–Sí. Lo peor es que ellos consiguen salirse con la suya, consiguen convertir la oscuridad en un impulso, y yo no sé cómo se hace.

–Sé qué quieres decir. ¿Quieres un cigarro?

–No, no fumo.

Nos quedamos en silencio unos minutos. Hacía un rato ni siquiera nos conocíamos. Yo salía del metro con la mirada perdida en alguna parte de donde no acostumbro a acordarme de volver cuando estoy agotada y tensa. Cuando recuperé la consciencia, nos miramos.

–¿Tienes un cigarro?

“No, no fumo”, le había dicho sin pararme, arrastrando los pies por las escaleras. “Estoy harta de hacer lo que se supone que todo el mundo hace. No, no fumo, pero a veces podrías ser más amable. Nadie se merece que le hablen así. Os habéis mirado y has sentido que te pinchaba algún trozo de cuerpo o de alma que hace tiempo que no notabas. No puedes seguir pasando cerca de los demás musitando para que no te escuchen. Hay un estanco aquí mismo, enfrente. Cómprale los cigarros. Cómprale el paquete y un mechero. Te sentirás mejor porque es lo que tienes ganas de hacer. Hazlo –No, no lo hagas, no se compran cosas a los desconocidos. Es una desconocida– No, no lo es, nos hemos mirado y no lo es”.

Entonces retrocedí, porque ya había llegado al semáforo, a la otra esquina de la manzana, y me colé en el estanco.

–Un paquete de Winston y un mechero.

–El DNI, por favor.

Aquella escena, la conversación con la mujer que se sentaba en las escaleras de la estación, me la he imaginado desde entonces casi cada día. Se ha convertido en una rutina que rehago y recompongo según mi estado de ánimo. Nunca le compré los cigarrillos ni el mechero. Nunca volví atrás. Aquel recuerdo ficticio lo revivo desde entonces para inventar encuentros con otros que expliquen mis temores y los suyos, nuestros anhelos.

En la ciudad casi no hablamos.

Me gustan los silencios entre las palabras porque son íntimos.

Me incomodan las conversaciones porque a menudo no sé responder con el lenguaje vacío con el que nos expresamos.

Llego a envidiar la verborrea, el individualismo galopante que Adam Curtis señala como característica de nuestra época –etnocéntrica, ególatra, narcisista. Desengañémonos. Me gusta escuchar, pero hablo poco. Desde los 12 años me cuesta abrazar a las personas. Estoy convencida de que el miedo a la piel de los otros es adquirida, no es mía, pero la arrastro, la arrastro siempre.

En los encuentros ficticios con la mujer que se sienta en las escaleras recupero, al fin y al cabo, la palabra cordial, como dice Josep Maria Esquirol en La resistència íntima, la palabra que “pasa por el corazón”, la que mira a los otros y no se amedrenta. Me imagino que estoy en aquella tetería del barrio Gótico y que converso con mi amiga como solíamos hacer. Imagino que este individualismo narcisista no nos incapacita para los verdaderos afectos. Imagino que me sé explicar a los demás, que me explico a través de los demás, que soy porque los demás existen.

La verdadera emancipación debe consistir en recuperar los cuerpos de la alteridad como pasa en La Granja del Pas de Sabadell, en “rehacer el vínculo con los demás” como exhorta a hacerlo Marina Garcés en Filosofia inacabada; debe consistir en quedar en la tetería otra vez; en volver atrás cuando llegas al semáforo de la otra esquina de la manzana. La verdadera emancipación debe producirse cuando se abandonan las formas de uno mismo, de las que estamos tan llenos, y construimos las presencias reales de las que hablaba Steiner.

Y, a pesar de todo, hablamos poco cordialmente, hablamos de cosas que importan poco; somos ojos que miran pantallas desde habitaciones conectadas, como recuerda Remedios Zafra; somos miradas que alimentan los ingresos de aquellos que trafican

con datos,
con nosotros.

 

Segunda escisión – La imposibilidad de habitar la ciudad

Hice un zigzag muy torpe en la acera, me detuve delante de la puerta del autobús, me desabroché los botones del abrigo y subí los dos peldaños. “El día no sabe si escoger primavera o verano, igual que los niños y las niñas no saben si quieren más al papá o a la mamá”. Con la cabeza apoyada en el ventanal del autobús, casi como si fuera una pantalla portátil, me sentía confrontada, expuesta, a la ciudad.

Hacía semanas que, cuando vagaba, sentía una agitación y un vértigo que me hacían tambalear. Era el último zarandeo de una peonza que no ha sido bien lanzada. El propio tambaleo, el mismo vértigo, me impedían decidir nada. Llegaba siempre tarde a las citas porque a menudo me perdía aunque conociera de memoria el recorrido. Sentía una presión en las sienes y un peso que me nacía en el cogote y en las cervicales y se me extendía por las extremidades, que colgaban como dos trozos de carne inertes. Cuando notaba esta sensación de pesadez y cansancio perdía el equilibrio unos segundos, pero después seguía en movimiento por la ciudad, como la peonza mal lanzada que tarda demasiado en caer. Me sorprendía cómo, a pesar de mi movimiento fatal, podía seguir haciendo lo que se suponía que debía hacer.

“Un pasito más, un pasito más, un pasito más”, me fui repitiendo obsesivamente para no perder el equilibrio en el pasillo del autobús, para no rozar la piel caliente de los viajeros. “¿Qué quieres, qué escoges, qué miras, qué te interesa, qué te importa, a qué eres capaz de renunciar?”. Entonces el autobús atravesó un paso subterráneo y la sensación de ahogo fue insoportable; y me mareé. Pienso que quizás fue un poco como lo que le debió pasar a Roquentin, en La Náusea de Sartre. “Me dejé caer en el asiento, ni siquiera sabía dónde estaba; veía girar lentamente los colores a mi alrededor, tenía ganas de vomitar”.

Desde entonces los espacios cerrados de la ciudad –los túneles, los garajes, las estaciones de metro, los ascensores– me dan claustrofobia. También siento un poco de pánico cuando comparto con demasiada gente otros espacios cerrados –las estaciones, los aeropuertos, los centros comerciales o las tiendas. A estos espacios Marc Augé los llama no-lugares. En las ciudades están por todas partes y nunca se habitan sino que se transitan; no tienen uso ni nombre; no son espacios que se compartan ni signifiquen nada.

Aquel caminar errático, sin equilibrio, no lo he abandonado. El único movimiento que me mantiene despierta y un poco alegre es correr.

Quizás la actividad del flâneur ya no consiste solo en perderse, en provocar derivas que rompan el orden establecido, sino que se caracteriza, sobre todo, por un estado de fuga permanente en el que nunca nos detenemos, igual que no se detiene nuestro movimiento en las redes sociales, a través de la pantalla.

Hemos construido una ciudad que no nos deja mirar de lejos. Por eso tengo miopía. Por eso debo cerrar los ojos para mirar qué o quién se acerca a más de un metro y medio si no llevo gafas. La ciudad que hemos construido –una ciudad de edificios ordenados y ordenadores (estructurados y estructurantes, dirían algunos), apiñados, homogéneos– despersonaliza y nos aboca a una relación inestable con los demás, a una urbanización “acelerada, impersonal y de conveniencia”, como nos recuerda Manuel Delgado. Por eso nos cuesta tanto recordar a aquellos a los que nunca hemos visto.

En Nou Barris hay una plaza pequeña, un poco más arriba de los terrenos de la Harry Walter, que alguien bautizó como la Placeta dels Avis porque las personas mayores se sentaban allí a hablar y a tomar el sol. El Ayuntamiento la reformó hace unos años. Colocó todos los bancos en la sombra y recubrió con cemento lo que antes había sido tierra y hierba. Ahora los abuelos ya no se sientan allí.

La ciudad, que había sido lugar de encuentro, de disidencia, de acogida, de heterogeneidad, solo deja espacio para los encuentros fortuitos, siempre en transición. La ciudad que hemos construido es una megaciudad como la que describía Michael Glawogger, donde los otros se convierten en una amenaza o son invisibles, como en aquella tira cómica de Macanudo en la que los vagabundos no tienen cara sino formas geométricas idénticas.

¿Cómo nos reapropiamos de la ciudad? ¿Cómo se vuelve a dar sentido a la ciudad? ¿Qué fue el 15M, al principio, con la toma de las plazas, sino la recuperación de la ciudad como espacio de dominio público? Otra vez, comprometerse con el otro, cuidarle.

 

Tercera escisión – La imposibilidad de habitar el trabajo

–¿Cuánto te interesa el trabajo, eh, poco, mucho, muchísimo? Di, ¿cuánto?

Agacho la mirada.

Hace ocho años que no me pregunto cuánto me interesa un trabajo fijo porque no he tenido ninguno, porque quizás no quiero tener ninguno, no lo sé. Hace tiempo que pienso que el trabajo es una obligación industrial, pero no emocional. A veces me cuesta no verme sometida a esa obligación. El materialismo histórico –algunos lo llaman socialismo, marxismo, qué más da– decía que el trabajo es intrínsecamente humano, liberador, no lo sé. Para mí, ahora, el trabajo es casi una obligación por supervivencia. El productivismo –el sistema capitalista, neoliberal– asegura que somos seres sociales en tanto que trabajamos, en tanto que nos convertimos en piezas de un engranaje económico hipertrofiado. Si no aceptamos el engranaje somos inútiles. El productivismo dice que todos salimos ganando, que si acepto sus lógicas de funcionamiento mi esfuerzo será premiado –como tantos otros– con reconocimiento social y éxito profesional. Un mundo feliz.

Con el 23% de paro en el estado español, ¿hay alguien que aún se lo crea?

El sueldo, el sofá, los vicios. Soma, sexo, sensorama. Huxley escribió una distopía que me parece muy real. No sé bien en qué momento decidimos que ya lo teníamos todo; que el sueldo, el sofá y los vicios eran suficientes para convertirnos en cómplices de un sistema económico en crisis, de aquellos que usan nuestro esfuerzo para salir verdaderamente ganando. Aún más. No sé bien en qué momento decidimos que aun sin sueldo ni sofá ni vicios teníamos suficiente.

¿Qué nos impide desobeceder?

Quizás el miedo a la intemperie, la consciencia de la extrema fragilidad, saber que en el fondo somos solo un 70% de agua en medio de un desierto cada vez más seco.

Hace tiempo que alguna cosa dentro de mí se rebela contra el trabajo. Lo hace con pequeños gestos de desobediencia, como llegar tarde o no responder las llamadas. Ahora también es el cuerpo el que desobedece, el que se inventa cuartadas –manchas, dolores articulares, dolores de cabeza, fatigas. Me pregunto si estos pequeños gestos culminarán en una actitud como la del Bartleby de Melville o la del Oblomov de Goncharov o la del hombre que habita el subsuelo de Dostoyevski. Me pregunto si algún día, de la misma forma que he decidido no mirarme al espejo, puedo “preferir no hacer nada” hasta las últimas consecuencias; o si, por el contrario, puedo ser una centinela del subsuelo, que resiste en los márgenes justamente porque nunca abandona la posibilidad de abatir la intemperie, la extrema consciencia del Yo, sin tener que tomar una decisión radical como la muerte. Quizás esa decisión ya la hemos tomado sin saber siquiera que lo hemos hecho, no lo sé.

Me esfuerzo en recuperar el relato íntimo. Bebo agua en medio de una entrevista de trabajo que es cada vez más seca. Intento responder con honestidad y convierto la pregunta que viene de fuera en una pregunta que viene de dentro: “¿Cuánto te interesa escribir, escuchar, entender, eh, poco, mucho, muchísimo? Di, ¿cuánto?”.

–Mucho –me respondo, le respondo.

Quizás he parecido demasiado analítica, demasiado fría. Intento explicarme mejor. Intento recordar por qué tomé las decisiones que tomé años atrás, en la universidad. Intento recordar si hubo un momento en el que un trabajo fuera sinónimo de liberación. Encuentro la respuesta demasiado lejos y demasiado tarde. Ya estoy esperando el ascensor en el rellano. Decido entrar en fuga, bajar las escaleras corriendo. Creo que hoy muy pocos responderían rápido.

 

La casa, ilustración de Ana Riaza para SomAtents
Ana Riaza

 

Cuarta escisión – La imposibilidad de habitar la casa

Estoy escribiendo sentada encima de la cama. Cada vez estoy más en ella. Es el primer día que los andamios que cubrían el edificio de enfrente no están. Sí, es cierto, han reformado la fachada y ahora el color es más intenso y la década de los ochenta en la que nací resucita en sus muros y balcones como si el tiempo se moviera en círculos. A eso le llaman eterno retorno, creo. Sí, y yo lo veo a través de la pantalla del ordenador a través de la ventana. También veo mi sombra. Siempre me han gustado los juegos de perspectiva: como un sueño dentro de un sueño dentro un sueño, un edificio dentro de una ventana dentro de una pantalla. Y, entonces, mientras escribo sentada encima de la cama, me doy cuenta de que vivo de espaldas a este sueño, de espaldas a la realidad-ficción, apoltronada en esta cama sin sábanas.

Soy una aprendiz de Gregor Samsa que se ha convertido en insecto y tiene miedo de no salir de la cama-casa, cama-sofá, cama-mesa, cama-silla. “La cama: lugar de amenaza informulada, lugar de los contrarios, espacio del cuerpo solitario atestado de serrallos efímeros, espacio prescrito del deseo, lugar improbable del arraigo, espacio del sueño y de la nostalgia edípica”, escribe Perec en Especies de Espacios. Una cosa así.

Los disidentes de la ciudad nos hemos escondido en pisos minúsculos. A veces las camas ni siquiera nos caben en la habitación. Qué decir del espacio para los libros, que se amontonan en las estanterías, sobre la mesa, en el suelo. Los claustrofóbicos de los espacios urbanos vivimos en una paradoja: somos claustrofóbicos, pero nos enclaustramos en una habitación de no más de 16 metros cuadrados.

No tengo casa. Quizás no tenga casa jamás. Los jóvenes no tienen una casa para ellos. La casa es el lugar en el que se está más allá del cuerpo. Yo no tengo un lugar en el que ser que no sea compartido más allá de la cama-casa. Si el hogar es el lugar que describe Josep Maria Esquirol, aquel espacio de íntima resistencia en el que cuidamos de los demás y de nosotros mismos, entonces el hogar me es extraño.

Yo habito una casa que es una pequeña cárcel, una reclusión liberadora de las imposiciones sociales, de las miradas de los demás, de todo lo que me obliga a ser brutalmente Yo. Una casa, a pesar de todo, que nunca deja de ser una cárcel, pero que es el único lugar en el que solo el silencio interrumpe la propia voz. La habitación es el espacio de la confesión, el espacio de la aceptación, donde se despliega “la vida secreta del monstruo interior”, que diría José Luís Pardo, que holgazanea y piensa, que piensa y holgazanea.

La habitación me protege de la intemperie, pero a su vez me aniquila. Por eso intento llenar el espacio con palabras, escribo, construyo un simulacro de espacio que atenúa el malestar y el cansancio endémicos. Me escucho la voz, escucho la dimensión íntima del lenguaje, hablo al fin desde dentro. “La casa como rincón de mundo”, escribe Bachelard en La poética del espacio.

Heidegger dijo que habitar es vivir.

Y lo resume con una palabra: Dasein –el ser-allí. Siempre se está en algún lugar. “Habitar es la forma cómo el ser humano está en la tierra”. Habitar no es una opción, es una consecuencia inevitable, constitutiva, del ser humano. Cuando alguien no puede habitar, no puede ser.

Abandono el ordenador y la libreta. Abandono el bolígrafo y el teléfono móvil. Ronroneo sobre el colchón, bajo el edredón sin sábanas. Pienso. Cierro la ventana. Miro el techo y los agujeros de luz de la persiana reflejados en la pared y en la puerta. Los tapo con la mano, a oscuras.

“Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo todo lo posible para no golpearse”, escribe Perec.

Pienso.

Me duermo.

 

Quinta escisión – La imposibilidad de habitar el cuerpo

–¡Oh, no! ¡Ya vuelve!

Me he levantado con un insoportable picor en el cogote y en la espalda. Tengo la piel enrojecida. Tiemblo de nervios. Castañeo. Hacía casi un año que la urticaria había desaparecido. Ahora vuelve.

Se me aparece, de golpe, en medio de la frente y con letras mayúsculas, casi como una revelación, aquella cita de Blanchot en El paso (no) más allá: “Dentro de mí hay alguien que solo se ocupa de deshacerse de mí: ocupación infinita”.

Lo primero que se habita es el cuerpo. Yo no sé habitar mi cuerpo. El cuerpo a veces tiene manchas de urticaria, sufre angustias, tiene dolores de cabeza y una fatiga en las extremidades que lastima los tendones y los músculos, tiene una extraña inestabilidad. El cuerpo se me rebela. El cuerpo se me deforma a ratos, o yo lo veo deformado porque el cerebro tampoco se deja habitar y el cuerpo paga las consecuencias. Santiago López Petit dice en Hijos de la noche que soy una anomalía, que el cuerpo se rebela contra la vida –contra la no-vida, diría yo.

Santiago López Petit dice que he de aprender a convertir esta rebelión en una fuerza de dolor que rompa la no-vida, que la agriete para siempre, que haga evidente su mal funcionamiento, sus dinámicas enfermizas. También dice que no estoy sola, que cada vez hay más anomalías. En las noticias, los expertos en medicina y psicología las llaman enfermedades crónicas, enfermedades mentales, enfermedades inmunológicas.

De hecho, el siglo XX, que ha sido el siglo del gran crecimiento en las ciudades, ha sido también el de las enfermedades mentales. Ahora, algunos ya hablan de la depresión como de una epidemia. La enfermedad del dolor que se debe combatir con pastillas. Pastillas para no sentir. Pastillas para ser normal. Pastillas para ser una pieza más del engranaje de la máquina productivista. Pastillas para que nuestra aspiración última sea el sueldo, el sofá y los vicios.

Pero habitar debe ser aceptar que hay días en los que el cuerpo no quiere curarse. Habitar debe ser aceptar que el cuerpo se rebela, que tiene dolores de cabeza, depresiones, ansiedad. En cambio, se nos dice que nunca podemos estar tristes. Divirtámonos hasta morir. El sistema no nos permite un habitar en el que el cuerpo se rebele. Como no aceptamos ontológicamente que el cuerpo deba rebelarse, no estamos preparados para la enfermedad ni para el dolor. Tampoco para la muerte.

Santiago López Petit dice que solo nos curan los ritmos: el ritmo de la escritura, del deporte, de la danza, el ritmo colectivo. Heidegger también lo dice. Dice que habitamos en tanto cuidamos de los demás, de nosotros mismos. Así que bien podría ser que yo no habitara, porque mi habitar consiste en herirme, a veces; también en herir a los demás si están demasiado cerca. Hay días en los que el cuerpo no quiere seguir ningún ritmo, que disfruta haciéndose daño, que habita en el dolor y en la ansiedad, en la oscuridad. Pienso que sí, que habitar debe ser aceptar también la enfermedad y el dolor.

Y habitar, vivir, quizás sí sé, pero no de la manera en la que me obligan a hacerlo.

Los problemas que tenemos para habitar la ciudad, el trabajo, los otros, la casa son los mismos problemas que me impiden mirarme al espejo. Pero si quiero ser una centinela del subsuelo, abatir la intemperie, habitar los márgenes, romper la no-vida con la fuerza del dolor, solo puedo encararlos.

Estoy frente al espejo.

Abriré los ojos.

 

Edición a cargo de David Vidal

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— No saber cómo habitar no es solo un problema sociourbanístico sino sobre todo, para los individuos, un conflicto ontológico

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