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Amar

El recuerdo como lugar a donde volver

— Hay tantas formas de presencia y ausencia como formas de recordar y seguir amando a los que (ya) no están. Quizá incluso no han estado nunca

— Si somos capaces de echar de menos a personas a las que nunca hemos conocido y capaces de recordar aquello que no hemos hecho nunca, entonces amar tiene mucho que ver con inventar e imaginar

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Encontré la fotografía y la pregunta salió sola. El huerto, la niña, el anciano… ¿Cómo puedo no tener ningún recuerdo de alguien con quien conviví durante tres años y medio de mi vida y, en cambio, haber amado y llorado a alguien a quien nunca conocí? Somos lo que recordamos, pensé, pero quizá también lo que no recordamos. Así surgió la curiosidad de entender cómo amamos a los que (ya) no están. Dejando de lado los libros y los panfletos de autoayuda —“Cómo pasar el duelo”—, es en la poesía, la música, la narrativa y las artes en general donde se encuentran más referencias. Recordar a los que (ya) no están lo hacemos todas, pero cómo lo hacemos o el tiempo que nos damos para hacerlo, eso… eso ya es otra cosa.

El descubrimiento del (no) recuerdo

No sé quién es este hombre. Se sentó delante de mí un día, camiseta imperio, pelando habas en un huerto. No sé quién es, pero es mi abuelo. Lo sé porque me lo han dicho, pero no guardo ningún recuerdo de él; o quizá sí, pero muy difuso. ¿Cómo debió ser ese momento?

Las cosas se acaban. Continuamente. Y, con ellas, desaparecen personas. Da igual que sigan vivas: ya no son tal y como eran. Estamos y dejamos de estar con una rapidez que a menudo solo se torna dolorosa con el tiempo. “Cuando me voy de un sitio me gusta darme cuenta de que me marcho. Si no luego da más pena todavía”, dice Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, de Salinger. A mí me pasa lo mismo, con los lugares; a menudo también con las situaciones. Pero con las personas… con las personas pasa que, cuando te das cuenta, han pasado veinte siglos y no has sabido despedirte. La madre o el padre tal y como eran cuando eras pequeño, la abuela tal y como era hace cinco años, o aquel mejor amigo de la infancia del que ya no sabes nada.

Aparte de ser material para una referencia literaria demasiado fácil, ser o no ser es una cuestión compleja. No hace falta haber muerto, para no ser. Quizá no hace falta ni estar, para estar. Hay tantas formas de presencia y ausencia como seguramente formas de recordar y seguir amando a los que (ya) no están. Quizá incluso a los que no han estado nunca. Quién sabe, quizá es en estos en los que más pensamos, pese a no tener recuerdos de ellos. “Yo amo la idea del hermano o de la hermana que nunca he tenido”, le dije una vez a una persona. La amo y, sin embargo, me duele pensar en ello. Imagínate ahora una madre o un padre que no ha conocido a su hijo, o viceversa: un crío huérfano. Imagínate también lo que se siente cuando un hijo o una hija se marcha de casa, o cuando lo dejas con tu pareja, o cuando alguien a quien quieres pierde la memoria o, sencillamente, cambia. En el último capítulo de la segunda temporada de Transparent, por ejemplo, el hijo llora al descubrir que su problema es que su padre ya no está (“Ha muerto”, dice); su padre, transexual, ahora es una mujer.

Cambiar, morir, envejecer, irse a vivir fuera, no llegar ni a nacer, enfermar…

Sí, amar es una putada. Amar hace daño.

Un lugar a donde volver

Hace tiempo pensé que las vivencias extremadamente bonitas son muy difíciles de soportar. Ahora pienso que lo difícil no es la vivencia sino su recuerdo, cuando se te clava. Es duro tomar consciencia de un momento ya vivido, de una vivencia ya pasada, aunque las personas con las que estabas sigan estando. Cuando ya no están, la impotencia se multiplica. Vivir la muerte de alguien a quien amas es seguramente la peor experiencia que se puede tener; en cierta manera, es como morir un poco por dentro. “Vivim de mort, i no ens és grat / morim d’amor, i no s’hi pensa”, dice un verso de Carles Riba en Salvatge cor. Yo diría: vivimos de muerte, pero hablamos poco de ello; morimos de amor, pero es metafórico: así como se dice que los agapornis mueren cuando muere su pareja, hay personas —sobre todo gente mayor— que se dejan llevar cuando muere el otro, pero en general, a los humanos, nos toca convivir con la pérdida.

—La mera posibilidad de que haya otra vida después de la muerte, un lugar donde reencontrarnos con la persona amada, es una idea tan atractiva… —comentábamos dos personas en principio ateas—. La pérdida se convertiría así en algo reversible y sí existiría un lugar a donde ir.

Pero, ¿y si no crees en eso? “Estimar és un lloc”, dice el poeta Joan Margarit. Quizá el recuerdo es un lugar al que ir, o a donde volver, para seguir amando a los que (ya) no están.

En todo caso, están.

Y es curioso el papel que juegan en nuestras vidas.

A veces pasa que amas a alguien por el legado que te ha dejado, por todo lo que te ha enseñado. Otras, es como un catalizador: desde la lejanía, te ayuda a tomar una decisión importante o te hace cambiar de vida. El papel de la propia consciencia, aquí, es importante: “¿Qué me diría si…?”, “¿Qué hubiese hecho cuando…?”, “¿Qué le parecería que…?”. Con el paso de los años, es como si aquel dolor intenso provocado por la pérdida se transformara en puro amor. Me parece bonito pensar que hay personas que, sin estar, son una especie de vigilantes de nuestras vidas. Pensar cómo de orgullosa se sentiría aquella persona, o cómo de avergonzada, nos puede condicionar la conducta.

Pero ¿qué papel juegan las personas a las que nunca hemos conocido? Tenemos muchos más recuerdos no propios de lo que nos pensamos, y entre la imaginación, los recuerdos de otros y las fotografías (¡Tenemos tantos recuerdos en formato .jpg!) podemos llegar a configurar en nuestra mente imágenes no vividas. No las hemos conocido, pero sabemos cómo eran; incluso las podemos llamar abuelo, madre, hermano. Nos han hablado tanto de ellas que, de alguna manera, las amamos. Y las lloramos, como yo lloro la idea del hermano o hermana que nunca tuve.

De la misma manera que hacemos eso —y lo hacemos casi siempre inconscientemente— también seleccionamos qué recordamos de los demás. Hay imágenes que necesitamos más; las hay que menos y las olvidamos. Y, en cierta manera, estos recuerdos y lo que decidimos no recordar son nuestra esencia. Por eso hace tiempo que me pregunto si es positivo que sepamos tantas cosas de tanta gente que ya no está, en nuestra vida; o mejor dicho, que sin las redes sociales ya no estaría. De forma mecánica, algunas redes nos recuerdan momentos vividos hace años, imágenes de personas con las que, por diversos motivos, ya no nos relacionamos. La memoria es selectiva, y debe ser por algo. Una memoria no selectiva, forzada por la memoria de la red, quizá nos deja poco espacio para recordar aquellos momentos o imágenes verdaderamente necesarios. Porque no podemos —ni hace falta— recordarlo todo.

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Recuerdo en formato .jpg | Helena Roura

 

Un verso, una pelota, una melodía

Estaba sentada, leyendo distraída, cuando el hombre se acercó.

—Estoy muerto. No tengo cerebro, no tengo alma —me dijo.

Era robusto y de caminar pesado. No supe qué responderle, y le miré a los ojos.

—Estoy harto de decirlo y que la gente no me crea. ¡Estoy muerto! —insistió.

Se me había acercado para consultarme algo. La consulta, al cabo de un rato, era si yo tenía alma. Le dije que creía que sí, que más o menos por la zona del pecho. Me dijo que él ya no tenía porque ya no tenía cerebro; que estaba muerto, que ya no recordaba, que ya no era nadie.

Eso me dejó tocada. ¿Qué hace alguien sin recuerdos? ¿Qué haría yo sin saber a qué recorrer para soportar ciertas situaciones? Los objetos, los olores o los sonidos que, en su sutileza, hasta ahora se habían encargado de evocarme recuerdos, ya no tendrían ningún sentido. La poesía ya no se encabezonaría a recordarme vivencias, conversaciones, rostros. Comprendí entonces que es de vital importancia saber a dónde ir, tener un lugar al que volver. La poesía, la música, las artes en general son las herramientas, los salvavidas que “nos protegen de la intemperie moral”, en palabras de Margarit —que, mira por dónde, es poeta— y si a lo largo de los siglos ha sido así, dice, debe de ser porque no hay más herramientas que ésas.

¿O sí?

Hace unos meses, aprendí que se podía amar a través de una pelota de baloncesto.

—¡Que no quiero compartirla! ¿¡Vale!? —dijo la niña, de unos 13 años.
—Pero, ¿por qué? Tía, no hay quien te entienda… —le espetó una compañera, de la misma edad y visiblemente ofendida.

Se peleaban por una pelota de baloncesto, pero ahí… había algo más. Ella no respondió nada y se marchó. El resto de chicas se la quedaron mirando con cara de no-entiendo-nada-que-le-den. Lo que pasaba es que su padre había muerto y la pelota la transportaba a los ratos vividos con él. Me imaginé el gesto de dulce condescendencia de él al devolverle la pelota después, quizás, de habérsela quitado. “¡Dejadme, quiero estar sola!”, gritó ella. Las otras niñas se marcharon; de tanto en cuando, sin embargo, miraban de reojo a su amiga por si en algún momento quería dejar de estarlo.

La pelota, en este caso, era un refugio, doloroso pero seguro. Y la conducía a un lugar de reencuentro.

Igual que para el hombre sin sentimientos, para el hombre sin recuerdos nada significa nada. Si tenemos el lugar al que volver, entonces sí algunas cosas adquieren todo el significado del mundo: una pieza de piano, aquella canción infantil, el fragmento de aquel libro o la escena de una película son “el lugar donde va quedando la vida”, tal y como escribe Margarit. También lo puede ser una pieza vieja de ropa, una taza, o esa pelota de baloncesto. Por descontado, también las fotografías, esa “bellísima ilusión, una droga para olvidar la carne y las heridas”, como asegura Remedios Zafra en Los que miran. Es una manera bonita de amar a los que (ya) no están. Bonita y triste. Y se nos hace difícil compartirla con los demás.

Porque la tristeza, tal y como vivimos, no se nos puede notar.

“Alegra esa cara. Va, sonríe un poco”, nos decimos los unos a los otros. “Hay que tirar para adelante”. Vivimos rápido, tenemos la sensación de que no tenemos suficiente tiempo, y la muerte o la pérdida son un freno. Creo que somos conscientes de eso, pero también creo que no hacemos casi nada al respeto. No nos damos tiempo para procesar, la digestión se nos corta, vomitamos y sufrimos, pero volvemos a tragar a ritmo de entregas, compromisos y horarios de tren. Hacemos ver que nos aguantan unos pilares híper resistentes y que nuestra única inestabilidad es la económica en lugar de mostrarnos débiles, soportados por pilares de serrín, emocionalmente inestables. Cuando estamos tristes, tiramos adelante porque los días pasan, pero no miramos atrás con tranquilidad. Y recordar es mirar atrás. ¿Por qué no nos lo permitimos?

Quizá es la riada del mito del progreso, que se lo lleva todo por delante. Quizá es la negación de la muerte, de la que hablaba Elena Navarro. Tal vez viene de siglos atrás (Hamlet, más allá de su dilema existencial, se cuestiona el duelo y le da rabia la rapidez con la que se olvida la muerte de su padre. No hace ni dos meses y ya se organiza una nueva boda). En todo caso, nos sigue costando. “El hombre moderno piensa que pierde alguna cosa —tiempo— cuando no actúa rápidamente; con el tiempo que gana, sin embargo, no sabe qué hacer —solo matarlo”, dice Erich Fromm en El arte de amar. Pienso que es cierto, y que mientras nos apuramos por vivir, llegamos tarde a las cosas importantes. Incluso en muchos entierros (“el último asunto social importante” en el transcurso de una vida, diría Fromm), tal y como está montada la cadena de la muerte, el componente de espectáculo mata toda posibilidad de tristeza sincera. Si viviésemos con más naturalidad la tristeza, viviríamos también con más intensidad el amor. Me gusta una frase de un cuento de Mercè Rodoreda, Flor negra, en que dice: “Una pena tan grossa que no et deixa ni respirar. (…) Una pena que, com les penes més grosses, no es pot explicar”. Entonces, hace el aviso: “No la deixis fugir; si aquesta pena se n’anés, tornaries a no ser ningú”. Yo, después de llorar, me siento más viva. Después de recordar, me siento más alguien. Porque, volviendo a Holden Caulfield, o sea, a Salinger: “No sé porque hay que dejar de amar a una persona solo porque haya muerto. Sobre todo si era cien veces mejor que los que siguen vivos”.

La reconstrucción del recuerdo

Dejé la fotografía encima de la mesa y la cabeza me hervís de preguntas. De repente, noté la necesidad de saber qué me había dicho mi abuelo, camiseta imperio, mientras pelábamos habas en un huerto. Si somos capaces de echar de menos a personas a las que nunca hemos conocido y capaces de recordar lo que no hemos hecho nunca, entonces amar a los que (ya) no están tiene mucho que ver con inventar e imaginar. Proyectos, ideas, recreaciones de un pasado inexistente. “Tot el que he perdut / que mai no sabré, / tot el que no sé / i que m’ha valgut”, de nuevo Carles Riba. Recordando lo que no ha pasado, imaginamos aquello posible. Y cuando amar es un lugar al que resulta que no puedes volver, surge la necesidad de reconstrucción, para explicarte a ti misma.

No recuerdo a mi abuelo, pero puedo intentar imaginar el recuerdo no recordado. Utilizaré aquello que me gustaría haber vivido mezclado con la imagen que tengo de mi otro abuelo, y también todo aquello que me han explicado de los dos. También pondré, por supuesto, un poco de aquello que en el imaginario colectivo es un abuelo, y todo lo que implica su figura. Y, con todo eso, el recuerdo dice así:

—¿Lo hago bien? —le pregunté.
—Sí —me respondió—, pero cuidado con las pequeñas, que quizá no las ves y las tiras.
—Abuelo… ¿por qué hoy el cielo es blanco?
—Pues…. porque hoy las nubes se han comido al sol.
—¡Venga, va!
—Pues… porque ha venido un pintor que odiaba el azul.
—Hala…
—Quizá alguien le ha puesto una bolsa de plástico en la cabeza, a la Tierra.
—¡Uaaaaaaau!
—¡Cuidado con las pequeñas! —me recordó, picándome dulcemente en la mano.
—Ay, sí… —y recogí una del suelo.
—Mira… —se me acercó y me miró a los ojos—. Quizá hoy el cielo es blanco sencillamente para que tú te puedas sorprender y, así, podamos tener esta charla.

Espero que alguien, algún día, imagine las cosas que yo diría. Espero ser un catalizador algún día. De verdad que me gustaría.

Edición a cargo de Cristina Garde
Traducido por Gerardo Santos
Corrección a cargo de Helena Roura

Comentarios

  • *Durante el proceso de confección del nido,
    la hembra es quien mete prácticamente todo el material en el nido (hojas de palmera), el macho esporádicamente le puede ayudar.

    Las hembras roseicolli guardan entre su plumaje el material del nido para transportarlo
    mejor, los machos no.Agapornis macho y hembra.

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— Hay tantas formas de presencia y ausencia como formas de recordar y seguir amando a los que (ya) no están. Quizá incluso no han estado nunca

— Si somos capaces de echar de menos a personas a las que nunca hemos conocido y capaces de recordar aquello que no hemos hecho nunca, entonces amar tiene mucho que ver con inventar e imaginar

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