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¿Analfabeta, yo?

— En España, hay más de 490.000 mujeres a quienes se les negó el derecho a la educación y que, por lo tanto, son analfabetas. No saber leer un cartel, o un contrato laboral, les ha supuesto un obstáculo de por vida para lograr cierta emancipación

— En una escuela de La Garriga, en Barcelona, seis mujeres reciben clases de alfabetización para recuperar el derecho a la educación que se les ha negado hasta ahora. Estas son sus seis historias

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Una libreta, un estuche en el que nunca falta una goma de borrar y una calculadora. Ese es el material que llevan Antonia Caballero, Pepi Rodríguez, Maria Espinar, María Sánchez, Magda Ferrers y Naima Boubieb para asistir a clase. A María Espinar, además, siempre le gusta llevar una botella rechoncha de agua para aclarar la voz. Antes de empezar la primera clase del curso, una de ellas advierte al profesor: ¡a ver qué haces con nosotras, que somos unas zoquetas!

Los lunes y miércoles, de cinco a siete de la tarde, tienen clase de alfabetización en la escuela EME de La Garriga para recuperar el derecho a la educación que le han negado hasta ahora pobreza, dictadura y patriarcado. Cuando sea el cumpleaños de una de ellas traerán un dulce; en Navidad invitarán al profesor a churros con chocolate y también le regalarán una botella de whiskey y una poesía. No faltarán nunca a clase, a no ser que tengan un viaje del Imserso, un entierro, o una operación, como Pilar, que se pierde la mayor parte del curso por una intervención en el hombro. Más de 730.000 personas que viven en España son analfabetas. De ellas, casi el 70% son mujeres (490.000), tal y como indican los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, de 2011. No saber leer un cartel o un contrato laboral les ha supuesto un obstáculo de por vida para conseguir cierta emancipación.

 

Pepi Rodríguez

© Borja Alegría

 

Pepi encontró el que fue su último trabajo remunerado en 1997, con casi cincuenta años, y estuvo allí hasta los sesenta, cuando se prejubiló por problemas en la espalda.

—Eso fue en el Carrefour. Me propusieron ponerme en la caja, y no quise, porque no sabía manejar los números, a eso no llegaba. Al final me pusieron a pesar la fruta, que me resultaba más fácil. Los nombres de las frutas sí sabía leerlos, y luego le daba al botón para pesarlo—. Pepi mira al vacío y entra en un mundo de recuerdos. Fundido a negro. Recuerda cuando era pequeña y le mandaban a vigilar las cabras (“y cuando no eran las cabras, eran los cerdos, los corderos o las mulas”). Recuerda cómo las recogía mientras tarareaba canciones (“siempre quise ser cantante”): “Todos teníamos que hacer lo que mi padre nos mandaba, pero nunca nos puso la mano encima. Eso es así como la luz que nos alumbra”, asiente solemne, mientras cierra los párpados y hace descender su mano, bendiciendo sus propias palabras.

Ya por la noche, Lucio [el padre] reunía a sus tres hijos y cuatro hijas en uno de los dos dormitorios que tenía la casa. Entre las dos camas había una mesa camilla, la misma en que comían o cenaban y en cuyo interior había un brasero para aliviar el frío de sus piernas. Sólo el de las piernas, que aquello no daba para más. Cuando retiraban los platos, se convertía en un pupitre redondo. Lucio hacía que sus hijos se sentaran alrededor de la mesa y prestaran atención. A continuación, empezaba un dictado de letras. En el centro de la mesa, un candil de carburo alumbraba lo que los niños escribían. Un cristo y una virgen de porcelana proyectaban, desde la cómoda, dos imponentes sombras que temblaban sobre la pared.

—No fuimos a la escuela, no teníamos ni tiempo ni dinero. La casa estaba en medio del campo, a una hora andando del pueblo —en la provincia de Jaén—, así que mi padre nos daba lección un rato antes de dormir. Él venía de una buena familia y en casa tenía muchos libros… Tenía unos cinco o seis: de religión, aritmética y alguna enciclopedia. Lo poco que aprendimos a leer y a escribir, más que a escribir a firmar, vaya, nos lo enseñó él, pero sólo mis hermanos aprendieron a hacer cuentas, que eso era cosa de hombres. Mi padre decía que los hombres se tenían que defender más, que para las mujeres no era tan preciso, porque si encontrábamos a un hombre que supiera más, ya nos ayudaría…Y eso fue lo que pasó cuando encontré a mi marido —dice, resignada—. En casa sólo mi padre manejaba el dinero. Una vez vi a mi madre con una moneda en la mano, le pregunté de dónde la había sacado y me dijo: “He cogido cuatro huevos de las gallinas y los he vendido al recovero, [personaje de la posguerra que iba de cortijo en cortijo vendiendo y comprando cosas]. Si la llega a ver Lucio, el padre de Pepi, se la hubiese quitado, recuerda ella mientras ríe.

 

© Borja Alegría

 

A los 18 años, después de años trabajando en el campo para unos y otros, y entregando siempre el jornal en casa, emigró a Cataluña y se puso a trabajar en el Hotel Congost de El Figaró. Sólo le hizo falta saber firmar para empezar a trabajar, a pesar de no saber leer el contrato. Sus compañeras, encargadas todas ellas de la limpieza del hotel, venían de otros lugares de España. Todas se enfrentaban al mismo problema de analfabetismo. Más tarde, empezó a trabajar en un bar de La Garriga, pero nunca consiguió entender qué ponía en el menú. Aquello le hacía sentir muy mal porque se veía obligada a llamar a Piedad, la dueña del bar, para que se lo leyera.

Pepi lee para sí, pero susurrando para los demás, luego junta los labios para mantener sostenida varios segundos la letra “u”. Escribe despacio, como un japonés haciendo caligrafía con tinta. Estira la cabeza como una tortuga para alcanzar a ver lo que pone en la fotocopia que se les ha repartido y después la contrae y regresa a su libreta para responder. Al alzar la mirada hacia la pizarra junta las cejas como si mirara con pena, quizás porque ha hecho mal el ejercicio: “Soy dura de mollera”, dice, y se ríe con la “e”, traviesa. Ha traído una caja de Ferrero Rocher porque hoy cumple 69 años: “Mi hijo me ha regalado una pulsera de plata”, los otros anillos, pendientes y pulseras son de oro, como el tinte que usa para el pelo.

 

Antonia Caballero

© Borja Alegría

 

Antonio, que así se llamaba el padre de Antonia, trabajaba con sus hijos en el campo. Eran cuatro chicos y cuatro chicas. No podía permitirse llevar a ninguno de ellos a la escuela y tampoco les podía dar clase él mismo, así que decidió contratar a un ex guardia civil para que fuera al campo —en un pueblo de la provincia de Granada—, a darles clase cuando se paraban a descansar. Sólo daba clase a los chicos.

—Las chicas no teníamos derecho —dice Antonia—. Yo iba y le decía “¿Papa, por qué no doy clases yo también?”. Y él me contestaba: “No. Esto es para los niños, que luego tienen que ir a la mili y como tenemos poco dinero solamente puedo pagar lo de ellos”.

A Antonia nunca le convenció aquella respuesta. Como el ex guardia civil cobraba por alumno, juntaba a su alrededor a los chicos y si veía a Antonia acercarse, la echaba de allí. De manera que ella se sentaba en la sombra de un olivo una hilera más allá, disimulando, a unos metros de donde hacían clase. Cogía del suelo una piedra y cuando el maestro decía una letra ella también la apuntaba, pero al no tener lápiz ni papel, lo hacía raspando sobre una teja. Cuando los chicos se hicieron mayores, aprendieron aritmética: “Yo ya no los podía seguir, porque sentada tan lejos de ellos no podía ni imaginar lo que decían”. Antonia dice que le hubiese gustado mucho aprender, pero que se tuvo que conformar con “cuidar a los animales, quitar cardos o hacer el ajuar a media noche con la luz de un candil —y añade—, cuando empecé a tener hijos me decía a mí misma: estos estudiarán por las buenas o por las malas”.

A los veinticuatro años, Antonia emigró a Cataluña y empezó a trabajar en la empresa embotelladora de agua Fournier de La Garriga, donde estuvo un año.

—Allí había una señora mayor, Montserrat, que me salvó de todo. Si yo tenía que apuntar algo ella lo apuntaba por mí, y me enseñó a entender el catalán. Aquella mujer era buenísima. Cuando tenía que escribir las etiquetas para las garrafas o las botellas, lo hacía ella. Y yo, como me fijaba mucho, lo iba aprendiendo, pero despacio, porque las botellas salían como churros y a veces no me daba tiempo a entender lo que tenía que escribir.

La interrumpe una llamada al móvil con una canción de Enrique Iglesias. Acaba la conversación diciendo “Sí, en casa está el papa, yo estoy en el cole”.

—Cuando me hicieron el contrato en la SATI (una empresa de hilos tejidos), yo no sabía lo que decía en el papel, no lo entendía. Luego lo traje a mi casa y le pedí a mi marido que le echase un vistazo. Tuve que llevarlo a la gestoría y una muchacha me lo corrigió. Me sentí muy tonta. Me sentí mal, con rabia.

Cuando vi que tenía más tiempo, después de jubilarme en el 2014, decidí apuntarme a la escuela y a nadar. Amigas mías me informaron. Se lo dije a mi marido, y él me contestó que dónde iba con mi edad a la escuela, que qué iba a aprender yo teniendo la cabeza que tengo… Al principio se enfadaba si iba a natación o a tomar café con las amigas. Luego me ponía morros durante dos o tres días. “Ponte de morros lo que quieras, yo no me voy a quitar de lo que estoy haciendo”, le dije. Antes, por tal de no tener bronca no salía de casa, y cuando decidí salir, le costó entenderlo. Ahora supongo que está más conforme, también ha cambiado él. Pero no es cosa de la edad, veo a chicos jóvenes que todavía son machistas.

Ese machismo, que aún hoy observa Antonia entre los jóvenes, fue ampliamente promovido durante la dictadura franquista, ahogando en la sumisión a la población femenina. Se alejó a la mujer del conocimiento y por lo tanto de la emancipación; a la vez que se la apartaba de la capacidad de decisión dentro del ámbito familiar. Así lo demuestra la publicación de la Guía de la Buena Esposa en 1953, que se repartía entre las mujeres durante el Servicio Social de la Sección Femenina. En este manual se resumía el comportamiento que debía tener la esposa respecto a su marido, su casa y sus hijos: “Arregla tu casa, luce hermosa, hazlo sentir en el paraíso (al marido), no te quejes, minimiza el ruido (para no molestar al marido), escúchalo (al marido), prepara a los niños…”.

 

Magda Ferrers

© Borja Alegría

 

Magda nació y vivió los primeros años de su vida en medio de la montaña, junto a la ermita de la Mare de Déu del Cós, en un municipio de la comarca de la Garrotxa —en la provincia de Girona—. Una construcción humilde y de estilo popular del s.XII, que se encargaban de cuidar sus padres. La casa en la que vivía la familia convertía a la ermita en una catedral suntuosa a ojos de Magda. En agosto, acudían a la ermita los vecinos de Montagut para conmemorar la festividad de la Virgen. Ese era el único momento del año en que la pequeña Magda veía a más de cinco personas juntas, y también era el único momento del año en que para beber podría tomar algún refresco, que sus padres se encargaban de ofrecer, en lugar del agua incolora, inodora, insípida, del resto del año.

—Yo era muy pequeña y ese es el único recuerdo que tengo de aquel lugar. A los cinco años me mandaron a vivir con un matrimonio de payeses, que tuvieron compasión y me acogieron. Ellos también eran pobres, pero no les faltaba la comida y me trataban como a una hija más. Mis padres eran una pareja con muchos problemas, así que esa fue la mejor solución. Aunque me dejaron con aquella familia, venían a verme, a veces con la intención de llevarme otra vez con ellos. Yo no quería irme de allí. Cuando venían a verme me iba corriendo y me escondía en el bosque.

El cansancio y el silencio esculpían el vacío que había en su vida. En aquella casa nadie hablaba, sólo se trabajaba, el tiempo sobrante era escaso y se agotaba en las pausas para comer y dormir. Una conversación no era una opción (“por eso no sé hablar ahora, por eso me cuesta tanto expresarme”, admite). Sólo los domingos, la melodía de una vieja gramola se atrevía a inundar la casa con esperanza. El resto de los días, Magda sólo encontraba consuelo en la luna y el sol: “Los miraba mucho, claro, porque era lo único que tenía”.

Años después, sus padres biológicos se trasladaron a Manlleu, donde las fábricas ofrecían más trabajo que el campo. Magda tenía catorce años cuando también se fue a dicha población, pero no para vivir con sus padres, sino con otra pareja que la acogió en una casa de payés que estaba en medio del pueblo. Magda trabajaba de cinco de la mañana a dos de la tarde en la fábrica de hilados para ruedas de coche.

Un día, mientras trabajaba en la fábrica, unos compañeros le pidieron a Magda que fuera a ver qué hora era. Ella se dirigió al reloj que había en la entrada. Estuvo allí unos segundos mirando aquel objeto colgado en la pared: “Yo no sabía leer la hora en el reloj, pero me la inventé para quedar bien”. Por supuesto, cuando Magda regresó y dijo la hora que era no acertó. Sus compañeros sabían que aquello ocurriría y se echaron a reír.

—Yo sólo sabía leer la hora con el sol. Desde mi antigua casa miraba la sombra que el sol hacía en una roca de los riscos de Tavertet, y así sabía qué hora era. Si no había sol, pues nada.

Magda regresaba de la fábrica para la hora de la comida y luego se ponía a trabajar en el huerto de la casa. Allí mismo vendían las escarolas y las lechugas a las mujeres que pasaban por la calle: “Así por lo menos hablaba un poco y pude hacer alguna amiga —recuerda Magda—. A última hora de la tarde iba una hora a la escuela o aprendía a coser”. Pero a esa hora a Magda ya se le cerraban los ojos por el cansancio acumulado tras toda la jornada y nunca aprendió gran cosa.

Cuando se casó, a los veintidós años, Magda dejó aquel lugar y acabó viviendo con su marido en Barcelona. Enric, que así se llamaba él, era un delineante que trabajaba como funcionario para la Diputación de Barcelona. Tenía cultura y muchos libros que lo demostraban, pero normalizó que Magda fuera analfabeta.

—A mí me daba vergüenza pedirle que me ayudara. Me daba miedo que se quejara o se enfadara. No sabía cómo pedir las cosas, no quería molestar. También me daba vergüenza que mis hijos se enteraran de que no sabía leer ni escribir. Se enteraron cuando ya fueron mayores. Cuando le dije a mi hijo mayor que quería ir a la escuela para aprender me respondió que no serviría de nada. Los otros me animaron más, pero como en casa no se hablaba mucho… Es que mi marido no era de hablar. Una vez le pedí que me dejara conducir su coche, sólo moverlo un poco. No me dijo nada, se quedó en silencio. Nunca me hubiera dejado cogerlo. Los hombres quieren ser más que tú. No sé, no me sé explicar, yo.

A Magda, como a todas las mujeres de aquella época, se le privó del derecho a aprender y del derecho a tener las mismas oportunidades que los hombres. Llegó a la vida conyugal con una desventaja tan grande respecto a su marido, que ella misma, sin alternativa posible, sufrió la asunción de un rol basado en la inferioridad, la sumisión y la culpabilidad. La famosa culpabilidad trasladada del verdugo a la víctima para alimentar, en este caso, un sistema patriarcal de control absoluto de los hombres sobre las mujeres.

—Empecé a venir a la escuela hace siete años. Ahora me siento más segura y satisfecha. Vendré hasta que el cuerpo aguante, porque esto es lo que me hace más feliz.

 

María Espinar

© Borja Alegría

 

El padre de María Espinar, que sí sabía leer, también le explicó de pequeña que los niños tenían que aprender a leer para que hicieran la mili y que a ella no le hacía falta… Esas palabras las oía mientras con un gesto la mandaban a buscar agua a la fuente, mientras le hacían recoger aceitunas, mientras la dejaban al cuidado de sus dos hermanos pequeños, a pesar de que ella aún no había hecho la comunión. A otros de sus hermanos, en total fueron nueve, no los pudo cuidar. Uno murió con un año edad, otra siendo un bebé de siete meses.

—Me pasé la infancia y parte de la juventud en aquella casa —en un pueblo de la provincia de Córdoba. Por suerte, unos minutos más allá de donde vivíamos nosotros estaba la casa de Manolo, el que sería mi marido. De muy jóvenes ya nos regalábamos alguna mirada cuando íbamos a trabajar al campo. En una de esas me dio una carta. Yo, como no sabía leer busqué a mi hermana Pili, la mayor, que algo más que yo sabía. Así me pude enterar que Manolo quería ser mi novio.

María emigró a Cataluña antes de cumplir los 18 años, cansada de aquella vida en el campo, tan dura e injusta. La contrataron en un hostal: “Iba por la calles y no me orientaba, no sabía leer los carteles, no sabía leer los precios. Antes de aquello no sabía lo que me perdía. Podría haber sido más independiente y llevar las cuentas de la casa. Me podría haber ahorrado malos ratos”.

Después del hostal, trabajó limpiando en una casa particular. Estuvo allí treinta y un años, hasta que se jubiló: “Me llegué a sentir de la familia”, recuerda. Un día, Pepita, la dueña de la casa se tuvo que marchar un rato y le pidió que si llamaba alguien tomase nota del recado: “Tuve que decirle que no podía hacerlo, que no sabía escribir”.

Según los estudios de Joaquín Tena Artigas (que fue consejero del CSIC; estadístico facultativo del INE; director de la División de Estadísticas Mundiales de Educación, Ciencia, Cultura y Comunicaciones de la UNESCO y director general de Enseñanza Primaria desde 1956 hasta 1968), el momento de máxima diferencia entre hombres y mujeres en cuanto al analfabetismo en España se registró en 1970. Para entonces, el porcentaje de población analfabeta entre los hombres era del 5,1% y el de las mujeres, del 12,3%: “A partir de 1970 se suprimieron — sin duda prematuramente— las actividades de alfabetización y postalfabetización, considerando que el problema estaba resuelto.” La medida condenó a las mujeres adultas que durante la infancia no recibieron formación académica, pues el ámbito de trabajos de curas y reproducción domésticas al que estaban confinadas hacía imposible que pudieran alfabetizarse.

 

© Borja Alegría

 

Al final, María se decidió a aprender a leer y escribir. Empezó hace quince años, pero lo he tenido que dejar varias veces: “Al principio me daba vergüenza venir, pero las clases te ayudan a no decaer. Además te relacionas y haces amistades”. María ya no se conforma con defenderse ante los letreros de las calles: “Me gustan los libros de intriga, las historias de vidas como El niño del pijama de rayas”. María me contaba que lee los libros despacio, con cierta dificultad, pero los lee. Y esa misma actitud de esfuerzo es que la tiene en clase.

María tiene una duda, se inclina hacia Antonia y le pregunta en voz baja:

—¿Hay que escribir también al lado del dibujo? —y luego ya en voz alta—. Ahora la cosa es que lo hayamos hecho bien.

María sigue cuchicheando en clase: “Yo diciéndole lo que tiene que poner y luego soy yo la que lo tiene mal”.

—A ver si has puesto lo mismo que yo… —María se inclina hacia la derecha para husmear qué ha escrito Pepi—. Oye, Pepi —le dice—, que tienes que poner lo que dicen.

—¡Qué ceporras somos! —dice Antonia, que se une a la charla.

—Este año los reyes nos van a traer carbón, —dice al fin María, que remata la frase— ¡Madre de la zapatilla!

 

María Sánchez

© Borja Alegría

 

De muy niña, antes de hacer la comunión, María solía peinar a su madre Encarna. También la lavaba. La lavaba a ella y lavaba su ropa. La suya, la de su padre y la de sus abuelos. Se iba al río y lavaba toda la ropa de la familia sobre una piedra. A su madre le dio una parálisis que la dejó postrada en una silla, incapaz de moverse ni de hablar. María asumió todas las tareas de la casa antes de poder alcanzar lo que había en los armarios. En invierno, el agua del río bajaba gélida y le agarrotaba las manos. Tenía que parar constantemente de lavar para envolverse las manos en un trapo y, así, calentárselas.

—No me gustaba mucho ir al río a lavar o llenar el cántaro de agua. Pesaba mucho y se me clavaba en la cadera—. Dice ladeando la cabeza.

Como le tocó cuidar de la casa y de su madre siendo muy pequeña, no pudo ir a la escuela. Su hermano Francisco, sin embargo, sí fue. Aunque María recuerda que él prefería estar por la calle jugando y nunca iba a las clases. “Lo único que aprendí fue cuando mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí a hacer algún recado —explica María—, y entonces cuando pasábamos por algún letrero nos lo leía—. Su padre, José, como su madre, no sabía leer, sólo sabía firmar. Los carteles de la calle se los había aprendido de memoria y cada vez que paseaban por el pueblo les leía los mismos.

Cuando emigró desde su pueblo de la provincia de Granada a Cataluña, María firmó su primer contrato de trabajo con la huella del dedo. En la empresa SATI, de confección de tejidos, desempeñó la función de torcedora de primera, preparando el hilo para las máquinas. Fue el primer y el último contrato que firmó, pues estuvo allí toda su vida laboral: cuarenta y tres años, seis meses y un día.

—Yo no me vi nunca con problemas por ser analfabeta. Lo preguntaba todo, y en casa todo lo que había que leer ya lo leía mi marido, que sabía lo justo, pero algo más que yo. Desde que vengo a la escuela, más o menos sabemos lo mismo. Ahora disfruto mucho escribiendo mensajes con el móvil; y es que el saber no ocupa sitio —dice, convencida—. Empecé a ir a clase para aprender, pero también para entretenerme, pero mira, ya me he leído tres libros: el de María Teresa Campos, el de Belén Esteban y el de Jorge Javier Vázquez. El que más me ha gustado ha sido el de la Campos, porque es más real. Leer y escribir me va muy bien para manejar el ordenador, que también lo estoy aprendiendo ahora. Busco películas en Youtube, miro las habitaciones del hotel cuando voy a viajar con el Imserso, busco a algún pariente del pueblo en Facebook. Hago de todo.

María empieza a escribir las respuestas de un ejercicio en voz baja, porque no lo sabe hacer en silencio, hace muecas exageradas con cada sílaba, como cuando queremos hablar con alguien tras un cristal que impide el paso de nuestra voz.

 

Naima Boudieb

© Borja Alegría

 

A Chefchauen, pueblo de Marruecos en el que nació Naima, lo llaman la joya del Riff, y no en vano cada vez acoge más turistas. Sus calles, sus escaleras, sus fachadas están pintadas de azul, como si todo el pueblo estuviera sumergido en un océano. Los padres de Naima, Mohammed y Haddish, tenían una finca con limoneros, naranjos, verduras y granados en la ladera de Chefchauen. Un viaje en carretera por esa zona muestra unos paisajes del todo familiares: cooperativas de aceite de oliva, burros arrastrando carretas, mujeres recogiendo aceituna. Si no fuese por lo vetusto de los vehículos, las edificaciones y las herramientas, el mismo paisaje que en el campo español del sur. Naima me cuenta cómo era la vida allí. Le cuesta construir frases en castellano, pronunciar bien las palabras. Debo interrumpirla a menudo para aclarar lo que dice:

—Mi padre cuidaba del huerto, pero mi madre trabajaba más que él. Iba a recoger a aceitunas, a producir aceite, a extraer sal de una cantera que luego vendía ella misma. Como ellos estaban trabajando fuera de casa y éramos siete hermanos, yo hacía todo lo doméstico desde pequeña. Hasta los doce años sólo limpiaba, pero después lo hacía todo: la comida, el pan, lavar… todo. Cuando tenía un rato libre me gustaba saltar a la comba con amigas, pero casi siempre estaba dentro de casa. En mi pueblo había una escuela para niños y niñas. Algunos de mis hermanos fueron, pero los demás no pudimos, por falta de dinero o porque teníamos que trabajar. Ni mi padre ni mi madre sabían escribir, así que ellos tampoco pudieron enseñarnos.

A su marido lo conoció en Larache, una ciudad de la costa atlántica. Desde allí vinieron a Cataluña con sus dos hijos hace cerca de dos décadas. Él sabe escribir y leer en árabe y un poco en castellano, pero tampoco se ha ofrecido para enseñarle a pesar de que los dos tienen cerca de sesenta años.

—Yo trabajo doce horas al día en un restaurante. Tengo un problema en las rodillas y me duelen muchísimo. Mi marido hace seis años que está en el paro y ya no busca trabajo. No tiene ganas. Está todo el día en el piso que tenemos en Canovelles, o en el bar. Está todo el día “dame, dame, dame”. Me pide para café y cigarros. Yo trabajo en La Garriga, que está a 12 kilómetros, y como mi marido no quiere traerme al trabajo por la mañana y venirme a buscar por la tarde, me quedo a dormir todos los días que trabajo en casa de mi hijo. El único día que tengo libre voy a casa con mi marido y me toca limpiar y llenarle la nevera. Yo lo pago todo: coche, casa, comida. No me preocupo por él, le dejo que haga lo que quiera y ya está.

Hace un año y medio Naima se cansó de ir a Barcelona en tren y tener problemas para regresar, porque no entendía los carteles de las estaciones y siempre tenía que preguntar todo. Se cansó de no poder leer el Corán. Se cansó de no saber si su marido le quitaba o no dinero de la cuenta de ahorros. Hace cosa de dos años Naima se cansó de todo eso y decidió apuntarse a clases de alfabetización.

Mi marido me dijo: “Estás vieja, ¿dónde vas tú a la escuela?”, pero yo fui igualmente. Fue muy duro porque no entendía nada y me costaba mucho aprender. Ahora, los miércoles, que es mi único día libre, también aprovecho la mañana yendo a clases de árabe.

Naima todavía hace ejercicios en los que debe escribir y leer sílabas y palabras simples: rosa, carro, ropa. Intentamos leer “peluquera”: po-li-que-ra. Fíjate bien es: pe-lu-que-ra. A ver: po-li-que-ra

***

 

© Borja Alegría

 

La falta de acceso escolar es la cadena con la que el patriarcado ha querido atar y controlar a las mujeres, una cadena que las mujeres nunca escogieron ni desearon sufrir, pero de la que se han sentido avergonzadas, como si fuera propia, como si ellas mismas se hubiesen impuesto tal pena. Esta base estructural ha sido, y aún es, sustentada por un sistema estatal, económico y social que la alimenta y contra la cual luchan los feminismos.

Edición a cargo de Gerardo Santos y Estefania Bedmar
Edición gráfica a cargo de Estefania Bedmar

Comentarios

  • Hola Borja, que bonito. Veo la historia de mis abuelos, sobre todo mi abuela Antonia, que sólo sabe leer “letras grandes” y que nos pedía que le escribieramos las cosas o le tomáramos los números de teléfono.
    La palabra recovero, la conozco como una forma de desprecio para referirse a alguien pobre o de mal vivir, en Albacete la usa la gente mayor. No creo que sea un término con origen en la postguerra, creo que se tiene más recuerdo de usarlo en esa época por la miseria que había, habría más recoveros y quinquilleros, otro término similar.
    Que buena idea este trabajo, no olvidar de dónde venimos.

    Chobal

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— En España, hay más de 490.000 mujeres a quienes se les negó el derecho a la educación y que, por lo tanto, son analfabetas. No saber leer un cartel, o un contrato laboral, les ha supuesto un obstáculo de por vida para lograr cierta emancipación

— En una escuela de La Garriga, en Barcelona, seis mujeres reciben clases de alfabetización para recuperar el derecho a la educación que se les ha negado hasta ahora. Estas son sus seis historias

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