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Ascaso, un pueblo-cine

— La muestra de cine más pequeña del mundo recupera la vida social y cultural en un pueblo casi deshabitado

— En el Pirineo aragonés hay cerca de 300 pueblos abandonados

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En un pequeño pueblo del Pirineo aragonés, a 1.000 metros de altitud y a pocos kilómetros de las poblaciones de Boltaña y Aínsa, tiene lugar, desde 2012, “la muestra de cine más pequeña del mundo”, tal y como dice su eslogan. A lo largo de su Calle Única, seis casas, una iglesia, una era y una borda forman el pequeño pueblo de Ascaso, que nunca ha estado propiamente deshabitado, aunque sí abandonado. Con el esfuerzo de Los Relojes –la asociación de vecinos, vecinas, amigos y amigas de la localidad– y durante la última semana de agosto, Ascaso es un pueblo-cine que reúne personas de todo tipo que comparten su pasión por el séptimo arte y por el medio rural.

La media luna en el cielo de Estocolmo coincide por un momento con la media luna del cielo de Ascaso. Unas cincuenta personas clavan sus miradas en la pared de una antigua borda restaurada que es ahora pantalla de cine, sala de exposiciones, proyecciones y, también, un pequeño bar. Por un momento, bajo las estrellas del pirineo oscense parece que no se esté tan lejos de Suecia ni de las historias que se cuentan en la primera película –No cow on the ice– proyectada en la sexta edición de la pequeña muestra de cine de Ascaso.

Llegamos a este diminuto pueblo pirenaico a las seis de la tarde después de casi 4 kilómetros de pista sin asfaltar pasado el desvío de la carretera de Boltaña dirección a Broto, muy cerca del Parque Nacional de Ordesa y el Monte Perdido. A medio camino, se vislumbra antes la enorme pancarta de la muestra de cine que las propias casas del pueblo. Nos reciben dos sonrisas: Natalia Elías y José C. Ojeda, dos voluntarios de la muestra. Un terreno ubicado en el Camino de Morillo, s/n, está habilitado como zona de acampada. De buenas a primeras, parece un trozo de tierra incómodo; a lo largo de la semana, acabará siendo un bonito camping auto gestionado, con duchas de agua caliente al aire libre, sus cortinas de colores volando al viento y una preciosa vista sobre el valle.

Natalia viste una camiseta amarilla de las movilizaciones por una educación pública de calidad. Es de Jaén pero ha vivido un tiempo en el barrio de la Trinitat, en Barcelona, trabajando en el ámbito de la educación social. Ella y José conocieron la muestra de cine de Ascaso escuchando el programa El séptimo vicio, de Radio 3, y como querían un plan de vacaciones que tuviera tanto montaña como cine, en 2015 se apuntaron para ayudar a tirar adelante aquella edición del festival. Ambos se enamoraron del buen rollo y la amistad surgida entre los voluntarios y voluntarias, que cada año son unos 25 o 30. Con lo pequeño que es el pueblo, uno se encuentra con ellas a toda hora, para arriba, para abajo, saliendo y entrando de Casa Juez, la casa rural donde se hospedan. Entre todas ellas, hay un rostro que destaca. Un hombre de ojos azules, un tipo seco, rústico, que tanto te sonríe ampliamente como te lanza un zasca y sabes que lo hace con amor. Es Miguel Cordero, el presidente de la Asociación de Vecinos/as y Amigos/as de Ascaso y quién, junto a su pareja, Néstor Prades, restauró y abrió Casa Juez, donde nació y creció el proyecto de hacer una muestra de cine. Fue una noche de invierno del año 2011. Pero la historia se remonta más de una década antes.

 

De la rasca a la fresca

Cuando Miguel lo conoció, Ascaso era un pueblo abandonado con una aureola de enfrentamientos entre las pocas familias que lo habían habitado: “Broncas heredadas”, resume. Eran los noventa, y se encontraba en una de sus escapadas a su amado Pirineo. Él, que nació en Zamora, y Néstor, nacido en Castelló, se propusieron recuperar la vida en Ascaso: restaurarían una de sus casas y montarían algún tinglado. Empezaron organizando una comida popular en el día de San Julián, patrón del pueblo, el primer sábado de septiembre, en la que venían mayoritariamente sus amigos. Ya en invierno, el pasatiempo en Casa Juez era ver películas. También con amigos. Con uno de ellos, Javier Tolentino –el director de El séptimo vicio, de Radio 3– tuvieron la idea de seguir viendo cine en verano, al aire libre. Y, por qué no, hacer una muestra para que viniera quién quisiera.

Años después, el martes 29 de agosto de 2017, esa muestra llega a su sexta edición y Ascaso ha mejorado su aspecto. Por todo el pueblo –es decir, a lo largo de su Calle Única– hay placas que indican la fecha de restauración por parte de los voluntarios: las hay en la borda –una construcción típica de zonas pirenaicas que servía para almacenar alimentos y utensilios–, en los muros, en el camino a las pozas. Ya es casi de noche cuando, en petit comité y bajo un cielo que anuncia lluvia, un par de voluntarios leen el manifiesto de apertura en la Era del cine. Hablan de cultura alternativa fuera del circuito comercial, de cine de autor, humanista; pero sobretodo hablan de llevar cultura y buen cine al mundo rural, abandonado por las administraciones. Cada dos o tres frases, aparece el adjetivo pequeño. Porque Ascaso es pequeño. Porque el cine que reivindican es pequeño (sin un gran presupuesto ni efectos especiales) “y porque estamos hasta las narices de lo grande, de la cultura del espectáculo”, remata Miguel, aparte.

Aplausos. En la pantalla se proyecta el cortometraje que abre la edición: Timecode (2016), con el que Juanjo Jiménez Peña ganó la Palma de Oro en Canes, el Gaudí y el Goya al mejor cortometraje de ficción, de una delicadeza nunca vista ni imaginable en un parking.

La era ha sido reconvertida en sala de proyecciones para la muestra de cine de Ascaso. | Helena Roura

En las sillas donde no hay personas, hay abrigos, bufandas y mantas. Hace frío, empieza a llover y nos tenemos que meter dentro de la borda. Aprovechamos entonces para echar un vistazo a la exposición La gráfica revolucionaria que, homenajeando el centenario de la Revolución soviética, muestra carteles de películas que tuvieron un papel importante en los años posteriores como agitprop. “De todas la artes, el cine es para nosotros la más importante”, reza Lenin en un panel.

–Gente, ha parado de llover. ¿Vamos? –nos invita Miguel.

Con los impermeables puestos por si acaso, vemos No cow on the ice (2015), de Eloy Domínguez Serén, que está entre el público y ha debido de cruzar los dedos detrás del respaldo de la silla para que podamos ver su largometraje bajo las estrellas, que al fin se dejan ver.

El pueblo fue deshabitándose gradualmente en los años sesenta porque el ritmo de la vida moderna ya no permitía futuro alguno en el medio rural

La película suscita debate. Durante más de una hora, hablamos de migración, de “movilidad exterior” o “aventurera”, como diría una ministra española; de Suecia, Estocolmo y de los suecos; de hacerse el sueco. En cierto modo, los antiguos habitantes de Ascaso también tuvieron que emigrar. El pueblo fue deshabitándose gradualmente en los años sesenta porque el ritmo de la vida moderna ya no permitía futuro alguno en el medio rural. La borda en la que el público fija la mirada esta noche fue antaño el lugar de trabajo de Santiago Ceresuela, nacido en el año 1931 en un Ascaso bien distinto.

 

Pirineo de Huesca, años treinta

En la vieja borda almacenaba la paja y los utensilios Santiago, que creció en Ascaso cuando el pueblo tenía sus cinco casas habitadas por familias numerosas. En cada una podía haber siete u ocho criaturas, que corrían por su Calle Única sin saber que podía haber más. En la casa azul del pueblo, hoy rehabilitada, Santiago conoció a Carmen Sesé, hija de la familia de al lado, nacida en 1939. Ambos fueron juntos a la escuela del pueblo, donde acudía “una maestra distinta cada año; aquí se aburrían”, recuerda Carmen. De la Guerra civil recuerdan los maquis y el pan y las ovejas que les tenían que prestar sus familias para que pudieran sobrevivir escondidos. Emilio –el hermano de Carmen– rememora que bajaban en burro a vender su leña a Boltaña y con el dinero compraban trigo para hacer el pan y todo lo que necesitaban. Visto en perspectiva, era muy poca cosa. También tenían que bajar para dejar a las criaturas internadas en la escuela hasta el viernes, cuando cogían el camino de vuelta. Miguel Ángel, el hijo de Carmen y Santiago, nació en 1958. Fue en esa época cuando el pueblo empezó a quedar deshabitado.

–Si nos hubieran dicho que subirían los coches aquí, no lo hubiéramos creído –dice Carmen con una sonrisa, sentada al lado de su marido y su hermano bajo el techo de su antigua borda.

–Íbamos a las fiestas de los pueblos andando, a Aínsa, Boltaña, Murillo… ¡Pero con una ilusión!– recuerda Santiago.

Hasta 1994 no se llegó a Ascaso en coche. Durante la juventud de Carmen y Santiago, la diversión estaba a dos horas a pie. Ahora, desde el desvío en el punto kilométrico 447 de la N-260 (Eje Pirenaico) se tardan 10 minutillos. Algunos de los pueblos que ellos frecuentaban fueron desapareciendo. Ellos lo atribuyen a que eran muy pequeños y la juventud no tenía plan de vida. Hay, no obstante, otros motivos.

El año pasado, Huesca tenía 221.079 habitantes y una densidad de población de 14,15 habitantes por kilómetro cuadrado. Y en sus montañas, 300 pueblos abandonados

Es bien conocido el papel de Francisco Franco en estas tierras, especialmente en relación al “pantano fantasma” de Jánovas. Sus habitantes –unas 150 familias– tuvieron que abandonarlo a la fuerza por orden del Caudillo. Pero el pantano que tenía que regular el río Ara nunca se construyó. Sus antiguos vecinos no aceptan el adjetivo “abandonado” sino que reivindican el de “expropiado”, y luchan ahora por recuperar sus casas.

–A este país [Aragón] lo arruinó el pantano –dice Santiago, resignado.

Según datos del INE, entre el 2000 y el 2016 la cifra máxima de habitantes en Ascaso fue de 9 personas en el 2002. El año pasado, Huesca tenía 221.079 habitantes y una densidad de población de 14,15 habitantes por kilómetro cuadrado. Y en sus montañas, 300 pueblos abandonados. Este último dato es el objeto de estudio de Cristian Laglera, autor de los tres tomos de Despoblados de Huesca (Editorial Pirineo, 2014). Sentado en el muro que flanquea la Calle Única de Ascaso, Miguel comenta que Aragón tiene un sentimiento de culpabilidad por el abandono de sus pueblos. Ya lo denunciaba José Antonio Labordeta en sus canciones sobre el éxodo rural y una forma de vida en peligro de extinción. También habla de ello Paco Cerdà en Los últimos (Pepitas de Calabaza, 2017), en que describe “la Laponia del sur”, la zona que se extiende por Guadalajara, Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia y Castelló, donde hay 1.355 pueblos y en el interior de la cual viven menos de ocho personas por kilómetro cuadrado.

Santiago y Carmen, que bien podrían ser protagonistas de una crónica similar, fueron vecinos de Ascaso hasta el año 1983. Con sus 52 años de casados a sus espaldas –tienen que pensárselo un rato antes de decir la cifra exacta– viven en Boltaña. Son, pues, pelaires. No saben qué apodo les pusieron a los de Ascaso.

–Creo que nosotros no tenemos mote, ¡de tan pequeños que somos! –dice Carmen, riéndose.

 

Santiago Ceresuela y los hermanos Carmen y Emilio Sesé fueron vecinos de Ascaso hasta los años ochenta. | Helena Roura

 

La muestra pequeña que ya no lo es tanto

Ascaso no se levanta temprano. Sólo hay dos hombres trabajando con una Bobcat en la plaza. “Cuando me relumbre el Sol / acércate paso a paso / y sabrás la hora que es / en esto reló de Ascaso”, reza el reloj de Sol. Son las siete y media de la hora solar y para hoy, miércoles 30 de agosto, parece que va a caer la del pulpo: alerta amarilla por tormentas en el Pirineo. La muestra de cine se traslada al Palacio de Congresos de Boltaña, cedido para la ocasión. Natalia nos deja una nota en la entrada de la tienda avisándonos de los cambios y de su preocupación por nuestro posible naufragio nocturno. Podremos dormir en la borda, si se presta.

De Boltaña es famoso su castillo, que data del siglo XI. Hace mucho tiempo que está en ruinas y de él se cuentan leyendas de brujas y aquelarres. También la Ronda de Boltaña, el grupo de músicos que lleva 25 años reivindicando esta tradición en las fiestas populares de Huesca. En comparación con la Era del cine de Ascaso, el Palacio de Congresos de Boltaña resulta extrañamente formal. Aquí vemos La tortuga roja (2016), una película de animación de Michael Dudok de Wit producida por Studio Ghibli. José la presenta entusiasmado: es un enamorado de este conocido estudio japonés de animación y de esta película en concreto. La historia muda sobre un náufrago en una isla tropical desierta ha gustado por ser poética y formalmente muy bella, pero el fondo no ha convencido demasiado: cánones de belleza y estereotipos de vida familiar que no aportan nada nuevo. El coloquio es corto y menos participativo que en Ascaso.

Al salir, un chasco: no ha llovido nada. Una decepción, pero no se puede omitir una alerta amarilla con tantas entradas vendidas. Claro, esto no pasaba en 2012, cuando la muestra era aún pequeña de verdad. Entonces “fue chapucero, los que vinieron fueron amigos, porque si no hubieran dejado de serlo”, dice Miguel con sorna. El proyector era pequeño, la pantalla era una lona publicitaria girada del revés, el sonido era muy malo y la borda estaba en ruinas todavía. “Llovía más dentro que fuera”, recuerda Miguel. Pero estaban muy emocionados, salieron en algunos medios de comunicación y se dijeron esto mola mucho, queremos repetir.

Y año tras año, la muestra se ha ido sofisticando. En 2013, hicieron un trueque con Santiago: un convenio de cesión a 10 años a cambio de rehabilitar su borda. Las obras tenían un presupuesto de 6.000 euros que se consiguieron mediante crowdfunding; es decir, gracias otra vez a los amigos y amigas, aunque fue decisiva la aportación del Festival Internacional de Cine Rural Arica Nativa, de Chile. No por menos le concedieron el Premio Ascaso el año pasado. En 2014, empezaron a tener subvenciones de la Comarca de Sobrarbe y adquirieron lo que era fundamental: una pantalla de 4,3 metros de largo por 2,7 de alto y sonido de Millán Pro. Poco a poco, la aportación y el trabajo de los voluntarios y amigos se han visto soportados por subvenciones del Ayuntamiento de Boltaña, la Comarca de Sobrarbe, la Diputación de Huesca y el Gobierno de Aragón, y se han ganado el respeto como festival de cine de referencia.

Así pues, la muestra de cine más pequeña del mundo cada vez lo ha ido siendo menos, aunque sigue haciendo honor a ese adjetivo por lo pequeño que es Ascaso. Entre el puente de Todos los Santos y el día de San Valentín, en Ascaso no vive nadie. Las vecinas de la última casa de la Calle Única –tres hermanas nacidas en el pueblo– bajan a vivir en Boltaña. No es que haga muchísimo frío, pero la red eléctrica es muy vieja, cae a menudo y, además, cuando se nubla no hay cobertura de Internet. A Néstor y a Miguel, Casa Juez les ocupa la mayor parte de su tiempo. Miguel trabaja en el Ayuntamiento de Coslada, en Madrid, como técnico de participación ciudadana, pero su horario le permite dedicarse a Ascaso en sus meses más amables.

 

Muestra pequeña, cine grande

Ascaso amanece oscuro en este último día de agosto. El reloj solar no proyecta ninguna hora y no se escucha ni un pájaro. Para esta noche se anuncia el gran acontecimiento: El acorazado Potemkin (1925), de Sergei M. Eisenstein, con una banda sonora en directo compuesta para la ocasión e interpretada por el grupo de jazz Cromosoma 3.

Después de un día gris y lluvioso, en la tercera noche de proyecciones efectivamente la Era del cine está a petar. Unas 200 personas, el máximo que puede caber, ven este clásico del cine soviético bajo el influjo de una música entre jazzística y psicodélica. La noche estrellada lo podría ser más sin el resplandor de la luna, que va de camino a ser llena.

Al cabo de pocas horas, Ascaso se despierta en un día soleado y caluroso. Como cada tarde, dentro de la borda se proyectan cortometrajes. El vestido, Un lugar, Lucrecia, Mujer y Filipina, Einstein-Rosen… Todos del 2016 o 2017. Los dos últimos hacen desternillar de risa al público asistente; también lo hace la película de la noche, El otro lado de la esperanza (2017), de Aki Kaurismäki. Este director finlandés es muy apreciado por los organizadores de la muestra. Néstor destaca la ilusión que les hace a nivel personal proyectar su última película, en que el autor tiene el propósito de romper con la imagen del refugiado como esta víctima patética que nos invade y nos lo usurpa todo, especialmente nuestro confort. Por el argumento no parece que pueda hacer reír; sin embargo, sus toques de humor y su estética “casi realista” la hacen tiernamente divertida.

Algo parecido pasa con La vida de Calabacín (2016), de Claude Barras, la peli familiar que vemos bajo la luz que se filtra por entre las vigas de la borda el sábado por la mañana, último día de la muestra. Al salir, la Era del cine se ha convertido en comedor popular. Cubierta con una gran lona negra y llena de largas mesas, la Era huele a paella. Por aquí anda con su cámara la documentalista y directora de fotografía Anna Soler, que está cubriendo diferentes muestras pequeñas de cine para un documental. Me habla de la Red de Festivales Independientes Cine grande en pequeño, que engloba unas 15 muestras como la de Ascaso. Anna vino aquí por primera vez en 2013 y, dos años después, proyectó aquí su propio documental Los días sin Joyce (un diario imaginario). Quién también tiene su propio proyecto es José. Se llama Foco Henri Langlaois y surgió en Jaén en 2014 de la mano de un grupo de amigos con la ambición de difundir un tipo de cine con poca presencia en la ciudad. Además, siguiendo el ejemplo del Cine Numax en Santiago de Compostela, quieren restaurar el Cine Alcázar, en pleno centro pero cerrado desde 2009.

Después de más conversaciones y copas de vino, gintónics y mucha música, la plaza de Ascaso coge un rollo Fiesta pagana de Mago de Öz con la aparición de Ixera, un grupo de folk bastardo.

Fín de fiesta en la plaza de Ascaso, con su famoso reloj solar. | Helena Roura

Pero hagamos un salto en el tiempo. Esta noche, la última, se entrega el Premio Ascaso: una escultura del artista ainsetano Jesús Sanz. Este año se otorga al Grupo de Mujeres de Sobrarbe por su esfuerzo en la organización de la Muestra de cine realizado por mujeres. Después de los agradecimientos, la última proyección: Dancing Beethoven (2016), un documental de Arantxa Aguirre que muestra la preparación de la Novena Sinfonía por parte del Béjart Ballet Lausanne y el Ballet de Tokio. Aplausos y coloquio culminan esta sexta edición. Poco a poco, la pista se va vaciando de coches. Una hilera de lucecitas se marcha en procesión, hasta el año que viene, si Ascaso quiere.

Del ballet a un pogo hay un salto. Volvamos a hacer otro en el tiempo.

Estamos otra vez en la fiesta pagana. Gente joven y no tan joven maquillada con motivos tribales salta, se empuja y ríe en medio de la plaza de Ascaso. Los músicos visten como vikingos y tocan grandes tambores, grallas y panderetas. Miguel, con sus ojos azules llenos de brillo, mueve el pie y la pierna izquierdos al ritmo bastardo. Natalia y José también están aquí, en medio del jaleo. Están todos: Anna grabando, Néstor charlando con los demás. También está Emilio. Y Carmen y Santiago con su hijo Miguel Ángel, sentados en el borde de la fuente, bajo el reloj solar. Los mayores han traído bizcochos desde Boltaña y los comen viendo todo el tinglado montado en su plaza.

–Me parece un sueño. Con lo que hemos llegado a sudar aquí… –dice Santiago.

Como aún tienen cabras, continúan subiendo a menudo a Ascaso. Sobre todo Miguel Ángel, que sube los fines de semana desde Aínsa. Siguiendo con lo de los apodos, él es ahora un moro, por las batallas entre musulmanes y cristianos disputadas allí en el año 724. Observando el espectáculo que ofrece hoy Ascaso, Carmen y Santiago recuerdan cómo antaño vivían sin nada de eso.

–Está todo tan cambiado. El pueblo está bien, pero el campo… El campo está deshecho –dice ella.

Para ellos y para tantos, el mundo está al revés. Se puede recuperar la vida social y cultural pero al campo no le cuida nadie. El campo no da trabajo. Las administraciones no quieren verlo, pero el mundo rural se desvanece. Puede que para siempre.

Si esto ocurre, siempre nos quedará Ascaso.

Edición a cargo de Gerardo Santos
Edición fotográfica a cargo de Estefania Bedmar

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