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El negocio de la muerte

— Los entierros 'invisibles' de beneficiencia crecieron un 45% en 2014, 308 casos más que el 2013 según datos de Cementiris de Barcelona

— Pese a vivir en una cultura neoliberal que evita la idea de la muerte, desde 2004 se ha doblado el número de tanatorios en España

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Está sólo en el cementerio de Montjuïc, en uno de los puntos más altos de la ciudad, sobre la que cae el ruido metálico del martillo chocando contra el cincel. Antes de eso, José retira del nicho una virgen atrapada en un recipiente ovalado de cristal. La coge con sumo cuidado, como si él fuera un artificiero y como si la virgen fuera una bomba de la Guerra Civil encontrada en un parque. Las vistas de esa Barcelona colérica, de millones de personas desafiando el tiempo y recorriendo sus calles en busca de sentido, pierden coherencia cuando ves la foto de alguien que algún día también estuvo allí abajo. José adopta inevitablemente un discurso distinto respecto a la muerte: el de alguien que trabaja cada día al lado de ella. Pero, en realidad, hablar de la muerte en las sociedades modernas no es una tarea fácil. Desde la sociología o la antropología se argumenta que el capitalismo ha hecho que se evite más la muerte, pues la lógica de productividad y consumo que rige la cultura occidental choca frontalmente con la idea de morir. De esta evitación también se saca provecho: se monta un negocio que desdramatiza la muerte lo que, a su vez, refuerza la negación.

— El contacto diario con la muerte hace que estés más en contacto con las emociones, tanto las tuyas como las de los familiares. Aprendes a valorar menos la materialidad del mundo en el que vivimos y aprecias más las emociones y a la gente que quieres, que es lo realmente importante —dice.

José tiene los ojos azules y hermosos. Ese tipo de miradas diáfanas que transpiran confianza. Si algún día alguien tiene que vaciar tu nicho, desearías de verdad que lo hiciera una persona con esos ojos. Él antes era peletero; antes trabajaba para los vivos, para que se pudieran poner abrigos de piel. “Lo que pasa es que en el negocio se metieron los chinos y fabricaban a muy bajo coste. Entonces tuve que cerrar. Tenía un amigo que trabajaba en el cementerio y un día me dijo: Oye José, ¿por qué no te metes a enterrador?”

Y a José le salieron las canas de la barba en el oficio. Lleva veinte años en la profesión y un inevitable contacto con la muerte cada día de su vida. Él se ocupa de hacer los vaciados de nichos: llega al nicho de una familia y hace hueco para que se pueda meter el féretro de un pariente recién fallecido y que se va a enterrar en ese mismo día.

José no evita la muerte, cada día tiene un hueco para ella.

— La muerte siempre ha estado en la trastienda de la sociedad. Recuerdo que la primera vez que vacié un nicho me daba miedo, me preguntaba: ¿Qué habrá? ¿Qué me encontraré? Siempre hay ese miedo por lo desconocido. El primero te da mucho reparo, el segundo te genera algún problema, pero el tercero ya no te da ninguno. Uno se acaba acostumbrando pero, eso sí, nunca perdemos el respeto que esta actividad se merece. Son personas, no objetos o piezas…

José deja la virgen en el camión, abre con llave la puertecilla de cristal y comienza a picar la lápida por los laterales. Una vez abierto, ve que el nicho tiene dos departamentos, uno encima del otro. El hueco que tiene que vaciar es el de abajo. Pica las losas que separan los dos departamentos. Son tres. Empieza a picar la losa más cercana al exterior y una vez termina la saca y la deja en la pared. Entonces se mete completamente en el nicho, introduciendo las piernas en el departamento de abajo, por el hueco que dejó la losa que acaba de extraer.

— Ah mira, este no huele. Hay algunos que sueltan una peste insoportable.

Está pisando la mezcla de madera y restos óseos que hay en el segundo departamento. Cuando termina, deja el martillo y el cincel en la furgoneta y se sacude las manos.

José no evita la muerte, cada día la pisa con sus botas.

Se vuelve a meter otra vez en el nicho. Los restos de alguien que algún día fue algo están bajo sus botas, botas negras de seguridad que lleva cualquier trabajador que tenga un oficio que implique riesgo. Empieza a retirar los tablones de madera, carcomidos y putrefactos, de lo que en su día fue un féretro y los vuelve a dejar en la furgoneta. Lo único que aparece intacto es la cruz. Una vez sacada toda la madera, se pueden ver los restos del difunto. Lleva unos veinte años enterrado por lo que lo único que queda de él son unos cuantos huesos metidos en un bonito traje que, a estas alturas, ya le queda un poco grande. José retira primero el traje. Lo coge junto a los huesos de forma que a la hora de levantarlos se caen algunos.

— Mira, creo que eso es el fémur —suelta con naturalidad.

La calavera, superpuesta en el traje, está como carbonizada y José no puede evitar que la parte de la mandíbula se fracture y se desprenda del resto del cráneo en sus propias manos. Los zapatos fueron lo único que dejó fuera del nicho. Entonces te viene a la cabeza Bukowski, su alcoholismo y la cutre pensión donde escribió eso de que los muertos quizás no necesiten zapatos, pero sí un lugar para caminar. José sale, no sin antes guardar los restos dentro del nicho.

José no evita la muerte. Cada día la mete en bolsas sanitarias.

José, a sus cincuenta y ocho años y por su profesión, ha visto de primera mano cómo se montaba un gran negocio entorno a la muerte, a la vez que se acentuaba la evitación de ésta. Vivió aquella época en la que la familia rodeaba el féretro en casa, charlando y tomando café. Y vive un momento en el que morir parece entenderse como un trámite más que ya no se vive en lo cotidiano, sino en instituciones privatizadas y profesionalizadas. Como hemos apuntado más arriba, la cultura capitalista aumenta la evitación de la muerte, y como consecuencia, el número de estas instituciones, como los tanatorios, no para de crecer. El primer tanatorio en España se abrió en 1975 en Navarra y, desde esta fecha, su número sigue en aumento. Desde 2004 se han doblado: de seiscientos que había entonces a los más de 1.200 tanatorios que existen en la actualidad. El sociólogo Ángel Basterra argumenta que “con la muerte se establece una concasualidad recíproca, es decir, se refuerza a la vez —y mutuamente— la negación de la muerte y su propia comercialización.

José no evita la muerte, quizás porque no afronta la suya.

***

¡Clap, Clap, Clap!

Este es el único sonido que desgarra la calma matutina en el cementerio de Montjuïc. Se trata del ruido que produce una paleta al chocar con el cemento que sellará ese nicho. Josep Maria Angeras observa cómo, en cuestión de minutos, el enterrador llega montado en una furgoneta blanca y acompañado del ataúd más barato, lo mete en el agujero, arranca el motor y se va. Él trabaja en Fundació Arrels, que trata de dignificar la vida de los que viven en las esquinas de Barcelona. Coordina La Barca de Caronte, un proyecto que la fundación puso en marcha con la voluntad de acompañar a las personas sin hogar en el momento de su muerte.

― La pobreza es fea, huele mal, insulta a veces… En nuestra sociedad no queremos ver lo que no nos gusta. Y eso incluye a la muerte ―dice.

Son las ocho de la mañana y Josep María es el único que está plantado frente a ese nicho sin lápida ni nombre. Aunque sean muy colegas ―explica― la gente que vive en la calle va muy poco a los entierros. La muerte les da mucho miedo. Rehúsan cualquier contacto con ella. Y por eso Josep María, en cada entierro, se despide por todos ellos.

Ellos sí evitan la muerte, quizás porque cada día la notan cerca.

― Sabíamos de personas que se habían enterrado completamente solas. Te imaginas eso sin nadie y te dices… bueno… ¿y ese pobre hombre o esa pobre mujer?… y luego te dicen: “Bueno, la persona no se entera”. Bueno, el problema no es que se entere o no, es una cuestión de dar dignidad a ese último momento. ―dice Josep María.

Los usuarios de Arrels ―unos mil, de los tres mil que viven en las calles en Barcelona― son invisibles a los ojos de muchos. Lo son durante su vida, pero también en el momento de su muerte. Porque en esa cadena de consumo tanática que se hace de la muerte y su negación, tampoco ellos tienen un lugar.

Si no tienen familia o ésta no se quiere hacer cargo, su entierro será costeado por el Ayuntamiento de Barcelona y su féretro por Serveis Funeraris-Grupo Mémora o Altima, las dos principales empresas de servicios funerarios que operan en Barcelona. A esos cuerpos no se les alaba en una misa, ni se les llora en un tanatorio. Van del depósito a los departamentos más altos del cementerio de Montjuïc: quintos, sextos y séptimos que, en general, son los más difíciles de vender. En su nicho sólo consta un número que pasados cinco años será de otro. Ese es el tiempo que se tarda en trasladarlos al osario común: una especie de habitación donde los huesos amontonados son ya imposibles de identificar.

A estos entierros se les llama de beneficiencia. También se acogen a esa modalidad las familias sin recursos, siempre que así lo corrobore un informe del trabajador social que opera en cada distrito de la ciudad. Fueron 308 casos en 2014, un 45% más que el año anterior y casi el doble que tres años atrás, contando los 184 que se registraron en 2009, según datos de Cementiris de Barcelona.

― Para mí la soledad es el gran mal de la pobreza y de la gente que está en la calle. Están muy solos. Y no porque quieran, como mucha gente cree, sino porque están totalmente apartados. Nosotros los acompañamos hasta el último momento. Simplemente se trata de que haya un recuerdo de la persona… A mí me da la impresión de que cuando uno muere solo, nadie se acuerda de ti. Y bueno, un recuerdo es que alguien esté contigo mirando como ponen la caja.

Una vez al año se reúnen todos ―trabajadores, voluntarios, usuarios― para recordar a los que murieron. El local de la fundación, situado en el barrio barcelonés del Raval, se llena hasta los topes de gente, anécdotas e historias de los que pisaron aquel suelo. Además, en la entrada del edificio de Arrels cuelga todo el año un tablón donde se muestran los recordatorios de los últimos fallecidos. Hoy se ven dos. Debajo de la imagen de uno de ellos se lee: “Espero que alguien me cuide cuando muera, cuando me vaya…”.

Sales de Arrels y coges el metro, directo al cementerio de Santa Coloma de Gramanet, a recorrer otro de esos sitios donde la desigualdad es la marca de identidad. También en la muerte.  No puedes evitar que eseHope there’s someone de los Anthony and the Jonhsons sea la melodía del trayecto.

***

— ¡Toca, toca! —dice un adolescente con pelo engominado y pantalones cagados.

Su amigo, de características físicas similares, obedece sin objeciones, palpándole el gemelo derecho, totalmente depilado.

— ¡Toca el mío! Está mucho más duro… —responde.

— ¡Pero qué dices! ¿Has tocado bien?

Se encuentran sentados en un vagón de la línea nueve del metro, una de aquellas que te llevan a las barriadas satélite de la ciudad de Barcelona. Se bajan en Can Zam. El trayecto lo marca una estrecha acera desprovista de gente pero llena de la basura que las multitudes que se aglutinan en el barrio de Singuerlín han ido dejando a su paso. A la derecha, se ven monstruos de cemento pintados de un verde ya sucio y gastado, en cuyas fachadas se balancea ropa mojada, sujetada con pinzas de colores. A la izquierda, se ve la fábrica de Cacaolat y el cableado inmenso de una central eléctrica. Durante los diez minutos que dura la caminata al cementerio, el único ruido que se oye es el de los coches que circulan sin cesar por las carreteras que se difuminan a lo lejos.

El sitio está abarrotado de nichos. Eso sí, colocados en un orden escrupuloso. Pilas de nichos de hasta seis pisos constituyen los márgenes que delimitan las callejuelas de ese barrio más. Porque sí, morir en Santa Coloma es como vivir en ella: las mismas estructuras funcionales, el mismo aspecto industrial, el mismo olor a humo y motor que la mala hierba —el único verde que crece ahí adentro por si solo— no es capaz de disfrazar. Lópezes, Vázquezes, Jiménezes, Hidalgos… yacen debajo de las placas solares adosadas en lo alto de los bloques y que generan una pequeña parte de la energía que consumen sus vecinos.

Ilustración sobre la muerte de Ana Riaza
Para ellos, un buen ramo | Ana Riaza

En esta tarde no hay viento que mueva una hoja de los cuatro árboles que aguantan quietos en su círculo de tierra, rodeado de cemento desgastado y agrietado por el que se asoma una mugre ya imposible de quitar. Enterrar un féretro ahí, en el eje del Besòs, una de las zonas del Barcelonés con indicadores de pobreza más altos, cuesta lo mismo que hacerlo en Sarrià, que se sitúa entre los cinco distritos más ricos de la ciudad. Se cobra la tasa de inhumación, una tarifa fijada por el Ayuntamiento para los nueve cementerios de la ciudad: unos trescientos euros entre preparación del nicho, entierro y gestión de residuos, siempre que se trate de un nicho. La cosa cambia cuando hablamos de tumbas —casi cuatrocientos— o panteones —más de ochocientos—. Pero en Santa Coloma no hay ni tumbas ni panteones.

— ¿Y no hay problemas de espacio en los cementerios? Porque, por ejemplo, nosotros fuimos al de Sant Gervasi y era muy pequeñ…

— …Ay sí… ¡Es monísimo el de Sarrià! Es muy mono… justo mañana tengo que ir precisamente… —contesta Marta Aladrén, directora de comunicación de Cementiris de Barcelona, apoyando la cabeza en una mano y volviendo con la otra las gafas rosa a su sitio—. A ver, espacio para panteones ya casi que no hay, pero… ¿quién se construye hoy un panteón? Muy poca gente…

La gente que muere en el distrito de Sarrià-Sant Gervasi suele ir a parar cerca de la cima de la montaña del Tibidabo. Las vistas son estupendas. Allí se encuentra el cementerio, rodeado de pisos aparentemente nuevos que, en este caso, lucen plantas y no bragas. Si no fuera por las cruces de piedra y los ángeles con mirada perdida, uno diría que, en lugar de un camposanto, está entrando en un pequeño pueblo amurallado del siglo XII. Muchos panteones, como casas adosadas a pie de calle, tienen una parcelita con plantas en la entrada que te dan la bienvenida. Para la gente que posee panteones, la cuota del mantenimiento depende del sitio que éstos ocupen, pero siempre es más cara que la de las otras sepulturas, las cuales cuestan unos trece euros al año.

Con sólo pisar las aceras que chafan cada día, no resulta difícil radiografiar las gentes que habitan en todas las barcelonas de la ciudad. El mismo efecto ocurre cuando te dejas caer en esos dos cementerios. El capitalismo industrial detonó un paisaje desigual y, al final, ha acabado reproduciendo el sitio donde se muere a imagen y semejanza del espacio donde se vive. En realidad, se ha conseguido que, concibiendo la muerte como un producto más de la cadena de montaje y, a la vez, alejándola como fenómeno vital de nuestra vida social, también en el morir haya desigualdad.

***

TRASPASO NICHO EN MONTJUÏC A PERPETUIDAD. EXCELENTE SITUACIÓN. ACCESIBILIDAD PERFECTA, A PIE DE CALLE, PARADA DE AUTOBÚS, SOLEADO, CON VISTAS AL MAR, NO HACE FALTA ESCALERA, ES SUFICIENTE CON UN TABURETE CASERO

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Este anuncio muestra cómo, a veces, se busca un nuevo domicilio y no un pequeño rincón para la eternidad: una prolongación de la vida más que un lugar para la muerte. Por eso se espera que el mar apacigüe, que el sol caliente la tumba cada mañana y que se utilice un taburete casero y no una escalera para poner flores de plástico. La muerte se niega, si no se niega se evita y, tanto si se niega como si se evita, siempre, con ella, se negocia. Así lo explica el sociólogo Jean Ziegler en Los vivos y la muerte cuando examina las consecuencias sobre las relaciones con la muerte: “El cuerpo humano, vivo o muerto, se convierte en una mercancía integrada en el circuito de lo que se puede producir o consumir y, fuera de ese circuito, la sociedad occidental no sabe qué hacer con sus muertos”.

La venda de nichos de segunda mano es otro de los negocios que surge de la comercialización de la muerte. Es alternativo e ilegal; así lo aseguran desde Cementiris de Barcelona. Sólo los ayuntamientos pueden proporcionar un nicho, una tumba, o cualquier otra sepultura; a cesión o alquiler. Después de unas cuantas llamadas a este tipo de anuncios se comprende que la razón de la venta de nichos viene dada por dos motivos: el primero es que los nichos son de herencia; y el segundo, la tendencia en auge que está experimentando la incineración, una opción que actualmente escoge un 25% de familias.

…EXCELENTE UBICACIÓN, SOLEADO, VISTAS AL MAR…

El cementerio de Montjuïc es muy grande. Enorme. Las vistas de los nichos que hay en lo alto de la colina dependen de su orientación. Si ves Barcelona no ves el mar, y viceversa. Si ves el mar, no ves Barcelona. Y si ves el mar lo verás obstaculizado por las más de trescientas empresas distribuidas a lo largo de las seiscientas hectáreas que conforman la Zona Franca. La actividad fabril oculta el mar y lo que ves es un gran polígono industrial operando y una demostración de que la humanidad ha devorado la naturaleza. Y las gaviotas, que parecen disfrutar también de las vistas, se aposentan en las cruces de las tumbas, mirando también el mar. Y los que tienen más dinero, pueden poner esculturas de Jesucristo en vez de cruces, pero las gaviotas no entienden de creencias ni de clases y también se posan sobre ellos y se cagan sobre ellos. Y la Zona Franca, junto con los excrementos recorriendo la cara de Cristo, acaban convenciendo no de lo que hay más allá, pero sí de que por lo menos aquí, en Montjuïc, no existe el paraíso que venden en los anuncios. Pero, en definitiva, la venda de sepulturas —ya sea legal o ilegal— sigue las mismas técnicas publicitarias que, hasta una vez muerto, pretenden crear necesidad.

***

Independientemente de las alternativas que existan para comprar un nicho, cuando una persona fallece tiene que pasar obligatoriamente por el tanatorio, aunque sólo sea por el ataúd. La evitación de la muerte ha permitido que ese tramo final sea cada vez menos privado y familiar para pasar a un ámbito que se profesionaliza. Ocurre lo que el sociólogo Ricardo Jiménez, en su tesis La (de)negación de la muerte en España, llama la ‘institucionalización de la muerte’. Todo aquello que no puede producir o consumir se aparta de la vida social mediante instituciones que aprovechan esa evitación para crear su particular negocio.

En este negocio la existencia o no de recursos crea también desigualdad en algo aparentemente tan democrático e igualitario como la muerte, un hecho que Diego vive de primera mano. Bajo los sutiles vestigios que aún quedan en su acento, se esconde la historia de alguien que empieza en Argentina y, en un determinado capítulo de su vida, cruza el Atlántico para acabar trabajando en la brigada del cementerio de Montjuïc. Es un hombre tan aparentemente frágil que parece que una palmadita en la espalda pudiera romperle cuatro vértebras de la columna. Cuando habla sólo mueve los labios lo estrictamente necesario para articular sus palabras.

— Yo a ver… si tuviera que trabajar en el tanatorio… con los muertos ahí, la familia… Ufffff. Yo aquí al final lo que hago es meter cajas en un agujero.

Antes de ser enterrador estudió diseño, un trabajo —dice— un poco inestable. Tras unos años deambulando por ese mercado laboral, un amigo le ofreció la posibilidad de trabajar de enterrador, y pensó que “ bueno es algo fijo, y siempre va a haber trabajo”. Diego tiene treinta y tres años y ya lleva ocho en el oficio. Hace poco le destinaron a diseñar las inscripciones de las lápidas. “Ahora trabajo un poco más de lo mío”, dice. Pero la mayoría de tiempo en Montjuïc se lo ha pasado enterrando difuntos —“metiendo cajas”— en nichos, tumbas o panteones, y reconoce que en esto de morir también se notan las diferencias sociodemográficas.

— Sólo por la vestimenta, los coches que llevan… ya ves la diferencia.

Porque no es lo mismo trabajar en un nicho del sexto piso que en un panteón del siglo XVIII. El precio de un panteón —tumbas, u otras sepulturas “de lujo”—  puede ascender a lo que cada familia esté dispuesta a pagar bajo la infinitud de posibilidades que el menú ofrece. Pero lo más habitual son los entierros en nichos, cuyas concesiones pueden ser a quince, treinta, o cincuenta años; y cuyos precios —de 800 a 1.500 euros, aproximadamente— varían en función de la altura. Con la crisis ha aparecido el alquiler, un método de pago en auge que consiste fraccionar el pago de estas concesiones en pequeñas cuotas de dos años.

Diego alguna vez ha acudido a uno de esos entierros donde se hace un verdadero espectáculo sobre la muerte. Alguna mañana —pocas— ha tenido que vestirse con unas botas negras más altas de lo normal, con una gabardina y una camisa blanca acompañada de un pañuelo. En ese tipo de días Diego acompaña un carruaje transportado por caballos. Dentro va el ataúd de alguien cuya familia ha pagado cuatro mil euros de más para que su difunto recorra el cementerio a lo grande. El servicio cuenta con un chófer, tres enterradores, cuatro palafreneros, un maestro de ceremonia y tres músicos. Todos van vestidos con la típica vestimenta del siglo XIX, formando una gran escenografía, y la muerte parece dejar de ser un ciclo vital de la vida para convertirse en un show.

En definitiva, entierros que pueden ir desde la beneficencia hasta los miles y miles de euros, que varían en función de los cientos de servicios distintos que ofrece el tanatorio: tanatopraxia, ramos de flores, salas de velatorio, catering, servicio de desayuno y de prensa, tanatoestética, montaje y proyección audiovisual, coches fúnebres de lujo, vestición del difunto, conservación temporal, embalsamiento, acompañamiento del duelo, extracción de muestra biológica, esquelas, servicios musicales, túmulo de exposición pública, suministro de traje, joyas, rosarios, poemas, libros de condolencias…

Y en Barcelona sigue habiendo millones de personas que desafían el tiempo y recorren sus calles en busca de significados: viven, evitan y olvidan. Y en lo alto de una colina está el cementerio de Montjuïc, a espaldas de la ciudad, recordándole con el aliento en su nuca que Ella nunca olvida.

Ni negocia.

Edición a cargo de Gerardo Santos y David Vidal.

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— Los entierros 'invisibles' de beneficiencia crecieron un 45% en 2014, 308 casos más que el 2013 según datos de Cementiris de Barcelona

— Pese a vivir en una cultura neoliberal que evita la idea de la muerte, desde 2004 se ha doblado el número de tanatorios en España