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‘Dreamers’, crecer con el miedo a la deportación

— Los llamados 'Dreamers' (soñadores) son aquellos que llegaron a Estados Unidos con sus padres y que ahora luchan para cambiar las leyes que les expulsan del país que los ha visto crecer

— Hablamos con la periodista Eileen Truax sobre los miles jóvenes que conviven con la angustia de que las autoridades estadounidenses los deporten de un día para otro

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Texto de Laia Seró y Helena Roura

Cualquier periodista necesita una hostia para ponerse con su primer libro. A Eileen Truax, la embestida le llegó en forma de cable, o sea, de nota de prensa. Un muchacho norteamericano se suicidó al saber que no podría ir a la universidad porque, pese a que había crecido en Texas, no tenía papeles. Fue el Día de Acción de Gracias de 2011. No había día más american para que esta reportera mexicana de La Opinión –el periódico hispano más leído de Los Ángeles– empezara a engendrar su primer libro.

–Si alguno de nosotros [periodistas] hubiese escrito alguna de las historias de los dreamers y le hubiera llegado a Joaquín, él habría sabido que mudándose a California y que buscando a otros había manera… ¡Pero nadie estaba contando las historias de su generación!

Eileen Truax lo cuenta dolida porque ella fue cómplice de este silencio durante años hasta que decidió seguir al movimiento, que ha vuelto a situar la cuestión migratoria en la agenda política norteamericana, y ponerse a escribir el libro Dreamers. La lucha de una generación por su sueño americano. Seguramente también porque piensa en su hijo, que tiene una edad parecida a la de Joaquín.

Ella fue la primera periodista que dió voz a esos jóvenes que llegaron sin documentos a los Estados Unidos cuando eran menores de edad y que, al soplar las dieciocho velas, se les veta la financiación para estudiar una carrera. Entonces, empiezan a convivir con la angustia de ser expulsados de un día para otro.

La deportación forzada es una opción real. En tan solo ocho años, el mismo Barack Obama deportó a 2,5 millones de personas. Muchas de ellas eran dreamers.

La pesadilla de ser migrante en Estados Unidos

En Estados Unidos, hoy, viven 11 millones de personas sin documentos, de las cuales 1,7 millones son menores. Y solo hay 243 jueces de inmigración en activo. Si un migrante llega y pide asilo, su caso puede tardar 5 años. Lo más probable es que un menor de edad que llegue con sus padres estudie la educación básica en Estados Unidos, aprenda inglés, crezca allí, se vuelva un yanqui y, años después, a pesar de tener protección como inmigrante que llegó siendo menor de edad, se exponga a unas leyes que lo pueden devolver a un país que no reconoce como suyo. El de sus abuelos, que ya ni recuerda. Y no sólo eso: se expone también a que sus progenitores sean deportados mientras lo crían. En Estados Unidos, 4,5 millones de ciudadanos son hijos de padres sin documentos.

–¡Resuélvelo hoy! –exclama Eileen Truax como si estuviera en el mismísimo despacho oval–. Les estás permitiendo que se construyan una identidad y que se incorporen a una sociedad para después darles una patada en la cola. Y perdón por la fineza, pero ¡no puedes hacer eso! Es una violación de los derechos humanos.

Con el nombre de Eileen Truax, tal y como bromea ella misma, uno se esperaría a una barbie. Pero nada más opuesto. En el argot de la prensa norteamericana, Truax es una ally de los dreamers. O sea, una aliada del movimiento. No está expuesta a la deportación, puesto que cuenta con la doble nacionalidad, pero los entiende. Ella también es el otro. Media melena de color chocolate 90% cacao, estatura media, curvilínea y de piel morena. Gafas de sol chic. Acento mexicano, gesticulación expresiva y nada, nada estirada.

El hecho de ser migrante ya te convierte en el otro. Pero, además, cuando te conviertes en una minoría étnica, estás consciente de ello todo el tiempo porque la sociedad te lo recuerda todo el tiempo

–Todos migramos en algún momento: del pueblo a la ciudad, te mueves para estudiar… Pero cuando migras a otro país viniendo de uno que está en una desventaja económica, política o de percepción con respecto al sitio donde llegas, lo más difícil es la evidencia constante de que eres una minoría. El hecho de ser migrante ya te convierte en el otro. Pero, además, cuando te conviertes en una minoría étnica, estás consciente de ello todo el tiempo porque la sociedad te lo recuerda constantemente: tú no perteneces aquí, tú eres el otro. Tú siempre vas a ser el otro. Y eso es algo difícil.

Eileen Truax tiene el Facebook lleno de contactos de dreamers. Se ha ganado la confianza de quienes comparten con ella su lengua materna. Casi les ha hecho de mamá.

–¡Son muy buenos! No puedes evitar admirarlos un poquito…

Lo dice mientras recuerda la primera gran protesta del movimiento que lideran organizaciones activistas como United We Dream, National Immigration Youth Alliance y Dreamactivists. Los muchachos bloquearon una calle grande en Los Ángeles y se encadenaron con unos tubos de plástico entre los brazos. La policía lo tuvo muy complicado para separarlos porque corrían el riesgo de cortar algún brazo y, efectivamente, tardó mucho en desalojarlos. Los medios de comunicación lo grabaron: muchachos y muchachas de 18 años arriesgándose a la deportación.

Nancy Landa fue una de ellas. Su historia aparece en el libro de Truax. La periodista nos la contó hace un año en una terraza del Raval barcelonés tomando un café que tenía que ser breve pero que se alargó unas cuantas horas. Fue cuando tuvimos el primer contacto con ella. La de Nancy es su historia favorita, de hecho, por ser la historia más fuerte –“sin duda, sin duda, sin duda”– del libro.

La intentamos resumir: nueve años tenía Nancy cuando llegó a los Estados Unidos con su familia. Se adaptó, aprendió el idioma, resultó ser muy buena en los estudios y llegó a la universidad, donde se graduó con honores. Aún sin documentos, presidió el cuerpo de estudiantes y empezó a trabajar en el staff de un político que empatizaba con su situación. Veinte años después, Nancy, con 29 años y estadounidense en cultura, referencias e idioma, fue detenida mientras conducía y deportada a Tijuana. Con 20 dólares en el bolso, sin nadie y sin documentos.

Eso fue en 2009. Hoy, Nancy sigue viviendo en México, desde donde denunció que las medidas que Obama impulsó en 2012 llegaron tarde para ella y para tantos más que, ahora, deben esperar 10 años para poder regresar a los Estados Unidos.

Los Ángeles, aquella ciudad que primero acogió y luego expulsó a Nancy Landa, es hoy el hogar de Eileen Truax. La periodista llegó para un documental que, como el café, también se le alargó. Como ella, muchos mexicanos se han ido instalando en California, especialmente desde el año 2000. De hecho, Los Ángeles es la metrópoli norteamericana con más cantidad de migrantes provenientes de México y también –ojo– la segunda ciudad en el mundo con más ciudadanos de este país. Solo la supera Ciudad de México, la capital. No es sorprendente, pues, que según el Instituto Nacional de Migración el 78% de los dreamers sean mexicanos.

L.A. era la ciudad natural para que esa Eileen Truax pre-dreamers rodara un documental sobre los conciudadanos que hacían las maletas y abandonaban su país. Su libreta empezó, ya por aquel entonces, a llenarse de interrogantes: ¿cómo se construye una identidad cuando tienes Catrinas en el comedor de casa y un McDonald’s en la esquina? ¿Cómo se convive con el riesgo de la deportación a un país casi desconocido? ¿Qué permite que un país que se debe a la immigración esté deportando a su patrimonio más preciado: los jóvenes?

Todas estas preguntas sonaron una y otra vez en aquel café que tomamos con ella en marzo de 2016. Nos citamos en el Raval e, inmediatamente, ella lo sintió cercano. Seguramente porque los índices de immigración de sus calles son parecidos a los de su ciudad adoptiva. También porque, dijo, las ya extintas palmeras de la plaza de Folch i Torres le recordaron a las del paseo marítimo de Los Ángeles. Y las canchas de baloncesto; había jóvenes lanzando a canasta, como todos los días. No resultaba difícil imaginarse que, de haber nacido al otro lado del Atlántico, tendrían todas las de ser dreamers. Sus dreamers.

–¿Con qué cara les decimos go back to your home? –se preguntaba furiosa mientras removía la cucharita.

Las antiguas canchas de baloncesto y las palmeras de la plaza Folch i Torres, actualmente en obras, le recuerdan a Truax a su ciudad, Los Ángeles. Helena Roura ©

Durante las dos legislaturas de Barack Obama, el gobierno deportó a un promedio de 400.000 personas por año. Este es el mayor número de deportaciones registrado en la historia de Estados Unidos: cerca de tres millones entre 2009 y 2016.

El panorama es desolador. El racismo está a la orden del día en el que es uno de los países que más le debe a la migración, empezando por las declaraciones de su actual presidente, Donald Trump, y siguiendo por las denunciadas y violentas actuaciones policiales contra la población negra. Según la página Mapping Police Violence, la policía estadounidense ha matado a 160 personas negras en lo que llevamos de 2017. Y todavía peor: la misma página denuncia que una persona negra tiene tres veces más probabilidades de ser asesinada por la policía –la mayor parte de las veces sin estar relacionada con ningún crimen– que una persona blanca. A todo esto, se le suma la ya de sobras conocida antipatía de Trump por la población latina, especialmente la mexicana.

Para suerte de los dreamers, y de todos, hay aliados. También en el Congreso.

 

La lucha de la década

Richard Dick Durbin nunca imaginó que se estaría más de 10 años peleando por una iniciativa. Este senador de Illinois, que tiene ahora 72 años, presentó en 2001 la iniciativa Dream Act, de las siglas Development, Relief and Education for Alien Minors Act. Durbin, del ala izquierdista del Partido Demócrata, quería poner fin a la frágil situación legal de los migrantes sin documentos, especialmente la de los más jóvenes, empezando con una ley piecemeal, es decir, pieza por pieza. Creía tener más probabilidades de que se aprobara yendo poco a poco.

Obviamente, Durbin buscó la manera de que el nombre resultara pegadizo. No se le escapa a nadie que el nombre de la ley jugaba con el concepto de Sueño Americano.

–Cada quien tiene su sueño. Entrevisté a un hombre mexicano hace un año que rentaba un sillón por 150 dólares en una casa para dormir por la noche. Eso es súper común en ciudades como Los Ángeles. Ese hombre llevaba 10 años en L.A. y, cuando lo entrevisté, me dijo: “Dentro de dos meses se gradúa mi cuarta y última hija y, en cuanto se gradúe, yo me regresaré a México porque ya cumplí”. Su sueño americano era dormir en un sillón 10 años para tener cuatro hijos graduados –explica Truax.

Pero Durbin nunca imaginó que costaría tanto. En 2010, todas las esperanzas de los dreamers estaban puestas en la aprobación de la Dream Act. Pero la votación las truncó: la ley no prosperó. Se desvanecía así la soñada oportunidad para ese millón de jóvenes, pero no su lucha.

Al cabo de un par de años, en junio de 2012, la administración Obama aprobó la Consideración de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), de la que son beneficiarios, teóricamente, alrededor de 788.000 dreamers. Pero no se trata ni de un derecho ni de una ley sino de una acción ejecutiva. Los dreamers no ven garantizado su estatus migratorio legal y solo beneficia a casos previos al 1 de enero de 2010, que hayan llegado al país antes de cumplir los 16 años y tengan menos de 30 años al solicitarlo.

Así, a pesar de la DACA, algunos jóvenes norteamericanos han visto revocada su solicitud o directamente han sido detenidos y expuestos a deportación. Es por ello que el senador Richard Durbin sigue pidiendo la palabra en el Congreso y sigue llevando fotografías impresas de dreamers. Sabe que no se trata sólo de coyuntura, sino de constancia.

Por su parte, y como ya hacían antes de la DACA, los dreamers se siguen organizando, se encuentran, se movilizan. Inspirándose en los movimientos de resistencia y desobediencia civil de California –especialmente el de los chicanos de los 70, a su vez inspirado los Black Panters de los 60–, los dreamers siguen empoderándose.

Pero, esta semana, ha pasado algo extraordinario: tras varios meses de reuniones a puerta cerradas, un senador demócrata y otro republicano –el mismo Richard Durbin y Lindsey Graham– han presentado conjuntamente el proyecto de ley Dream Act 2017.

De ser aprobado, otorgaría un estatus de residente condicional a los dreamers y el secretario del Departamento de Seguridad Nacional cancelaría las órdenes de deportación que pesan sobre ellos. Además, la Dream Act 2017 cambiaría los requisitos de estudio exigidos por versiones anteriores, y por la propia DACA: podrían solicitar la residencia condicional los dreamers protegidos por la DACA, los jóvenes que demuestren estudios primarios o secundarios y, también, aquellos con discapacidades. También se ampliaría, de 16 a 17 años, el límite de edad de entrada al país para ser considerado dreamer.

La esperanza, a pesar de que se trata de una propuesta bipartidista, es relativa.

 

‘Cuatro años de Trump no son nada’

Un año después de ese café en el Raval, Truax volvió a Barcelona. Tejanos ajustados como los de la última vez, botines cómodos –nunca lleva zapatos que no le permitan correr– y exactamente el mismo pañuelo colorido que llevaba entonces. Las suyas siguen siendo unas manos duras, vividas y de gruesos dedos. Las gafas que lleva ahora siguen siendo chic: puntiagudas por los extremos, estilo felino, como las divas del cine de los 50 y los 60. Todo sigue igual pero el presidente de los Estados Unidos es un tal Donald Trump. Y Truax está más enfadada.

–¿Cómo viviste el día de la victoria de Trump?

–La noche de la elección lloré muchísimo. No dormí. Estuve conectada a las redes sociales viendo los estados que compartían los dreamers. Fue muy emocionante ver que hubo como seis horas de duelo e incredulidad. Pero para las 6 de la mañana, los estados decían: “llevamos muchos años”, “sabemos cómo reaccionar”. El término que vi más fue fight back, que no es defenderse sino contraatacar. We will fight back. 24 horas después, yo estaba mucho mejor. Me di cuenta de que nuestra gente lleva tantos años bajo ataque, y ha salido adelante, que cuatro años de Trump no son nada. La gente estaba pensando ya en 2018. Hay fe y confianza en la capacidad de organización.

Llevamos años denunciando que hay ataques contra nuestra comunidad. Trump no es la causa de nada, es el síntoma

En este escenario, no hay nada que augure una mejora en las condiciones de vida de los immigrantes en Estados Unidos. Pero si una cosa buena tiene Trump, según Truax, es que ha puesto el tema de la migración sobre la mesa del debate político. Los immigrantes se movilizaron durante meses para parar la ola de Trump, un hecho que no necesariamente se reflejó en las urnas. Truax intenta comprender a los que votaron al candidato republicano:

–Trump está exacerbando lo peor de unos sectores del pueblo estadounidense apelando a la ira y a la frustración a partir de la crisis económica. Hubo una crisis hipotecaria, mucha gente perdió su casa y su negocio. Los más golpeados pertenecen a la clase media trabajadora. Años después, apenas se están recuperando. Bush salió en enero de 2009 y todo el grueso de la crisis le tocó a Obama. En el imaginario de esta gente, hay un responsable, y es la administración Obama. Solamente saben que tienen mucha rabia. Algunos pueden tomar una pistola, como se ha comprobado en muchos de estos shootings que ha habido, y otros se han tragado la rabia y gritan “Make America great again”.

A pesar de entender sus razones –“Dios Santo, ¡¿quién hubiera pensado esto?!”–, en noviembre, Truax fue la primera sorprendida con los resultados. Además, si hay algún colectivo al cual el supremacismo de Trump ha apelado directamente es el de los mexicanos.

–¿Qué ha cambiado en tu vida diaria?

–Para mí fue un vuelco. Pero mágicamente no ha cambiado nada: Trump dijo que quería construir un muro y no lo va a hacer; hoy no hay más deportados que antes. La misma maquinaria que dejó Obama. Acá no hay cambios notables. Hay declaraciones. En cuatro años Trump ya no va a estar. Eso sí, nunca he escrito tanto como en los dos primeros meses de Trump. Parece que ahora sí importamos. Llevamos años denunciando que hay ataques contra nuestra comunidad. Trump no es la causa de nada, es el síntoma de cosas que están pasando en Estados Unidos desde hace mucho tiempo. ¡Más trabajo tengo!

Eileen Truax en el Raval de Barcelona. Helena Roura ©

Unos meses más tarde, volvimos a hablar con Truax. Esta vez vía Skype:

–Estoy conectada…

–Voy. Ya te mandé el request. Perdón por el retraso. El asunto del muro de Trump me trae loca.

Truax nos remite a un artículo que publicó en enero en el portal latinoamericano Cuadernos Doble Raya y que tituló No tiene la culpa Trump. El nuevo presidente le sigue dando trabajo. En esta ocasión, explicó al mundo las contradicciones de los que solamente arremeten contra él y no con las administraciones anteriores o los gobiernos conniventes, como el del mexicano Enrique Peña Nieto.

Buscamos el artículo y nos apuntamos dos frases: “Deportar personas a un ritmo mayor que ese [el de la administración Obama] implicaría una cantidad de recursos económicos y humanos de los cuales difícilmente puede disponer el gobierno estadounidense (…). Esto lo sabe Donald Trump”.

Pensamos en la inmigración siempre como un tema de economía y seguridad nacional cuando tiene que ser vista como un tema de derechos humanos y justicia social

Nada nuevo bajo el sol. De hecho, lo mismo pasa con la construcción del muro de la frontera.

A sus recién celebrados seis meses de legislatura, Trump ya ha anunciado nuevas medidas –chequeos de control más extensos para los vuelos, retraso en la entrada en vigor de una iniciativa de apoyo a extranjeros emprendedores o castigos para las familias de menores migrantes no acompañados, entre otras– y el miedo y la angustia entre la población inmigrante sin papeles no hace más que crecer. Pero, según Truax, no nos debemos fijar tanto en lo que dice Donald Trump, sino en lo que hace.

–¿Hacia dónde vamos, pues?– le preguntamos entre interferencias virtuales.

–Mientras no cambiemos el lente… estamos jodidos (no pongas eso…) –ríe–. Tenemos que repensar qué es la ciudadanía. Pensamos en la inmigración siempre como un tema de economía y seguridad nacional cuando tiene que ser vista como un tema de derechos humanos y justicia social. Tu sociedad es la que te cuida y no la que te pare. Es la que te acoge. Es el lugar donde vives, donde trabajas; el sitio donde has crecido, donde recibiste tus influencias, la cultura a la que perteneces; el sitio donde estudias, donde sueñas regresarle a la sociedad lo que te dio. ¿Es eso, o lo que dice un papel? Ese es el asunto.

23 minutos y 19 segundos después, Colgar.

***

A principios de mayo, Truax lanzó un tuit con sus palabras favoritas en catalán –paraula (palabra) es una de ellas. La periodista está aprendiendo el idioma porque quiere publicar otro libro sobre inmigración. Una especie de spin off de Dreamers, que está llevando a cabo gracias a la beca Bringing home the world del International Center for Journalists.

Se trata de un estudio sobre las segundas generaciones de migrantes que viven en Catalunya. ¿Qué dice la ley? ¿Cómo construyen su identidad dentro y fuera de sus hogares? Y, de nuevo, ¿cómo está tratando Catalunya –que se debe, en gran parte, también a la migración– uno de sus patrimonios más preciados: los jóvenes?

Según el informe de Unicef sobre el Estado Mundial de la Infancia (2015), el 60,3% de los hijos de migrantes establecidos en el Estado español están en riesgo de exclusión social.

Edición y corrección a cargo de Gerardo Santos
Edición fotográfica a cargo de Estefania Bedmar

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— Los llamados 'Dreamers' (soñadores) son aquellos que llegaron a Estados Unidos con sus padres y que ahora luchan para cambiar las leyes que les expulsan del país que los ha visto crecer

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