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Amar

El hombre sin sentimientos

— El hombre sin sentimientos es aquel que, teniendo todas las cualidades para amar, decide renunciar a ellas, convencido de que así no sufrirá

— El amor hoy es el lugar de la disidencia porque es la excepción en un mundo demasiado vulgar; el amor nos permite aceptar que la vida no requiere anestesia

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Todo empezó hace unos cinco años. Ni el azar ni el destino fueron la causa de ello, todo se debió a una casualidad. Conocí a un hombre sin sentimientos y abandoné la felicidad por un sufrimiento exaltado. Así nacen los hombres y las mujeres del subsuelo –también los centinelas–, del desprecio de otros hombres y mujeres del subsuelo. Y no, no señor, no se recompone uno, después, gracias a ninguna purificación. Conocí a un hombre sin sentimientos, sí, aunque en aquel momento no los había aniquilado del todo. Es cierto que no era capaz de mirar de frente a los demás, pero era por timidez. Luego aquella mirada aprendió a reflejar resentimiento y candor al mismo tiempo. Yo nunca lo había visto en nadie de una forma tan intensa, solo en los niños cuando se enfadan, y sentía cierta curiosidad. Uno nunca sabe cómo mira las cosas porque siempre está enfrascado en mirarlas.

 

El nacimiento de la consciencia sensible

“No voy a decir nada porque no tengo nada que decir”, le arranqué una noche. Y yo no sabía qué decirle porque tenía razón. La mayor parte de las veces estamos mejor callados, así que solo le acompañaba como si no tuviera otra razón de ser que acompañar. Tenía la sensación de que éramos el mismo cuerpo flotante; que cuando la parte que yo representaba salía a la superficie y respiraba, entonces la suya se hundía. En nuestra ciudad, hay hombres y mujeres que han decidido morir en vida. Ese antojo de muerte les nace de dentro, viene de lejos, me dijo una vez. Yo entonces no lo sabía. Nadie piensa que en Barcelona hay hombres y mujeres que han callado para siempre. No estamos acostumbrados al silencio, a los fantasmas. Debe ser por la luz.

Yo he conocido a uno de esos seres insensibles. Al principio, pensé que era una criatura espantada, pero luego me mordió. A través de aquel mordisco fui entrando poco a poco dentro de él. Primero solo había oscuridad. ¿Puede el amor ser como una madriguera? No lo sé, pero allí estaba, allí estaba… Después de mucho tiempo, me aventuré a salir del agujero, porque parecía que afuera había un recuerdo suyo. “Veamos –me dije–, veamos”.

Hay una luz verde que se pasea por la cabeza de la abuela. ¿Qué es esa luz, abuela? Qué luz, dime. Esa que se pasea por tus cabellos. ¿Por qué son tan negros? ¿Por qué son como los míos? Y tu piel parece pálida, pero no lo es. Mira hacia el cielo, mira fijamente el sol, deja que la luz te queme los párpados. Pero qué miras, dime. Acércate un poco. La abuela lo mira y él mira el aura de luz de árboles de la abuela. Hace calor. Mueve los pies. Están sentados uno cerca del otro en un banco. En qué te distraes tú, eh.

El hombre sensible aprende deprisa que el amor es una consciencia culpable, un dolor en la garganta como cuando se tienen anginas, una fiebre en las extremidades. El amor es esencialmente dolor. El amor es el dolor de existir; y es lento; y no nos abandona.

“El hombre sin sentimientos –pensaba yo– solo puede nacer de una profunda decepción. El reverso del amor no es el odio; el reverso del amor es el miedo, y el hombre sin sentimientos tiene miedo de una profunda decepción”.

Aun así, yo creía que él era feliz, porque se procuraba la vida exactamente como lo haría un animal, pero también se la procuraba a los demás y dejaba que los demás le ayudaran. “Si tengo piernas y brazos –me decía–, si tengo salud, si tengo un espíritu que me mantiene despierto, entonces estoy contento”. Luego parafraseaba a un personaje de Robert Walser que yo no conocía y gritaba: “¡Me gusta ser deudor, me gusta ser deudor!”. Aun con esa inquietante consciencia de estar ante el mundo como un individuo cargado de deudas, tenía buenos motivos para retener el cariño del mundo. Había aprendido que, mientras esperaba con el oído atento, podía soñar.

“El hombre sin sentimientos –pensaba yo– es quizás el hombre con la consciencia más sensible que alguien pueda conocer. No soporta haber notado el peso de su abuela sobre los hombros mientras paseaban; no soporta que le hubiera obligado a comer la merienda, pedazo a pedazo, como se alimenta a un pájaro o a un cachorro; no soporta el aleteo de los gorriones sobre la hierba por la mañana, ni la manera en que su madre vacila mientras pela patatas en la cocina y la luz le atraviesa las piernas”.

Precisamente de todo aquello, por culpa de esa nostalgia que no soportaba, el hombre sensible solo quiso huir. Primero, porque verlo y recordarlo devino una auténtica tortura. Desde que tenía uso de razón, le producía un pinchazo agudo en el cuello del estómago. Años más tarde, el dolor aprendió a recorrer las extremidades y a posarse como un muerto en las rodillas. No importaba que hiciera deporte con asiduidad y mantuviera una vida activa, el dolor siempre le acompañaba y, con tal de aguantarlo, se acostumbró a fruncir el ceño a menudo, lo que le provocaba jaquecas, una presión en la frente. Segundo, porque ver y recordar todo aquello le convertía en un ser vulnerable, débil; y, para él, aquello no podía ser sino el presagio de una derrota.

 

La construcción del monstruo

Era el aire, quizás. Era la luz. Un aire pesado.

–¡Rómpelo todo, rómpelo si quieres! No voy a decir nada –gritaste.

Era el lugar de los cristales. El aire era pesado.

–No voy a decir nada.

Te resbalabas hacia una esquina, yo no sé el porqué. Te tambaleabas, te agarrabas las rodillas, levantabas la cabeza, me mirabas sin ojos. Eras un hombre enfermo, en una esquina oscuro, como un demonio, como un ciego. Qué te había llevado a ese rincón, a evitar la luz por la que antes te dejabas acariciar. El hombre sensible estaba estancado y sucio: ya no crecía nada en él.

Los hombres y las mujeres de hoy son inconsistentes como el agua, se entristecen solo cuando no alcanzan objetivos y cierto reconocimiento, cuando no pueden poseer, cuando un familiar requiere más atención que ellos y les impide lucir su vanidad sin remordimientos, cuando no pueden someter, atrapar al otro.

Los hombres y las mujeres de hoy mantienen relaciones esporádicas de las que se encaprichan durante un tiempo, y el desencanto, luego, lo dirigen fácilmente hacia un objetivo que persiguen con tenacidad, pero sin mucho discernimiento, como un chivo que embiste. “El deseo es el anhelo de consumir. De absorber, devorar, ingerir y digerir, de aniquilar”, escribe Zygmunt Bauman en Amor Líquido. Dice también que la presencia del otro, hoy, es siempre una afrenta y una humillación, y que el deseo es el impulso por vengar esa afrenta. Los hombres y las mujeres de hoy pueden mirarse a los ojos y no sentir nada. Eso anhelaba el hombre sensible, la máxima expresión de libertad, la egolatría, la mayor conquista, la completitud.

En cambio, sabía que no podía alcanzarlo. Para él, el amor es un escalofrío que nunca remite. El amor es dolor en los músculos y en las sienes. La consciencia sensible es dolor; y la vida es una obligación a que nos vemos sometidos. El hombre sensible sabía, como Emmanuel Lévinas, que debemos dejar que el otro se manifieste en su radical alteridad, sin egoísmos, que no debemos proyectar máscaras sobre los demás. Solo entonces amamos. Y aun así, no podía evitar anhelar lo que los demás tenían.

–¿Para qué sirve todo este sufrimiento exaltado, para qué todo este amor que es dolor? ¿Por qué yo debo cargar con estos pinchazos?

Poco a poco, el aire se volvió espeso, irrespirable. Es evidente que el hombre sensible ya no lo era. Sus ojos estaban huecos. “Si he de vivir un tiempo más, debo apartar de mí todo este gran sentimiento”, decías. Así lo nombrabas: gran-sen-ti-mien-to. Y cuando lo hacías, arrastrabas las sílabas lentamente y la mirada se te agrietaba más y más. “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Te volviste arisco, superficial. Las cosas te atravesaban sin que las notaras. Los paseos que solías dar ya no significaban nada, ni las películas, ni los libros.

El hombre sensible cerró los ojos, abandonó el misterio.

El hombre sensible, que quería ser un hombre sin atributos como el que describe Robert Musil, acabó convertido en un hombre sin sentimientos, pusilánime, mediocre, mezquino. Escribió Elie Wiesel que “lo contrario del amor no es el odio sino la indiferencia”; y así, igual que los demás, te sumergiste en la indiferencia como en un mar negro. Fue entonces cuando nació el resentimiento, el monstruo. Odiabas tu hastío, y odiabas a aquellos que podían ver más allá de tu hastío. Entonces podías ser el más cruel.

 

Exorcismo de amor

Llegados a este punto, es preciso que nadie se engañe. El hombre sin sentimientos no es aquel que ha nacido incapacitado para el amor sino el que, teniendo todas las cualidades para amar, decide renunciar a ellas, convencido de que así no sufrirá.

Se equivoca.

La resistencia siempre es inútil.

El dolor no vive en el amor. Como escribe C. S. Lewis, el amor vive incluso en el dolor.

–El amor nos hace más libres –te digo, pero a ti quizás te parece hoy que es lo contrario.
–¿Y si yo creo que el amor hoy nos hace prisioneros? –me preguntas– ¿Y si yo me he convencido de que la libertad significa no atender al otro, no comprometerse, no conjurar jamás? ¿Y si yo ahora pienso que la libertad es esta autonomía nuestra, esta autonomía de autómata? Si yo lo creyera, ¿cómo me harías cambiar de opinión? Dime.

No me miras mientras hablas. Miras al cielo, como a lo lejos.

–¿Y si fuera lo contrario? ¿Y si la libertad solo fuera posible a través del amor?
–Pero, ¿cómo? Cómo es lo que quiero saber.
–El amor nos hace libres porque nos permite ser, nos permite saber que hacemos lo que debemos para con quien debemos, nos permite aceptarnos y aceptar a los demás –te digo mientras tú aún miras al cielo y te parece que quizás hoy es lo contrario.

Silencio.

–Nunca me ha gustado cómo Melville resuelve el final de Bartleby –lo digo sabiendo que pensarás que cambio de tema, aunque no sea cierto.
–¿Por qué?
–Porque Bartleby, que lleva consigo el anhelo de toda la humanidad, decide desobedecer, contravenir el sistema, ser una piedra en el zapato, pero, en cambio, acaba abandonando ese deseo que lleva consigo. Se impone, como otros le han impuesto antes, la necesidad de negarlo todo. Y esa imposición, la misma que antes le hacía inconcebible ser, al final, claro, también le aniquila.
–¿Quieres decir que hay una desobediencia que no requiere nuestra aniquilación?
–Eso es, eso es. Yo creo que el amor es hoy la forma más sublime de desobediencia. Fíjate. Todos los personajes de Salinger se dejan amar porque saben que es el único camino hacia la desobediencia. Solo cuando se aprende a querer en los márgenes, con una curiosidad y un afecto que parecen ajenos a como hoy nos queremos, tan apresuradamente; solo cuando se aprende a querer el dolor y la imperfección; solo entonces comprendemos cada pequeño pedazo de cosa, solo entonces somos invulnerables. El hombre mojado no teme a la lluvia. El amor, hoy, es el lugar de la disidencia porque es la excepción en un mundo demasiado vulgar.

Sigues mirando al cielo, y yo no sé si te lo digo a ti o se lo digo a alguien que no consigo ver y que vuela sobre nuestras cabezas, como la mujer que dices que espía tu sueño algunas noches, como la luz verde sobre la cabeza de tu abuela.

–¿Quieres decir que amar es peligroso para algunos?
–Sí, lo es, lo es rotundamente. El amor no es un paseo en coche, no es lo que pervive en los objetos, no es un cortejo superficial; el amor es el pacto entre disidentes de este mundo nuestro, y eso es peligroso. El amor ágape nos permite aceptar que la vida no requiere anestesia ni protección ni resistencia. El amor, esa conjura entre disidentes, nos permite creer en nuestra consciencia sensible, enferma quizás, pero extremadamente lúcida. Necesitamos amarnos para atravesar la oscuridad.

Entonces comprendiste algo, tal y como lo hizo León Tolstoi en Confesión. Comprendiste que para entender el sentido de la vida primero hace falta que la vida, nuestra vida, no sea absurda y mala. Luego seguiste caminando con la mirada fija hacia el cielo.

***

San Juan de la Cruz le preguntó a Dios en Cántico Espiritual por qué motivo, si le había “llagado el corazón”, no se lo sanó. Yo creo que tenemos el corazón llagado para que sepamos que podemos sanarlo, para que aprendamos a quererlo aun enfermo. Decidimos no amar porque no estamos dispuestos a sufrir el dolor de la consciencia, pero a ti el amor se te ve siempre, aunque lo evites. Es el aura de luz verde que fotografías en los lugares. ¿Cómo no van a dolerte las piernas, la cabeza, los dedos, el aire? ¿No sabes que ese dolor es amor? Recuerda: “El amor no pasará jamás”.

 

Edición a cargo de David Vidal
Corrección ortotipográfica por Helena Roura

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— El hombre sin sentimientos es aquel que, teniendo todas las cualidades para amar, decide renunciar a ellas, convencido de que así no sufrirá

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