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El dulce y artificial sabor de la hiperfresa

— El porno es una industria que mueve 60.000 millones de euros anuales y que sintetiza un sabor extremo, inexistente en la naturaleza, el hipersexo, dentro del cual pseudo-vivimos

— La presencia de la sexualidad en los medios, que en los 60 y 70 era revolucionaria, hoy es reaccionaria, espectacularizada y, como predijo Huxley, nos mantiene ‘felices’ y desinformados

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Primer plano de la boca. Unos labios rosados, húmedos, sonríen. ¿Con lascivia? Sí, claro: la mujer que ostenta estos labios observa, a su lado, en este sofá roído, dentro de una vieja casa de campo, a otra chica que besa –se come– a un chico que solo lleva una toalla enrollada a la cadera. La chica masca chicle con la boca abierta. Se abre el plano. Clavículas, torso, piernas. Va poco vestida, finge posturas sexis… hace un globo con el chicle y, plop, lo hace estallar. Congelemos la imagen. No os fijéis en nada más que en este chicle. Solo un momento, por favor.

Vivimos –o pseudo-vivimos– en la era del hipersexo, pero, al contrario de lo que la palabra sugiere, no todo es tan divertido como parece. En la era del hipersexo, la sexualidad es ubicua, transfigurada, espectacularizada. Y su presencia en los medios, aterradoramente omnipresente –al menos tal y como la tratamos aquí–, es reaccionaria, carca. Lejos estamos de los 50, de los 60 y de los 70 del siglo pasado, cuando gracias a los informes Kinsey o a los libros de Master y Johnson, o de Talese, los ciudadanos se liberaban de represiones y descubrían la propia sexualidad, a menudo de forma alternativa. Aquello sí fue lucha política, de clases, feminista y cultural. Hoy, sin embargo, en la sociedad after-pop, el sexo ha pasado a formar parte de la industria del entretenimiento y, como tal, ha quedado reducido a una actividad consumista e individualizada, cosificadora y despersonalizada.

¿Sabéis cuál es el sabor favorito de la gente que masca chicles? Cuando les hacen esta pregunta, los consumidos de chicle suelen responder que de fresa. Pero es mentira. No hay chicles de fresa. Mascamos chicles de hiperfresa, un sabor exagerado, demasiado ácido y demasiado dulce a la vez, sintetizado químicamente, al que nos hacemos fácilmente adictos y que no existe en la naturaleza. Si intentáis darle una fresa de verdad, por primera vez, a un niño después de que haya probado su primer chicle de hiperfresa no entenderá nada. Quizás hasta odie las fresas y se convierta en un adicto al xilitol edulcorado y saborizado para el resto de sus días.

A pesar de algunas esforzadas y valiosas excepciones, se perpetúa en la era del hipersexo una visión machista, etnocéntrica y liberal de la vida humana, aunque algunos lo enmascaren bajo conceptos como libertad o conquista. En esta era del hipersexo, disponemos de apps para encontrar a alguien con quien practicar sexo cerca de donde vivimos igual que disponemos de apps para encontrar restaurantes. Qué guay. Podemos no tener trabajo, ni piso, ni pareja… pero, en la Cataluña que vibra con los saltos de cama de Cites, si alguien no folla mucho –el argot de la tribu– es considerado un paria que vive en los márgenes, donde, por cierto, se gesta siempre el pensamiento crítico que nos permitirá imaginar alternativas y hacerse dos preguntas fundamentales: ¿Por qué? y ¿Qui Profit?

Escena I. Un chicle de fresa: ¿Qué nos pasa con el sexo?

Si esto no fuera lo que es, el punto de fuga que atraería nuestra mirada en esta escena, en una masía apartada de una comarca del interior del país, serían las dos chicas prácticamente desnudas que al equipo de rodaje se la refanfinflan. Las conocéis de antes, son la del chicle de hiperfresa y su amiga. Los operarios recogen cables, cambian las bombillas de los focos, comen bocadillos que unas bandejas de catering ofrecen. Al lado de las chicas, el chico, también desnudo, excepto por la toalla, mira al suelo (o debajo de la toalla) y de tanto en cuanto al techo, rehúye las miradas, chasquea la lengua. Dice hostiaputa. Las chicas, con batas entreabiertas, le acarician la espalda, circularmente, como hacemos en los entierros con los amigos tristes. Esfuerzos en vano: aquel ejemplar de masculinidad está muy lejos de sentirse reconfortado. Hostiaputa. Su cara expresa una peculiar combinación de dolor y de humillación; joder, hasta parece que va a llorar… A su alrededor, en el vestíbulo de la masía, se apelotona un equipo completo de grabación. Focos, cámaras, micros de percha, bobinas de cables, gente con enormes auriculares, un tío que lo fotografía todo y que sigue disparando como si nada… Todo el mundo pone cara de “Venga, chaval, no jodas, esto nos cuesta dinero, haz el puto favor”. Llega el director. “Qué pasa”. “No se empalma”. La actriz del chicle, cuya cara ha pasado de mostrar compasión y complicidad a expresar cansancio, le dice al oído: “Llama a Max, por favor”. Y hace estallar un globo de hiperfresa que impregna toda la escena de olor a caramelo. Hostiaputa, se oye. La carne y la tecnología, la flacidez y la industria, la psicología y el dinero. Sí, Max lo solucionará. Mas es Max Cortés, un actor de la industria catalana del porno que no te decepciona jamás. Atento con las chicas, amable y disciplinado con los directores. Entiende que esto es un negocio, sabe cómo hacer las cosas. “No somos una industria cualquiera, es delicado –explica Conrad Son, uno de los directores más reconocidos del sector–. Los actores no son máquinas”. El equilibrio mental de los actores de la industria no es motivo de broma, hostiaputa. David Foster Wallace, en la celebrada crónica sobre el sector del porno Gran hijo rojo, explicaba que solo en los EEUU hay decenas de suicidios y incontables casos de adicciones y muertes prematuras. En el set de rodaje huele a chicle de fresa, pero el porno es una industria del sexo dedicada a sintetizar un sabor aún más extremo, el hipersexo, un aroma irreal pero idílico que consigue una atmósfera en la que todo sucede como debe. El porno, como el resto de la producción mediática industrial, usa carne de cañón barata, manufactura tanto como puede y no piensa precisamente en la calidad, sino en el beneficio. Lo tiene más fácil que otros sectores de la cultura mediática, porque los usuarios buscan una cosa muy concreta y a la vez muy sencilla de obtener: una forma física de emoción que llamamos excitación. Una excitación que hoy, hostiaputa, no hay manera que experimente, en medio de este lío de técnicos y operadores que engullen bocadillos de salchichón, el chico de la toalla en la cadera y el hostiaputa compungido cosido a los labios.

En el otro extremo del circuito porno, dentro de un sex-shop, también huele a hiperfresa. Aquí se venden estas películas, pero también gadgets, objetos de todo tipo, parafernalia para hacerlo todo más divertido. El sector de los productos de entretenimiento erótico mueve más de 60.000 millones de euros en todo el mundo, y más de la mitad de esta monstruosa cifra proviene del negocio de Internet. El resto se obtiene de las revistas, el pay per view, el comercio de objetos y otros. Una de cada tres descargas en la red es de productos relacionados con el erotismo y el porno. En el Estado español, el sector supera los 500 millones de facturación, pero los datos son solo cálculos y varían según la fuente, debido a que la mayor parte de las empresas no las facilitan y al hecho de que los sex-shops no están regulados como actividad erótica, sino que operan con licencias de tiendas de regalos por un vacío en la legislación. Solo en el Estado español se catalogan como X cientos de películas al año –algunos hablan hasta de un millar.

De hecho, mientras leéis este texto, unas 30.000 personas miran porno en Internet.

Se calcula que más del 80% de las búsquedas en la red son de carácter sexual.

¿Qué nos pasa?

Un actor porno toma un café en su pausa en el Salón Erótico de Barcelona
© JJ Román (www.jjroman.es)

 

Escena II: Id con cuidado con lo que deseáis (porque aquello que no deseéis no lo conseguiréis jamás)

En la era del hipersexo, decíamos, al contrario de lo que la palabra sugiere, no todo es tan divertido como parece. Esta diversión omnipresente y omnímoda tiene consecuencias que afectan a la construcción de la emocionalidad y de la identidad.

Un antropólogo clama en la radio, el domingo por la mañana: “¿Qué somos, si no animales solitarios masturbándose y comiendo mierda en nuestra jaula?”. La brutalidad del argumento –“Somos animales, nos tienen controlados”– hace pensar al oyente en una distopía, especialmente en la de Aldous Huxley. En Un mundo feliz (1932), el autor inglés vaticina cómo los sistemas sociales injustos y desiguales pueden ser estables porque consiguen que la ciudadanía solo desee aquello que puede alcanzar, y que alcanza fácilmente, porque para el sistema esa consecución es irrelevante.

En Un mundo feliz, la reproducción humana se lleva a cabo en procesos artificiales, en una cadena de montaje. Salidos de esta cadena de montaje –en el libro se adora a Henry Ford como a un nuevo Dios y está prohibido hablar del concepto de madre–, los individuos se distribuyen en cinco categorías, para las cuales se les condiciona biológicamente. Una vez nacidos, se les educa para que cada uno ocupe el puesto que le corresponde.

De este modo, un pequeño porcentaje es criado con altos niveles de oxígeno y es bien alimentado: son los alpha, hombres y mujeres altos y fuertes, listos, educados por los mejores maestros y preparados para gobernar el estado con todos los privilegios. El resto serán –desde los beta a los ípsilon– cada vez más malformados. Serán mediocres cuadros intermedios o, con mala suerte, si se es un ípsilon, el último estamento, homúnculos que se pasarán la vida limpiando calles o haciendo de ascensorista. ¿Una vida triste? No, serán felices, augura Huxley, porque los habrán educado para ello desde que nacieron y sus aptitudes coincidirán con los retos que afrontan, todos ellos bien controlados. No hay ambición. No hay frustración. ¿Cómo pueden ser felices estas bases explotadas, las más numerosas? La pregunta es pertinente, porque es aquí donde el sistema desigual se juega conquistar su estabilidad.

A principios de los años 30, un Huxley preocupado por el poder de manipulación y de convicción de las maquinarias modernas del estado se dio cuenta, observando cómo funcionaban las cosas en aquella naciente sociedad de masas, con fascismos rampantes por media Europa, que la respuesta era la suma de tres eses: sex, soma and sensorama. Es decir, el sexo; la droga o la bebida (El soma es el nombre que recibe la droga en la novela); y los medios y el entretenimiento (El sensorama era una especie de cine de realidad virtual en el que los ciudadanos se conectaban).

¿No os resulta inquietantemente similar a cómo funcionan las cosas en nuestra sociedad? Las tres eses: sex, soma and sensorama. Birras, futbol y sexo. ¿Verdad? Gin-tonic, HBO y sexo. ¿Verdad? Porros, Primavera Sound y sexo ¿Verdad? Todo para tener esa sensación de estar bien, de tener y no tener el control de tu vida. De divertirnos hasta morir. Girls just want to have fun. Muchos chicles de hiperfresa. 60.000 millones en chicles de hiperfresa.

Hemos despreciado el amor, como en la distopía de Huxley, y hemos hecho obligatorio el sexo, claro. El sexo brutal y directo. Sin conocerse. Profesional. Para liberar tensiones. Para divertirnos. Organizado por el estado y por la empresa. Un sexo directamente vinculado al espectáculo y al entretenimiento. En nuestra jaula, comiendo mierda, masturbándonos. Qué entretenido. Aceptemos, como en la distopía de Huxley, que hemos sido educados para ser felices en unas condiciones que no comprometen nunca los valores de nuestra sociedad, manifiestamente injusta. Injusta contigo, que bebes gin-tonic y te descargas Juego de Tronos, pero que no tienes contrato, y que en tu ciudad ignoras (o vives haciendo ver que lo ignoras) que la esperanza de vida de los distintos barrios depende directamente de la renta por cápita. Porque, eso sí, aquí y ahora somos un poco más elegantes que en la distopía de Huxley y no usamos cadenas de montaje. ¿O sí?

Id con cuidado con lo que deseáis porque lo que no deseéis no lo conseguiréis jamás. Esta es la lección de Huxley, lo que él ya sabía ochenta años atrás, mucho antes de que se inventara el chicle de fresa.

Una mujer se deja fotografiar en un escenario del Salón Erótico de Barcelona
© JJ Román (www.jjroman.es)

 

Escena III: ¿Tan aburrido es, hacer el amor?

El sexo hoy es, sobre todo, una práctica de consumo, que no puede ser aburrida porque nada puede ser aburrido –ni aprender inglés, ni adelgazar, ni nada–, que exige todo tipo de objetos que se interponen entre los cuerpos como prótesis. El sexo hoy se disfruta individualmente (en paralelo, con suerte). La única pregunta a resolver: “¿Cuál ha sido mi satisfacción?”. Con los demás somos cruelmente exigentes: “Te quiero depilado”, “Te quiero más delgada”, “Te quiero con unos buenos pectorales”, “Te quiero con los pechos grandes”, “Te quiero turgente a los cincuenta”. Este sexo nos cosifica, nos despersonaliza. El cuerpo homogeneizado –plastificado– y la mente aplatanada –alienada– son las claves de la cultura hipersexual que elimina las diferencias que nos hacen ser nosotros. Además, incentiva la desconexión entre sexo y amor, porque cuánto más sexo y con más parejas, mejor nos lo pasaremos. “No me cierro a nada”. “Para mí es importante vivir experiencias”. La sexóloga Valérie Tasso, autora de Diario de una ninfómana o El otro lado del sexo, escribe: “Si antes se reclamaba represión, negación y prohibición, hoy se proclama un falso hedonismo que impone un continuo imperativo del placer. Si antes una vocecita interior nos decía ‘No hagas esto’, ahora, con el mismo sadismo represivo, nos dice ‘Sigue, eres una inútil por no pasártelo mejor’. El resultado, aunque desde discursos aparentemente divergentes, es similar”.

¿Habéis probado los chicles de hipermelón?

¿Nos desactiva como seres complejos esta focalización extrema que, en todos los ámbitos de la vida, pero vehiculada por los distintos soportes mediáticos de la cultura del entretenimiento, ejerce el hipersexo? ¿Cómo transforma o reduce nuestra sensibilidad, nuestra complejidad emocional, nuestro discurso crítico? ¿Tenía razón Huxley? Más allá del modelo de hiperpromiscuidad que presentan series como Cites, tenemos ciertamente el deber de explorar y pensar otras maneras de vivir que sean una alternativa a ésta que nos daña o que no nos permite ser de forma completa. Y debemos hacerlo, porque el hipersexo se vende con un discurso de liberación que es mentira.

De hecho, no solo el discurso de liberación es mentira: casi todo en el hipersexo lo es. Los orgasmos eternos, las marcas de atletismo sexual, la utilidad de los aparatos eróticos… Todo en él es una burbuja de apariencia y superficialidad que algún día deberemos reventar, como con el globo de chicle de fresa. El sociólogo norteamericano Michael Kimmel preguntó a un grupo de universitarios que valoraran qué porcentaje de sus compañeros tenía sexo habitualmente los fines de semana. La respuesta fue que eso pasaría en el 80% de los casos. A continuación, mostraba los resultados del estudio Online College Social Life Survey, en el que participaban 24.000 estudiantes universitarios de los EEUU: solo entre el 5% y el 10% de los jóvenes tenía relaciones sexuales los fines de semana habitualmente. Esa burbuja de hipersexo. Modelos, estereotipos, presión, exigencia… Mentira.

Conviene hoy, pues, como pasó en los 60 y en los 70, tomar consciencia de que, también en el sexo, es solo desde los márgenes desde donde podemos cultivar ideas y resistencias y desarrollar procesos de autonomía social y de disidencia. Porque la exigencia de la hipersexualidad genera presión; y la presión, frustración y disfuncionalidad. Hoy es tan ubicuo el sexo, son tan plastificados los cuerpos, es tan exhibicionista y gratuito el deseo, que el abandono del sexo es una forma de subversión.

Pero quizás no hace falta ir tan lejos, porque ser subversivos, en la era del hipersexo, puede consistir en la sencilla valentía de preferir el sabor fresco de una fresa.

Todas las fotografías por JJ Román (www.jjroman.es). Instagram: @paelladepixels
Edición y traducción del catalán a cargo de Cristina Garde

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