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La crisis de los refugiados

¿Alguien sabe qué pasó en Calais?

— Desde el 24 de octubre, la policía francesa procede al desalojo del campo de refugiados la Jungla, en Calais

— En septiembre se contaban 10.188 personas viviendo en la Jungla. 1.022 eran niños no acompañados

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Majeed es un gran bateador paquistaní. La gradería está a rebosar, son decenas de miles y todos los focos apuntan a él: están deseando verle batear. Con las piernas abiertas y de lado, calcula su posición y da unos ligeros toques con el bate al suelo. Más allá, el lanzador, pelota en mano, toma espacio antes de la ejecución. Muestra la pelota en son de alerta, contacta visualmente con Majeed y empieza la carrera hacia él. Gana velocidad, latiguea el brazo bruscamente y lanza la pelota, que rebota sobre la arena y “¡Ooooh!”, Majeed lo ha vuelto a hacer. Manda la pelota donde ningún defensor llega y se apunta otra carrera. Las masas celebran la parábola y el punto del chaval, que pega un grito que se oirá en Islamabad. El talento de Majeed es incuestionable. Pero la gradería es un enorme y kilométrico muro, los focos son las luces azules de la policía y el público sí está ahí, pero nunca fueron tantos. Ese muro, de cuatro metros de alto y miles de largo, con hierros en punta por todas partes y metralletas custodiándolo, la única aportación del gobierno del Reino Unido a la Jungla.

Ya no habrá más criquet en la Jungla; hoy, dos meses más tarde del debut de Majeed, las autoridades francesas desalojan el campo de Calais. Después de las excavadoras, no quedará más que polvo y el recuerdo de todos los meses en que miles de personas han vivido ahí, en condiciones infrahumanas. Entre los escombros de la Jungla queda marcado el fracaso de las políticas migratorias europeas. El siguiente es un relato presente, pero que ya forma parte del recuerdo.

 

Abdelasis va caminando por la autopista. Ya no le quedan pies, ni tampoco piernas, pero aún tiene tirón para rato. Ha cruzado un sinfín de países, como ha podido y como le han dejado. Hace frío, está nublado y sopla el viento. Parece que vislumbra su penúltima meta.

Adentrándose entre el gentío se lo confirman. Está en el norte de Francia, pero esto no es el norte de Francia. “Welcome to the Jungle”.

Así reza una pared de la Welcome Caravan a dónde se dirigen quienes llegan a la Jungla, el campo de refugiados de Calais. Si las donaciones van bien, les entregan un welcome pack con saco de dormir, manta, productos higiénicos y tienda de campaña. Hoy, dos meses antes del desalojo, han llegado 116 personas más.

En este campo no reconocido por el gobierno francés ninguna gran organización puede operar sobre el terreno. No está Médicos Sin Fronteras, no está la Cruz Roja, no está Acnur. Todo lo que se ve proviene de donaciones y todos los que trabajan son voluntarios.

Sudán, Afganistán, Eritrea, Pakistán, Kurdistán, Irak, Siria… Todos ellos están aquí, en este poblado en constante improvisación que los refugiados toman, inshal·lah, provisionalmente antes de dar el salto al Reino Unido.

“Por favor, abrid fronteras. Simplemente queremos ir a UK”, dice una pintada. Reunirse con la familia, las diferencias entre el asilo británico y el francés, y hablar inglés son los motivos para querer cruzar. “Pero no es que todo el mundo quiera ir a UK”, cuenta Youseff, un sudanés de sonrisa amable. “La mayoría se quedan en Francia, aquí están solo los que quieren cruzar el estrecho”. Hospitalidad personificada, propone enseguida tomar unos tés en su khaima.

Rodeamos la colina de enfrente de la Welcome Caravan, la única de todo el campamento, y avanzamos como podemos: “Hasta hace poco había algún camino entre las tiendas. Ahora ya no. Sigue llegando mucha gente”, dice Youseff. A juzgar por los datos de Help Refugees y L’Auberge des Migrants, dos organizaciones de voluntarios que cooperan sobre el terreno, no exagera. El censo hecho en marzo, después de que la policía francesa destruyese la mitad sur del campo, contabilizaba 4.946 personas residiendo en la Jungla. En julio ya eran 7.037; en agosto, 9.106; y en septiembre, 10.188. Apelotonadas todas ellas en la mitad norte del campo.

Pero no por mucho tiempo. Se pretende “dispersar” a los 11.000 residentes de la Jungla en 164 “campos de recepción” de forma que en Calais no quede nada. “Ya hemos visto que no dejará de llegar gente —dice un voluntario—, quieren dificultar la ayuda humanitaria”. La iniciativa ha sido aplaudida por parte de la población civil del pueblo de Calais: las encuestas dan un fuerte apoyo a Front National, el partido anti-inmigración de extrema derecha de Marine Le Pen. Y ha habido más que encuestas: manifestaciones y asedios para evitar que la ayuda llegase al campo.

Entramos en una tienda grande de un solo espacio. Espera un abundante grupo de jóvenes, todos hombres y todos sudaneses; los de este país africano son el 43% del campamento, y del total apenas un 3% son mujeres. Conmigo hablan inglés. O más bien Junglish, un idioma de este lugar: inglés a nivel básico, alguna cosa suelta en árabe y comunicación no verbal.

Dicen que no eran colegas en Sudán. “No. Khalid, Hassan y yo nos conocimos en el barco. Los otros, por el camino. Amigos de la Jungla”, responde Youseff. Él, a sus 30 años, es el mayor de la cuadrilla. Hassan tiene 23; Khalid, 17; y el más joven, 15. En la Jungla, según el último recuento de septiembre, hay 1.179 menores de edad, de los cuales 1.022 están solos, sin compañía. Cada día llegan 11 más. En el desalojo de la parte sur del campo en marzo —al que llamaron The Big Fire— desaparecieron 129 niños, según Help Refugees.

Estamos sentados en círculo sobre mantas y plásticos. Debajo de eso, palés. Debajo de los palés, arena, barro y ratas.

Hassan prepara y reparte tés y cafés calientes desde fuera de la tienda. “Aquí viven once personas. Yo vivo solo en una tienda pequeña”, dice Khalid. “Más gente necesita tiendas como esta o como el barracón de Sami. Un sitio seguro donde descansar de tantos intentos de llegar a UK. Pasamos toda la noche caminando y todo el día pensando en lo mismo. Gran mushkila”, se lamenta Khalid. “Mushkila significa problema, lo oirás mucho aquí”, aclara.

De pronto, Hassan sorprende entrando con comida. “¡Adess, comida sudanesa!”. Lentejas rojas con tomate y cebolla. Se ponen a hablar de algo que les preocupa. Al fin, Hassan traduce: “Un amigo no ha tenido suerte”. Alguno se ríe. “Se subió a un camión confiando que iría a Inglaterra… Pero cuando se bajó y dijo hello, le contestaron en otro idioma. Está en Portugal”. Youseff dice que más vale reír que llorar y se pregunta, como todos, qué hará el pobre chaval tirado en Portugal.

“Al menos ahí no habrá tanta policía —apunta Sami—, aquí hay que caminar más de 100 kilómetros para no encontrártelos. Nosotros lo intentamos desde Bélgica, ahí las mafias son más baratas”. Las agencias de viaje para refugiados que operan en Calais no hacen promociones: 5.000 euros por un viaje no garantizado, 9.000 euros por uno —teóricamente— garantizado. Si pillan la trampa, el camionero paga 2.000 euros de multa y se queda con la diferencia.

Las ‘agencias de viaje’ para refugiados no hacen promociones: 5.000 euros por un viaje no garantizado, 9.000 euros por uno —teóricamente— garantizado

Hassan es fotógrafo vocacional; saca el móvil y pasa revista al camino hecho. La torre Eiffel de París, contentos en un andén billete en mano, en Italia luciendo gafas de sol, y un chico sonriente: “Es mi amigo”, dice Hassan orgulloso. Youseff, que mira por encima del hombro de su colega, añade información: “Era su mejor amigo. Murió en el mar”. Me disculpo, a lo que Hassan reacciona con un rápido “No pasa nada”. Casi como si no pasara nada de verdad.

“Ahora llega más gente a Europa— interrumpe Sami—, es porque el mar, entre los meses 5 y 9, está más tranquilo”. Toma aire y sigue: “Yo llegué hace cuatro meses, pero cuando me preguntan, miento. Digo que hace dos; me da vergüenza decir la verdad”.

Se hace el silencio. Al poco, el propio Sami lo rompe: “Pero hoy lo volveremos a intentar, y algún día llegaremos al Reino Unido. Inshal·lah”. Inshal·lah, repiten al momento. Bajos de voz y de moral, nadie saca tema de conversación.

Tomo el camino donde están los restaurantes y los comercios. Es donde está la Jungla en estado puro: centenares de pies pisando piedras, saludos, furgos con ayuda que van y vienen, el imán desde la mezquita llamando a la oración, chavales pedaleando en bicicleta y los generadores de electricidad de los comercios dan vida al lugar. A primera hora de la tarde, la Jungla ya es otra cosa, otro movimiento: los residentes ya han descansado de sus intentos nocturnos y el sitio remonta. Al atardecer, cuando toda Francia baja la persiana, la Jungla es más Jungla.

Hacia el lado más cercano a la autopista hay un descampado de arena no habitado. Esa arena es alfombra y testigo de muchas cosas. Las cápsulas de gas lacrimógeno que lanzan las Compagnies Républicaines de Sécurité (CRS) se cuentan por centenares. Aun así, a ese espacio se le da un uso como el que se le daría a la playa: para salir del bullicio. La gente pasea, deja que se le pierda la mirada, hace llamadas, practica deportes…

Por el lado del campo se llega a lo que fue la parte sur de la Jungla. Lo fue hasta que alguna autoridad francesa pensó en marzo que destruir aquello frenaría la llegada de más gente. Pero aún resisten en pie la iglesia de la comunidad cristiana eritrea y Jungle Books.

Jungle Books es una escuela que fue levantada conjuntamente por refugiados y voluntarios. En ella se organizan clases de idiomas o de escritura, y cada anochecer hay rato de conversación libre: sean refugiados o voluntarios, los asistentes intercambian idiomas y charlan en general. Es donde se unen dos mundos que algunos querrían siempre separados.

Cuando el clima no es horrible, sacan las sillas al campo y surgen decenas de conversaciones paralelas.

Un hombre se presenta: “Me llamo Ali y soy de Afganistán”. Los de su país son el 35% de los del campo. Tiene 40 años y dice que aprendió inglés “hablando con los soldados norteamericanos”. Trabajaba de taxista en la provincia montañosa de Sar Hawza, al este del país. Hasta que huyó: “En mi país la gente no sale de casa, los niños no van al colegio… Hay un problema”. Su peregrinaje empezó hace medio año. Enseña orgulloso imágenes de su tierra, verde y exuberante, y de su intento más exitoso de llegar al Reino Unido por ahora. “Aquí estamos ya dentro del camión. Pasamos el segundo control, que cuesta mucho. Pensábamos que lo lográbamos. Pero en el tercero, ya en UK, nos cogieron”. En el tercero, el camión entero pasa por un escáner.

Sumido en negra nostalgia, enseña lo que pasa en su tierra: cabezas amontonadas por un lado, piernas por el otro. La crueldad de los talibanes va más allá de lo que se pueda imaginar.

Sally, un delgaducho veinteañero sudanés, es el tipo de persona tímida que medio sonríe por defecto. Parece popular: “Vengo cada tarde, me gusta aprender inglés”, se excusa. Su colega le echa un cable: “¡Has aprendido mucho desde que estás aquí!”. Sally se dobla a carcajadas de la vergüenza. Lleva en la Jungla desde junio de 2015: “Aquí no tenemos vida. Desalojaron medio campamento”, recuerda. “¿A dónde se fue la gente? —se contesta a sí mismo—. A muchos los deportaron, a otros se los llevaron a otros campamentos… y muchos desaparecieron”.

Habla de la guerra de su país: “Tenemos un genocidio en Sudán. No hay democracia”. La voz se le corta. Me pide la libreta sin hablar y dibuja un mapa de su país. “Aquí en el centro está la capital Khartoum, yo vivo en la región de Darfour. El gobierno desde Khartoum está usando aviones para bombardear”.

Ama su tierra. Cuando habla de ella le brillan los ojos y el futuro: “Quiero volver a casa y aportar para el progreso”. Si pudiera, estudiaría biología. Tiene un hermano en el Reino Unido con quien espera encontrarse. El resto de familia, en Sudán. Dice que ha pasado mucho tiempo solo y que no sabe si están bien: “Hay accidentes cada día”.

El joven Javid vacila de buenas a propios y extraños. A sus 16 años es uno de los 1.022 menores de edad no acompañados que hay en la Jungla. Ha cruzado Europa a pie: “Demasiado caminar…”, se queja. Como todos los afganos de su edad, aprendió inglés en la escuela, aunque a él los idiomas se le dan. Habla ocho: darí, hindi, urdu, pastún, árabe, turco, inglés e italiano. Él quería ir al Reino Unido, “pero está difícil… Mucha policía”. Ahora, dice risueño con sus libros bajo el brazo, hace sus pinitos con el francés: “Igual me quedo en Francia, me gusta”. Su caso es tendencia: el 95% de los menores no acompañados declaraba hace un año querer ir al Reino Unido; hoy, lo hace el 15%.

Un chico negro reta a su interlocutor a adivinar de dónde viene. Él va a lo seguro y prueba con Sudán. “¡No! ¡Es un país pequeñito!”. El interrogado hace como que se lo piensa y prueba suerte de nuevo: “Benin”. El chaval alucina y le pregunta cómo demonios lo supo. “¡Lo he visto escrito en tu libreta! ¡Pone tu nombre y tu país!”, ambos ríen y el delatado se lamenta mirándose debajo del brazo. Para su sorpresa, el otro le devuelve el reto. El chico se lo mira con ojo crítico y lo suelta: “From Argentina”. El argentino se repasa comprobando que nada le delata, y le da la mano al adivino.

La luz va cediendo, el viento se anima, el hambre aprieta y cada cual se va recogiendo. Al otro lado del campamento, Hamid y cinco colegas suyos se acurrucan en una tienda para tres personas. Como aún les sobra espacio, invitan a quien pasa por allí a unirse a ellos. “¡Bienvenidos a nuestro castillo!”. Como buenos gentlemen, ofrecen refugio, té caliente y cigarrillos. Hamid tiene un inglés que parece nativo: “Aprendí mirando películas, fijándome en los subtítulos. La gente no me cree, pero tengo buena memoria”. Si pudiera, estudiaría ingeniería de comunicaciones: “Me gusta. Arreglo teléfonos y ordenadores”.

Jugamos con los idiomas y comparamos culturas y costumbres. Hasta que resulta inevitable hablar de sus huidas. “Nuestra vida empieza desde este punto —dice Hamid—, queremos olvidar lo que hemos visto en Sudán. Créeme que no queréis saber lo que hemos visto en Sudán. Quiero ser un hombre nuevo. Solo quiero paz y poder estudiar”. Sus colegas suscriben palabra por palabra. “No importa el color de piel, de dónde vengas, de qué cultura seas o qué idioma hables. Somos la raza humana. We are one. No more fight”.

A través de la puerta abierta de la tienda, asistimos a la puesta de sol, que mil chabolas más allá se cuela por detrás del muro que pone límite al horizonte. Quién pudiera ser sol.

“No sé nada de mi familia —prosigue Hamid, con la mirada muy lejos—, los perdí de vista en Libia. Mi madre vendió sus collares, pendientes, todo lo que tenía, para que pudiera pagar el barco. Estaban en Libia cuando me fui, pero no creo que se quedaran allí. No sé si cogieron un barco. No sé nada de ellos. Les echo mucho de menos”.

“En un campo de refugiados en Italia nos daban de comer tres veces al día solo cuando había periodistas. Si no, nos daban una sola comida”. Quizá por contraste, elogia a los voluntarios de Calais: “Sabemos lo que cuesta venir a trabajar de voluntarios. Para nosotros, son esperanza de que hay gente buena en Europa”.

El sol ya se ha puesto. De repente, en algún sitio cercano, suenan gritos y aplausos. “¿Oyes eso? —
pregunta Hamid, recuperando la sonrisa—. Alguien ha llegado a UK”.

Una chabola en el campo de refugiados de Calais, Francia
Iglesia de la comunidad cristiana de Eritrea, situada en la antigua parte sur del campamento. @indivisualbcn ©

Ahora ya sí, la Jungla está en hora punta. Los restaurantes, que no son de consumición obligatoria, se llenan de gente bebiendo té, charlando o viendo pelis de Bollywood, todas ellas muy musicales; las miran sin pestañear. En El 3 idiots atiende siempre Mussa con una sonrisa: “Hola, ¿de dónde venís? ¿España? ¡Oh! Very beautiful Spanish people”. Juega a acertar y se le dan bien los países mediterráneos. Tiene el local lleno de globos de colores y hay un tigre gigante de peluche. Hacerte sentir como en casa en un garito levantado a base de maderas con tus propias manos tiene su mérito.

En su local se encuentra paz, quietud y algo de calor. Ofrece asiento en un trozo de moqueta y nos obsequia con té de leche. Hospitalidad paquistaní. Su idea, como la de casi todos, era ir al Reino Unido. “Pero nos vimos aquí metidos, sin más opción y decidimos abrir un restaurante que se llamara Los 3 idiotas, ¡como nosotros!”. A veces cuesta saber si sus carcajadas son forzadas o no.

Si uno despertara en la Jungla, podría pensar que está en Kabul o paseándose por Darfour. Pero el alma de este descampado contrasta con algunos de sus residentes: sin alma alguna. Deambulan sin rumbo ni mirada fijas, ausentes y rotos. Estos no suelen salir de sus tiendas.

Oscar, médico voluntario francés, ve obvio que las enfermedades mentales golpeen fuerte: “La depresión viene por falta de perspectiva, de proyecto. Imagínate lo que hay en un campo de refugiados”. De donde no sabes cuándo, cómo ni para dónde te irás. Si es que te vas a ir a alguna parte.

“La depresión viene por falta de perspectiva, de proyecto. Imagínate lo que hay en un campo de refugiados, de dónde no sabes cuándo, cómo ni para dónde te irás”, explica Oscar, médico voluntario

Oscar lleva dos semanas en el hospital de Calais: “Nos llegan migrantes con las muñecas rotas (hace como que le detienen). Otro llegó con un traumatismo craneal y medio cuerpo inmóvil por una bala de goma”. No es el único: hace días un niño de nueve años también quedó paralítico.

Y es que como los residentes, los agentes que asedian el campo “se aburren”, opina Oscar. “Ayer mismo pararon a un grupo y se quedaron con sus zapatillas, y cuando salen del campo los agreden lanzándoles gas lacrimógeno”, dice Oscar, que recuerda horrorizado el día en que “a un chico que estaba subido al muro le rompieron ambas piernas y lo dejaron tirado encima”.

Cuenta historias de intentos fallidos. A Abdul ya en el ferry lo pillaron los perros. Había vivido cinco años en el Reino Unido; volver de visita a su país a ver a su mujer e hijos le condenó. Más desesperado fue el intento de Hamza: se cogió al TAV submarino y a mitad de camino el tren se paró: tenían que recoger los restos de un chico que no tuvo suerte haciendo lo mismo. El tren volvió a Francia.

En 2015, ese tren llevó 10.399.000 pasajeros de un lado al otro del estrecho. Cada uno de ellos tardó 35 minutos en cruzarlo. Libertad de movimiento total, pero entre nosotros. Las madres de los residentes de la Jungla no estaban en el sitio adecuado cuando les dieron a luz.

Para unos, Calais es un puente. Para otros, Calais es un pozo.

Khalid charla con dos hermanos y un voluntario. El mayor pide que un médico visite al menor, de 16 años. Tiene la rodilla izquierda rota: la dobla para atrás y hacia la derecha. Fueron los yanyauid: “Una milicia sudanesa le dio un golpe, lleva tres años así”, cuenta el hermano mayor. “Lo llevaré al hospital mañana a primera hora, es cuando hay menos gente —dice el voluntario—, aquí no hay médicos”. Cosas de ser un campo no oficial: en la Jungla solo hay primeros auxilios, y son diez tipos metidos en tres caravanas limpiando heridas y repartiendo paracetamol sin parar.

Khalid, siempre de buena onda, me invita a visitar de nuevo a sus colegas. Está cada uno debatiéndose si hoy irá al Reino Unido o si se tomará día de descanso. Yasco está atrapado por su móvil. Se disculpa: “Lo siento, ¡estoy hablando con la mujer más bonita del mundo!”. Es su prometida. Enseña el anillo a la vez que todos sus dientes: “¿Sabe que estás aquí?”. Responde que no: “Piensa que estoy en un buen piso y aun así está preocupada, imagínate si le contara la verdad. Que estoy en la Jungla, en una khaima, que la vida es dura… Soy homeless. Igual no podría dormir”.

Khalid, con desgana, confirma que las cosas van así: “Asesinaron a mi hermano mayor por no querer unirse a una milicia. Por eso huí a Libia con 13 años y no pude ir a escuela”. Khalid no sabe escribir ni leer, pero aprendió inglés trabajando para unos americanos en Libia hasta que se pagó la barcaza. Y ahora, a sus 17 años y ni que sea por un momento, tartamudea y llora como el niño que es.

La música de Yasco no ha dejado de sonar. Ella desde Sudán y él desde la Jungla escuchan las mismas canciones a la vez. “¿Sabes qué dice esta canción? —pregunta entusiasmado— Dice que cuando me voy a dormir y cierro los ojos, lo último que hago es pensar en ti, y que entonces… Ya no me quiero dormir”. La amarga sonrisa cómplice de Hassan, medio burlón desde el otro lado de la khaima, parece entender la causa: “Es una canción árabe muy bonita”.

Yasco la canta, no importa quién mire u oiga, con una sonrisa que de ancha se le sale de la cara.

El ambiente decae poco a poco y la triste música acaba por invadir el espacio.

***

El día se despierta otra vez gris, pero la Jungla aún no lo hace. Una niña de dos años se pasea en triciclo por la parte familiar del campamento; es donde se colocan cuantas más familias mejor, para que estén algo más cómodas en las caravanas de que disponen las organizaciones. Sus padres la llevan al children bus, un autobús adaptado por dentro para hacer de refugio de los más indefensos. Habrá otros críos y gente que esté a su cargo. El suelo es de moqueta y manta y las paredes están llenas de dibujos y de cuadros infantiles. En uno hay colores de todo tipo, formas inconexas y garabatos. Y en el centro, muy pequeña, una casa.

Las organizaciones ponen el grito en el cielo por la situación de los menores. En la Jungla hay 387 niños no acompañados —de 1.022 que habitan el campo— con derecho legal de ir al Reino Unido, muchos de ellos para encontrarse con algún familiar. El propio gobierno británico se ha comprometido a acogerlos a todos, pero a día de hoy el número de niños trasladados es simbólico: durante la primera semana de octubre han entrado los primeros 15 y no hay noticias de más procesos en marcha. Lo ocurrido el 20 de septiembre es una triste prueba de ello: Raheemullah Oryakhel perdió la vida al subirse a un camión. Tenía 14 años y derecho legal para reunirse con su hermano en Manchester. Harto de esperar, decidió correr el riesgo, convirtiéndose en la decimosegunda muerte del año en esta frontera. En 2015 fueron 20.

Pero ni Francia ni la UE están ocupados en ese asunto. Unos están construyendo el —otro— gran muro que impedirá el acceso de los residentes al puerto y al túnel. Éste será de cuatro metros de alto, de un kilómetro de largo, resbaladizo y de muchos colores. Supondrá una inversión de 2,2 millones de euros financiados por el Reino Unido, que ha gastado 19 millones más en seguridad. Los otros, por su parte, han firmado un pacto con Afganistán para deportar a los que estén en situación irregular, si hace falta a la fuerza.

De vuelta a la Jungla, el info bus ofrece hoy sus servicios de camino a Jungle Books. Su función es estos días más importante que nunca: hace de punto wifi y ofrece asesoramiento legal. Pedir asilo en el Reino Unido no es fácil: “Te investigan y te preguntan por tu historia personal. Si ven incoherencias o encuentran pruebas de que has estado en otro país europeo antes de pisar el Reino Unido, te deniegan el asilo”, cuenta una voluntaria.

Este proyecto ofrece un espacio más íntimo para que las mujeres puedan pedir asesorarse con más comodidad. “Muchas mujeres que han tenido que huir de su país han sufrido violencia sexual, y poder hablar de las razones por las que huyeron sin tener 200 hombres alrededor es esencial para preparar la solicitud de asilo”. Trámites que animan a que ellas pidan: a menudo esperan a que los hombres lo intenten para luego reunirse con ellos, pero conviene informarles que están en su derecho propio a realizar estas solicitudes.

El número de mujeres en Calais es hoy aún menor de lo que solía ser. Algunas resisten en las zonas familiares, y muchas han claudicado y han ido a los barracones del gobierno francés. Estar allí implica registrarse y olvidarse del Reino Unido. Las organizaciones temen una deportación masiva.

Dos voluntarios se disponen a abrir la Welcome Caravan. Están cabreados: la policía francesa no les ha dejado entrar ninguna tienda de campaña: “No entienden que la mayor parte no son para gente nueva, sino para reubicar a quienes se les inundó todo con las lluvias de los últimos días”. Tendrán que contarlo a los treinta que ya esperan haciendo cola.

Semanas atrás ya había una densidad insana en el campo. La frustración convertía cada chispa en riesgo de incendio. Hubo una pelea que escaló a batalla campal. Se incendiaban las khaimas los unos a los otros. Muchos heridos y mucho desastre. Centenares se quedaron sin nada, otros seguían llegando y el tiempo era horrible: algunas khaimas incluso volaban.

Unos voluntarios, entonces, decidieron llevar al campo un piano que estaba abandonado en el almacén. Para que el talento musical saliera a flote. Para que, aunque había frustración y frío, al menos hubiera música. Lo pusieron encima de la colina de enfrente de la Welcome Caravan, la única de todo el campamento. La gente empezó a tocar y a apelotonarse alrededor del piano.

Ese día, un joven se presentó en la Welcome Caravan. A diferencia de los demás, se acercaba lento y no pedía nada. Solo quería contar la historia de su amigo y enseñar su última imagen: estaba estirado sobre el asfalto, con los ojos todavía abiertos al lado de la rueda de un camión. “En esta foto aún estaba vivo —decía—, estamos buscando fondos para hacerle un funeral”. Aunque no parecía que pidiera dinero. Su colega paquistaní, de 24 años, era por entonces el último en perder la vida, persiguiéndola mientras se subía a un camión con destino al Reino Unido.

Poco a poco, desde la colina, alguien empezó a tocar Imagine. Cantando como para ellos mismos, dos chicos se atrevieron a ponerle voz. Otros se pasaron el brazo por encima de la espalda y otros subían corriendo hacia el piano. Todo el mundo dejó de hacer lo que estuviera haciendo.

Los que proyectaban su voz hacia el cielo enseguida pasaron a ser muchos, y algunos de tanto cantar hasta gritaban: por primera vez en ocho días, había salido el sol.

You may say I’m a dreamer…
but I’m not the only one…”.

Hubo manos alzadas, abrazos y miradas al horizonte. Pero en Calais hace mucho frío, y al día siguiente alguien usó el piano para calentarse.

Mientras tanto, Europa seguirá viendo Jungla en el único rincón del continente donde no la hay, y
seguirá llamando a esta gente por lo que no son: refugiados.

Welcome to the Jungle.

Edición a cargo de Celia Castellano y  Gerardo Santos

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