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El juego de opuestos de Svetlana Aleksiévich

— La periodista parecía alienada hablando ante centenares de personas durante la entrevista que le hizo SomAtents en la Fira Literal

— El juego de espejos entre su apariencia arisca y la carga emocional de sus respuestas, sumada a su expresión tierna, se contrapone con también en su conocimiento quirúrgico del mundo soviético y su lejanía con el mundo occidental

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Existe una distancia incalculable entre el trabajo periodístico que ha hecho Svetlana Aleksiévich a lo largo de su carrera y lo que supone conceder una entrevista-conferencia ante centenares de personas. La mujer que se mueve con soltura por los laberintos de la intimidad humana, y que relata la Historia a partir del relato de los olvidados, queda expuesta en un océano de cabezas, sin poder discernir detalles ni expresiones, ante una pasa aparentemente homogénea. Es el primero de muchos juegos de opuestos que se vivieron durante la conferencia con SomAtents y el público de la Fira Literal: de su aspecto austero y apagado, típico del imperio soviético, hasta la ternura y la densidad emocional de sus palabras; del circo planetario del Nobal hasta los susurros de las cocinas rusas; de la fatiga acumulada durante su gira mundial hasta la voluntad de seguir respondiendo preguntas del público cuando el tiempo estipulado para la entrevista había terminado.

Seguramente, Svetlana Aleksiévich es la primera Premio Nobel de Literatura que pisa Sant Andreu. Llueve en la antigua nave industrial de Fabra i Coats, y una hora antes de que empiece la entrevista hay una cola de 20-30 personas que aguantan el chaparrón con estoicidad. Dento, la sala está lista para recibir a la Premio-Nobel, se han ultimado los detalles del escenario, las sillas de los dos entrevistadores (David Vidal y Laia Seró), flanquean la silla de la Premio-Nobel, que es antigua, de madera, se le ven las grapas por fuera, una silla más hipster que cooperativista. Loli, encargada de la limpieza, ha dejado reluciente el suelo que pisará la Premio-Nobel, y los organizadores de la feria y el enjambre de técnicos responsables de la traducción simultánea ya están a la espera de la Premio-Nobel. Habrá una traductora para el público del ruso al catalán, y un traductor para la Premio-Nobel del catalán al ruso. Los dos lo harán desde un habitáculo de cristal insonorizado a medio camino entre la sala de mandos de un avión y la cabina de un DJ de discoteca venida a más.

Des del entorno de la Premio-Nobel comentan que está harta del circo, que la gira mundial de Premio-Nobel la está agotando, que el acaparamiento y la saturación están pudiendo con ella. A fuera, la cola ya se acerca al centenar de personas cuando falta media hora para la conferencia. Dentro, la sala está presidida por sillas vacías y las bigas de hierro que, a modo de columna, fragmentan la sala. Por la mañana, la Premio-Nobel ha visitado la Sagrada Familia – ya había estado varias veces en Barcelona pero quería volver – y la imagino feliz y despreocupada, rodeada de turistas japoneses que se hacen selfies y no tienen ni idea de quién es. Fantasiosamente, la imagino en una situación parecida a unos metros de Fabra i Coats, en la Plaça Orfila de Sant Andreu, comiéndose un kebab tranquilamente sin que nadie la reconozca mientras sus admiradores siguen haciendo cola bajo la lluvia esperando su bolo. Veinte minutos antes de las 19h, se oye un grito: “¡ha llegado Svetlana!”

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A Aleksiévich le interesa la intimidad de las personas: nada más lejos del gran público de la Fira Literal. I Helena Roura

Todo se pone en marcha: Seró y Vida van hacia el backstage, donde supongo que hay el camerino de la Premio-Nobel. Le cuentan qué es SomAtents, le proporcionan una radiografía aproximada del tipo de público que hay en la Fira Literal – “ah, pues entonces que pregunten ellos” –. Svetlana está preocupada, les cuenta que tiene inflamado el nervio que conecta el oído con la vista, y que tiene que cuidarse mucho el cuello. Pide un té y una bufanda. De darán dos a escoger y elegirá la segunda, que es la que menos conjunta con el modelo que ha escogido para el día de hoy.

Ha dedicado su vida a retratar el homo sovieticus y, tal y como admite ella misma, se la puede reconocer a primera vista como tal: piel que parece gruesa, ojos pequeños y, si no fuera por los gestos cálidos que aliñan sus palabras, expresión severa. La edad ha redondeado sus facciones, pero se le adivina un pasado de pómulos marcados. Bajita, ojos verdes, manos carnosas y tobillos hinchados, que se pueden intuir bajo la costura del pantalón. Viéndola sentada en la silla me la imagino con los pies colgando del banco de la parada del autobús, sin que le lleguen al suelo. Los colores de su ropa son también apagados, poco estridentes, con más voluntad logística que sentido de la estética.

La sala se llena, la parada con los libros de la autora empieza a hacer caja, nos traductores se ponen los auriculares en cabina y el público también. Empieza la entrevista, y en la primera respuesta salen las cocinas. Donde todo pasa en Rusia, el refugio familiar, el parlamento, donde se profesa la fe: en el comunismo, en el imperio, en dominar el mundo, en la utopía, en lo que sea necesario. Svetlana responde mirando al aire, sin interpelar a ninguno de los dos entrevistadores, pero también sin dirigirse al conjunto de personas que tiene delante, más de 600. No mueve los pies mientras responde, gestualiza lo mínimo, es el anti-histrionismo. Sus palabras generan un monólogo interno, como las voces que conforman sus libros, que parece que se dirijan al vacío, a la estepa árida que es la historia de los que han sufrido conflictos en el anonimato y que Svetlana ha convertido en fenómeno planetario después de décadas de dedicación. Sabe que detrás de esta masa que espera sus respuestas hay personas, y también sabe que hoy no podrá llegar a ellas.

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La edad le ha redondeado las facciones. Manos carnosas i expresión severa, Aleksiévich transmite dulzura en pequeños detalles. I Carles Palacio

Seiscientas o setecientas personas son las que ella entrevista para hacer un libro, y parece lógico que se la vea desnaturalizada dirigiéndose a ellas como si fueran una masa cuando toda su carrera se ha centrado en milimetrar el alma humana. “Siempre me ha atraído ese espacio reducido: el seu humano. En realidad, allí es donde todo sucede”. Dejando de lado los dos entrevistadores, el ser humano que más cerca le queda está lo suficientemente lejos como para que no pueda saber de qué color tiene los ojos. ¿Qué distancia debe percibir ella entre el público de hoy y las voces que la acompañan? ¿Cómo mide el espacio sideran entre cualquiera de sus testimonios de la caída soviética – “dime, querida, ¿has entendido mi tristeza?” le pregunta Zinaïda Levdokomovna, que vive sola desde hace siete años en la zona no autorizada de Chernóbil – y el público de hoy?

La mayoría del público, alieno o no a esa distancia, toma notas en libretas de distintos tamaños con bolígrafos de múltiples colores. En la sala reina un silencio sepulcral, ya no desde que ha empezado la entrevista, sino desde que Svetlana ha subido al escenario.

A pesar de hablar al aire y tener esa imagen apagada, transmite dulzura en pequeños detalles. Sonríe agradecida mientras traducen las preguntas, y sus respuestas siempre tienen carga emocional. La organización había advertido a los entrevistadores de que en el backstage nada de abrazos ni besos con Svetlana, que dar la mano y ya, que contacto físico cuanto menos mejor, pero a pesar de esa premisa se ha mostrado interesada en la conversación, mirando a David y Laia mientras hablaban en vez de mirar a la traductora. Después de que Laia y David le preguntaran por el pollo del Nobel, responde agradecida que, a pesar de la angustia y los mil viajes, ha visto que la vida está llena de cosas maravillosas que desconocemos. La mujer que ha cavado hasta el epicentro del sufrimiento humano, la mujer que vive acompañado de las voces que le han relatado las historias – así lo manifestó ella misma en el discurso de aceptación del Nobel – parece, a estas alturas, más proclive a maravillarse que a horrorizarse.

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Su sabiduría contrasta con el acomplejamiento por el hecho de necesitar traductor o la duda sobre qué zapatos ponerse. I Estefania Bedmar

Aleksiévich no habla inglés, así que durante su estada en Barcelona la ha acompañado una traductora que la ha seguido en todo momento donde ella estuviera. Esta mañana han hecho una larga ruta para comprar los zapatos que hoy lleva puestos Svetlana, parando en distintas tiendas durante el peregrinaje. Los que la han acompañado durante estos días han visto un destello de acomplejamiento por no hablar inglés, lo cual le impide comunicarse. La distancia entre el punto postsoviético y occidente sigue siendo perceptible en muchas cosas. Ha preguntado curioseando a qué se debían los petardos que sonaban justo antes de empezar la entrevista – el Barça ha ganado la liga frente al Granada – y cuando se lo ha contado ha preguntado: “¿es bueno el equipo de fútbol de Barcelona?

Cuando David Vidal ha pronuncia la palabra comunismo por primera vez durante la entrevista, se remueve en la silla y se explaya mucho más que en el resto de respuestas. Esta tensión aumentada la manifiesta moviendo un poco el pie izquierdo, que apoya solo sobre el talón, con la punta hacia arriba durante toda la respuesta.

El turno de preguntas del público tiene mucho que ver con el ‘cómo’, la cocina de sus libros, su metodología y los detalles logísticos – ¿guardas lo que grabas? ¿Las voces que pones son palabras literales o las editas? ¿Cómo lo hacer? – hasta que llega un hombre que le cuenta que tiene familiares en las cunetas por culpa de la Guerra Civil española, y que le transmite su agradecimiento por narrar las vidas que quedan al margen del relato hegemónico. Cuando pregunta alguien del público y se deshace la uniformidad de la masa aflora la Svetlana periodista: mira de arriba abajo a la persona que pregunta, la hurga, mueve los músculos de la cara, se entrevé el principio empático que debe utilizar de forma magistral durante sus entrevistas. Da la sensación de que el hombre, que ha agradecido que relatase las vidas que quedan fuera del mapa y le ha querido preguntar si se podría decir que su literatura es psicohistòrica, le ha despertado ternura.

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Entre bambalines, Aleksiévitx era la estrella; en la calle, pasaría por una persona anónima. Es el circo del Nobel. I Helena Roura

No deja de ser sorprendente que una arqueóloga de sentimientos, la periodista que ha dibujado a mano el alma soviética y la narrado algunos de los dramas que se derivan de ello (de Chernóbil a Afganistán, de la añoranza Stalinista a la esperanza capitalista de la Perestroika que según ella también se ha desvanecido) exprese con cuentagotas sus emociones. La entrevista y las preguntas del público terminan cuando ella estaba animada respondiendo, cuando la uniformidad se había disuelto y se dirigía a las personas, pero la organización corta a las 20:07. Le sabe mal no haber respondido a todas las preguntas del público, y se sobrepondrá al cansancio para firmar libros una vez terminado el acto.

Seguramente por la falta de tiempo (de hecho, seguro, porque era parte del guión de la entrevista), nadie le ha planteado cómo la hacia sentir el ver a centenares de personas entusiastas con su obra, conteniendo las palabras mientras ella hablaba, en una ciudad que queda muy lejos, en todos sus aspectos, de su Ucrania, su Bielorrusia, su URSS y su postsovietismo. La Svetlana Aleksiévich de las intimidades y las cocinas ha salido de una hora de entrevista en la que ha hablado de sus libros, de Putin, de la caída del imperio, de las utopías generacionales, de periodismo y literatura como un todo; pero su piel ha permanecido igual de gruesa durante todo el rato, no parece que nadie haya podido atravesar ni siquiera una sola capa si obviamos su sonrisa final, una mezcla de agradecimiento, timidez y sinceridad.

Traducción al castellano por Oriol Soler

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— La periodista parecía alienada hablando ante centenares de personas durante la entrevista que le hizo SomAtents en la Fira Literal

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